Soy el manatí

Ruth Miraceti Rojas

El manatí o vaca marina. Mamífero marino. Herbívoro y presa fácil de los humanos por ser lento, grande y gordo. Se encuentra en peligro de extinción.

Yo soy como el manatí. Atravieso de un lado a otro una pecera gigante. Voy hacia el fondo oscuro y hondo. Un reflejo de la luz exterior me ciega un poco. Soy de sangre caliente, de estómago amplio y hambre insaciable. Subo de nuevo. Pego mi nariz en el vidrio de la pecera. Del otro lado estoy yo de seis años. Mi disfraz es gris y acolchonado. Como tú, dice madre. Los pliegues de mi pequeña barriga sobresalen por encima del pantalón. Intento subírmelo, pero el peso del disfraz no me deja. Tengo hambre, digo. Tu colación es en tres horas, dice padre sin verme. Giro para mirar al manatí envuelto en una nube de algas. Come voraz. Soy el manatí esperando la comida del mediodía.

Me llevan a las mesas de restaurantes fuera del acuario. Unas nueces y lechuga con jitomate. Como lento, intentando pensar que es arroz con muchos frijoles y un poco de alga tal vez, como el manatí. Madre dice que me quite el disfraz. No quiero. Padre se burla. Eres igualita al manatí. Resalta lo de igualita repitiéndolo varias veces.

Padre y madre cuentan que nací con hambre. Madre no pudo darme pecho y me metía un biberón de chupete amarillo lleno de fórmula blanca. Una hora después lloraba y padre gritaba: ¡esa niña tiene más hambre! Entonces, madre calentaba otro biberón en una base eléctrica. Uno cada hora.

Tengo más hambre, digo. Tienes que esperar otras tres horas. Ya sólo te faltan diez kilos. Recuerda que las niñas bonitas deben ser ligeras, ¿o quieres que te operemos como al tío Gustavo? El tío Gustavo movía los brazos y le aparecían alas de piel. Tal vez no hubiera sido tan malo, pero madre decía que era asqueroso y que las operaciones duelen mucho.

Antes de irnos del acuario le digo a madre que me compre el peluche de manatí. Me mira molesta. Son animales gordos, fofos y lentos como dice su descripción, ¿así quieres verte? Si sigues así jamás podrás casarte con nadie. Padre imita a los manatís caminando lento mientras se acerca a mí: ¡soy una vaca marina y te voy a comer! Son herbívoros, le grito, y son lentos porque guardan energía, pero son muy listos, digo enojada. Madre compra de mala gana el peluche.

Ya en casa, muero de hambre. Voy a mi recámara. En la cama hay unas migajas de galletas que comí a escondidas. Tomó unas y las meto en mi boca. Camino de un lado a otro tratando de no ver la pared. La blanca pared detrás de mi cama. Madre se enojaría si lo supiera. Madre gritaría que si estoy loca o qué me sucede. Pero no puedo quitármela de la cabeza. Recuerdo el sabor y no puedo más.

Muevo un poco el respaldo de madera sobrepuesto. Es ligero, como madre quiere que yo sea. Al moverlo, comienzo a verlas. Son hendiduras hechas por un dedo pequeño. Mi dedo. Babeo un poco. Meto el índice en uno de los hoyitos. Se llena de ese polvo blancuzco y lo chupo. Lo relamo. Podría meter la lengua en cada uno de esos surquitos. El hambre desaparece por un rato.

***

Los hoyitos permanecen ahí y yo sigo comiendo la colación de nueces, lechuga y jitomates, aunque ahora madre permite las algas también. Había leído que los asiáticos las comen y se mantienen delgados, entonces dijo que estaba bien que las comiera.

Los diez kilos menos no llegan. Madre no sabe que en las noches le doy pequeñas mordidas al jabón. Padre no se imagina que los días de lluvia salgo al jardín a tomar grandes porciones de tierra mojada y las meto en mi boca, sintiendo la tierra granulosa pasar por mi garganta. 

Estoy en sexto de primaria y los niños vienen de vez en cuando y me dicen rotoplás al oído mientras ríen. A veces me gritan Buda. Las maestras me llaman al salón cuando no hay nadie, para decirme que una niña debe verse limpia y delgada. Te verías más bonita si dejaras de comer tanto. Madre y padre repiten eso también. Ven a mi prima limpia y delgada y me preguntan por qué no puedo ser así, por qué no puedo verme como una niña verdadera. No sé qué es ser una niña verdadera.

Madre me ha dado dinero con la condición de comprar comida sana en la cooperativa. Compro un cuernito preparado con queso derretido. Mucho queso. Después le diré a madre que la comida sana no existe, que es un invento suyo. Aquí no hay lechuga, no hay nueces, solo hay un cuernito con mucho queso que como en segundos, sin remordimiento. Madre me hubiera visto mal. Pero no pensé en eso. Solo comí. Disfruté. Después, miré mi reflejo en el vidrio del salón. Madre dice que la blusa es muy pequeña, que debo usar talla de adulto. Yo la veo bien. Me veo bien.

Por las tardes, en casa me entretengo viendo a Ícaro, nuestro perro, saltar muy alto para comerse a las aves que pasan volando. Con su mirada parece decirme que salte junto a él y me coma al pájaro de la vecina. A ese loro que grita por las mañanas. Se ha escapado y ahora revolotea cerca de nosotros. Comienzo a saltar junto a Ícaro. Brinco tan alto como puedo. Mis dedos están a punto de tocar el ala del ave, que nos reta con sus colores vivos. Madre grita. ¡Voy!, contesto. ¿Qué hiciste?, pregunta muy molesta. Sólo estoy saltando con el perro. No, en tu recámara. Siento un vacío en el estómago.

Al llegar a mi cuarto veo a padre resanando la pared. Con cada pasada van desapareciendo uno a uno los surcos que llevaba años rascando. Cada hoyo había registrado el paso de mis días. Los más pequeños, abajo. Los más grandes, arriba. No digo nada. Soy el manatí nadando en la pecera gigante. Soy el manatí que se salvará de extinguirse.

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Ruth Miraceti Rojas

(1988) Licenciada en Comunicación por la Universidad Iberoamericana-Puebla, maestra en Literatura Mexicana por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), y doctora en Literatura Hispanoamericana por la misma universidad. Cuenta con más de diez años de experiencia en el área editorial y de corrección de estilo.

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