Microcosmos

Sara Paola Mateos

El rango del campo auditivo humano va de los 0 a los 120-130 decibeles. En el umbral, nada se escucha y, sin embargo, se producen sonidos; es solo que el oído no los puede percibir. ¿Qué pasaría si aquello inaudible se percibiera? ¿Soportaríamos saber qué se esconde en la otra cara de este mundo? En esa disyuntiva se encontraron, hace algunas décadas, los habitantes de H., según lo refiere un periódico de la época, del que apenas queda un ejemplar custodiado en la hemeroteca de la Biblioteca Central. Cuando pasó el incidente, se dieron prisa por sepultarlo y olvidarlo. Como investigador emérito, pude acceder a ese documento y a algunas otras fuentes de las que no me es posible revelar más datos que su autenticidad.

El hecho me interesó cuando se lo oí pronunciar a mi abuelo. Desde que tengo memoria, él era sordo, pero no siempre fue así. Me contaron que a raíz de una explosión en la central eléctrica donde trabajaba se le reventaron los tímpanos y perdió el sentido. Al no poder escuchar, también dejó prácticamente de hablar. Imagino que debía angustiarle la posibilidad de que sus labios lo traicionaran y dijeran algo que no correspondiera con su pensamiento. Cuando estuvo postrado, en los últimos días, pareció que lo callado durante tantos años se arremolinó en su pecho para huir. La mayor parte de las frases que pronunciaba eran ininteligibles, apenas balbuceos o palabras sueltas que tal vez provenían de sus recuerdos. Con insistencia repetía una palabra: “microcosmos, microcosmos, microcosmos…” A veces la gritaba, otras la susurraba o se la comunicaba a alguien invisible, siempre con una tensión subterránea.

Por varios años olvidé el asunto hasta que me encontré con aquel periódico en el archivo mientras realizaba una de mis investigaciones. El encabezado del reportaje decía: “Microcosmos se vuelve audible: oyentes se vuelven locos”. El título sensacionalista me entusiasmó al tiempo que recordé aquella palabra maldita que tanto obsesionó al abuelo. Fue así como me enteré.

En el pueblo de H., ciertos vecinos refieren que por las madrugadas comenzaron a escuchar ruidos en una casona vieja que llevaba varios años desocupada y se ubicaba justo en la avenida principal, frente al parque de sauces. Las primeras veces no le prestaron atención, pensando que se trataría del alboroto de perros callejeros. Sin embargo, la insistencia de los sonidos y la precisión de la hora los comenzó a alarmar. Lo más preocupante era su naturaleza. Todos lo percibían, aunque nadie podría haber dicho qué lo originaba. Según los testimonios de algunos pobladores, se trataba de resonancias tan extrañas que bien pudiera afirmarse que eran los sonidos de los colores o el despliegue de un objeto inanimado. No faltó quien alarmó diciendo que eran almas en pena y algún osado sentenció que ladrones nocturnos se estaban apoderando de la propiedad. Desconcertados pero, al mismo tiempo, queriendo acabar con aquello que fuera, los vecinos se reunieron, se armaron con palos, martillos y hachas y se encaminaron a aquella casa de dos pisos que, se dice, había sido una de las mejores en la región.

A partir de ahí la descripción es parca. Los hombres hallaron en el centro de la habitación principal un gran círculo luminoso donde se distinguían figuras amplificadas que interactuaban entre sí y producían sonidos aberrantes. Asustados por tal visión huyeron y no regresaron más a aquel pueblo que en apenas una semana quedó desértico. De ahí en adelante, una huella los seguiría por más lejos que se fueran. A todas horas escucharían con precisión los más insospechados sonidos: cuando las bacterias interactuaban, cuando la raíz de una planta se movía en busca de agua, el bombeo de la sangre en el cuerpo, la exhalación de los objetos inertes, el movimiento de las subpartículas dentro de los átomos. Muchos no supieron a qué pertenecían esos sonidos y se imaginaron, con razón, que seres malignos habitaban sus cuerpos; otros envejecieron muy rápido por la incapacidad de dejar de percibir esas frecuencias de un mundo que, aun cuando estaba en contacto con ellos, no les pertenecía ni lo comprendían. Algunos otros, e imagino que allí se incluye a mi abuelo, se perforaron los tímpanos insertándose objetos filosos hasta que sangraran para así dejar de oír.

En más de una noche insomne me he preguntado qué hubiera hecho de saber esto antes, cuando todavía vivía el abuelo: ¿le podría haber ayudado?, ¿de qué forma? Algunas veces pego mi cabeza a los muros, a los bordes de los muebles o al suelo, a ver si, por casualidad, escucho algo más allá de mi respiración cansada o el revoltijo de mis intestinos. Nunca pasa nada y la verdad es que tampoco me detengo mucho tiempo: el microcosmos es otro mundo y tal vez por algo no me es permitido acceder a él…

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Sara Paola Mateos

Estudió la Licenciatura en Literatura y Filosofía y la Maestría en Literatura Aplicada en la Ibero-Puebla.

En 2016 obtuvo una beca de creación literaria del PECDA, dentro de la categoría “Jóvenes creadores: cuento”. Actualmente, se desempeña como docente universitaria de lectura y expresión académica; ha publicado textos en las revistas...

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