Puerto toro

Judith Castañeda

Suben de nuevo y hablan de un permiso, de calles cerradas. Van a la azotea para grabar por quinta o sexta vez un accidente, una caída que recibirá la enorme colchoneta del callejón. Acabarán pronto, dicen los vecinos; con cada palabra siento cómo se hace más estrecho el edificio.

Perdón, me permite, ésta va a ser la última, de veras, se lo prometo, los escucho. Aquí entraron por la mañana; un hombre de barba y audífonos. Empujó la puerta, se disculpó al descubrirla sin cerradura. Quería usar mi baño. Pasa, dije sin moverme, los ojos en el festín de moscas de la mesa; unos segundos y salió murmurando algo antes de bajar. Todavía no acabamos el acordonado, dijo también, o eso entendí. Sin responderle, me asomé a la ventana para ver cómo inflaban la colchoneta. Pensé en un vestido de novia cerca de la eterna basura arrumbada junto al poste.

Con las voces del corredor en los oídos, voy hasta donde el viejo ropero de mamá desborda prendas sin doblar. La ropa sucia sobre las sábanas revueltas; aparto la caja de la última pizza con el pie. Mientras una gota cae desde siempre sobre platos con salsa, tomo cualquier playera y me cambio. El cuello tiene una mancha, huele a humedad; no importa. Alguien, una mujer, se ríe en el pasillo. Habla por teléfono. Ninguno de esos extraños volverá, estoy segura, a nadie le gusta orinar en un escusado sin tapa, junto a una cubeta con óxido y apenas agua, buscando sin suerte el papel higiénico.

Voy a la cocina. Ojalá ese abogaducho tampoco regresara. Ojalá no se aplastara otra vez ni pusiera su asqueroso portafolios en la mesa. Pero a él no le importa la suciedad o los trastes amontonados; él, por culpa de ella, vendrá a recoger mi firma aunque el olor del baño le dé arcadas.

Yo tengo la culpa, no debí escucharla. En cuanto regrese tendremos otra oportunidad, me dijo nada más irse el gordo aquel, furioso porque arruiné sus papeles, el abogado traerá una copia de los documentos en un mes o dos, ya ves cómo son esos asuntos de los trámites y las leyes, la burocracia, tardan demasiado; para entonces este cuartucho estará limpio y ventilado, lleno de sol, ropa de cama nueva, las esquinas sin polvo, y no habrá platos sucios ni pantalones aventados por ahí; hazme caso, ese funcionario aún puede ver un espacio favorable para el crecimiento de un menor en este amontonadero.

¿Es en serio? Se burló de mí; sigue riéndose aun con la boca cerrada, sus pobres ojos en los míos. Hazme caso. ¡Por favor! El hombre de la mañana vuelve a empujar la puerta. Saluda, dice algo del baño, de una llave; casi no lo oigo. Sí, le contesto mientras busco una cerveza en el refrigerador, algo de comida. Ella patalea, grita como cuando nuestro visitante se fue con las ganas de orinar clavadas todavía entre las piernas.

¿Insistes? Cierro el refrigerador con el pie, un vaso de sopa al microondas, oprimo cualquier botón. Mira, ni te canses, nadie va a tomarte en cuenta, le digo. ¿Este tipo volteó a verte siquiera hace rato, lo hizo el abogaducho panzón? No; si ese gordo supo de tu presencia fue por mi mano, porque yo lo permití. Ella sigue mirándome, en sus ojos hay todavía rastros de las necedades de antes. Nadie te oye, nadie va a oírte, no, ni aunque te acabaras la garganta a gritos, y tampoco pueden verte, a nadie le interesas, digo, y mis palabras son un insulto para ella; lo reflejan sus lágrimas, que caen en mi oído con claridad. Otra gota de agua sobre los restos de la cena de hace no sé cuánto. Si quieres, para que te desengañes, hacemos un experimento, le propongo. El hombre sale con una mano en el bolsillo y aprovecho para llamarlo.

—¿Encontraste tu llave?

—No, seguro se me cayó en el pasillo.

—Te invito una cerveza.

—Gracias, tengo que irme.

¿Ves? El hombre se va y yo le pongo la cerveza frente a la nariz, como no pude hacer con ese técnico o asistente o camarógrafo. Ella me ve a través del vidrio ámbar, pronuncia un “no te desanimes” idéntico a una daga. ¿Tú también crees en esas palabras estúpidas?, río para emborronar sus ojos negros, le doy un sorbo a la botella. No deberías ser tan ingenua, eso lo dicen los vendedores de autoayuda para llenar libros, son generalidades fáciles; hasta yo lo sé.

Oigo un golpe en la cocina cuando la cerveza vuelve a amargarme la lengua. El vaso de sopa del microondas; lo olvidé. ¿Ya viste? Ella se ríe por dentro. Si no me importa vigilar el reloj de un aparato menos voy a interesarme por unos berridos o por los pañales. No deberías decir eso, oigo. Sé lo que viene: es parte de ti, responsabilízate, no es algo para abandonar así nada más, ¿no se movió en tu cuerpo, no le diste un nicho antes de llegar al mundo? No; no a todo. Y es algo que se puede ignorar, ¿no lo aventé con mamá, no lo dejé solo, no por eso el sacrosanto gobierno que vela por nosotros se lo llevó, para rescatarlo de las garras de un monstruo?

Estoy harta. Busco un suéter en el cesto de la ropa sucia y se lo enredo en la cabeza. No quiero ver su cara; no puedo silenciarla, pero al menos así no tendré encima su expresión temblorosa de lágrimas. Voy al baño a buscar la navaja. Siento cómo ella trata de impedir mis pasos porque cada uno es torpe, porque cuesta hilarlos con sus ojos rondándolos, como si se tratara de un gato.

No te desanimes, repite. En esos seis golpes de voz hay un hecho inevitable, la presencia de ese funcionario, como le dice ella al abogaducho. Lo querías otra vez aquí, ¿verdad?, le pregunto al abrir y cerrar el estante, viendo en el espejo el maquillaje que sobrevivió a la almohada. Será algo difícil, oigo, un trago amargo, pero después representará un obstáculo superado por tu perseverancia.

Perseverancia, valentía, ánimo. Una sonrisa chueca resbala por el filo de la navaja. Hoy no necesito solo apretarla y así borrar un dolor con otro, ambos apenas punzantes. Hoy presiono la punta contra la parte interna de mi brazo, la deslizo, siento engrosar un rasguño rosáceo. No hay sangre. Todavía, desde el espejo, me mira el gordo del portafolios gastado.

Se me hizo tan pedante verlo limpiar mesa y silla con su pañuelo, ver cómo extendía sus papeles, ¿en serio a ti no?, parecían de porcelana, de cristal cortado, grito. Ella responde pero no le pongo atención. Vuelvo a presionar. Dos, tres veces más; de esas heridas nacen pequeñas perlas rojas. No alcanzan sino para traer, junto al recuerdo del gordo, a la buena señora que llamó a servicios familiares para rescatar a una pobre, desprotegida e inocente criatura.

Piensa en esa mujer como en una brújula, ella te señaló el camino cuando estabas perdiéndote, oigo. Es ahora una voz con algún estertor. Sonrío; ella también está herida. Presiono de nuevo. No es ninguna brújula, sino una entrometida; aunque debería agradecerle, pues me evitó las molestias y los desvelos, la preocupación automática por esa fiebre, quizá producto de una enfermedad, de la desnutrición. Y solo tuvo que subir la escalera, ver a un niño de meses gateando hacia la orilla, asomarse a un cuarto vacío, hacer una llamada.

Luego empezaron a llegar los citatorios, basura arrojada por debajo de la puerta aunque solo bastara empujar para dárselos en propia mano a la destinataria. Los puse en la cómoda, uno sobre el otro, sin abrirlos siquiera; ya se cansarían y me dejarían en paz.

Eran la tarjeta de visita del gordo del portafolios. No lo supe, y al verlo no lo adiviné. Seguro tú sí, le reclamo de vuelta en la mesa, con la navaja todavía entre los dedos, mis brazos tan rojos de sangre como los suyos. Pareces saberlo todo, susurro, me siento junto a ella, evitando siquiera rozar el asiento que limpió antes de ocupar ese abogaducho. Le quito el suéter de la cabeza y me encuentro con sus ojos negros, líquidos. No te hagas esto, suplica; yo sonrío como en el baño. ¿Qué importa?, digo, de todas formas ya perdí cualquier derecho faltando a las audiencias, lo dijo el gordo ése, ¿no lo oíste?, ¿o no te acuerdas? Ella repite su ruego, no lo hagas; ahora no voy a hacerle caso. Antes la dejé poner una esperanza en el centro de mi pecho, un bolígrafo rojo en mi mano. Antes también asentí a cada palabra del funcionario, como niña regañada, y lo vi poner su portafolios sobre la mesa. Deberá firmar esto, señora, oí mientras él disponía varios papeles frente a mí y yo observaba esa pieza rectangular con la publicidad de un servicio automotriz. Por favor, dijo ese hombre desde muy lejos; no pude apartar la vista de su vientre a punto de reventar bajo la camisa con botones faltantes, de su portafolios. Aquel tipo barajaba mi suerte. ¿Señora?, insistió. Entonces ella dijo “no aceptes su pluma, firma con la mía”.

Y lo hice. Y el abogaducho saltó; los documentos se firman con tinta negra o azul, ¿acaso no sabes?, gritó. Y ella repetía “será una tregua, será una tregua”. Y yo me sentí tan estúpida. Ahora debo soportarlo otra vez, reclamo. Gracias a tus consejos volverá; no el lunes ni la próxima semana, pero regresará a sentarse en la misma silla, a dejar su portafolios de taller mecánico en la mesa; debí aceptar su pluma. Ella dice algo pero no le pongo atención; le hundo la navaja en una muñeca, tomo el suéter y salgo dejando la puerta, igual que siempre, abierta.

En el pasillo, la buena vecina me evita, gira la llave en su cerradura y se mete a su departamento; yo bajo la escalera, camino por una calle libre de cámaras. Está anocheciendo.

Llego hasta la esquina, atravieso la calle. Un claxon. Los autos difuminan a la segunda habitante de mi cuarto, la prisa de la gente la vuelve un susurro. Así está bien, me harta su presencia. No te desanimes, no seas así, responsabilízate, no lo dejes con su abuela, no querrá cuidarlo todo el tiempo, tenlo, quieres cargarlo, él volverá, te lo prometió, él no va a irse; siempre había escuchado sus palabras. Pero ella solo sabe hablar.

En el Puerto Toro sus consejos son todavía un latido constante aunque soportable. Acodado en la barra está el hombre que me pidió usar el baño. Bebe de un tarro enorme junto a sus compañeros de trabajo, supongo. Hablan de las pocas veces que debieron grabar esa caída, de los dobles, del final de una serie. Ríen; acabaron temprano y ahora tienen un par de horas libres. Prefiero sentarme en la mesa más alejada.

—Ven a ayudarnos, Mariana.

—Acuérdese que es mi día libre.

—Bueno, ni modo.

—Perdón.

Me pongo el suéter, le pido a Carlos una promoción de cerveza. Veo trajinar al dueño en el espejo lleno de manchas que está detrás de la barra. Le sonríe a esos nuevos parroquianos, recibe el pago, las propinas. Con esa amabilidad me atendió cuando vine a pedir el puesto de mesera, cuando le pregunté qué significaba el nombre de su negocio. Es el último asentamiento humano, hacia el sur ya no vive nadie, de allá era mi abuelo chileno, el papá de mi mamá, dijo, llenó un pequeño vaso con vodka y puso cacahuates en un platito. Nadie, nada; me gustó desde el principio. Sería bueno ir más allá de Puerto Toro, largarse y no volver. Aunque por ahora solo puedo imaginármelo; para crear la ilusión basta con estar aquí, atender las mesas, perderse en el fondo ámbar de una botella. Así no importa si al sur hay una avenida de ocho carriles y dos o tres tiendas abiertas luego de las doce de la noche, estoy en el último asentamiento humano de Sudamérica.

Los clientes de la barra se dirigen a la salida y Carlos trae la siguiente cerveza. Gracias, digo distraída, la tomo, volteo hacia la pared de mosaicos turquesa del baño. No sé si ese muchacho que cubre mis días libres alcanzó a oírme.

Cuando el hombre que subió a mi cuarto empuja las puertas batientes, se asoma el viejo vendedor de lotería. Otras noches el hijo del dueño le ha impedido la entrada, pero hoy no está y él es libre de mostrar la rueda de la fortuna que trae en las manos.

—Éste es el de la suerte, patrón.

En las mesas agitan el brazo para alejar esa molestia. Nadie le responde. El viejo arrastra los pies hasta la barra y vuelve a ofrecer sus billetes. El dueño pregunta cuál es el bueno, aunque no compre, baraja como si así leyera su suerte. ¿Puedo usar su baño, jefe?, pregunta el viejo, se acerca luego de un “sí” muy breve porque la seis pide la cuenta, pasa junto a mí. Después, mientras me acabo casi media cerveza de un solo golpe, oigo el rumor de un chorro. Se agita el tufo a orines.

Lo mismo debió sentir ese hombre al subir a mi cuarto, pienso mirándome la muñeca derecha, una arcada en la lengua. Con razón no quiso usar el baño; yo nunca he entrado a éste, o me aguanto o aprovecho los minutos de descanso para ir al mío.

Uno de mis compañeros me clava enfrente la tercera botella. Te la mandan, dice, señala hacia las mesas de la entrada. Una sombra levanta la mano pero no devuelvo el saludo. La bebida comienza a hacer efecto. No quiero subir, no quiero encontrarme con ella, con su agonía de venas abiertas; acabaría vomitando, ayudándola, quizá. Porque todavía está viva, siento lo débil de su respiración entre el movimiento de la cantina, su voz está en el alcohol de los vasos. No te desanimes, ruega aún, el funcionario regresará, se encontrará con un espacio favorable para el crecimiento de un menor.

El viejo sale del baño limpiándose las manos en el sucio saco de siempre, toma sus billetes y vuelve a recorrer con pasos cansados Puerto Toro. A ver si alguien cambió de opinión. Muchas de las mesas comienzan a vaciarse. Carlos y el nuevo limpian con trapos húmedos, recogen vasos, botellas a medias. El dueño cuenta monedas cerca de la caja. Voy al baño, ojalá nadie lo note.

Este escaso metro cuadrado no tiene intimidad; no hay puerta, la pared de mosaicos no llega al techo, y estando de pie, apenas me cubre los hombros. Aunque trato de apresurarme, el viejo de la lotería se asoma, me encuentra con el pantalón enredado en los tobillos. Son los últimos güerita, dice, ofreciéndome su abanico de suerte. Detrás de él, la lista con los bajísimos precios, la puerta de la bodega, el gallo disecado en mitad de un aleteo. Y ella. Persiste, no puedo evitar verla. Un maniquí sobre la silla. Apenas mueve los labios.

Mírelos, patroncita, insiste el viejo, me acerca sus billetes, azules, verdes, gruesos. Casi roza mis rodillas. Son para mañana; su insistencia me hace tomar el primero, asomarme a esa combinación de números; ¿por qué las personas gastarán en esto, por qué dudan entre dos unos, un cero, tres cincos y un nueve, cuál es la diferencia? Nunca gano en estos premios, por eso no compro, digo. Al devolver el pliego tropiezo con la mirada del vendedor, se me cuelan entre las piernas las ratas huidizas que son sus ojos.

Ahí estoy yo, en el izquierdo; el derecho tiene una catarata. Al centro de la pupila sana veo mi rostro, mi rostro que es el de ella. Veo también la calle, el edificio, las escaleras y el pasillo. En mi cuarto, ella ha dejado de respirar. Queda una sombra, unas ropas llenas de flores rojas, el zumbido de las moscas como una línea de silencio. La buena vecina que me denunció por abandono abre la puerta, se asoma, me busca, pero ella conserva su posición de muñeca olvidada sobre un charco de sangre. Al fin está muerta, como yo.

¿No quiere ver más?, ándele, pide el viejo, me alarga otro billete. El dueño pregunta, desde una cantina ahora en silencio, si mañana puedo llegar unas dos horas antes; Carlos no va a venir, dice casi disculpándose. El muchacho estudia, tiene examen, y yo, nueva habitante de ese sur donde no existen las avenidas de ocho carriles ni los comercios veinticuatro por siete, respondo con un “okey” rápido mientras acepto la mercancía del viejo. ¿Cuál es el de la suerte, don?, le pregunto. Una sonrisa; al fin caminé hasta donde no hay ningún asentamiento humano, más allá de Puerto Toro. Desde aquí seré capaz de recibir al abogado sin asco. Abriré la silla para él, limpiaré la mesa con una franela húmeda, me ofreceré a guardar su saco, estudiaré las copias que me presente y le preguntaré si su día ha sido bueno, si fue difícil llegar con el tráfico de las horas pico. Quizás hasta le ofrezca una sopa de microondas, una cerveza. Después firmaré los documentos con su bolígrafo, para evitar confusiones, además voy a disculparme por lo de la vez pasada. Creí que era negra, diré, pretendiendo ignorar lo imbécil de esa excusa. Y la mención a la conducta responsable de la vecina no va a ofenderme, pues ya no tendré atrás a ninguna sombra repitiendo “no te des por vencida”, “ese funcionario aún puede ver un espacio favorable para el crecimiento de un menor”. Aquí, más allá de Puerto Toro, no me importará que esos papeles nombren al Estado tutor de un niño huérfano porque su mamá lo descuida, lo deja solo en ese cuchitril mientras se va a quién sabe dónde, ignorando sus responsabilidades. En este desierto blanco podré ser ésa que renunció a una maternidad desde el principio, pienso mientras rebusco en unos bolsillos que descubro vacíos.

—Si se espera un rato me quedo con éste, don. Apártemelo.

Le devuelvo el billete al viejo, rozo lo áspero de sus dedos. Su mirada se clava en mis brazos, llenos de sangre a medio secar, de cicatrices viejas y recientes hasta la muñeca. No debería lastimarse así, niña, es malo, puede hacerle daño, susurra, me acaricia apenas la mano derecha, le duele cada palabra. Yo estiro el suéter hasta cubrir las marcas de la navaja, respondo, más para mí. No, don, no se preocupe, ya no voy a hacerlo.

Regreso a la mesa. Al dueño le pediré descontar de mi quincena el consumo de hoy. Otras noches ha aceptado, no creo que vaya a negarse. Y menos si mañana cubro horas extra.

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Judith Castañeda

Ciudad de México, 1975. Autora de La distancia hasta el espejo, Dios de arena, Aire negro, Vestir de negro y Unas gotas rojas. Ha participado en antologías como Las musas perpetúan lo efímero (Micrópolis), Caleidoscopio, antología de minificcionistas poblanas, Ráfaga imaginaria, Cortocircuito, Resonancias y El origen perdurable (BUAP).

En 2005,...

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