Desierto

Beatriz Meyer

Porque llevamos dentro nuestro propio demonio

y hacemos de este mundo nuestro propio infierno,

del que siempre alguien quiere apropiarse.

SERGIO GONZÁLEZ RODRÍGUEZ

Para Víctor Hugo Rascón Banda

Ahí están los zapatos de plataforma de Caridad y el pelo rojizo de Teresa lleno de arena pero mamá insiste que no, que se vaya al cuarto a terminar los deberes mientras papá la mira con esa mirada lánguida, como triste, con la que desde hace un tiempo la sigue por la casa. Justo antes de abandonar la sala oye en la tele, clarito, el nombre de las cuatro: Caridad, Teresa, Raquel y Rosa, nombres y apellidos, el locutor los dice en orden alfabético, igual que la maestra cuando pasaba lista de asistencia en las mañanas del colegio ese que odió tanto. A ella no la engañan: son las cuatro con esa sábana en la cara y las piernas polvorientas, cuatro cuerpos en hilerita, juntos, como siempre. La figura redonda de papá cubre la imagen de la pantalla, ya oíste a tu mamá, vete a terminar de estudiar. Papá habla como si quisiera llorar. Su voz no tiene la misma fuerza, la regaña de a mentiritas, eso lo sabe luego luego.

Y el teléfono quieto, silencioso. Rafael la ha olvidado; hace ya varias semanas de la última salida, malteada en Vips, la mesera preguntando: ¿De fresa para su hija? Y sus ojos rodeados de pequeñas arrugas que se vuelven una sola línea, gustosos, como si todo fuera a estar bien desde ese momento y para siempre, como si ella no estuviera a punto de perder el año por culpa de las mentiras de Caridad, como si en las noches no oyera llorar a mamá, sus preguntas por encima del ruido del televisor: ¿y ahora qué haremos, sin dinero y a mitad del ciclo escolar, sin palancas para otra beca? Aun así, todo era preferible a este silencio de Rafael, quizá ya no por negocios –esa palabra que lo llevaba muy lejos–, sino porque en una de ésas también él piensa mal de ella, como sus padres, la directora, las compañeras que respaldaron la versión de sus amigas sobre el robo del examen, el cajón violado, la mosca muerta por fin se descaró y las cuatro ocultas en el baño, festejando con un cigarro la derrota de la enemiga, total, no se merecía esta escuela, ni tampoco el viaje a San Diego, donde los padres de Caridad tienen casa con alberca y todo.

El locutor habla de una cifra muy alta de cadáveres hallados en algún lugar del norte –cuatro más, contabiliza Sara sin querer–. De los asesinos, nada. Hora de cenar y papá y mamá sólo murmuran entre sí, como si Sara no supiera que hablan del desierto, del sol cayendo sobre los cuerpos mutilados, creyendo que le dolían ellas y no Rafael, que ojalá la esperara en su departamento de Polanco, tan grande y vacío: la mesa, unas sillas, la cama donde una tarde se olvidó de las mañanas terribles de los últimos tiempos, de Teresa, Raquel y Rosa cuchicheando en la cafetería y la directora acusándola de robar un examen, expulsándola sin pensar que le iban a retirar la beca, que sus padres no podían pagar las colegiaturas de otra escuela de niñas bien, con igual o más dinero que los padres de Teresa, quienes se iban a Cancún cada semana santa, o los de Caridad, con sus casas en Las Lomas y San Diego, donde el grupo de amigas iría a pasar el verano, si te dejan tus papás, había dicho Caridad mirándola de arriba abajo mientras Sara pensaba que estaba en chino, ni siquiera le permitían quedarse a dormir en casa de sus primas en Lomas de Sotelo, mucho menos pasar dos meses en Estados Unidos con vaya usted a saber quién, sin nadie vigilándolas, hubiera dicho mamá aunque ya nunca lo dijo porque Teresa, Caridad, Raquel y Rosa se fueron sin recordar que a ella la habían invitado aquella vez, la última en que se reunieron en casa de Teresa por lo del examen de matemáticas.

El silencio súbito del televisor la pone en alerta. Las once y su madre aún no la llama a cenar. Guarda sus cuadernos, las guías del examen para la prepa. A pesar de todo, Sara está terminando la secundaria. Poco después de la expulsión, una escuela muy prestigiada mandó una carta invitándola a incorporarse y terminar el año, así podría ingresar a la preparatoria sin problemas. Papá ni siquiera tuvo que recorrer dependencias para recuperar su beca. Antes de partir al norte a conocer a su nuevo patrón, algún funcionario importante le informó por teléfono lo de la nueva beca. Ese día lanzó a Sara por encima de sus anteojos esa mirada triste que le dedicaría de ahí en adelante. Mamá había murmurado algo así como: “Los caminos del Señor son misteriosos”. Rafael, de haberlo sabido, se habría alegrado mucho. También él decía que lo importante eran los estudios; de otra manera dependes de tu puritita suerte, le aseguraba mientras su lengua recorría el vientre sin relieves en una carrera que no pocas veces se convertía en el frenesí de sus manos alrededor del frágil cuerpo de la niña, a quien hacía repetir juramentos de sangre, nunca me dejes, Sara, mi amor, mía, mi chiquita, de nadie más, para siempre.

Pero antes de eso, siglos antes, su vida eran los libros y sus amigas, las tareas y a veces una escapada al centro comercial donde las chicas tomaban sus primeros cafés y hacían sus primeros ligues. Ellas hacían sus primeros ligues, porque a Sara mamá le había enseñado que no se habla con desconocidos en la calle, mucho menos si disparan el refresco y tienen la cara llena de barros. Con Rafael había sido distinto, porque para empezar no era ningún desconocido. Siempre estaba ahí, con su hijito de cinco años, aguardando como ella la consulta del pediatra a la cual la enviaba mamá aun a sabiendas de sus catorce años bien cumplidos. No le hace, decía, él te conoce desde chiquitina, ha sido tu médico desde siempre. Ya te dirá cuándo cambiar de doctor. Y ni pienses en ginecólogos que recetan pastillas y condones. Así está bien, decía mamá cuando la dejaba confiada a las puertas del edificio de cristales largos donde ella entraba hasta el ascensor, piso siete, olor a desinfectante, a consultorio, la enfermera boba que ni la miraba, sólo pásale, siéntate y no hagas ruido. Ella y su alma, como de un tiempo a esta parte, mamá metida en el voluntariado, sin tiempo para las consultas, las dudas, el miedo de sentarse al lado de gente extraña, por eso buscaba la cercanía del hombre con su hijo, ese hombre que le sonreía bien bonito y hasta le preguntaba qué tal, cómo has estado, y ahora qué estás leyendo. Ella sonreía detrás de sus lentes de pequeña bibliotecaria y no se atrevía más que a enseñar el libro. Una tarde supo su nombre de boca de la rumiante enfermera: “Señor Rafael Núñez, puede usted pasar”.

Quién sabe cómo el señor Núñez apareció un día a las puertas de la secundaria. Le traía un regalo. Ella aceptó el aventón, pero antes una malteada en Vips, para irnos conociendo, le dijo. Sara miró los ojos sonrientes de Rafael Núñez y dijo sí, vamos y después de la malteada siguieron otras tardes, más regalos. Sara recordaba muy bien cuando la llevó a probarse unos lentes de contacto porque fue también la primera vez que el señor Núñez llegó por ella sin el chofer y luego del oculista y la malteada de costumbre la llevó a un lugar lejos de la ciudad y ella preocupada por mamá y sus gritos y amenazas. Rafael le dijo que no se preocupara; su padre la calmaría. El lugar resultó un tanto triste pero agradable con su pequeña estancia, la chimenea vieja y una recámara que olía como a encierro, como al gabinete del abuelo. Hacía frío y Rafael (desde entonces lo llamaría así) mandó encender unos leños. Luego destapó una botella y le dio de beber champaña y vino rosa, le pasó chocolates por los labios y poco a poco sus dedos fueron reptando entre sus muslos hasta sentir la humedad nueva de su entrepierna y ella no era ella; su cabeza daba vueltas al igual que el cuarto y quién sabe cómo acabó en la cama, desnuda y la lengua de Rafael trazando caminos inciertos hasta que ella misma suplicó por favor, así. Esa noche llegó tarde a casa y mamá le preguntó distraída si habían terminado el trabajo. Papá no levantó la vista del periódico y Sara dijo hasta mañana. Estaba cansada pero no pudo dormir. Le dolía el cuerpo y sin embargo la sensación era muy agradable, como si hubiera corrido muchos kilómetros por terreno pedregoso. Ansiaba llegar al colegio para contarle a Teresa, la única capaz de guardar su secreto.

Pero cuando en la clase de biología Sara deslizó su historia entre cuchicheos, Teresa sólo la miró como quien mira una araña peluda y repugnante. “Qué cosas inventas”, fue su comentario. Más tarde Sara sintió el golpe de los murmullos, las miradas de reojo, las risitas incesantes de las tres amigas. Pronto empezaron a hacerle bromas sobre su “padrino” y ella no fue capaz de zafarse de la sensación de ridículo que la asaltaba cada que veía letreros insultantes en el baño, muy parecidos a los comentarios malintencionados que a veces hacían así, descaradamente, a trompa abierta, como si no la ofendieran y ella sin nadie a quien contarle. Excepto a Rafael, que la oía con el ceño arrugado, atusándose el bigote, muy serio. “No te hagas mala sangre”, le decía. “Hay dolores pequeños, como el de la ingratitud de la gente; en cambio hay otros que sólo conoces cuando llegan. De tan grandes, te dejan sin respiración y deseas no haberlos sentido nunca. Como el del amor, como el de quedarte sin él”. Ante la mirada perpleja de niña, el hombre explicaba: “Para que me entiendas: quedarse sin amor es igual a perderse en el desierto, solo, sin agua y sin mapa de regreso. ¿Me entiendes?” Y Sara pensaba que ya ni siquiera se acordaba cómo era la vida antes de Rafael.

Por esos días estrenó guardarropa, se cortó el cabello y asistió a su primera fiesta. Fue en casa de Teresa. Cuando llegó no la reconocieron. “¡Pero qué te hiciste!” “Si eres otra”, comentaban las amigas y sí, era otra. Ahora sus piernas asomaban rotundas bajo la minúscula falda de piel que meses antes no se habría atrevido a usar. Su nueva melena, corta y matizada por luces de un tono más claro que el suyo, se movía al ritmo de una nueva cadencia, una seguridad escamoteada a las tobilleras y la falda larga del colegio. Sara notó la expectación del grupo al verla entrar. Ni siquiera le importó la reunión de emergencia a la que convocó Teresa en la cocina. Accedió a bailar, aceptó vasos de refresco, rió al ritmo de su propia música interior. Esa noche la enlazó por la cintura un muchacho desconocido. La miró a los ojos y le sonrió con una sonrisa amplia de dientes metalizados por la ortodoncia. El resto de la velada platicaron, intercambiaron teléfonos, e-mails. Sus amigas se dedicaron a observarla con una mirada homogeneizada por el odio. Franco, abierto, o eso pensaba Sara cuando al lunes siguiente llegó al colegio dispuesta a entablar la primera batalla de la guerra recién declarada. La sorprendieron, sin embargo, con una invitación para el verano. “¡Vámonos a San Diego!”, la recibieron, alborozadas. “¡Qué te parece!, ¿eh?” “Dile a tus papás que allá nos pagan todo”, dijo Teresa, con un asomo de mala leche que sólo superó el mohín despectivo de Caridad: “Si te dejan, claro”. Luego le invitaron un Gansito y una malteada que ella rechazó al pensar la cantidad de calorías que no estaba dispuesta a ingerir de una sentada. Teresa le recordó su compromiso de ayudarlas con el examen de matemáticas. Esa tarde se reunirían para repasar los apuntes y platicar. Eso dijeron.

Los exámenes finales se aproximaban y después de esa tarde siguieron otras: física, geografía, historia. Sara tenía que luchar contra la apatía de las amigas, su inclinación al chismorreo, su falta de ganas de estudiar. Quizá antes no había notado lo difícil que le resultaba estar con ellas, reír de sus bromas tontas, aguantar los comentarios despectivos sobre lo “pobre” que era su familia. Por aquellos días su padre se había quedado sin empleo y ella tuvo la mala ocurrencia de contarles. El tema sirvió de aperitivo entre apuntes y ejercicios. Para colmo Rafael se había ido a un viaje de negocios quién sabe dónde. Tal vez por eso le habló al muchacho de la sonrisa metálica. Su primera salida fue al cine, pero Sara no resistió el roce de los labios delgados, que insuflaban aire y saliva de una manera torpe en su cavidad bucal, ni tampoco las manos que buscaban abrirle la blusa sin hacer caso de su reticencia. Llegó a casa desanimada. Su padre debió notar algo porque antes de irse a acostar le dijo: “ten cuidado con quién andas”. Hasta ese momento él nunca se había metido en sus asuntos, como mamá, quien armó un escándalo cuando supo lo del cine, y tú sola con él, pensé que irías con tus amigas. De cualquier manera Sara había decidido no volver a ver al fulanito, que luego resultó pariente de Teresa. “¿Cómo te fue con Roberto?”, fue la pregunta obligada del lunes. Y el padrino ¿no se enoja?, se burlaron toda la mañana. Pero a la hora de la salida Caridad la alcanzó en la puerta. “Cuidado con volver a ver a Roberto.” Sara la miró sin comprender. “Es mi novio, mensa. O va a ser, así que ni te le acerques.” Pero Roberto la buscaba. Ella cedía, aburrida. Dos salidas más y él ya le estaba proponiendo el departamento de un amigo. Ella lo miró de reojo y le pidió dejarla donde pudiera tomar el autobús de regreso. “Qué, ¿no que te acuestas con cualquiera?” La sonrisa metalizada fue lo último que vio al salir del coche y dar un portazo que selló las ganas de volver a salir con alguien. Para qué, si tenía a Rafael. O tal vez ya no, se dijo esa noche al mirar el teléfono silencioso.

Llegaron los exámenes y todo perdió el sentido, Roberto se esfumó del horizonte y sus amigas deambulaban con cara de entierro por los pasillos de la escuela. De pronto, una mañana, a la mitad del recreo, sonó el celular que Rafael le había regalado antes de partir. Era él. Desde muy lejos le dijo que en dos noches, cuando acabaran sus exámenes. Ya no le importó nada, ni sus amigas ni Roberto ni mamá. En dos días todo estaría bien.

Faltaba el último examen, pan comido, literatura universal. Sara emprendió el trabajo con frenesí, deseosa de terminar cuanto antes y correr a la entrada, ojalá Rafael llegara antes, le diera la sorpresa. Fue la primera en entregar. La maestra revisó las hojas y le notificó que la directora quería hablar con ella. Lo que siguió fue la ausencia de Rafael, el llanto de mamá, tan pertinaz como la lluvia de junio. La expulsaron del colegio, acusada de robar un examen. Ni siquiera le dijeron cuál. No la dejaron defenderse, ni nadie salió en su defensa. Sólo supo que los padres de Teresa y Caridad le habían ido con el chisme a la directora. Y luego todas dijeron haberla visto por la oficina, con papeles en la mano.

Una tarde de aguacero apareció Rafael. La recogió a la entrada de la secundaria abierta que empezaba a pagarle su tía porque según ella era mejor mantenerse ocupada. Tal vez así, le decía, entusiasta, pronto podrás trabajar, pobre de tu padre, no encuentra chamba y las cuentas se acumulan, hija. Sara sólo quería verlo para decirle adiós, bye, hasta nunca. No era su burla, le dijo muy seria. Luego recordó sus palabras: la traición le dolía tanto que deseaba no haberla sentido nunca. Ingratitud, esa era la palabra que había lanzado su vida al caño. Quisiera que se murieran, finalizó Sara su discurso. Rafael la escuchaba circunspecto, ceñudo. Tomaron como de costumbre una malteada en Vips, donde la consabida mesera preguntó: “¿La de fresa para su hija?” 

Antes de arrancar, en el estacionamiento todavía, Rafael escogió un disco que puso con mucha ceremonia en el aparato del coche. A Sara le sonó como a música antigua, uno de esos boleros cursis que a veces oía papá. El coche enfiló hacia avenidas llenas de tiendas elegantes y edificios de oficinas. Vieron un parque, niñeras de uniforme cuidando chiquillos escandalosos, palomas y palmeras en los camellones. Se internaron en una calle pequeña. Un señor arreglaba un cantero de margaritas y dalias. Rafael estacionó el auto y la invitó a salir. Subieron a un elevador custodiado por espejos relumbrantes. Un olor dulzón, parecido al perfume de las señoras ricas que frecuentaba mamá, se instaló en la nariz de Sara y la siguió hasta la puerta de un departamento en el tercer piso. Sin decir palabra, Rafael la levantó en brazos y se escurrió con ella hasta la recámara donde sus manos buscaron cobijo bajo la falda escolar, manos morenas, demasiado grandes para desabotonar la blusa de algodón que al fin cedió como cedió el cuerpo de Sara al empuje de su dueño. Con las bocas entrampadas en la oscuridad Rafael le preguntó si era suya. En respuesta Sara se acurrucó entre sus brazos, segura en el interior de ese departamento solitario donde nadie los veía feo ni se escuchaban las risas tontas de amigas traidoras, sin pensar en la beca perdida, en el llanto de mamá. Antes de dejarla en su casa Rafael le informó que debía salir de nuevo en viaje de negocios, que no se preocupara, que todo estaría bien. Y sus ojos brillaron de manera extraña antes de volver a preguntarle como todas las veces antes de despedirse: ¿Eres mía? Para siempre, Rafael, para siempre. 

Teresa, Caridad, Raquel y Rosa se fueron a San Diego. Durante semanas ocultaron los preparativos, las carreras para conseguir la visa, el complot de padres que se invitaban a cenar para ultimar detalles. Sara no volvió a saber nada de Rafael. Un funcionario de alguna dependencia llamó a papá para informarle de una nueva beca. Otro le ofreció trabajo. Tendría que ir al norte, a una entrevista con un hombre de negocios muy importante. Y luego los exámenes que Sara debía preparar para entrar en la preparatoria de niñas bien, los aburridos días de vacaciones. Todo era estudiar mientras la lluvia de agosto convertía la nostalgia en un sudario insoportable de silencio y dudas.

Ya casi las doce. Sara se desviste en la oscuridad. No puede apartar de su cabeza la visión de los cuerpos secándose al sol. Enciende el radio, en busca de alguna canción antigua. Un viejo bolero insiste en que sin ti es inútil vivir. Apaga el aparato. Inútil. Vivir. Sin ti.

Las luces fosforescentes del reloj de buró marcan la una y ella sin poder dormir. Todavía se escuchan voces en la sala. Se anima a ir por un vaso de agua. Mamá y papá permanecen sentados uno frente al otro. Hablan de los asesinatos. Papá tiene la cabeza entre las manos. De los asesinos, nada, dice mamá. Como si quisiera distraer a papá de su abstracción, Sara pone en el aparato uno de esos discos de boleros que tanto le gustan. Al oír los primeros acordes papá pide entre dientes, todavía con la cabeza entre las manos, “quita eso”. Sara apaga el aparato y recuerda que apenas trajo ese disco de su viaje al norte, donde estuvo varios días que a mamá se le hicieron muchos, si tan sólo se trata de una entrevista, para qué tanto tiempo. Y él había llegado con su contrato y ese compacto de boleros cursis que quedó abandonado sobre la mesa de centro.

El timbre del teléfono. Mamá mira a papá, quien sigue con la cabeza entre las manos. No se mueven. El tercer timbrazo descompone la naturaleza fija del cuadro. Como en cámara lenta, mamá deja su hueco en el sillón para ir a contestar. Con una voz sin matices anuncia a Sara: el señor Núñez viene por ti. Sara recuerda las palabras de Rafael y de pronto lo reconoce: es el dolor, tan grande que le arrebata la respiración, tan enorme que desea no haberlo sentido nunca porque cuando papá levanta la vista, Sara ve en sus ojos el desierto, inabarcable, para siempre.

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Beatriz Meyer

Nació en la ciudad de México y estudió Comunicación en la UNAM y una maestría en creación literaria en Canadá. Ha vivido la mayor parte de su vida en la ciudad sagrada de San Pedro Cholula, por lo que se considera cholulteca por adopción.

Ha obtenido diversas becas en el...

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