Cruz el muerto

Alexia Stuebing

Una cueva no es más que un hueco en la tierra, el ano de la montaña, el albergue de osos y ancestros-fósiles, el hogar origen, un hueco más. Apodar a una cueva de cierta forma no hace que su significado cambie: La Cueva del Oso, La Cueva del Ropavejero, La Cueva del Diablo. Sólo queríamos rayar una pared, rayarnos las narices con coca, rayar el hígado con chelas y tonayan: dejar una raya de la historia que fuimos. Estúpida necesidad adolescente de marcar su suela sobre el mundo, estúpida necesidad de encajar con amigos culeros, estúpida cueva.

El Pipo me convenció de ir nomás porque iba la Irmita. Irmita, la canija se veía bien bonita con su capucha negra y los tenis llenos de tierra. El Jirón, el Pepe y la Chofis, agh, ojalá no hubieran ido, ojalá les hubiera dado diarrea a los tres y se hubieran quedado atorados en los baños de sus casas. ¡Ah pero no! ¡Querían ir a medir su quesque valentía a la méndiga Cueva del Muerto!

Llegando a pie de la montaña ya me estaba arrepintiendo, les iba a decir Eh vatos, mejor vamos a comer unas chanclas o unas memelas bien grasosas. Ah pero no, Cruz siempre está mal, Cruz siempre es bien baboso, Cruz siempre se porta bien (como si quedarse en casa a echar hueva fuera portarse bien). Me convenció mi calentura y las hormonas que me alborota la Irmita. Estúpidas ansias biológicas.

Subimos con unas mochilas llenas de vicio y aerosoles. Ya tenía un rato que queríamos rayar algo. ¿Qué tiene de especial esta cueva Pepe, para qué nos haces subir hasta quién sabe dónde jijos ? Sí, está horrible esta subida. A ver ya, cálmense, cálmense; aquí podemos hacer el pinche mural que vienen di y di desde hace semanas y de paso atascarnos con chelitas. Ya, no sean mamones y sigan subiendo; además es Día de Muertos, ¿qué otra cosa tienen que hacer?

Pepe tenía razón, allá arriba quién iba a estar buscando malandrines con sus urgencias pueriles de rayar paredes y meterse hasta la basurita del sacapuntas. La verdad es que conforme subíamos más y más, me di cuenta de que mi flojera se iba convirtiendo en una especie de escalofríos. Sentía cómo mi piel se ponía chinita pero no sentía frío, no se sentía ni un poquito de viento, es más, no se escuchaba nada de viento, nada de nada. Ora.

Oigan, ¿es normal este silencio? *chasquido* ¿De qué hablas Cruz?, todos los pinches silencios suenan igual. No, no, te juro que éste no sólo se escucha, se siente, ¿neta no lo sienten, una sensación chinita en los vellitos del brazo? Wey, ya estás loco, ¿qué te metiste antes de venir? Ca’on les dije que se aguantarán a meterse madres hasta subir a la cueva, no jodan.

A veces me caen muy mal mis dizque amigos. Nunca entienden nada y siempre me están metiendo en cosas raras (digo no me quejo de las drogas recreativas o duras, pero esto de estar subiendo la loma ya es de maniáticos).

¿Oigan chicos y por qué se llama la Cueva del Muerto? Ay Irmita, pues es obviooo, es porque alguien se murió ahí, jajaja. No seas tonto Jirón, no le hagas caso amix, la cueva tiene una leyenda, muy vieja, muy tediosa; pero lo importante es que según quien sube y entra en la Cueva queda marcado por la Muerte, tú y yo no tenemos rollo, somos morras y la Muerte es mujer y amiga, no nos va a pasar nada, uuuy pero a estos cuatro… sí se los carga, mejor besa de una al Cruz para que muera en paz, jajaja.

Ash, méndiga Chofis, siempre haciéndome pasar vergüenzas, ¡qué va! Esa morra ni ha de conocer lo que es la vergüenza. Ojalá Irmita no fuera tan amiga de ella.

¿Cómo está eso de que la Muerte nos va a marcar, qué es eso que andas inventando Sofía? Pues así como oyes, el hombre que entra ahí llevará para siempre el beso de la Muerteeee ¡uuuUUuuuh! ¡Deja de inventar cosas Chofis! ¡Sino es mentira!, yo le dije a Pipo que no subiéramos por eso, pero está muele y muele que quiere ir hacer el tonto mural que dicen.

Odio admitirlo pero Chofis tenía un punto al tratar de convencer a Pipo de ir a otro lado, a mí esa sensación de piel chinita ya me invadía todo el cuerpo.

Pipo, ¿y si mejor nos regresamos y banqueteamos afuera de mi casa? Ay Cruz, ya vas a empezar, si ya casi llegamos.

Entre más nos acercábamos a la cueva más pesado me sentía; comencé a sentir un frío extraño, como en la médula del hueso. Estúpida cueva. Lo único bueno es que entre más nos acercábamos, más sentía a Irmita cerquita de mí, casi podría jurar que quería que la abrazara. Y pues eso hice. 

*susurrando* Cruz, ¿no te da miedo? ¿Miedo, un hueco de tierra? Menso, la leyenda, ¿no te da miedo estar marcado? No creo en esas cosas Irmita, es para espantar a la gente y que no anden de chismosos, para que la raza no suba al cerro; me da más miedo perdernos aquí en el bosque. Mmm no sé Cruz, a mí me contó una tía que vino cuando era chamaca, que retaron a uno de sus amigos a entrar y que cuando salió ya no volvió a ser el mismo; que según desde ese día empezó a morirse, a hacer cosas extrañas y que de un día para otro, puff, murió. *subiendo el volumen* ¿Cómo crees?, seguro te contó eso para que no fueras a subirte, a rayarte. No, no, mi tía no es de esas, ella me dio a probar marihuana por primera vez. ¿Y eso qué? Pues que a ella no le molesta que yo venga con la Bandita, siempre y cuando no esté sola. Mmmm.

Puras tonteras de la Irmita, pero bueno, con tal de estar con ella me uno a sus loqueras, y me subo al monte, y me meto a besarme con la Muerte.

Subimos una media hora más y llegamos a una planicie llena de plantas secas, casi desérticas, a mis compas no les llamó la atención; a esos vatos nada les llama la atención sino tiene tetas, carros, drogas o alcohol. Por fin llegamos a la maldita cueva, parecía más una atracción turística olvidada que un hueco de osos: vasos tirados por doquier, basura regada, y hasta un letrero en rojo que leía ENTRA BAJO TU PROPIO RIESGO. Puras tonteras.

Mis amigos ni bien la vieron empezaron a sacar los aerosoles, nos dividimos los colores para empezar a hacer nuestro dizque mural. ¿Cuál mural? Sólo eran nuestras iniciales en un estilo mexa-cholo. Irmita y yo tomamos una lata al mismo tiempo y aunque no le veía la cara me imaginé cómo se sonrojaba.

¿Quién quiere entrar primero? *silencio* Oh ya, entro yo. ¿Seguro Pipo? Simón, sirve que veo si está muy difícil entrar.

Pipo entró con una linterna, se me hizo raro pero me pareció que tanto la poquita luz de luna que había, como la de su lámpara se veían medio rojas. En lo que Pipo exploraba, nosotros comenzamos a enviciar las tripas, nos echamos unos mezcalazos y una fumadita de un porrito de quién sabe qué madre.

Pasaron como veinte minutos y Pipo nada que salía. Todos ya empezábamos a sentir pachecos y no nos preocupamos mucho. Pasaron otros quince minutos.

Oigan, ¿qué onda con Pipo? Pues se metió al hoyo wey. ¿Y cuánto pasó desde que entró? Ni idea we, ¿iremos a ver o nos querrá espantar? No, no creo, ya pasó mucho tiempo. Pues vamos a ver.

Todos tomamos nuestras mochilas y encendimos las lámparas que traíamos. Luego luego entrando en la cueva se sentía un calor húmedo, como si alguien nos estuviera bostezando en la cara. Entonces se resbaló el Pepe, su grito que se extendió en todos lados con un eco horripilante.

¿Estás bien wey? *no hay respuesta* ¿Pepe? Contesta, ¿dónde andas? Prende tu lámpara wey. *un quejido seguido de nada* ¿Pepe? ¿José? ¡José! ¡No vayas a espantarnos wey! *nada*

De golpe se apagaron todas las lámparas y luego las chicas comenzaron a gritar. Sentí algo en la pierna, pensé que era una rata, comencé a agitar mi pierna como loco y a adentrarme más y más en la cueva. Dejé de escuchar los gritos y lo que tenía en la pierna ya se había ido. Todo estaba muy oscuro. ¿Chicas? ¿Piiiipoooooo? ¿Irmitaaaa? *nada*. Intenté en vano prender mi lámpara, mi celular tampoco prendía y no tenía idea hacía donde caminar. Lo poquito pedo que estaba me hizo dudar si lo que estaba pasando era real o no.

Esperé un rato sin moverme a ver si alguien de mis amigos salía por atrás a espantarme pero nada. De pronto la temperatura subió mucho, como cuando alguien te sopla en la cara, o como cuando escondes un bostezo en la mano; hacía un calor húmedo, sofocante. Estúpida cueva, yo sólo quería besar a Irmita y ponerme bien pedo. Esperé un rato más, sin moverme según yo para no perderme.

Me senté en la tierra, sentía insectos caminando por todos lados. La sensación chinita de la piel ya me llegaba hasta la punta de los pelos. Comencé a gritar pero nada más escuchaba eco y eco, no entendía cómo podría haber entrado tan profundo si nada más había caminado dos pasos.

De repente el calor comenzó a crecer más y más, como si alguien hubiera prendido un calefactor. Me quité la chamarra y me la amarré a la cintura. Entonces un puntito de luz empezó a agrandarse frente a mí, pensé que estaba alucinando pero esto era demasiado. Me tallé los ojos pensando que ya me estaba acostumbrando a la oscuridad; el puntito de luz se convirtió en un hoyo blanco. Estaba pasmado, no sabía qué hacer, si moverme, gritar o seguir viendo como lo hacía.

Del hoyo salió un sombrero alto, negro y popoff, lo siguieron unas manos huesudas que se apoyaban en la luz para dejar salir un cráneo con pedazos de piel colgando. Mientras esa madre salía del hoyo yo sólo podía pensar que un pinche zombie me iba a tragar virgen. Seguido de la cabeza salió un cuerpo cubierto de un vestido con hoyos y lombrices cayendo asquerosamente. Para cuando la zombie-verdugo había salido el puntito de luz ya asemejaba más un umbral. Traté de alejarme pero la luz del umbral empezó a invadirlo todo.

El beso de la Muerte me había alcanzado. Entonces me cayó el viente de la forma más estúpida: estoy en la Cueva del Muerto y su muertito era el estúpido que escribe esto.

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Alexia Stuebing

Estudió Periodismo Cultural (2020) y Diseño Gráfico (2021) en UNARTE, Puebla. Su perfil está orientado en la combinación de creación narrativa, investigación periodística y producción editorial. Ha trabajado como freelancer en proyectos varios de animación, redacción, investigación, diseño editorial, edición e ilustración.

De 2020 a 2024 colaboró en la productora de...

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