La cabeza de huevo

Ruth Miraceti Rojas

La primera vez que intenté hacer uno tenía catorce. Mi novio acababa de cumplir los quince y estábamos experimentando aquello que se rumoraba en todos los salones de clase. Duele. Vas a sangrar siempre. No lo hagas. Pero igual nos escapamos una mañana para ir al departamento donde vivía con su padre, quien casi nunca estaba. Su madre había desaparecido y él no hablaba de eso. Yo no podía imaginarme cómo una madre podía dejar así a un hijo.

En el departamento, le pedí que lo intentáramos en la cama de su padre, que era más grande que una matrimonial. Mi novio dijo que sí y con una torpeza extrema comenzamos a pasar nuestras manos por nuestros torsos, nuestras espaldas y nuestras piernas. Si su padre hubiera entrado en ese momento, probablemente se hubiera reído.

Solo te la mete y ya, recordé que me había dicho una amiga. ¿Dónde? Pues ahí nada más. No pudimos acomodarnos y terminamos en posiciones un tanto extrañas y muy incómodos. Nos acostamos medio desnudos en esa cama abismal, que me parecía digna de una verdadera madre, y comenzamos a reírnos. ¿Qué encontrarán de divertido al estar uno encima del otro asfixiándose y buscando un lugar para meterse? Mi novio dijo que la próxima vez lo haríamos mejor. En ese momento pensé en preguntarle a mi madre cómo le había hecho para repetirlo más de una vez, para hacerlo correctamente y disfrutarlo.

Tiene que estar bien duro, me explicó mi amiga. Tal vez no le gustas tanto. Regresé a casa pensando en si el gustarse tendría alguna relación con el querer tener hijos juntos. Yo daba por hecho que se tenían novios para tener hijos y luego no había nada más que hablar porque los dos tendríamos ese vínculo inmediato para toda la vida. Él seguramente querría lo mismo: un par de niñas y un niño.

Siempre fui una estudiante poco aplicada, pero no porque no me interesara aprender, sino porque no podía hacerlo. Me pasaba horas viendo las libretas, y lo que contenían se me figuraba indescifrable. Veía símbolos que nada se parecían a las imágenes de la novela de las seis de la tarde. No entendía cómo eso escrito en los libros de texto y lo poco que podía copiar de los dictados me ayudarían a lograr la vida que quería: la vida de madre que había asumido desde los seis años.

A esa edad ya sabía cuáles serían los nombres completos de las dos hijas y el hijo que quería tener. Durante la primaria no pensaba en nada más que en el suave olor a talco de los recién nacidos. En sus cuerpos diminutos, con sus rostros tiernos y acolchonados. Nada me daba más ternura y satisfacción que observar a bebés por la calle mientras las madres los paseaban en esos carritos cubiertos de sábanas y cobijas peludas, con su tufo cálido y suave que me provocaba certeza.

Cuando le conté a mi novio que ya tenía el nombre nuestro hijo, porque yo sabía que sería niño, me contestó que él no quería que hubiera más gente sufriendo en el mundo. ¿Sufrir? Pero si él va a ser feliz porque para eso lo tendríamos. Aún estamos jóvenes, no tenemos que pensar en eso, me contestó. Tú no, le dije, pero yo llevo pensando en eso más de diez años. Me miró condescendiente y me dijo que lo podríamos platicar más adelante.

La siguiente vez que lo intentamos también nos reímos, hasta que de verdad estaba bien duro y en serio sangré. Más que por la sangre, nos asustamos por la mancha roja en la sábana blanca del papá. Una sábana pulcra que hacía parecer las mías unos trapos viejos de cocina. A mi novio le dio un ataque de pánico y yo usé un poco de agua oxigenada para limpiar la herida de esa sábana, como si limpiara una raspadura de mi próximo hijo.

Sabía que no estaba embarazada porque solo había entrado para quedarse inmóvil unos cinco minutos. Después nos dimos cuenta de la mancha y paramos. Las siguientes veces tuvimos mucho cuidado, y por más que él intentaba convencerme de hacerlo en su cama de niño, yo me negué. Las camas de los niños eran un espacio sagrado para mí, y la suya aún tenía una colcha de Dragon Ball encima, con algunos peluches que su mamá le había dejado. 

Pasaron algunos años hasta que sucedió lo casi inevitable. Para entonces, mi madre ya me había dado total libertad de decidir a qué hora llegar a casa y poco le importaba si no iba a la escuela porque mis hermanos pequeños tomaban toda su atención. Tan pronto me enteré, supe que quería tenerlo.

Pero tienes diecisiete y yo dieciocho, en qué cabeza cabe, gritó él. En la mía, dije. Yo puedo ser madre. Él sabía que sería imposible convencerme de lo contrario y no le quedó más remedio que seguirme la corriente. Cuando decidió hablar con su padre, ya tenía un par de meses trabajando con él, con un sueldo mínimo pero suficiente.

Yo desde ese momento me asumí madre. Pero a la mía se la tragó la vergüenza. Me vio sacar mis cosas de la casa como si hubiera cometido el mayor delito en la historia. Nadie dijo nada porque el silencio era el peor castigo en esa casa. Después de eso, no la vi hasta el nacimiento.

Cada mes nos trataba un doctor de la colonia que se decía experto en medir y controlar embarazos, pero nunca me pidió un ultrasonido. Mi novio confiaba en él porque era amigo de su padre y había atendido a su madre cuando estuvo embarazada de él.

El pollito, como lo nombramos porque lo estábamos anidando, empezó a patear constantemente a partir de los seis meses y no paró. Las patadas a veces eran tan fuertes que me inmovilizaban y me mantenían, irónicamente, en posición fetal. Mi barriga sobresalía como si fuera una perra con parásitos.

Las contracciones comenzaron una tarde del que se convirtió en mi mes más cruel. Estuvimos horas sentados en unas sillas esperando a que un médico nos atendiera en una clínica militar. Una vez que comencé a dilatar, llegó la enfermera y me sentenció: va a ser un parto natural porque tenemos ocupado el único quirófano habilitado. Me llevó como un perro faldero detrás de ella hasta un cuarto pequeño y frío, con una plancha metálica en medio. Acuéstate. Obedecí aguantando los dolores y pensando en la maravilla que estaría por experimentar.

Abrió mis piernas y comenzó a espulgar como si ella misma quisiera regresar a un vientre y volver a nacer. Me dio unas palmadas y dijo vas bien, niña. El doctor jamás se presentó y ella avisó que como venía de cabeza no habría mayor problema.

Estuve pujando alrededor de tres horas o más, aunque el tiempo en ese momento era difuso y extraño. Sentí el dolor agudo entre mis piernas. Los dedos de los pies acalambrados. El medio de mí destrozado. La enfermera tomó unas tijeras y cortó por donde tuvo que cortar.

Es grande. En sus ojos se veía la incredulidad. Muy grande. Corrió fuera del cuarto y trajo a otras personas. Algo sucedía y en ese momento fue como si volviera a las libretas de la escuela: no lograba descifrar nada. Me tomaron de los brazos y me amarraron crucificada, como si quisieran entregarme en sacrificio a un demonio. Estuve a punto de desmayarme, pero me insistieron en permanecer despierta. Ya no podían hacer cesárea. La mitad estaba afuera.

El cuerpo entumido. Las manos agarrotadas. Los sudores que me cegaban. La carne que cortaban. Todo contrastó con el llanto ahogado y los rostros desencajados y extrañados de quienes lo presenciaron. Silencio. Murmullos. Otra vez el llanto. Cada vez más fuerte. Pensé que estaba delirando porque me enseñaron unas extremidades de recién nacido debajo de una cabeza descomunal. Una cabeza sin rostro, blanca, ovalada y perfecta. Pero el llanto estaba ahí. Lo escuchaba perfecto.

La enfermera llamó a distintos doctores buscando una explicación. Se llevaron a mi hijo y durante horas no supe nada de él. Mi novio no se enteró de todo lo anterior hasta que se corrió el rumor y supo que había nacido un niño con una cabeza de huevo perfecta.

Exigí respuestas y comunicación con alguien. Al fin era madre, pero no tenía a mi lado a ningún hijo. Me tuvieron encerrada en una habitación hasta que una mujer se acercó y me explicó que debía firmar una hoja urgente. Tenían que operarlo porque no había manera de que pudiera comer. Firmé. Al día siguiente me dieron de alta. Mi madre me esperaba fuera del hospital. Va a ser su rata de laboratorio. Fue lo único que me dijo.

Me fui a casa sin el niño y sin entender lo que le harían. Después de varios días de rogar y amenazar, por fin nos dejaron verlo. Estaba dentro de una vitrina. Expuesto al mundo con su cabeza descomunal. Usaba un pañal diminuto y lo tenían conectado a una máquina. De su pequeña panza sobresalía una tripita que de pronto se movía.

No nos dieron mayor explicación. Es un trastorno raro. El doctor pronunció algunas palabras poco claras para mí y condenó que permanecería ahí una semana o dos más y después nos lo entregarían, pero que no había manera de saber cuánto tiempo sobreviviría de esa manera.

Me replegué en el cuarto de mi novio y me obsesioné con la idea de encontrar una respuesta. Lloraba al acordarme de la desmedida cabeza de mi hijo, pensando en si alguna vez me miraría, me escucharía o si haría algo más que estar acostando, gritando en sus interiores, dentro de ese huevo frágil y blanquecino.

Cuando nos lo entregaron, nos dieron una serie de instrucciones para evitar alguna infección en su tripita y nos explicaron cómo comería, pero nada más. No nos dijeron cómo cargarlo, cómo entenderlo, cómo saber si seguiría respirando. Lo acomodamos en nuestros brazos como pudimos y nos alejamos para no regresar.

En casa sentía en mí un espanto inexplicable. Ya no podía decir que él fuera mi hijo. Escuchaba el llanto amortiguado por las paredes de su cabeza ovalada, pero no había manera de descifrar lo que quería. ¿Qué necesitaba? ¿Tenía frío o calor? ¿Tenía hambre o sueño? Una madre debería saber esas cosas con tan solo sentir la piel de su bebé. Yo lo tomaba en mis brazos y abría un hueco en mí para comprender lo que fuera que ese ser me trataba de decir. Pero era incapaz de hacerlo. Tampoco despertaba en mí esa certeza de los bebés en las carriolas paseando por la ciudad, y mucho menos podía oler el tufo cálido de su cuerpo. ¿Esto era ser madre?

Su cuerpo se movía como un ser ajeno a mí. Yo creía que estaríamos tan conectados que podría leer sus pensamientos. Pero pasaron muchos días, muchos meses y nada en mí despertaba esa conexión. Había veces en que me preguntaba si en realidad no me habían implantado esa locura del instinto maternal, porque era evidente que mi madre no lo tenía ni tampoco la madre de mi novio.

Una vez convencida de ello, me di cuenta de que en realidad yo no era ni sería nunca una verdadera madre. Sino que era un experimento más, porque al momento de ver al bebé ahí acostado, con su cabeza acomodada en las almohadas, no podía sentir más que ganas de romperlo. De sacar la yema escondida e intentar reiniciar mi vida en el colegio, sin pensar en niños y sus olores, que solo habían sido una carnada.

En ese momento lo tomé entre mis brazos. Lo cargué, intentando nivelar el peso de su cabeza, que de pronto me parecía tan frágil como desmesurada. Lo recargué contra mi pecho mientras sus brazos se acoplaban a mis hombros hasta que sentí cómo algo se quebraba y el llanto eterno se convertía en calma.

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Ruth Miraceti Rojas

(1988) Licenciada en Comunicación por la Universidad Iberoamericana-Puebla, maestra en Literatura Mexicana por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), y doctora en Literatura Hispanoamericana por la misma universidad. Cuenta con más de diez años de experiencia en el área editorial y de corrección de estilo.

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