Ex Atenea

Diana Isabel Jaramillo

Hubo una vez en que yo tenía un solo miedo: que la muerte me arrebatara a Fidias. Para que no se lo llevara, le tenía la casa llena de distractores: helechos, rosas de castilla, pájaros enjaulados, perros guardianes, cualquier ser vivo que pudiera morir en lugar del amor de mi vida. No imaginaba a nada ni a nadie capaz de interrumpir o acabar con nuestro amor.

Nos habíamos casado hacía tanto y yo cada vez más enamorada. Él también seguía viéndome con esos ojos de admiración o embeleso. Mi apariencia era producto de sus cuidados amorosos. Me había cincelado parte por parte: abdomen, pechos, cabello largo. Me obligaba a hacer ejercicio, cuidaba mi dieta, compraba cuanto cosmético encontraba para retrasar la vejez, para cuidar mi piel. Le daba realce a mi belleza.

Me había autoconvencido de estudiar lo que él creyó que sería benéfico para nuestra relación: le aseguraba tardes de té dialogando sobre el devenir. Con tan solo diecisiete años, nos habíamos jurado amor eterno. Corregía mis sueños, mis ideas, mis proyectos. Le debía todo, yo era su obra: su Galatea.

Un día me anunció que lo nuestro había acabado. Enojada. Coraje acumulado por siglos de infidelidad masculina, históricamente justificada, dejaron una merma en mi hígado. Me sentí en un sueño terrible, todas esas escenas de maridos infieles ya las había escuchado de mis amigas. Una y otra vez se repetían. Y yo que me jactaba de tener un hombre diferente. Él, un escultor, mi Fidias, se había ido con dos muy largas piernas de pelo oxigenado. Dos mil quinientos años de ciencia occidental para lograr el perfeccionamiento quirúrgico del cuerpo, ¡qué prodigio! Mi marido, Fidias, el brillante escultor, era igual a todos. Su lema: la exaltación del alma y la capacidad intelectual sensible por encima de las apariencias.

Esa tarde, Fidias, el amable hombre portavoz de la verdad y de la fe en esta raza de homo sapiens, crítico feroz del nihilismo y todos sus adeptos, se sinceró conmigo. Con esa mirada de cervatillo y su característica caballerosidad, me dijo que mis carnes estaban a punto de caducar, que mis arrugas ocultaban mi iris y que mi pelo era imposible de penetrar con sus dedos por miedo a perderlos en una espesura de púas. Por esa y varias razones de no mayor peso, se había enamorado de una hermosa afrodita. Todo un cliché: una mujer de medidas perfectas, poca edad y poco que decir, hecha de plástico o silicona. Se habían conocido en un congreso de humanismo ególatra. Los habían presentado, bla, bla, bla. Mientras lo escuchaba me descomponía. Mi futuro era prácticamente nulo. La muerte no me había arrebatado a Fidias, había sido una mortal. Mi pueril respuesta fue arrojarle las macetas que encontré, apretar contra su cara el canario, dar patadas a los perros. De nada había servido estar alerta a su respiración por las noches, de nada mi preocupación cada mañana que él salía hacia su taller, para nada había valido mi absoluta devoción a sus pláticas sobre el inconsciente y el control de las necesidades humanas. De nada servía que él supiera que yo había sido hecha a imagen y semejanza de sus necesidades. Mi más grande error fue la inversión en un futuro común.

Tras el abandono, me abandoné yo también. Dormí durante 20 días, 20 noches. No comí más que mi bilis guisada con lágrimas. Desperté el día 21 aborreciendo al amor y a todo lo que se moviera, lo que tuviera vida. Tomé un baño, me esmeré en mi arreglo. Si al mundo únicamente le importaba la apariencia, si solamente las mujeres hermosas tenían derechos sobre la felicidad, trataría de competir medianamente con una apariencia no desagradable. Sabía que un nuevo mundo anodino y putrefacto esperaría por mí en el tránsito a la ciudad. Salí a la calle donde el asfalto se levantaba cual negro fantasma rumbo al cielo, evaporándose al ritmo de una mezcla de canciones dulzonas más pegajosas que el vestido blanco que traía. Ese día, al igual que la veintena de días anteriores, todo me daba asco. Al dar presurosa la vuelta en la esquina, me encontré con el bar. Ante el sinsentido de mis pensamientos, decidí darles cauce con alcohol. Así, muy derechita, me introduje en el tugurio.

—Dos licores de pasa, por favor —pedí con voz aniñada al tendero que me sirvió la bebida con indiferencia. Me las tomé a la salud de mi nuevo y aceptado destino y entonces noté que el bar estaba lleno de mujeres voluptuosas, exuberantes, todas extremadamente perfectas, de narices puntiagudas y pechos igual en punta, de cabellos sedosos y largos envolviendo sus cinturas tan breves como mis manos. Quizás había desembarcado un camión de misses universo. Al lado de cada una había un Fidias estupefacto que no articulaba una sílaba completa sin tartamudear o sonrojarse. Todos con la bragueta a punto de descoserse.

—¿Por qué diablos tenemos que ser seres humanos? ¿A qué mentalidad fanática y aciaga se le puede ocurrir que el pensamiento sea más loable que el silicón? ¿En qué mente cabe siquiera la comparación de unos abundantes senos áureos con la razón y sus monstruos? —susurré con la copa al frente. Sólo el mesero me sonrió, seguramente porque me vio entrada en despecho y alcohol.

Me senté en un banco libre de la esquina del bar en compañía de otros tres tragos que pasaron cual agua por mi garganta sin tocar el esófago. Comencé al fin a celebrar el surgimiento, no del hombre, sino del cuerpo. El cuerpo cósmico, sin atributos, sin órganos, el cuerpo exterior, el cuerpo plástico de carne, el cuerpo perfecto, el sueño sincero y real de los hombres, de Fidias, el cuerpo que de haber sido factible hace dos mil años hubiera hecho innecesario el desarrollo del arte y de la filosofía. Como poshumanista consecuente debía reunirme ante el fuego de la ruina humana y celebrar de forma orgiástica y onanísticamente el nacimiento de las súper modelos, de las actrices y de todos esos seres hipertélicos en los que la feminidad era pura energía, puro tránsito, puro devenir intenso. Al fin se trascendía en pos de un hermoso, libre, cíclico y fractal sobre pensamiento. Y en el clamor de la muerte y de la interpretación metafísica del ser humano repetí las palabras del éxtasis tomista: “Ve y canta lengua las glorias del cuerpo misterioso”. Pensé que no debía culpar a las súper modelos de decir estupideces, su función era otra. Eran, con toda seriedad, una nueva especie. No ya humanos, sino cuerpos; no vida, sino sexualidad; no interioridad (un mito que me costó caro) sino la más pura y afluente, generosa y extática superficie palpable. El silicón es el triunfo, final superación del mito de la subjetividad.

―¡Quiero ser puro cuerpo! Parte de esa nueva raza tan adorada, surgida de las cenizas del holocausto metafísico en quienes el cuerpo dócil es encarnación de la proporción y la armonía y suspensión palpable de la muerte ―grité.

Después de esas horas de brindis y de infatuación, de esos cantos a los misterios del cuerpo y de esos himnos a la carne turgente, perdí la noción de lugar y tiempo. Fui encontrada en la esquina de mi casa, seminconsciente y con viscosidad en las manos. La policía determinó que era savia de cuanta planta antes hubo en mi departamento. Mi todavía esposo, Fidias, firmó una responsiva sobre mí para evitar cualquier altercado de mi parte en contra de alguien más; también se hizo cargo de revivir al rosal de castilla y los helechos que quedaron maltrechos. La muerte a él nunca lo tocó, junto a su antinatural novia —que nunca envejecería— vivió feliz por siempre.

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Diana Isabel Jaramillo

Es escritora y editora, ha publicado diversos cuentos en diarios, revista y libros; es además doctora en letras y una lectora voraz; profesora de tiempo completo de literatura en la universidad Iberoamericana de Puebla y amante de los libros en todo su universo, desde su tipografía y la manufactura del...

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