Avon llama

Isa González Bretón

Si te digo lo que me hace verme así, no me lo vas a creer —me contesta África, antes de soltar la carcajada—. Es la única del grupo que se ve contenta, que irradia luz. Las demás se debaten entre los hijos, un esposo que exige salir los fines de semana hasta altas horas de la noche y la ilusión de ser influencers y tener miles de seguidores en las redes para que su vida cobre sentido, para no pasar por este mundo sin pena ni gloria. Las amigas del colegio esconden la insatisfacción —y las ojeras—, con un buen maquillaje, ropa cara y bolsas Chanel. Tengo que confesar que formo parte de este grupo. Ninguna cuenta que nos sentimos atrapadas, que lo único que queremos es dormir de corrido, poder comer algo calórico que no sea ensalada de quinoa y licuados de proteína y de vez en cuando salir de la monotonía, sentirnos seres individuales, sin el combo familiar a cuestas.

Dime tu secreto no seas culera, África.

Quiero que seas tú la que con tus propios ojitos veas lo que hago.

De un tiempo para acá andas muy misteriosa, ya ni te dejas ver.

Paso por ti a las nueve, y vas a ver lo que me provoca tanta felicidad, Bruna. Saca esos trapos nuevos que te compraste en Miami, la onda es elegante.

¿Así de plano? Pues a ver qué le invento a Fernando, ya lo tengo hasta la madre con mis salidas al póker. Dice que para andar de casa en casa mejor me hubiera dedicado a vender Avon. Qué culero, ¿no?

África suelta la carcajada del otro lado de la línea y promete ser puntual.

Presiona el control y el portón se abre. Es una casa moderna en uno de los barrios más elegantes de la ciudad. Nos bajamos de la camioneta hacia un recibidor que huele a higo y verbena. Dos amigas de África nos saludan con calidez. Una de ellas detiene el teclado de la computadora y dice: Al fin sale el sol, tenemos casa llena. La otra, de cuerpo abundante, sonríe mientras habla por teléfono y muerde la goma de un lápiz. Al colgar, comenta: ¿Te parece que tu amiga pase al tres y tú al dos? No entiendo nada, pero la curiosidad me domina.

No mames, ¿eres puta?

Algo mejor, Bruna. Nada más déjate ir, eres un canal para cumplir lo que el cliente solicite. No se trata de sexo por si te andabas emocionando —me aprieta el brazo dirigiéndome a la habitación—.

¿Ni un tequilita para los nervios?

Es mejor hacerlo a valor mexicano. No se te olvide convertirte en lo que te pidan. Mientras más entres en el juego, mejor te la pasas.

No mames, África, pensé que me ibas a traer a un spa, a inyectarnos plasma o algún chamán que hiciera trabajo de cuencos. Esto es una locura.

Shhhh, confía en mí. ¿Te he llevado a algo que no te interese? Así que saca la actriz que fuiste en la secundaria.

Escucho lamentos provenientes de una habitación. Mi corazón es una locomotora, soy puro cuerpo, sin pensamientos. Me pican las axilas —pasa cuando estoy excitada—. Entro al cuarto de paredes blancas, del lado derecho está una cama replegada en la pared, a la izquierda hay una tina con gardenias. El olor entra en mí, provocando un ligero mareo. No hay más mobiliario. Bajo la cama y me siento a esperar. Pienso en la loca de África metida en esto y yo sin saber. A veces la vida oculta de una persona no sale nunca a la luz, en este caso, mi amiga de toda la vida me lo tenía que decir tarde o temprano, así hemos sido desde niñas. Entre nosotras no hay secretos. Tocan a la puerta con aplomo. Me levanto como resorte y voy a abrir.

Es difícil calcularle la edad, el hombre lleva una maleta en la mano derecha. Ay, diosito, ¿y si es de los golpeadores? Solo yo me meto en estas cosas. En la secundaria nos prohibían llevarnos a África y a mí porque ideábamos cada cosa que las demás criticaban; era pura envidia porque sabíamos arriesgarnos, ser cómplices, cuidarnos las espaldas. Una vez, borrachas, metimos a un amigo —insufrible— en la cajuela para jugarle una broma en una fiesta, le dijimos que estábamos jugando a las escondidas y era el lugar perfecto para que no lo encontraran. Se nos olvidó y el chofer lo encontró al día siguiente, meado y con ataque de pánico. No es momento para recuerdos, estoy en una situación extraña y pensando pendejadas. Concéntrate, Bruna, me digo.

El hombre tiene las cejas pobladas y los ojos redondos y oscuros como botones de un saco. Sus labios son delgados, desentonan con el resto de las facciones. Para ocultar el no saber qué hacer, bajo la vista hacia sus zapatos Ferragamo y me coloco las manos detrás de la espalda. Me observa unos instantes y dice que le gusta mi look —llevo puesto el traje sastre de falda y saco que compré en Miami para la inauguración del torneo de póker en el club—. Sugiere que nos sentemos en la cama para estar más cómodos. Tose varias veces antes de hablar en voz baja, como si estuviéramos en un confesionario. Coloca la maleta entre los dos, el picor en las axilas se hace más evidente. Me mira unos instantes sopesando si confiar o no antes de abrirla. Percibo un olor fétido, retengo la respiración. Se gesta una batalla en mi interior, no sé si podré. Aprende a jugar, pienso. El señor extrae de la maleta una bolsa transparente que contiene lombrices retorciéndose, encimadas unas con otras. El olor putrefacto aniquila el aroma a gardenias.

Se desviste por completo y se acuesta en la cama.

Pónmelas a lo largo del cuerpo, ni muy juntas ni muy separadas —dice levantando el tono de voz—. Reprimo el asco, tomo una y se la coloco en el ombligo. Soy canal, soy canal, repito. Qué hago yo en esta situación tan rara en lugar de estar jugando cartas con mis amigas y cenando algún soufflé de rajas. Mi estómago emite un sonido como de gatos iniciando una pelea. Los labios delgados de él se abren como niño en espera del siguiente bocado. Coloco las demás tomándome mi tiempo. Mis dedos húmedos prensan las lombrices; para evitar el asco recuerdo que de niña las desenterraba en el jardín y las colocaba en un vaso, con una vara removía los cuerpos que se enroscaban al contacto. Después cubría el vaso de tierra y lo volteaba para que quedaran los conos formados; esperaba horas para ver salir una lombriz de su castillo.

El torso, pecho y abdomen del hombre se pueblan de animales de color gris rojizo. Me dice que también le cubra las piernas. Su voz tiene un tono distinto, es una orden con un dejo de súplica. Entrecierra los ojos, se muerde el labio. Tiene las mejillas sonrosadas, no hay erección, pero su rostro expresa un placer que no había visto en otra persona. De pie, inclino la cabeza hacia abajo, aunque sin perderme detalle y contengo la respiración. Después de un tiempo de pasar sus dedos delgados sobre las lombrices, de enredarlas en ellos como anillos y acunarlas en la palma de la mano, las vuelve a colocar encima de su cuerpo.

Lávame con la esponja y el jabón que hay dentro de la maleta.

Obedezco. Lleno de agua tibia la palangana —parte del kit— y regreso. Deslizo la esponja sobre el empeine pálido, el talón y los dedos del pie sin callosidades. Subo, froto suave hasta llegar al cuello. Se me figura que estoy lavando un cadáver y vuelve el cosquilleo en las axilas.

Sécame con la manta —su voz es suave como al principio—.

La extraigo de la maleta, es una frazada vieja y sucia como la que usan los niños pequeños para poder dormir. Repaso cada parte de su cuerpo con el pedazo de tejido. Él no se mueve, advierto una lágrima que baja hacia la comisura de los labios. Con la palma abierta se la seco y le acaricio la cabeza en un movimiento instintivo, osado. Él se deja estar así, de vez en cuando de su boca sale una especie de balbuceo. 

Al guardar las lombrices, los animales se retuercen entre mis dedos. Pregunta si nos podemos ver la semana siguiente a la vez que extiende unos billetes.

Sé que el pago es abajo, esto es extra por tu excelente servicio.

Gracias. Nos vemos cuando quieras —aprieto los billetes cerrando el puño, experimento una infinita felicidad—.

 Meterse en el misterio de otra persona es fascinante. Tenía razón África, la vida fluye en mis venas. Siento una vez más ese cosquilleo en las axilas, la sensación es potente.

Llego a casa de puntitas para no despertar a Fernando. Él se incorpora en la cama y mira el reloj de mesa.

Qué raro que no vienes peda.

Las que vendemos Avon necesitamos estar sobrias, mi amor.

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Isa González Bretón

Nació  en Puebla (1965) y estudió Antropología Social en la Universidad de las Américas, es maestra en Letras Iberoamericanas por la Universidad Iberoamericana de Puebla.

Ganadora del XI concurso de cuento “Mujeres en vida”, Universidad BUAP 2007. Autora de los libros de cuentos: De vez en cuando (BUAP, 2008),...

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