Conocí a José de Jesús Sampedro en 1982, para entonces su mítica revista, Dosfilos, llevaba ya ocho años. Lo cuento porque Sam, como le llamaron siempre quienes le quisieron, era una leyenda, un mito y su proyecto cultural en Zacatecas iba mucho más allá de una revista. De hecho fuimos en Diciembre —junto con su hermano Juan Gerardo— a la fiesta también legendaria de la revista y además a un maratón de radio sobre el otro tema central de su vida: el rock. Ahí estaban sus cercanos, como Víctor Roura, Ignacio Betancourt, David Ojeda y desde Puebla habíamos ido en coche, conducidos por el poeta Mariano Morales. No es este el lugar para contar ese On the road, que merece un texto aparte.
Me impresionaron desde entonces su risa pronta, su generosidad a prueba de balas y su carácter siempre ajeno al poder, al halago mutuo. Sam no hacía concesiones. El poeta que ganó muy joven el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes con su libro surrealista Un (ejemplo) salto de gato pinto, y que luego de haberlo obtenido entró al taller de Miguel Donoso Pareja. El discípulo del ecuatoriano que luego haría historia en la provincia mexicana dirigiendo él mismo talleres en el norte del país, formando poetas y narradores con férrea voluntad, también dirigía una colección de plaquettes de poesía, bajo el sello Práxis/DosFilos. Dejo a los críticos literarios, que algún día realicen la nómina de los publicados por él como editor para darnos cuenta de la dimensión de la empresa. Por si eso fuera poco con la editorial Premiá de Fernando Tola y con la Universidad de Zacatecas —a la que tanto le aportó durante décadas— comenzó otro proyecto, la colección El pez soluble. En esa colección tuve la oportunidad de publicar en 1989 mi primer libro de cuentos, Música de Adiós. Como tantos otros escritores del interior del país, le debo a Sam ese espaldarazo, la patada inicial de mi carrera.
Fui muchas veces más a Zacatecas, sumergiéndome en otros proyectos suyos, en el Museo André Breton, con una colección de objetos aún más bizarra que la de Monsiváis. El rock, la literatura y la generosidad siempre estuvieron presentes. Juan Villoro me dijo, en uno de esos viajes, que íbamos a entrar al último hoyo funky del país. Era verdad y era mentira. Verdad por la veneración de Sam a la contracultura en todas sus dimensiones (solo hace falta ver las portadas de su revista como una eterna exhibición de lo mismo); mentira porque a diferencia de otros sesenteros y setenteros, Sam siempre se preocupó por las nuevas generaciones de artistas, de escritores, de músicos. Era en muchos sentidos un niño siempre curioso, siempre riéndose y aprendiendo.
Dosfilos tiene entre sus galardones ser la revista más antigua y longeva de la historia de México (Vuelta, por ejemplo, apenas alcanzó parte de esa antigüedad). Sam nació en 1950 y nos dejó el año pasado. Pocas personas logran tanto en 74 años. Estudió economía, militó en el Partido Comunista, dirigió el departamento editorial de la uaz, dio clases y recibió múltiples premios en sus distintas labores. El Joaquín Antonio Peñalosa al mérito editorial, el Ramón López Velarde, haber sido nombrado miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. Pero a él no le importaban los reconocimientos. Solo la vigencia de sus proyectos desde el ahora lejano marzo de 1974 cuando apareció el primer número de Dosfilos (la revista que sustituyó el otro proyecto, Los Múltiples Caminos). El Callejón del Capulín 202 se volvió mítico desde entonces. Dosfilos era la única revista importante que no se editó en la capital del país. Los cien poetas que, en 1991, ya habían publicado sus primeras plaquettes gracias a él. La provincia siempre fue el centro para él. El poeta riguroso que dejó de publicar (o casi) por perfeccionismo, editó a otros con profunda generosidad. A los 24 años ganó el Aguascalientes y salvo otros dos libros de poesía dejó póstumos trabajos que seguramente conoceremos pronto. No hay nadie que haya podido unir en sus intereses la diversa educación sentimental de André Bretón, los Monkees, el pcm y la vocación poética. No hay nadie que nos haya dado tanto y al que le debemos toneladas. No de homenajes insulsos, sino de sincero agradecimiento. Gracias a Sam a muchos nos quedó claro que se podía hacer literatura desde nuestras ciudades, sin pasar por la Ciudad de México. Gracias a Sam nuestras carreras se hicieron realidad, gracias a Sam supimos que la literatura, a pesar de ser un oficio solitario, puede ser una empresa solidaria, comunitaria, colectiva.
Este número de nuestra propia revista, UNIDiversidad, representa un modesto tributo de quienes le quisimos tanto.








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