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Dosfilos, la emblemática revista de literatura, rock y contracultura, que creó el poeta zacatecano José de Jesús Sampedro fue creciendo como un árbol.
Un día, en Torreón, una de las sedes donde sesionaba el Taller Literario de la Laguna, su coordinador, José de Jesús Sampedro, llegó y nos repartió a los integrantes –entonces unos noveles aspirantes a escritores— una revista aún rústica, con pastas de cartoncillo, donde lucía un retrato de André Breton. Era el número 7 —cabalístico— de esa revista de nombre tan enigmático: Dosfilos, que, con los años, mejoraría en su formato y en la calidad del papel. Su consejo editorial, apenas entonces un Kon-Tiki, lo formaban Alberto Huerta, Gustavo de la Rosa Muruato, David Villarrea Álvarez, José Luis Durán y Juan Gerardo Sampedro, es decir un pequeño número de tripulantes a bordo que –intrépidos y audaces también— iniciarían con José de Jesús Sampedro esta hermosa aventura literaria que duraría medio siglo. El ejemplar costaba cinco pesos y la dirección de la revista era la de la casa paterna. Desde esos primeros números la línea de la revista estaba marcada. Sería la revista de literatura, rock y contracultura, a la postre la más importante y longeva en el país. Ninguna otra revista mexicana, en la transición del siglo xx al xxi, ha combinado tanta riqueza, calidad y variedad de contenido como Dosfilos.
Era evidente que su éxito futuro estaba asegurado, una verdadera tribu de autores, tanto de provincia, como de la Ciudad de México, de los estados del sur hasta la frontera norte y más allá, hicieron de Dosfilos la plataforma ideal para dar a conocer sus poemas, cuentos, ensayos, traducciones, varia invención y dibujos. Publicada en Zacatecas, Sampedro hizo de su ciudad natal un centro irradiador, un espacio de encuentro entre creadores provenientes de los cuatro puntos cardinales del país. Cada vez que aparecía Dosfilos, Zacatecas se convertía en una cosmópolis literaria. En un medio cultural ya en crisis, perdido entre los restos del “arte de Estado”, cada vez más débil y desprestigiado, y las alternativas elitistas de un séquito en torno a un poeta “mayor”, Dosfilos se destaca por su independencia, su sana distancia de las instituciones culturales y, sobre todo, su apertura, su pluralismo. Esto la convirtió en una de las revistas más importantes de su tiempo.
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Así, desde 1974 hasta el año 2025, Dosfilos se convirtió en la revista literaria más emblemática de la transición del siglo xx al xxi. En esas casi cinco décadas se publicaron centenares de números, 3 generaciones (Ortega y Gasset: “cada 15 años nace una nueva generación”) de escritores dejaron allí su huella. No hay un registro, en ninguna otra revista mexicana, que pueda comparársele. En realidad, las revistas literarias en México son de corta y hasta efímera vida, algunas sólo alcanzan los primeros números. De ellas, sólo pocas fueron célebres por su novedad y su filiación independiente. Menciono algunas revistas que comparten con Dosfilos ese espíritu de apertura a lo “novísimo”, a lo que se estaba escribiendo en el contorno en tiempo real. Por lo menos, desde el trágico, axial y juvenil 68, nuevos rostros y nuevos lenguajes poéticos –algunos cercanos a la conversación—, que no encuentran lugar en los cenáculos elitistas y en los rituales de una caduca Institución literaria, se vuelcan hacia los talleres y efímeros grupos, dando lugar a la aparición de una literatura caracterizada por su arrojo y variedad verbal. Baste hojear algunas de esas revistas, tales como Litterae, de Jesús Arellano, El Corno Emplumado, de Margaret Randall y Sergio Mondragón, S.nob, de Salvador Elizondo y Alejandro Jodorowsky, Infra del grupo de Roberto Bolaño y Mario Santiago, Xilote, de Agustín Cortés Gaviño, La Jícara, de Ámbar Past, Cólera, de Rodolfo Quintero, Alforja, de José Vicente Anaya, A que sí, de Fernado Nieto Cadena, La Parda Grulla, de Francisco Amparán y Textos, de Enrique Martínez. Para darnos cuenta que la poesía mexicana se venía convirtiendo en un plural de voces que, incluso inconscientemente, estaba realizando el programa de la poesía futura enunciado, desde inicios de la modernidad, por el Cisne de Montevideo: “La poesía debe ser hecha por todos, no por uno”.
Dosfilos es la revista más emblemática del siglo xx-xxi porque retoma esa aspiración hacia la pluralidad, dejando atrás el lenguaje exclusivo, monovocal, que en lugar de registrar el sinfónico Coro (que no opaca y más bien hace resaltar incluso las voces excepcionales) intentan imponer una voz única, discordante con nuestro dialógico tiempo.
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José de Jesús no ocultaba sus géneros favoritos, la poesía y el rock, el surrealismo encarnado en André Breton, el ensayo cultural y la crónica. A mí, en lo personal, me introdujo en el Surrealismo. A los 16 años puso en mis manos El Amor loco y Nadja. Nunca más volví a ser el mismo. Me hice un devoto de la escritura automática, que él recreó como ningún otro poeta hispanoamericano en su asombroso Un (ejemplo) salto de gato pinto, que lo hizo ser el poeta más joven en obtener el aún entonces prestigioso Premio Nacional de Poesía Aguascalientes (y que las “mafias” ahora han llevado a su declive). Desde entonces, fue mi interlocutor cuando de lecturas surrealistas se trataba. Un día me dijo: “debes leer a César Moro”. Eso me llevó a seguir en Lima y en París las huellas de este poeta marginal, amigo de André Breton y el puente más genuino entre el Surrealismo de Europa y de América Latina. En el primero de los diez años que César Moro vivió en México escribió La Tortuga Ecuestre, que por desgracia no pudo publicar en vida. Increíble: no alcanzó a completar la lista de 50 suscriptores que se necesitaban para editarlo en este país literariamente tan “espinoso y dulce a la vez”. A quienes aún no comprenden los versos de José de Jesús Sampedro, les recomiendo lean La Tortuga Ecuestre y acepten algo que él vio antes que todos, el surrealismo es parte esencial de la moderna tradición poética de México. Alcancé, antes de su temprana y triste partida, a enviarle con su hermano y confidente, Juan Gerardo, mi Antología de Poesía Surrealista en México, que sé recibió con toda alegría. Desde César Moro asistiendo a clases de pintura en la Esmeralda, la visita de André Breton a Trotsky en la Casa Azul, en Coyoacán, el viaje de Artaud al corazón de la Sierra Tarahumara, la llegada de los “fugados” de los Nazis durante la ocupación de París —Wolfgang Paalen, Alice Rahon, Eva Sulzer, Remedios Varo, Kati y José Horna, Leonora Carrington—, la creación del Jardín Soñado de Xilitla por Edward James y la aparición cinematográfica de Buñuel en México para filmar Los Olvidados, la adhesión de nuestros Gilberto Owen, Xavier Villaurrutia, Agustín Lazo, “El Corcito” y Frida Kahlo, entre otros, el surrealismo se “trasplantó” a este país “surrealista por excelencia”. Encontró el surrealismo en este México mágico la tierra ideal para renacer de sus cenizas. Que el surrealismo es parte de nuestra tradición, también lo comprendió perfectamente José de Jesús Sampedro, no hay duda.
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Como en la física de Paracelso, Dosfilos fue sólo el centro, “el motor inmóvil”. El árbol dio ramas y frutos. Una de sus más extraordinarias extensiones fueron los 100 números de la Colección Praxis/Dos filos, esas hermosas plaquettes, hoy inencontrables, donde toda una generación vimos publicados por primera vez nuestros versos. Y luego, la colección del Pez Soluble (con el diseño automatista de Gabriel Macotela y Rito Sampedro), en la extinta Premiá editora, que ha sido una de las colecciones de poesía (y narrativa) más fabulosas. También esas hojas sueltas, casi amarillas, llenas de novedades y letras que es el centenar de Corre, Conejo, elogio de la brevedad y la imaginación. Y aún más, la devoción de José de Jesús Sampedro al poeta mayor de México, su paisano Ramón López Velarde, creando el Premio Internacional de Poesía en su honor, y poniéndose al frente, con apoyo de la uaz, del Festival Internacional de Poesía Ramón López Velarde, único en su género, que convirtió la poesía mexicana en un coro de las mejores voces de México y del mundo. Hoy, desgraciadamente, un festival ya podrido.
Yo por lo menos, necesitaría siete vidas de ese (ejemplo) salto de gato pinto para hacer apenas una mínima parte de lo que José de Jesús Sampedro nos ha legado con Dosfilos y su amor loco por la poesía.








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