Este dossier es parte de una condición concreta: vivo con muchos duelos encima, todos inacabados. No es un dato accesorio, sino una forma de organización de la experiencia, del tiempo, de lo sensible. La enfermedad ha atravesado mi vida, mi manera de leer el mundo. Aprendí a nombrarla también desde otro lugar: como una forma de conocimiento. A los dieciocho años contraje, irónicamente, otra enfermedad –una enfermedad epistemológica– la historiografía. Desde entonces, mi vida ha sido leída y yo misma me he leído, como archivo. No sé si pensar el mundo en generaciones, pero sí situarlo en un tiempo y un espacio. Y así, leo también la literatura: un momento que es este, donde coexistimos, en un territorio que es el mismo, a partir de muchas experiencias, intergeneracional.
Desde una formulación precisa: mi cuerpo es una prisión de dolor, pero también un lugar que importa políticamente, dice Hedva, en Teoría de la mujer enferma. Esa afirmación reordena el campo: hay cuerpos que no marchan, que no gritan en la calle, que no ocupan el espacio público y sin embargo participan de lo político desde la intimidad, desde la escritura, desde el registro silencioso.
El archivo es la libreta, el manuscrito, el blog, el mensaje: formas menores, aparentemente privadas, que sostienen una práctica. Lo personal es político, sí, pero también lo es lo privado. Y ahí: la poesía.
Este dossier no propone una competencia del sufrimiento ni una jerarquía del dolor. No clasifica heridas. Propone, más bien, un terreno común: situarnos en el duelo. Un duelo que no responde necesariamente a la lógica de cierre o superación. La idea de que los duelos son ciclos que terminan, no siempre se cumple. El dolor regresa, se reorganiza, se filtra en el presente. Persiste. Aquí, todas las escritoras, lo trasladan al terreno de la literatura.
Las escritoras, aquí reunidas, no son un grupo homogéneo, pero sí una constelación sintomática de una época, esto que he pensado como un lustro del dolor, desde una pandemia mundial, las entreguerras, las enemistades. Sus textos configuran un archivo sensible donde aparecen la migración, la lengua, el género, la transición, la enfermedad, la violencia, la pérdida. No como temas abstractos, sino como experiencias encarnadas. Sobrevivir a la vida, a través de la literatura, la amistad, la ternura en la oscuridad.
Hay en este gesto un privilegio: escuchar. Escuchar a otras en su intimidad, leer sus manuscritos, oírlas en voz alta. En esa escucha se configura un espacio. Y en ese espacio ocurre algo verificable: cuanto más personal es un texto, mayor es su resonancia.
Hace más de un siglo, Jules Verne imaginaba que las mujeres del futuro hablarían de asuntos serios. Ese futuro es este. No sólo hablamos: nos leemos, nos escuchamos, nos sostenemos. En un mundo que no nos pensó para sobrevivir, como escribió Audre Lorde, aparece una práctica concreta: cohabitar el mundo sin desaparecer. Ahora: aparecer en la escritura.
La escritura que aquí se reúne es una escritura de la vulnerabilidad. No como debilidad, sino como condición material. En ese sentido, la crítica a lo privado por ejemplo, la feroz crítica que recibió Annie Ernaux al recibir el nobel ¿Es la escritura íntima y privada un asunto literario? Para mí, eso pierde consistencia: la escritura íntima no sólo tiene valor literario, sino que constituye una forma de historiografía. Un archivo de la sensibilidad en su tiempo.
Este dossier insiste: no somos invisibles. No estamos muertas. Lo que aparece aquí es una manifestación política interiorizada y al mismo tiempo, una manifestación poética del mundo. Lo sensible en lo cotidiano.

El mundo enferma y produce enfermedades. Un cuerpo enfermo, en términos de producción, es un cuerpo que no sirve. Desde esa lógica, queda fuera. La pregunta entonces es: ¿cómo sostener una poética de lo que no produce? La respuesta no es abstracta. Está en estas escrituras. En este conjunto de voces que hacen del dolor no un límite, sino una forma de percepción. Como ha señalado Georges Didi-Huberman: el montaje, la reunión de poemas, de síntomas y de imágenes, nos permite pensar más allá del archivo: aquí, el montaje son cicatrices, heridas y poemas. Las cicatrices son clave en esta lectura. Una cicatriz es una marca visible de algo que ocurrió debajo. No desaparece: permanece como inscripción. Lo mismo sucede con el duelo. No se clausura, se transforma en superficie, en lenguaje, en forma. La poesía, en este sentido, es también una forma de curación que no elimina la herida, sino que la incorpora.
Este dossier puede leerse así: como una serie de textos que se han desprendido de una idea previa del mundo para producir otra, una idea del dolor, el cansancio, el hartazgo, no tenemos más horizonte, que la misma escritura.
Aquí aparece una política concreta: el amor distribuido. No concentrado en la pareja, sino expandido en la amistad. Cuidar a otra persona —en un sistema que mide el valor en términos de productividad— es un gesto radical. Probablemente, uno de los más anticapitalistas. La poesía, entonces, no es sólo una práctica estética. Es una forma de vida. Un saber hacer. Un espacio donde se ensaya cómo estar en el mundo.
El escenario de este dossier es preciso: Puebla, segunda década del siglo xxi. Un tiempo atravesado por la precarización y el duelo. Un lustro en el que estas voces no sólo han sobrevivido, sino que han construido un archivo común donde la UNIDIVERSIDAD, ahora es un pretexto de lo que ocurre en esta utopía. Como quería Roland Barthes, no un cuarto propio, sino un espacio para la escritura. La enfermedad, el feminicidio en la familia, un embarazo adolescente, la menopausia, la pérdida de un órgano, la pérdida y ganancia de un género, la nostalgia de la infancia, un balneario en mitad de una ciudad que ya no es, otra lengua tonal, un divorcio sin papeles, una muerte. Y escribir este contexto no es un gesto menor: es una forma de permanencia.





















0 Comments