La traducción al inglés de “Terra nostra” por Margaret Sayers Peden: colaboración monumental que llevó la obra de Fuentes al mundo.
Sobre la traducción de Terra nostra
La traducción al inglés de Terra nostra contiene una historia de colaboración, de tecnología —wats, máquinas Xerox, y por lo menos una máquina de escribir en ruinas— y de una editorial dispuesta a asumir el riesgo de una desafiante novela total. El proceso idiosincrático de su traducción, casi simultánea a su creación en español, tecleada en varias máquinas de escribir a través de varias zonas horarias, también nos invita a reflexionar sobre el contraste entre sus condiciones de producción y publicación y la dificultad que encuentran textos similarmente complejos para emerger en el mercado editorial actual.
Margaret “Petch” Sayers Peden nació en 1927 en West Plains, Missouri, y recibió su licenciatura, maestría, y doctorado de la Universidad de Missouri en Columbia. Escribió su tesis sobre la obra de Emilio Carballido, cuya novela corta El norte tradujo para poder compartirla con su esposo y la editorial University of Texas Press publicó en 1968. Peden continuó su carrera como traductora con pequeños proyectos—una selección de obras de teatro de Carballido y Egon Wolff— pero trabajando desde un pueblo de menos de sesenta mil personas, Peden apenas existía en el radar de los de los editores en Nueva York. A finales de 1971 después de maravillarse con las obras de teatro del escritor mexicano Carlos Fuentes, la traductora tomó el riesgo de intentar contactarlo mandándole una carta directamente para preguntarle si podía traducir alguna de estas obras. Meses después, Fuentes finalmente le contestó diciéndole que su repertorio teatral ya había sido traducido, pero que si estaba interesada podría intentar con trabajar con su obra narrativa, comenzando por una selección de cuentos.
Cuando Fuentes leyó la versión que Peden hizo de sus cuentos reaccionó con sorpresa y agrado: “This is the first time an English language translator really captures the sense and rhythm of these stories. As you know, I have had dark troubles in the past and felt obliged to nix all the efforts presented to me. I most definitely approve your beautifully wrought versions. They are really in English. They are really readable.” Desafortunadamente, el mexicano no sintió lo mismo con respecto a la traducción que Peden compartió del fragmento de su famosa y compleja novela corta Cumpleaños, quejándose de que el inglés “does not sound poetic or ironic, but terribly pompous,” e ignoró la oferta para visitarla en Missouri para conversar sobre los borradores. Sin embargo, Fuentes siguió dispuesto a trabajar con Peden, y ella finalmente fue a conocerlo en el verano de 1973, en Londres. Todo indica que ese encuentro fue decisivo para que ella lograra captar su tono y su particular sentido del humor. A partir de entonces, las cartas comenzaron a ir dirigidas a “Petch” en lugar de a “Mrs. Peden”. En una de ellas, Fuentes le dedicó un elogio descarado, con un tono de evidente alivio: “I am amazed at your capacity to understand me—either in textual fashion or thanks to sheer radar over coffee at Borsons.” Poco después le dijo a su agente, Carl Brandt, que Peden debía ser la traductora de su colección de cuentos, que la prestigiosa editorial Farrar, Straus and Giroux planeaba publicar junto con su próxima novela, Renacimiento (Rebirth). “Perhaps, if you have the time and ganas,” le escribió Fuentes a Petch, “we could even talk about translating the novel itself. It is a very long affair, about 550 typewritten pages, and tricky because of the Spanish medieval setting and the language employed.” Durante el año siguiente, Peden se mantuvo en contacto con Fuentes, Brandt y Roger Straus para afinar los planes, mientras trabajaba en Cumpleaños y en otros cuentos, uno de los cuales apareció en Playboy (“It really is a rag,” le confesó Peden a un amigo sobre la revista). Fuentes, entretanto, peleaba con “the 500-odd pages of the Gargantuan novel.”
El proceso de escritura tomó mucho más tiempo del previsto, y el manuscrito terminó teniendo casi mil páginas, mucho más extenso de lo que Fuentes había imaginado en un principio. En noviembre de 1972 aseguró que estaría terminado en cuatro o cinco meses; un año después, en octubre de 1973, especuló que la novela llegaba ya a su fin, con unas doscientas mil palabras. Mientras tanto, insistía en lo desafiante que sería el trabajo para Peden:
it is written in a Spanish very close to the 15th and 16th century models, but as they would be written by a modern author if there had been a vital continuity in the language which, as you know, was broken and interrupted by the rhetorical, official, deadwood formulas of the 17th to 20th centuries. This is a big, difficult leap, and the language must never sound archaic but full-bodied, actual yet traditional, in the best sense of tradition, if that tradition had not been murdered by far too many inquisitors, priests, orators and dictators! I wouldn’t way [sic] coy medievalese like in the English translation of Mann’s The Holy Sinner, but rather the living ghost quality of Isaak Dinesen’s prose.
Peden le agradeció la oportunidad con entusiasmo; quizá subestimó el riesgo de traducir, casi a ciegas, un texto que acabaría siendo mucho más largo de lo que Fuentes había sugerido. En los primeros intercambios entre ella, Straus y Brandt se advierte la confusión que provocaba la falta de certezas: le pidieron que tuviera paciencia, pues los asuntos avanzarían despacio, y durante meses no recibió ni el pago por el cuento publicado en Playboy ni la confirmación de las condiciones contractuales. Aun así, y aprovechando un semestre sabático, Peden comenzó a trabajar a toda marcha en la primera entrega de Terra nostra (entonces todavía titulada Renacimiento) que Fuentes le envió en enero de 1974: dos secciones situadas en el centro de la narrativa. Conforme él le hacía llegar nuevas páginas, muchas veces desordenadas, Peden preguntaba quién era el narrador, y Fuentes se limitaba a responderle enviando otro fragmento del manuscrito. “This ought to keep you guessing”, escribió misteriosamente. Un año después de iniciado el proyecto, Fuentes le mandó las últimas partes del manuscrito que ya rondaba por las 1,400 páginas; Peden no firmó el contrato sino hasta el verano de 1975, cuando ya había concluido toda la traducción. Como Straus no podía comprar el libro sin antes leerlo —aunque había prometido hacerlo—, Peden se convirtió en una de las primeras lectoras de Fuentes, mientras su agente y la editorial seguían con atención su trabajo. Aunque fue la última en involucrarse en los asuntos comerciales, su papel resultó decisivo para concretar el acuerdo entre fsg, Fuentes y Brandt. La edición estadounidense de Terra nostra fue finalmente publicada el 27 de octubre de 1976.
No solo la creciente reputación de Fuentes en Estados Unidos influyó en la carrera de Peden; también la actitud de ella ante el proceso derivó en una relación marcada por la confianza y un espíritu aventurero de colaboración. Cada vez que Fuentes terminaba una sección, le enviaba una copia por correo; ella le devolvía unas cien páginas a la vez, acompañadas de una o dos páginas de preguntas; y días después ambos hablaban por teléfono para revisar el texto página por página. La colaboración era tan fluida que, al poco tiempo, Fuentes pidió su opinión sobre una lista de posibles títulos. Buscaba uno que funcionara bien en español y en inglés (la idea de publicar una novela titulada Rebirth y una novela corta titulada Birthday le resultaba desagradable). La lista incluía: La tierra de las vísperas; Vigilia del tiempo; Fundaciones; Polvo enamorado; Memorial; Fuga del tiempo; La otra vez; La segunda oportunidad; Nondum; La cicatriz de la creación; Las heridas del tiempo; El tiempo herido; Una terrible belleza (“Yeats!”); Imago mundi; Tierra nuestra; Terra nostra; Aún no; Libro de horas; Rex; Antepasados; La hora española; El oro de América; Invasión del pasado; Un palacio en la meseta; El día de la raza; El retorno de las carabelas; Los años por venir; En días pasados; Cuéntase; La tregua de Dios; Rojo y gualda (“Stendhal! Spanish flag!”); Mediterráneos; Trinidad. Peden votó por La cicatriz de la creación, Nondum o Terra nostra. Autor y traductora acordaron además cambiar el título de la tercera parte de la novela, “El otro mundo”, por “The Next World” en inglés. Sin embargo, la crítica mordaz de Robert Coover en The New York Times —ajena a la estrecha colaboración entre ambos y al trabajo igualmente minucioso del editor de fsg, Aaron Asher, y de la correctora bilingüe Carmen Gomezplata— acusó a Peden de haber cometido un error flagrante.
Peden era una investigadora meticulosa, con la costumbre de estudiar a fondo cualquier tema para emplear el término más exacto posible. En la sección “El viejo mundo”, cuando el peregrino llega a una playa cubierta de perlas, pasó tres días enteros en la biblioteca leyendo todo lo que encontraba sobre ellas: sus categorías, tipos de brillo, convenciones de nomenclatura, etcétera. Su meta era que los tres párrafos dedicados a la escena fueran tan vívidos y precisos como se pudiera. Esa atención al detalle se potenciaba, sobre todo, en el trabajo colaborativo: la alegría de construir una novela a través de una vasta red de saberes compartidos, mostrando lo social que puede ser el trabajo de una traductora que, en teoría, debería permanecer invisible. Entre las personas a las que consultó se cuentan: una especialista en Cervantes, una de Chaucer, un clasicista, dos latinistas, un medievalista francés, una astrónoma, un exsacerdote portugués, la recepcionista de Hillel, un rabino, un profesor de griego y una especialista en James Joyce. Bromeó con Fuentes: “Do you realize that this research led me to three former priests, and that I’m getting very nervous!” La mayoría de esas consultas tenía que ver con una sola palabra: averiguar, por ejemplo, cómo se habría llamado una constelación en la Edad Media o si “subpanación” implicaba la creencia de que el espíritu de Cristo, al transformarse en carne viva, estaba realmente presente en el pan. Peden también detectó alguno que otro error en la obra de Fuentes: como cuando en una escena, Pedro dirige su barco con una rueda, pero ella señaló que, según la historia naval que ella había leído, ese mecanismo aún no se había inventado; Cristóbal Colón, por ejemplo, había utilizado un timón horizontal. Aun así, confiando plenamente en la visión de Fuentes, se preguntó si en esa utopía anacrónica el detalle no podía ser posible: “Pedro podría haberlo concebido”, escribió.
En este punto, la tecnología empezó a tener un rol crucial. Peden y Fuentes pudieron revisar los borradores por teléfono, algo que de otro modo “would be impossible and forever through the mail.” El Servicio Telefónico de Área Amplia (Wide Area Telephone Service) era una línea de larga distancia introducida por Bell Telephone Labs una década antes. Permitía hacer un número ilimitado de llamadas directamente a cualquier parte del país por una tarifa mensual fija, lo que por primera vez hacía accesible comunicarse con personas fuera del propio código de área. El sistema wats se volvió esencial para ciertos sectores del Movimiento por los Derechos Civiles, que lo usaban para coordinarse entre estados frente a amenazas. Que Fuentes estuviera en Estados Unidos era, sin embargo, algo reciente, después de una historia complicada con el Departamento de Estado, que durante los años sesenta rechazó reiteradamente sus solicitudes de visa por considerarlo demasiado cercano a la Revolución Cubana. Tras varios vetos y el apoyo público de escritores influyentes en Estados Unidos, Fuentes consiguió finalmente los permisos necesarios. Irónicamente, mientras trabajaba en Terra nostra, llegó a Washington con una beca del Departamento de Estado, otorgada por el Centro Woodrow Wilson para Académicos Internacionales.
La extensión del manuscrito también supuso un reto logístico para coordinar tantas versiones. Peden confió en la compañía Xerox, cuyas máquinas le permitían enviar copias con mucha mayor eficacia que el viejo mimeógrafo. Pero la tecnología que tanto facilitó el trabajo también causó sus tropiezos: a mitad de la novela se dañó la máquina de escribir en español de Fuentes, y tuvo que continuar en una en inglés, lo que ralentizó enormemente su ritmo. Cuando el manuscrito estuvo por fin listo para la imprenta, existían ya tantas versiones que circulaban entre Peden, Fuentes, Asher y Gomezplata que Peden pidió a fsg que destruyera la suya, temiendo que se hubiera mezclado con la edición final: “Any copy of the manuscript now in your possession should either be destroyed—burned, shredded, or flushed away (New York may finally go under)—or returned to me.” Según explicó, el manuscrito había pasado por cinco borradores intermedios, “and any attempt to collate the pages would result in permanent madness.” Fue, dijo Peden, la máquina de Xerox la que la mantuvo cuerda.
Terra nostra marcó el inicio de una relación de trabajo larga y, en general, amistosa entre Fuentes y Peden. Algunos detalles de aquel primer proyecto parecen, vistos en retrospectiva, casi proféticos: anticipaban el tipo de carrera que ella tendría, forjada en uno de los textos más exigentes de su vida. Peden y Fuentes debatieron, por ejemplo, qué versiones en inglés citar para las múltiples alusiones del texto. Dado que no existía una traducción estandarizada que ayudara a los lectores angloparlantes a reconocer las referencias, y ninguna de las existentes les satisfacía del todo, Peden acabó creando sus propias versiones. Treinta años después, cuando tradujo La Celestina, seguramente sintió cierta satisfacción al recordar aquella “guía telefónica” que, en muchos sentidos, la había preparado para todo lo que vino después.
Lo más impactante, sin embargo, es la naturaleza profética de una broma inocente compartida. Al principio, Fuentes solía llamar a Peden “Constance” o “Señora Garnett”, en alusión a la célebre traductora de los clásicos rusos que, según la anécdota, casi perdió la vista trabajando en War and Peace. A medida que la novela crecía hasta volverse inabarcable, Fuentes empezó a usar el apodo cada vez con mayor frecuencia, como homenaje a la inmensa tarea que ella había aceptado casi sin darse cuenta. Después de enviarle las primeras entregas de su manuscrito le escribió: “It’s not quite as long as War and Peace and you won’t be losing your eyes like Mrs. Garnett.” Pero el presagio resultó medio cierto: a mitad del proceso de traducción —igual que la máquina de escribir de Fuentes, que se había averiado—, Peden tuvo que empezar a usar gafas. Cuando Aaron Asher, el editor de fsg, se enteró del apodo, se alarmó, temiendo que a Peden le resultara ofensivo. Le escribió a Fuentes: “Constance Garnett may still be admired for her role as a pioneer translator of Russian classics, and for her industry, but the translations themselves are now justly maligned as inaccurate, prudish, excessively British, etc. I’m taking the liberty of pointing this out to him.” Peden, sin embargo, le aseguró que se trataba de un apodo cariñoso, una broma cuyo tono fue tornándose cada vez más afectuoso y respetuoso conforme avanzaba la colaboración. Fuentes incluso escribió una dedicatoria para la version en inglés: “To Margaret S. Peden, the Constance Garnett of Missouri, who nearly lost her eyesight in a devoted translation.” En la versión final impresa el apodo fue omitido —quizá para evitar malentendidos sobre su amistad—, aunque quedó un guiño oblicuo a su humor compartido: “to Margaret Sayers Peden, for her devoted work, at cost to her eyesight, on the massive task of translation.” Cuando comenzaron a publicarse reseñas en revistas estadounidenses, a finales del verano de 1976, Fuentes le escribió a Peden para felicitarla: “I’m really delighted at the recognition your superb translation is getting, in print and verbally. It was worth it, Constance!” Años más tarde, la pérdida de visión (una combinación de vejez y quimioterapia) la obligó a retirarse de la traducción. El último texto estaba trabajando y quedó sin poder terminar fue Las novelas ejemplares de Cervantes; una de las últimas traducciones que completó antes de que sus ojos fallaran fue La Celestina.
Terra nostra fue la primera novela que Peden tradujo. Décadas después, al reflexionar sobre aquella tarea colosal, confesó que ya no tendría el valor de traducir un libro como ese. Tal vez fue la arrogancia de una novata, o la simple ignorancia de lo que implicaba, pero también debió haber sido emocionante formar parte de una industria aún en expansión, aún dispuesta a tomar riesgos creativos. En nuestro momento cultural, en cambio, donde la cultura literaria ha sido dominada por conglomerados corporativos —que han atrofiado la escena literaria a niveles insospechadamente aburridos de homogeneidad (como explica Dan Sinykin en Big Fiction [2023]) — y por la propiedad intelectual que tiene como fin una adaptación de Netflix, cuesta imaginar que un libro como este llegue al escritorio de un editor tras tantos actos de fe. Y la traductora —aunque su nombre aparezca en la portada—, enfrenta un panorama de salarios estancados con respecto a la inflación, difícilmente podría confiar en una editorial prestigiosa a lo largo de mil cuatrocientas páginas de pago diferido. La buena noticia, al menos, es que todavía se puede ir gratis a la biblioteca y leer cualquier libro que puedas encontrar sobre el origen de una perla.

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