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Se plantea que tanto Don Quijote como Felipe II no son límites del mundo, sino parte de él, pues su existencia depende de ser leídos y pensados, reafirmando la centralidad del lenguaje como única realidad posible.

Para Jorge Volpi

 

Es verosímil que estas observaciones hayan

sido enunciadas alguna vez y, quizá muchas

veces; la discusión de su novedad me interesa

menos que la de su posible verdad.

Jorge Luis Borges,

“Magias parciales del Quijote

1

Algo que no a primera vista se descubre en el caso de Terra nostra y el Quijote es el choque de dos discursos (uno apodíctico; el otro, diré, de lo relativo y lo múltiple) que poco a poco insistirá en cubrir —como si de una pátina de polvo se tratara— sus inagotables páginas. Confirmamos desde un inicio un mundo perfectamente autónomo disociado de ese otro mundo que el propio texto inscribe. En este sentido, se va a tratar de un rompimiento temporal, una suerte de efecto descontemporaneizador paradójicamente venido de lo más íntimo de sus entrañas narrativas. Repito: rompimiento temporal, que no rompimiento de la temporalidad, aun cuando en el caso de Terra nostra también podríamos hablar de rompimiento de la linealidad cronológica (aspecto que, sin embargo, no me detendré a comentar aquí).

Pero ¿cuáles son estos dos discursos en discordancia propuestos? El primero es el que se refiere a un mundo anquilosado, petrificado en el tiempo, el del Imperium medieval —que habita en la forma mentis de Felipe ii y Don Quijote, es decir, el mundo que en todo momento ellos creen habitar—, mientras que el segundo será el mundo del barroco o preclásico, el que prefigura una “auténtica realidad”, la del texto y la historia (fines del siglo xvi). En el Quijote, por ejemplo, el mundo caballeresco aparece “mencionado”, sobrepuesto y empalmado, enfrentándose de lleno a una época perfectamente bien situada cronológicamente (el Renacimiento), mientras que, en Terra nostra, el otro mundo estará señalado por América y ocupará el lugar central del libro, el titulado “El mundo nuevo”, el cual es un paraje intacto a la vez que recientemente descubierto frente al mundo lineal, histórico, de los siglos xvi y xvii.

Al lado de este desfase —este encuentro de dos discursos indisolublemente unidos en el texto, que gesta en cada línea una tensión y una dicotomía insalvables—, aparece otra discrepancia sustancial en la que los personajes se insertan. Cervantes copia de Fuentes al héroe decadente, anacrónico, inmerso en un mundo moderno, datable y también inestable.1Cervantes también ha copiado de Fuentes al personaje memorable de la Dueña Dolorida: Juana la Loca resulta muy parecida a la Condesa Trifaldi del capítulo xxxvi de la segunda parte del Quijote. Si Fuentes ha elegido la figura de Felipe ii recreándola como la de un rey pasado de moda, oscuro frente al mundo que le ha tocado vivir (el del multiculturalismo árabe y judío y los descubrimientos e invenciones del Renacimiento), Cervantes remata esta espléndida paradoja creando a su vez a un hidalgo trasnochado, anacrónico respecto a la circunstancia que vive.

Podemos resumir que la dislocación en Terra nostra y el Quijote se da, primero, entre lo que he venido a denominar como choque de dos mundos polares, y segundo, en el choque de protagonistas irrevocablemente enfrentados a una realidad que a todas leguas los rebasa: circunstancia que les ha tocado por suerte (o por infortunio) vivir. En este sentido es que ambos seres querrán a toda costa subsanar el desfase congénito, su propia herida ontológica, institucionalizando el mundo de sus ideas y de su doxa, es decir, el mundo de sus lecturas y su axiología particular (no harán, al cabo, sino literaturizar el mundo). Ante una realidad inconmovible, ellos se mantendrán impertérritos, igualmente inconmovibles y, por eso, anacrónicos y demodé. Don Quijote intentará recubrir el vacío que no encuentra, el hueco que han dejado los caballeros andantes a través de sus hazañas y escaramuzas libertarias, mientras que Felipe ii buscará afanoso instaurar y encarnar él mismo una suerte de reino milenario, reino absoluto, reino de la Inquisición. Uno se apoya en la lectura del Amadís y los caballeros de la Tabla Redonda, el otro en la lectura de los Santos. Ambos invaden el lenguaje de la novela (el del novelista) con el suyo, el de las verdades apodícticas, las verdades surgidas del dogma.

En su libro Cervantes o la crítica de la lectura, Fuentes habla de esta similitud, de este enorme parentesco:

En el nuevo mundo de la crítica, Don Quijote es un caballero de la fe. Esa fe proviene de una lectura. Y esa lectura es una locura. Don Quijote se empeña, igual que el monarca necrófilo de El Escorial, en restaurar el mundo de la certeza unitaria: se empeña, física y simbólicamente, en la lectura única de los textos e intenta trasladarla a una realidad que se ha vuelto múltiple, equívoca, ambigua.2Fuentes 1976: 54.

Cuando Fuentes lee el Quijote, ha descubierto las profundas simpatías que ambos autores modernos mantienen: Fuentes reconoce que Cervantes lo leyó a él.3Lo mismo pasa en Terra nostra donde, por ejemplo, Polo Febo es capaz de reencarnar quinientos años después o quinientos años antes. A pesar de lo dicho hay, es cierto, una clara diferencia en ambos textos: tanto Don Quijote como Felipe ii se rebelan al empecinarse en reinstaurar una realidad (la del orden y el equilibrio) opuesta radicalmente a la suya. Esa realidad deseada aparece en cada una de las dos novelas de modo paralelo y sistemático, por ejemplo, cuando comprobamos que, a pesar de lo que acontece fuera de El Escorial, el espacio del rey y el de la construcción nos remite (paralelamente) a la escatología medieval, al hilemorfismo tomista y al mundo ptolomaico, sin que por ello el lenguaje necesariamente lo tenga que ser —todo lo contrario: el lenguaje constantemente distorsiona y corrompe esos paradigmas creándose así (ininterrumpidamente) una extraña distorsión o distopía que algunos críticos han interpretado como posmoderna.4Cfr. van Delden 1998; Williams 1998.

Felipe ii, insisto, articula (que no construye) un palacio a su medida, un laberinto de Asterión cerrado y opresivo, opuesto al multiculturalismo y a las polivalencias que afuera lo acechan y se extienden, lo mismo que se ha expandido ya, muy a su pesar, la realidad del mundo una vez que se ha descubierto y anexado América a su imperio. De forma paralela, la realidad del manchego nos remite al mundo caballeresco, el de la Arcadia y los siglos dorados donde “los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío”,5Cervantes 1989: 76. cuando lo único cierto es que la realidad de afuera no coincide una pizca con sus expectativas. Al cabo, ambas formas, ambas realidades, pertenecen a mundos con distintas literaturas (distintos códigos) en franca pugna con esa otra literatura cuyo magma es el lenguaje de la subversión y a través del cual los protagonistas se hallan encallados muy a su pesar: realidades con distintas maneras de configurar el mundo en el que están inscritos y descritos. De allí que tanto la realidad de Don Quijote en ese mundo titulado el Quijote, como la realidad de El Señor en ese otro mundo titulado Terra nostra, conserven ante todo un poderoso enemigo común: la realidad de un lenguaje equívoco, denotativo y multiplicador de voces con el cual ninguno de los dos contaba y con el que ellos dos, a la postre, se hallan paradójicamente expresados, conformados. Algo similar sostiene Wendy B. Faris cuando escribe que:

Don Quixote forms a kind of benevolent counterpart to El Señor. Just as the knight wishes to impose his single-minded reading of novels of chivalry on a complex world, so El Señor wishes to have absolute power over the many disparate elements in his kingdom. Fuentes has made this parallel quite explicit, for El Señor often dictates to his henchman Guzmán, saying that a single, definitive text (the opposite of novels like Don Quixote or Terra nostra) assures absolute power.6Faris 1983: 163.

El lenguaje que ambos son ha sufrido entonces cambios notables en apenas siglo y medio. Tanto Don Quijote como Felipe ii están inscritos en él, a él pertenecen y con ese logos han quedado configurados, impresos, al punto de poder incluso (si lo quieren) leerse a sí mismos. Es, pues, allí que cambian de raíz las nociones simples de “medieval” o “caballeresco” y es allí también que surge (interpolada) la implantación de una suerte de discurso diferido, discurso todopoderoso y unívoco que ellos mismos insisten en ser (y en encarnar), aun cuando lo que leamos sea justo lo contrario… provocando con ello, es verdad, cierto estupor y sorpresa pues no nos queda entonces sino cuestionar como lectores si es que, de hecho, los dos héroes han estado siendo creados con retazos de un viejo discurso, para respondernos de plano que no, responder que ellos sólo representan esa otra literatura fuera de lugar (literatura apodíctica) obstinada en mantenerse fija aunque la elaboración de sus extremidades, vértebras y huesos (esa urdimbre de signos) esté trazada con el más puro material herético y, por eso mismo, puro y destructivo material barroco.

De este modo y ya dentro de lo que al texto concierne, vemos enfrentarse dos niveles casi contraproducentes en su formación. Si bien Don Quijote y El Señor se erigen como protagonistas de una realidad denotativa —enfrentados a esa otra realidad connotativa que Fuentes incide en comentar en su ensayo— y aun cuando ambos se muestren como héroes anacrónicos en un mundo que no existe ya, lo cierto es que los dos conforman (productos de la ficción que son) ese nuevo disparadero de sentido que se les impone: polisémico y transgresor.

Terra nostra y el Quijote no son entonces arcaicos; lo son —y sólo en ese primer nivel que representan y describen— Felipe ii y Don Quijote; y ¿cómo no va a ser así si ambos personajes al fin inventan su literatura, la reinstauran y con ello literaturizan el mundo? O como aduce Foucault: esta clase de seres jamás distinguirá “entre lo que se ve y lo que se lee, entre lo observado y lo relatado, [se tratará] de la constitución de una capa única y lisa en la que la mirada y el lenguaje se entrecruzan al infinito”.7Foucault 1968: 47.

Sin embargo y a pesar de todo lo dicho, lo cierto es que Don Quijote, al contrario de Felipe ii, no sólo lee y por tanto ve, sino que ve y por tanto lee, tal como lo demuestran los primeros capítulos de la novela. Con Felipe ii sucederá sólo lo primero —sólo lee y por tanto ve— infinidad de veces, por ejemplo en los capítulos “El primer testamento”, “El segundo testamento” y “El cronista”; de este modo es que leemos en el primero el diálogo que entabla El Señor con Guzmán:

Escribe, Guzmán, escribe, lo escrito permanece, lo escrito es verdad en sí porque no se le puede someter a prueba de la verdad ni a comprobación alguna, ésa es la realidad plena de lo escrito, su realidad de papel plena y única, escribe […] ¿tú nunca dudas, Guzmán, a ti nunca se te acerca un demonio que te dice, no fue así, no fue sólo así, pudo ser así pero también de mil maneras diferentes, depende de quién lo cuenta, depende de quién lo vio y cómo lo vio: imagina por un instante, Guzmán, que todos pudiesen ofrecer sus plurales y contradictorias versiones de lo ocurrido y aun de lo no ocurrido: todos, te digo, así los señores como los siervos, los cuerdos como los locos, los doctores como los herejes, ¿qué sucedería, Guzmán?

Habría demasiadas verdades. Los reinos serían ingobernables. No, algo peor si todos pudiesen escribir a su manera el mismo texto, el texto ya no sería único; entonces ya no sería secreto; luego… Ya no sería sagrado.8Fuentes 1975: 193-194.

Lo que no es permitido entonces en el reino de la certeza unitaria es la imaginación o al menos la imaginación que haga peligrar el libro sagrado del Mundo, el equilibrio en que está sustentado el cosmos, tal como se lee otra vez, muy a propósito, en “El segundo testamento” de Terra nostra: “Guzmán, júrame que no hay más, me volvería loco si el mundo se extendiese una pulgada más allá de los confines que conocemos; si así fuese, tendría que aprenderlo todo de nuevo, fundarlo todo de nuevo”.9Ibid.: 327. Sin embargo, para mal del rey, ese mundo sí será verdadero pero no porque exista —lo cual no importa demasiado—, sino porque lo ha escrito el cronista —un tal Miguel— y, ya se sabe, lo escrito existe y permanece, lo mismo que, para infortunio de Alonso Quijano —infortunio pues se trata, a la postre, de una “extraña locura”—, sí será verdadera la aventura del caballero de Los Lagos que Don Quijote cuenta al Canónigo al final de la primera parte:

Los libros que están impresos con licencia de los reyes y con aprobación de aquellos a quienes se remitieron, y que con gusto general son leídos y celebrados de los grandes y los chicos, de los pobres y los ricos, de los letrados e ignorantes, de los plebeyos y caballeros, finalmente, de todo género de personas de cualquier estado y condición que sea, ¿habían de ser mentira, y más llevando tanta apariencia de verdad?10Cervantes 1989: 371.

2

El capítulo “El cronista” de Terra nostra y todos aquellos en los que aparece este personaje, tuvieron que influir en la creación de ese otro cronista que aparece en el Quijote. No hablo de Cide Hamete Benengeli sino de quien persigue a Sancho a cada lugar que va cuando reina en la ínsula Barataria. Este cronista escribirá las andanzas y vicisitudes que mira, las cuales, a su vez, tiene órdenes de enviar a los duques. Empero, de la misma forma en que el cronista del rey en Terra nostra se embelesa en sus descripciones y ellas, irónicamente, apuntan siempre a la verdad —por lo que luego será confinado a galeras como le acontece, de paso, al Buscón don Pablos—, tal vez sea el cronista de la ínsula Barataria el único responsable de lo que, sabemos, sucedió con Sancho Panza; nadie más lleva una bitácora o documentación de los hechos, al menos nadie que esté explícitamente mencionado en las páginas del Quijote.

Sin cronistas —sea el de la ínsula, sea Cide Hamete, sea el mismísimo bachiller Carrasco de los primeros capítulos de la segunda parte, sea el cronista del rey Felipe ii, sea Guzmán, su testamentero, o hasta Teodoro de Gándara, cronista de Tiberio César en Terra nostra—no hay escritura y sin escritura no hay hechos y, por tanto, tampoco realidad posible. La escritura en ambas novelas opera siempre como representación de otra cosa; ella en sí misma no dice nada —o más bien: aparenta siempre no decir nada—. Se trata sólo de signos, desplazamiento de signos. Estos signos, a su vez, serán la única evidencia de que existe una realidad del mundo allende, posible como transcripción, pero sin que sean ellos el Mundo. En otras palabras, ambas novelas siempre acudirán al signo que transcribe como subterfugio —por ejemplo, una multitud de cronistas que habitan sus páginas— y no al signo original, pues al cabo —preguntan oblicuamente Fuentes y Cervantes— ¿dónde está ese signo original? Ellos, por lo pronto, queda claro, no lo saben.

Por otro lado, no hay duda de que en el Quijote existen aun más niveles ocultos del signo que en su predecesora, Terra nostra. Por ejemplo, sabemos que estamos ante una traducción hecha del árabe, igual que sucede en El archivo de Egipto (si este archivo que en el libro se traduce fuera el libro que leemos) o en la Historia del cerco de Lisboa cuya “historia”, por cierto, leemos interpolada al texto. Así, en el colmo del delirio cervantino, los hechos de Sancho en la ínsula —los cuales relata el cronista— nos llegan en un segundo o tercer nivel de verosimilitud respecto al signo original. Al igual que acontece en la historia del Caballero del Bosque, esta anécdota (¿quién lo duda?) tal vez nos esté llegando a través de Sansón Carrasco, reelaborada luego por Cide Hamete Benengeli. ¿Hasta qué punto son reales los hechos que en el Quijote acontecen si no existe ya ningún signo indeleble, ninguna huella firme de dónde poder parangonear todo lo demás? Debemos acostumbrarnos a una lectura en la que abunda, sobre todo, la proliferación y superposición de signos, su temible ambigüedad y, por tanto, su más o menos plausible inautenticidad. Debemos también, como premisa del barroco cervantino y fuentesiano, dudar en principio de la verosimilitud de todo lo que se nos cuenta.11Algo similar sucede en Domar a la divina garza, de Sergio Pitol. Así, por ejemplo, cuando dentro de la novela se insiste en el hecho de que estamos ante “una historia verdadera”, habría de inmediato que ponerlo en duda, pues ¿sería tan “verdadera” una historia donde, desde un comienzo, se insiste en que lo es? ¿No es esto perfectamente digno de sospecha? ¿No debería o no queda estipulado, consensado, que lo es desde un inicio sin necesidad de repetírnoslo hasta el hastío? ¿Para qué entonces leer una novela que es posiblemente “falsa” o posiblemente “cierta” y que, de entrada, querríamos suponer “verdadera” tal como lo son, a priori, todas las novelas con que nos encontramos? No hay, me atrevo a sugerir, en el caso del Quijote y Terra nostra, un consenso contractual con el lector como lo hace, en menor o mayor medida, cualquier historia convencional. Así, esta frase recurrente (siempre del traductor de Benengeli) deberá funcionar justamente a la inversa, casi como una suerte de aviso: ¿es acaso tan “verdadera” esta novela o, en otro renglón: acaso es auténtica la manera en que se cuenta, el cómo? ¿No se estarán alterando los hechos y anécdotas mucho más de lo que explícitamente se nos ha venido diciendo? La verdad es que no podemos saberlo; acaso podemos sospecharlo o, como diría Borges: conjeturarlo; y de allí que, ante esa proliferación de signos —y de subtextos incorporándose—, sólo nos quede como consuelo ejercitarnos en su desciframiento. Ésa es la exigencia del mejor barroco. Estamos ante lo que Dermont F. Curley, refiriéndose a Farabeuf , y aquí también es aplicable, ha denominado “alta autorrepresentatividad” del discurso novelístico. En el capítulo homenaje al libro de Elizondo titulado “El teatro de la memoria” en Terra nostra,12Raymond Leslie Williams no menciona la alusión a Elizondo, pero explica que el “teatro de la memoria tiene su antecedente histórico en la Edad Media […] el teatro de la memoria de Camillo es una sinécdoque de Terra nostra” (Williams: 111). leemos la voz del Maestro que dice a Ludovico: “Éste es el Teatro de la Memoria. Los papeles se invierten. Tú, el único espectador, ocupas el escenario. La representación tiene lugar en el auditorio”.13Fuentes 1975: 564. Esta intervención no sólo cobrará más tarde especial relieve en el Quijote, cuando Cervantes la retome en su novela al incluir a sus lectores (tú, yo, nosotros) en la representación que se desarrolla al final de la primera parte (me refiero a los capítulos de la Venta), sino que establece asimismo su correspondiente correlato y dramatización en el retablo de Orvieto que el rey no se cansa de mirar cuando reza en su palacio. De este modo, los apóstoles que en el cuadro están dándole y dándonos la espalda, de pronto girarán para mostrar así la otra cara de la religión. Respecto al cuadro, Raymond Leslie Williams ha escrito:

Este cuadro de Orvieto es también una sinécdoque de Terra nostra. Por una parte, la pintura subvierte la idea ortodoxa que El Señor tiene de la Biblia, del mismo modo que Terra nostra cuestiona la doctrina católica institucional que regía las prácticas políticas y culturales españolas del siglo xvi. También mezcla lo religioso y lo sexual, reproduciendo la imaginería de El Escorial y la gran parte de Terra nostra en que no se trata directamente con la pintura de Orvieto.14Ibid.: 113.

3

Don Quijote y Felipe ii son dos productos de la ficción decadentes para su época, individuos insertos en un tiempo primigenio cuando el mundo era lenguaje y la naturaleza era el libro donde los hombres debían leer: cuando los signos y las cosas, como apunta Foucault, eran inherentes, insolubles, eran lo mismo. Para Cervantes y para Fuentes, al contrario que para Ficino o para Neruda, por ejemplo, los signos son intercambiables, sólo representan, han perdido su valor y su entidad, no son más aquellas huellas intocables —como lo sustentaba el poeta y el mago—, se han vuelto, a la postre, signos dentro de un sistema convencional combinatorio. Así, otra vez para Foucault, la escritura ha dejado de ser la prosa del mundo; las semejanzas y los signos han roto su viejo compromiso; las similitudes engañan, llevan a la visión y al delirio; las cosas permanecen obstinadamente en su identidad irónica: no son más que lo que son; las palabras vagan a la aventura, sin contenido, sin semejanza que las llene; ya no marcan las cosas; duermen entre las hojas de los libros en medio del polvo.15Foucault 1968: 54.

A partir de Terra nostra y del Quijote todo es entonces literatura, pues todo lenguaje representa de forma indefectible, mientras que, por el contrario, a partir (y con) Felipe ii y Don Quijote, los signos son la única y postrera realidad, la única certeza, los signos son las mismas cosas que se ven y que se tocan: pertenecen tanto al mundo que se mira como al mundo que se lee. Para los dos héroes desfasados y anacrónicos, ambas realidades convergen, ayuntan.

Los personajes del Quijote, al igual que algunos de los personajes que aparecen en Terra nostra, asisten a una escena y, a su vez, son escenificados como acontece en el teatro de Camillo o bien en el famoso retablo de maese Pedro, en donde Don Quijote, recordémoslo, se convierte en parte de la escena por culpa de esos encantadores que le truecan las figuras en reyes y reinas y a éstos a su vez en figuras de retablo. Escena presenciada y escenificación de la escena presenciada… las dos coinciden y concurren. El paroxismo del Quijote estalla, sin embargo, mucho antes que en los capítulos de maese Pedro y su retablo; el hilarante mise en abîme se produce durante los capítulos de la Venta donde, por arte de prestidigitación, el narrador desplaza sabiamente a Don Quijote y lo pone (en un abrir y cerrar de ojos) a la misma altura del espectador de la historia —la subhistoria de Cardenio, Dorotea, Fernando y Luscinda— tanto como nosotros somos espectadores de ella. En un santiamén, Don Quijote se halla a nuestro mismo nivel, todos somos auditorio.
No obstante, justo en este momento nos surge, inevitable, una duda, ¿quién nos dice que ese espectador fuera de escena, Don Quijote, en realidad no está mirando la escena sino que, al contrario, prefiere contemplarnos a nosotros, lectores que asistimos y miramos la escena desde atrás, en las últimas butacas? Si lo hemos perdido de vista al presenciar la escena de la Venta, luego entonces hemos quedado escenificados por el ojo voyerista del manchego y somos parte de su texto.

Otro ejemplo paralelo al de la Venta facilita nuestra comprensión si nos obligamos a hacer una pregunta: ¿quién es más real, un tal Cervantes que escribe el Quijote o Cide Hamete Benengeli que inventa a Cervantes y procura inducir al lector a pensar que éste ha sido el mismo que escribió lo que él ha escrito por medio de subterfugios tales como el de poner en tela de juicio su propia fidelidad autoral en innumerables pasajes? O bien ¿quién es más real, el cronista árabe que cita en el Quijote al autor de la Novela de Rinconete y Cortadillo y La Numancia o el autor (autocitado) de la Novela de Rinconete y Cortadillo y La Numancia, Miguel de Cervantes Saavedra, que de pronto es traductor de este libro aunque, strictu sensu, esto jamás quede confirmado? Por último, ¿por qué un cronista árabe sólo es traductor y no autor cuando, al fin y al cabo, esto es lo que leemos, lo que se nos dice como suprema verdad autoral? Debemos, entonces, atenernos al juego del discurso, a las muñecas rusas y a los palimpsestos por lo que, en cualquiera de los tres casos —el del retablo, la autoría o la Venta— el mundo que está fuera de la escenificación, el mundo que son los de afuera (nosotros) pierde sustancia, es repentinamente tragado —como si la obra de ficción fuera una suerte de hoyo negro— por los que están dentro, los representados, que sí logran mirar afuera: ora Cervantes (que está dentro)16Autocitado, como dije, o de refilón, por ejemplo: en el capítulo XL de la primera parte cuando el Cautivo habla de un tal Saavedra o en el capítulo VI de la primera como autor de La Galatea.a través de Cide Hamete (que está fuera)17Cide Hamete que está nombrado pero no aparece dentro de la “historia oficial” del Quijote; él la cuenta, sí, pero está fuera. Su punto de vista es en este momento el del narrador que no interviene., ora Cervantes (que está fuera)18Nunca aparece nombrado y sin embargo se le concede autoría. a través de Cide Hamete (que está dentro)19Cide Hamete ahora está dentro de la “historia no oficial” del Quijote, es decir, dentro de la novela, aun cuando él fue quien la escribió., ora Don Quijote (que estuvo dentro) trasladado afuera de la Venta y contemplándonos en el mismísimo acto de contemplación de la obra, inextricablemente cautivos (él y nosotros) en ella. Quedamos, insisto, en vilo y sólo dispuestos a aceptar que nosotros, como espectadores o lectores, no existimos y que sólo existen ellos y es a través de una sola mirada que podemos (podríamos) volver a existir: la mirada de Don Quijote. Pareciera como si por un momento los personajes de la Venta estuviesen —en un primer grado— inmersos dentro de una bola de cristal sin observar los hechos que acontecen, más bien observándonos a nosotros contemplando, nosotros los supuestamente ajenos, los mirones e impertinentes curiosos. Pero, cabe preguntarse asimismo, si también nosotros, en un segundo grado —casi inmediato, provocándonos con esa mirada un resquemor—, ¿no estaremos dentro de la bola de cristal, dentro de su bola de cristal, codeándonos con ellos, los protagonistas? O bien ¿no estaremos desamparados, solos, fuera —es decir, fuera del texto—, inexistentes si de pronto no nos miran, si de repente nadie nos mira? O por último ¿acaso estamos dentro de otra bola donde, sin percatarnos, nos está observando Don Quijote, cándidamente convencidos de ser nosotros los mirones? De la misma forma, entonces, la novela que se asemeja al Quijote del cronista árabe, sería nada menos que el Quijote de Cervantes y, por tanto, este libro como tal no podría existir, sería anulado en el instante de su representación, en el momento mismo de su creación y en el acto en que estuviéramos mirando. El Quijote deja entonces de existir para que el Quijote exista cuando se escriba dentro de la novela y, por tanto, para que cobre sustancia cuando nosotros lo leamos. Es de esta manera que en el Quijote, al final, no converge el mundo que se mira con el mundo que se lee; ambos sólo convergen en el caballero Don Quijote de la Mancha.

4

Al igual que Volpi se pregunta “¿Cómo es que nos damos cuenta de que ahí, fuera de nosotros —y del lenguaje—, existe algo más?, ¿o es que también nosotros somos lenguaje puro?”, reincido en la pregunta inicial de este ensayo: ¿acaso Don Quijote y Felipe ii están constituidos por un discurso fuera de lugar y se hallan, por tanto, descontextualizados? Volpi escribe que “el cogito individualizador de Descartes se resuelve en una nueva petición de principio: uno no puede afirmar ‘pienso, luego existo’ porque nada en el pensamiento permite afirmar que está siendo pensado por alguien”. De esta manera, si quisiéramos, por ejemplo, suplantar al “sujeto” de la premisa wittgensteiniana: “El sujeto no pertenece al mundo, sino que es un límite del mundo”,20Wittgenstein 1973: 5.6331. por el de “Don Quijote” o “Felipe ii”, casi me atrevo a afirmar que, al contrario de lo que otros críticos sugieren, Don Quijote tanto como El Señor no son tipos idealistas a pesar de que los dos sean básicamente episteme. La configuración que los dos dan al mundo es profundamente realista, material, por lo que ellos entonces sí pertenecen al mundo, por lo que ellos no son un límite del mundo.

Para poder existir sería necesario que Don Quijote y El Señor fueran “pensados por alguien”, fueran, por ejemplo, leídos, pero ¿de dónde podemos inferir algo así o, mejor: de dónde pueden ellos inferir esto? Para Wittgenstein, repito, el sujeto no está dentro del mundo, el sujeto es el “límite”, el ojo que ve pero no puede mirarse a sí mismo. De modo similar es que Cervantes intuirá acertadamente que Don Quijote sabe que debe ser leído para existir, por lo que a su vez el manchego emprenderá esa ardua tarea en la segunda parte: siendo puro lenguaje —en dos niveles: como personaje en la primera parte y como personaje de personaje en la segunda— deberá negar rotundamente el lenguaje, deberá desmentir el atomismo wittgensteiniano y, de paso, desmentir a Cervantes. ¿Cómo diablos podría ser él, el famoso Caballero de la Triste Figura, puro lenguaje, lenguaje retorcido y equívoco?, se burla, increpa. Lenguaje es el Quijote de Don Quijote, el de su biblioteca o el de la imprenta, pero él no. Es allí otra vez que Don Quijote coincide y se emparenta con su gran y terrible antecesor, Felipe ii.

5

En Terra nostra aparece, al igual que en el Quijote, una alternancia de mundos. Son tres que nos remiten a las tres partes que lo forman, “El viejo mundo”, “El mundo nuevo” y “El otro mundo”. Aunque todo intenta coincidir en el espacio imaginario del texto —hasta el futuro— es, sin embargo, imposible abarcarlo todo si no es a través de la sucesión que deriva de una lectura ideal, una lectura simultánea, ubicua, la cual por supuesto no podemos siquiera imaginar. El lector ideal en este caso sería Dios. Juana la Loca coincide con Felipe ii y éste con la Celestina mientras ella transita por las calles de París junto a Oliveira al mismo tiempo que recorre El Escorial cuando aún el monasterio no existía en la historia pedregosa de España y conoce a Don Quijote y a Don Juan mientras que el rey se acuesta con Sor Inés. Esto es posible sólo en El Escorial, último reducto en el que todos los tiempos del mundo pueden darse cita en un solo espacio y a la misma hora. Como apunta Kundera: “La vieja mitología de la reencarnación se materializa en una técnica novelesca que hace de Terra Nostra un inmenso y extraño sueño en el que la Historia está hecha y poblada siempre por los mismos personajes continuamente reencarnados”.21Kundera 1988: 58. El Escorial es entonces el bastión de Felipe ii y la fortificación de lo Mismo; “agua esculpida”, lo llamó Cernuda. Allí coexisten, otra vez, los significantes y no sus referentes. Pero, ¿cómo y por medio de qué hazaña logran concurrir allí si todos esos hombres y mujeres están escritos, todos son seres inscritos en el acontecer del tiempo, son literatura o son historia —no importa si, como sabemos, Don Quijote al cabo va a mezclar en su perorata apologética a los doce pares de Francia con los amores de Ginebra y Lanzarote—? Esos seres son, a fin de cuentas, lenguaje y éste da fe y constancia de ellos. Otra vez, en Terra Nostra y en el Quijote abundan los hombres-signo instituidos, codificados; lo demás no existe y, si acaso quisiéramos preguntarle a ellos, ellos negarían por supuesto la novela de Fuentes, la novela en la que aparecen unos al lado de otros, aboliendo la distancia y anulando el tiempo lineal.

 

6

Para Severo Sarduy el barroco es una expresión de la Contrarreforma, es decir, un movimiento surgido a partir de la inmovilidad y lo inmutable, en este caso: el Concilio de Trento. El barroco y el neobarroco “reflejan estructuralmente la inarmonía, la ruptura de la homogeneidad, del logos en tanto que absoluto[…]”.22Sarduy 1972: 183. Si en Terra Nostra existe una constante temática, un leit motiv, ése será el de esta doble noción de movimiento e inmovilidad, endogamia y exogamia: la entrada de las huestes guerreras de Felipe ii en Flandes, por ejemplo, y la construcción ininterrumpida de El Escorial. Tal vez sea del mismo palacio-monasterio o de sus torres, fuentes, patios, claustros, recovecos y pasillos que el barroco de la novela surja como si se tratara de un último contrasentido de la época, una postrer dislocación u oxímoron de los tiempos: cuando hasta las más mínimas analogías y réplicas en que buscábamos descifrar un texto se han de pronto disparado o trastocado. No otra cosa opina Williams cuando dice que: “Las contradicciones inherentes en El Escorial, así como las posibilidades culturales de las cuales Felipe ii obviamente estaba consciente, pero se rehusaba a reconocer, constituyen un tema importante en Terra Nostra. El Escorial es un objeto notablemente multicultural a pesar de que Felipe ii reprimió su diversidad étnica”.23Fuentes 1975: 90. El Escorial, pétreo y retrógrado monumento funerario, se convierte entonces (sin preverlo siquiera cuando fue construido) en disparadero de un texto, no ya el original, sino otro muy distinto, aquel en el que coexisten todos los textos como en una biblioteca de Babel: centro mundial de las herejías y heteroglosas literarias, de los palimpsestos y muñecas rusas, de las paradojas y excesos del barroco: proliferación y abundancia que en todo momento busca contravenir su rigor original y austeridad, movimiento que contrasta con su inmovilidad, finalmente: vórtice incluyente que lucha con su apabullante fuerza excluyente y endogámica.

7

Pero, ¿dónde más surge el choque, el desfase, en Terra Nostra y el Quijote, y contra qué? La respuesta es clara: en los protagonistas. Cuando éstos, hombres-lenguaje, héroes-signos, se enfrentan contra una realidad en que irremisiblemente aparecen: un texto que ya no es signo, sino sólo representación de signos. Su embate y su fracaso está en querer implementar —literaturizar, dije, pues ellos leen el mundo a través de un invariable discurso apodíctico— el tiempo del Imperium medieval o el tiempo de los caballeros andantes (dos tiempos de la imaginación inaugural) en una doble realidad con la que de lleno discrepan; primero, la realidad auténtica de una época contra la que luchan y se afanan, y, segundo, la realidad del texto-sincrético en que se fundan —y en que fueron fundados—. De allí su infalible caída y por esa caída también la posibilidad de un entorno novelístico que niega, a priori, cualquier literaturización, incluyendo la que ellos, Don Quijote y El Señor, hicieran.

Tanto Terra nostra como el Quijote van a permitir, al final, sólo su propia y exhaustiva literaturización, la del texto que converge en sí mismo (clausurando por ello al Mundo y a todos los personajes que se opongan a él) y de paso reinstaura, sin percatarse de ello, la creación de un mundo autónomo y cerrado que aún lleva su nombre: Terra nostra y el Quijote.

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Eloy Urroz

Novelista, poeta y crítico literario mexicano, integrante de la Generación del Crack. Estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la unam y obtuvo el doctorado en la Universidad de California, Los Ángeles. Ha publicado diez novelas, entre ellas Las Rémoras (1996), Un siglo tras...

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