Terra Nostra de Carlos Fuentes: novela total que une tiempos, culturas y tradiciones, creando un Aleph latinoamericano que redefine la narrativa en español.
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En la dilatada historia de la literatura contemporánea, en pocas ocasiones se cumple la posibilidad de que un solo escritor encarne una tradición literaria por sí mismo; los ejemplos se cuentan con los dedos de una mano: Balzac, Proust, Mann, Joyce, Kafka. Ninguno de ellos es el autor de una sola novela que pueda ser considerada su obra maestra, capaz de resumir su poética y sus obsesiones, sino de un complejo universo narrativo paralelo al nuestro. O, en otro sentido, cada uno de ellos escribió siempre el mismo libro a lo largo de toda su vida, aglutinando una infinita variedad de personajes, registros, escenarios y estilos.
En este sentido, el caso de la literatura latinoamericana resulta inédito: a diferencia de lo que suele ocurrir, muchos de los fundadores de nuestra tradición novelística han sido nuestros contemporáneos. Esta anomalía —este espejismo— no impide considerarlos desde ahora como nuestros clásicos: Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Julio Cortázar edificaron a lo largo de medio siglo no un simple conjunto de novelas ejemplares, sino cosmos narrativos que han modificado para siempre el panorama literario de esta región y del planeta en su conjunto.
De este modo, si García Márquez cumplió el mayor deseo de un escritor al hacer que una enorme cantidad de lectores identifique todo un continente como una prolongación de su imaginación —Macondo como metonimia extrema de América Latina—, Vargas Llosa y Fuentes tomaron caminos distintos: mientras el primero ha apostado por recrear la ambición purista de Flaubert con un estilo cada vez más claro y transparente, vehículo ideal para reflejar a la perfección su visión del mundo, Fuentes prefirió concebir una nueva Comedia Humana, más latinoamericana que mexicana, asumiendo nuevos riesgos en cada entrega y en la cual parecería posible distinguir una enorme pluralidad de autores, a veces en colisión entre ellos mismos. Como sucede con pocos escritores, el verdadero nombre de Fuentes habría podido ser Legión.
Aplicando una especie de metáfora teológica a la literatura latinoamericana, García Márquez podría ser visto como un dios primitivo, decidido a inventar un cosmos tropical y fabuloso, a imagen y semejanza de su abigarrada imaginación; por su parte, Vargas Llosa aparecería como un dios racionalista, algo así como el dios de los filósofos, y el planeta que ha concebido es, por tanto, sobrio y a veces frío, perfectamente trazado y ordenado, de una perfección abismal; Cortázar sería casi un alienígena, que ensayó lugares y tiempos paralelos y, a la vez, trazó un territorio en expansión por medio de sus novelas y en especial de sus relatos; y Fuentes, por último, sería un dios caprichoso y voluble, semejante al Yahvé de los judíos o al Zeus griego, fascinado con provocar a sus criaturas, mezclándose con ellas y poniéndolas a prueba, mutando y transformándose de maneras cada vez más peligrosas, jugando en terrenos sinuosos y llenos de trampas, sin jamás arredrarse ante lo desconocido.
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Si en una novela Fuentes intenta llevar a sus últimas consecuencias esta voluntad demoníaca de provocar e intervenir en el destino de sus personajes, es en Terra nostra, la más osada, valiente y vigorosa muestra de su obra. Si, como decíamos al principio, Fuentes es uno de esos pocos escritores que constituyen una tradición literaria por sí mismos, Terra nostra no sólo es su obra maestra —un concepto irrelevante para un creador desmesurado como él—, y en ella no sólo aglutina o concentra todas sus preocupaciones —sus obsesiones de demiurgo se renuevan siempre que empuña la pluma—, sino que constituye una imagen holográfica de su poética: en ella sus disfraces y máscaras resultan tan variados como los de Júpiter y haría pensar, sin duda, que se trata de una obra escrita por cientos de personas distintas. No obstante, Terra nostra es algo más que un mosaico de voces: es un universo dentro del universo, una anomalía cósmica, un agujero negro. En resumen, se trata de una de las obras más deslumbrantes, poderosas e incomprensibles de nuestro tiempo.
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Nos han enseñado a ver el mundo como una sucesión de acontecimientos en el tiempo; si uno busca la definición de la palabra Historia, la verá como el hilo o un collar donde se enroscan los destinos humanos. Los críticos del pasado suponían que la novela era algo semejante: el relato de unos cuantos sucesos encadenados en una narración ficticia. Como si Dios hubiese condenado al ser humano a deslindar cada mínima porción de su vida para poder explicársela, la imperecedera necesidad de contar se revelaba como la consecuencia extrema de este deseo de poner en orden cronológico ese cúmulo de experiencias desordenadas que conocemos como vida.
Con esta misma lógica, un buen narrador sería aquél que ha desarrollado el arte de unir hechos dispersos, aplicando los principios de la composición derivados de la retórica, para despertar y mantener el interés de su público hasta el final de su relato, construyendo una trama que se asume natural y ordenada. Desde la antigüedad clásica hasta fines del siglo xix, nadie puso en duda que la única manera de contar una historia —de explicarla, de memorizarla, de desmenuzarla— era a través de esta cuidada sucesión de instantes. Por desgracia, este delicado artificio nada tiene que ver con la realidad. Tal como podemos observar día con día, el mundo no se reduce a una línea argumental como suponían los historiadores y los novelistas clásicos.
El cosmos se parece demasiado a su contraparte, el caos: todo ocurre de manera simultánea, sin que el ser humano posea la capacidad para contemplar lo que ocurre en cada lugar del mundo; nuestra experiencia es inevitablemente fragmentaria y, por tanto, profundamente desalentadora. Nunca lograremos conocerlo todo: estamos condenados a esta frustrante parcialidad que tanto nos aleja de los dioses; sólo ellos gozan de ese don que a los mortales nos está vedado y que apenas somos capaces de intuir: la simultaneidad.
Aristóteles y Santo Tomás lo presentían: solo una Mente Universal tiene el poder de saberlo todo al mismo tiempo. A partir del siglo xx, unos cuantos escritores —deberíamos llamarlos herejes y apóstatas, vanidosos demoledores de ídolos— comprendieron que la novela era una de las pocas invenciones humanas que podía acercarnos a la divinidad. En vez de conformarse con la muy humana tarea de contar una historia por turno, apelando a la claridad, la transparencia y el orden —otros espejismos retóricos—, los novelistas modernos se sentían obligados a retar al Creador para convertirse en verdaderos rivales suyos. Demonios en potencia, asumieron que sus textos podían atreverse a reproducir la azarosa simultaneidad del mundo.
De alguna manera la historia de la novela es la historia de esta lucha contra el tiempo lineal. Decididos a quebrar los límites previos, los novelistas contemporáneos han desafiado todas las convenciones para superar las barreras que impiden atisbar la complejidad. No es casual que la ciencia haya tomado en nuestra época el camino que va de la relatividad a la física cuántica y a la teoría del caos, es decir, a romper el orden mecánico de Newton para tratar de intuir la extrema confusión de los átomos. Ya desde el Ulysses, Joyce buscó aprehender la infinita variedad de experiencias y pensamientos que ocurren en un solo día, liberando a la narración del peso de la linealidad; a partir de entonces, en mayor o menor medida todos sus seguidores han intentado recuperar la visión de los dioses, como el infeliz personaje de Borges en “El Aleph”, perfecta alegoría de esta búsqueda fáustica del todo.
En el ámbito de la literatura latinoamericana, Terra nostra constituye sin duda la empresa más arriesgada de combate contra el tiempo. Soberbio y valeroso, Fuentes inventa este nuevo Aleph en el cual los tiempos históricos y los límites del conocimiento se borran o se desvanecen, dando lugar a un espacio mítico en el que conviven todas las eras y todos los seres humanos, donde el pasado, el presente y el futuro se anulan entre sí. Más que una novela histórica, la obra de Fuentes se asume como una novela contra la Historia.
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En uno de sus ensayos, Ludwig Wittgenstein se refería a la posibilidad de contemplar lo sucesivo como simultáneo y le daba el nombre de“visión perspicua”. Sin darse cuenta, el humilde filósofo imaginaba la anhelada cercanía con lo divino. De manera más cercana, los murales de Diego Rivera o José Clemente Orozco también planeaban alcanzar algo semejante: que el observador vislumbre la historia de México en un solo golpe de vista.
En el ámbito de la literatura, Terra nostra es la más clara prolongación de este reto: quien atraviesa sus páginas se convierte, al menos durante unas horas, en un verdadero dios —tal vez en un dios enloquecido—, capaz de observar de golpe el París moderno y la España del siglo xvii, el México prehispánico y la Europa del Siglo de Oro. El mayor pecado contra Dios no consistiría entonces en la soberbia de enfrentársele, sino en la de inventar un mecanismo para que cualquiera pueda convertirse en Dios. Esto es lo que ha hecho Carlos Fuentes, el supremo heresiarca, al fraguar su Terra nostra, nuestra tierra imaginaria, la patria de todos sus lectores.
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Felipe ii es el personaje central de Terra nostra. Absurdo, colérico, envejecido, su espectro habita el pudridero del Escorial y desde allí no sólo dirige un Imperio en donde no se pone el sol, sino los destinos de todos sus súbditos, incluidos sus lectores. Cegado por el poder, el anciano emperador habita el centro de ese embudo invertido que construye la novela (ese remedo del infierno) y desde ahí establece la única norma que se aplica verdaderamente en sus dominios —incluido el de la novela titulada, justamente, Terra nostra—: “lo único que existe es aquello que está escrito”.
Esta máxima, extraída del derecho romano y que pretende ordenar la realidad desde la escritura, es llevada en el libro a sus últimas consecuencias: cuando un lector se deja conducir al interior de esta novela, el exterior repentinamente deja de existir. A partir de ese momento, se convierte en uno más de los delirios de Su Majestad. Atrapado en sus páginas como los herejes en las mazmorras de la Inquisición, el incauto visitante se verá obligado a contemplar el sueño de la razón —así como sus infinitos monstruos—, transcrito por el mejor de sus cronistas de Indias, ese escribano malicioso y perverso llamado Carlos Fuentes.
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Resultaría casi imposible resumir la trama de Terra nostra: intentarlo sería tan vano como resumir la historia de la humanidad. Como ya se ha dicho antes, Fuentes no pretendía escribir una novela, sino todas las novelas: no es casual, pues, que en sus páginas uno encuentre a todos los protagonistas de la tradición literaria hispánica: de la Celestina a Don Juan y de Don Quijote al Cid, por sólo nombrar a los más conocidos. Por los interminables caminos de esta interminable aventura que va de un confín a otro del planeta y del Siglo de Oro al desdorado siglo xx, transitan bandidos, monteros, enanos, campesinos, juglares, obreros, frailes y prostitutas, soldados, conquistadores, reyes, tlatoanis, guerreros y poetas: miles de personajes que intentan no extraviarse para siempre en medio de la barahúnda de palabras pronunciadas por el viejo Señor.
El mundo de Terra nostra, sobre todo de su primera parte, es un mundo de espectros o más bien de claroscuros: sus figuras permanecen en la penumbra de Velázquez y Murillo, del Bosco, el Greco y Zurbarán y, adelantándose en el tiempo, presagian los grabados de Goya… Cada escena remite a la tradición pictórica flamenca y española, a esos personajes imposibles de definir, refugiados en la opacidad y puestos en evidencia por esa luz divina que apenas roza sus contornos. Alrededor de esa Corte de los Milagros que es la España de Carlos v y Felipe ii, ese sinfín de personajes menores extraídos directamente de la picaresca, émulos y parientes del Lazarillo de Tormes y de Sancho Panza: los hombres comunes que día a día, a fuerza de sentido común y de astucia, logran escapar de los caprichos de sus amos y de los caprichos de la Historia. Cosmos hecho con espejos, la España Imperial encuentra su otro rostro —su otra mitad, deforme y luminosa— al otro lado del Mar Océano, en ese otro universo que es América. Allí todas las reglas se invierten, la locura se torna cordura, y dioses y hombres conviven e intercambian sus papeles con un desenfado impropio de Occidente.
La segunda parte de Terra nostra relata la creación, más que el descubrimiento o la conquista, de ese nuevo mundo, de esa otra posibilidad de la existencia que se actualiza entre los mitos y el desconocimiento, en ese diálogo imposible entre Cortés y la Malinche, entre el pasado y el presente. América es, pues, la metáfora perfecta de Terra nostra, no a la inversa: el lugar —o, más bien, el no-lugar, la utopía— donde convergen todos los sueños y todas las pesadillas. Es por ello que en la tercera parte de este libro infinito, el viejo y el nuevo mundo no sólo chocan y se encuentran, no sólo se descubren y combaten entre sí, no sólo se inventan y se destruyen, sino que restituyen el orden perdido, unificando al fin esas dos mitades de la historia, esas dos verdades parciales, esa división platónica, concibiendo un nuevo ser, ese tiempo renovado y ese espacio interminable del otro mundo. En esa restitución de la utopía, el mundo romano, morisco, judío, español e indígena alcanzan al fin una perversa armonía, la de la creación.
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Una de las claves de la composición de la novela —y de la cosmovisión que ofrece— se halla en el capítulo titulado, justamente, “El número tres”, el cual no sólo hace referencia a las tres partes de Terra nostra, sino a la obsesiva recurrencia de este número en su trama: “Uno es la raíz de todo. Dos es la negación de uno. Tres es la síntesis de uno y dos. Los contiene a ambos. Los equilibra. Anuncia la pluralidad que sigue. Es el número completo. La corona del principio y el medio. La reunión de los tres tiempos. Pasado, presente y futuro. Todo concluye. Todo se reinicia.”
Terra nostra, pues, no es una simple novela. Es un túnel del tiempo averiado; la entrada a un laberinto de espejos; un infierno —o un purgatorio— en el que se entremezclan todas las memorias y todos los ecos; el gigantesco pudridero de la historia; un embudo en el que han caído todos los personajes prófugos de la literatura universal; un rompecabezas mal ensamblado o unas cajas chinas que se hacen cada instante más profundas; la prisión a la cual han sido condenados todos los tiranos y todos los héroes; el túnel submarino que une a Europa y América; el agujero negro que conecta el pasado, el presente y el futuro…
Insisto: Terra nostra no debe ser leída como una simple novela: es una llave, una trampa, un acertijo infinito, el célebre libro al que se referían los cabalistas medievales y que vuelve loco a quien se atreve a ojear sus páginas.
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Para celebrar el ingreso de Fuentes al Canon Formentor habría podido sobrevolar el inmenso árbol de su obra completa —esa Edad del Tiempo que es un desafío contra el tiempo—, a riesgo de dedicarle apenas unas líneas a cada una de sus ramas y si caso unas cuantas palabras a cada uno de sus frutos; he preferido, por ello, concentrarme en la que resulta, a mi juicio, la novela que concentra el conjunto de sus obsesiones, de sus furias y delirios, de su ambición y de su fuerza. Como bien lo vio Milán Kundera, Terra nostra no solo es la culminación de la obra de Fuentes, sino la única respuesta posible a Cien años de soledad —la obra maestra de su gran compañero de batallas—, la única manera de abrir una puerta distinta al futuro de la novela latinoamericana —y también, como el propio Fuentes lo insinuó—, a su desasosegante pasado.
Quien haya transitado por las páginas de Terra nostra no puede quedar impune: después de ella, la lectura de sus antecedentes y de sus continuadores no es la misma: en sus páginas se cifra una relectura tanto de Bernal Díaz del Castillo y de Cervantes como una vigorosa anticipación de Bolaño. Esa es su apuesta: convertirse en una suerte de aleph donde cabe toda la literatura escrita en español. Y esa es la apuesta, asimismo, de “La Edad del Tiempo”, el vasto esquema en el que incluyó todas sus novelas —incluso las inacabadas y aquellas que ya nunca habría de escribir—. Fuentes era una fuerza de la naturaleza y, consciente de ello, quiso ser todos los escritores posibles, adelantándose asimismo a las hipótesis sobre los multiversos, cada uno de los cuales tendría un Fuentes distinto.
A su muerte, muchos lectores se han quedado atrapados en Aura, esa breve novela total que, sin embargo, no es sino el perfecto atisbo del resto de su universo narrativo que, estoy seguro, ese tiempo con el que Fuentes estuvo tan obsesionado habrá muy pronto de reevaluar. Entretanto, los incontables textos de su autor seguirán urdiendo una realidad paralela a la nuestra. O acaso sea que ya habitamos ese irónico, desconcertante y lúcido cosmos fuentesiano y simplemente no hemos reparado en ello.

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