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Mi primer acercamiento a Carlos Fuentes ocurrió en la prepa 5 de la UNAM, cuando leí Aura, y quedé marcada por ese juego entre lo fantástico y lo cotidiano en su literatura.

Mi primer acercamiento a Carlos Fuentes ocurrió en la prepa 5 de la unam, cuando leí Aura, y quedé marcada por ese juego entre lo fantástico y lo cotidiano en su literatura. Pero fue en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, bajo la guía de la profesora Delia Selene de Dios Vallejo (doctora en sociología, fallecida el pasado 10 de julio), cuando descubrí la amplitud de su proyecto literario. Ella nos pidió leer El espejo enterrado y, de allí, dimos el salto a Terra nostra. A través de ambas obras comprendí que la historia no es un bloque fijo de fechas y acontecimientos, sino una trama de mitos, memorias y saberes que nos siguen atravesando.

Y más que una lección de historia o de literatura, Terra nostra me marcó porque habla de algo más profundo: la condición humana y sus sistemas de creencias. Nos muestra cómo los mitos que fundan imperios, religiones o naciones al organizar sociedades, también moldean nuestras vidas, nuestros cuerpos y nuestras relaciones. Leer Terra nostra fue reconocer que lo humano está hecho de fracturas y de búsquedas, de la memoria de lo perdido y del anhelo constante de lo que todavía no existe.

Uno de los momentos más intensos en la obra ocurre en el diálogo entre Ludovico y Felipe en la “Sexta Jornada,” cuando Ludovico le reprocha haber permanecido encerrado en su palacio, incapaz de reconocer otras posibilidades. Entonces pronuncia una de las frases más memorables de la novela: “Todo contiene el aura de lo que antes fue y el aura de lo que será cuando desaparezca. Perteneces simultáneamente al presente, al pasado y al futuro: a la epopeya de hoy, el mito de ayer y la libertad de mañana.” Esta frase resume una intuición fundamental: habitamos un tiempo múltiple donde cada instante guarda memoria de lo que fue y anticipa lo que será. Así, todo se condensa al mismo tiempo en una herida y una promesa.

Ese tiempo simultáneo es, también, el terreno donde nacen y mueren los mitos. Fuentes muestra cómo, en la historia, los mitos han sido laboratorios de poder. En la novela, la conquista y la colonización de América aparecen como un escenario donde se inventaron relatos que prometían redención y unidad: el mito de América como tierra prometida, la llegada de la civilización, el mito del mestizaje armonioso, el mito de un nuevo orden espiritual que salvaría al Viejo Mundo. Pero todos esos relatos se derrumban frente a lo concreto: cuerpos sometidos, voces silenciadas, pueblos convertidos en despojo. Esos mitos, que parecían eternos, fueron en realidad construcciones culturales. Y lo humano se encuentra allí: en la paradoja de que, aunque frágiles, hemos sido capaces de imaginar mundos enteros y de inventar narraciones que dan sentido a la vida.
El problema no está en los mitos en sí, está en el modo en que se emplean para justificar jerarquías, exclusiones o violencias. Por eso, Fuentes no los destruye para dejarnos en la nada, más bien los desnuda y nos recuerda que pueden ser cadenas, pero también semillas que abren la posibilidad de soñar con otros futuros. Desde aquí se entiende la grandeza de Terra nostra: la novela nos obliga a mirar la historia con esa doble conciencia. Lo que creemos muerto sigue actuando en el presente. Las jerarquías y desigualdades nacidas en la colonización —los cuerpos sometidos, las voces silenciadas, las exclusiones de género, de raza, de clase— siguen existiendo hoy. Y, al mismo tiempo, cada injusticia carga consigo una posible transformación, porque todo lo pensado, dice Fuentes, es.

Esa certeza de que las ideas no mueren enlaza con otra reflexión central de la novela. Ludovico lo expresa con claridad: “Somos inmortales: tenemos más vida que nuestra propia muerte, pero menos tiempo que nuestra propia vida.” Estas palabras expresan una verdad sobre lo humano, pues nuestra vida es corta, pero nuestras acciones y pensamientos pueden trascenderla. Somos mortales en el cuerpo, pero inmortales en la memoria de otros, en las huellas que dejamos, en los relatos que nos continúan. Esa es la verdadera resurrección para Fuentes: no la religiosa ni la mística, sino la posibilidad de seguir viviendo en los demás. De esta manera se revela el núcleo ético de Terra nostra, donde lo humano se valora por lo que cada persona aporta al mundo común y no por lo que logra acumular de manera individual.
El interés en lo colectivo se refleja una vez más en la frase: “Un día fuimos uno. Hoy todos somos otros.” Esta afirmación revela la tensión entre la unidad perdida que precisamente define a la sociedad contemporánea. Alguna vez, dice Fuentes, fuimos parte de un mismo origen, pero la historia nos fragmentó en pueblos, razas, religiones, clases sociales y épocas. Y, sin embargo, la novela nos recuerda que todavía podemos reconocernos en esa unidad si aceptamos que seguimos viviendo unos en otros, por encima de las fronteras que nos separan. Este planteamiento es profundamente político. Vivimos más allá de nosotros mismos cuando nuestras acciones contribuyen a transformar la vida de los demás. Quien lucha por la justicia, quien escribe un libro, quien siembra una semilla, quien educa a un hijo, se multiplica en esas vidas que continúan. La historia se trata de comunidades que se prolongan unas en otras, transmitiendo culturas y saberes.

El contrapunto de lo anterior es Felipe, el rey encerrado en su palacio, convencido de contener el mundo entero en su poder. Pero lo que realmente tiene es vacío. No es ni unidad ni dispersión, ni cielo ni infierno —por usar las palabras de Fuentes— porque al negar las conexiones con los demás se ha condenado a la nada. El poder absoluto es soledad. Y la soledad absoluta es negación de la vida, porque vivir significa reconocernos en otros.

También nosotros, como Felipe, hemos querido creer que el mundo cabe dentro de nuestros palacios modernos, habitando mitos que se tambalean. Uno de los más profundos fue el mito de la invulnerabilidad moderna. Creímos que la ciencia y el progreso nos habían blindado contra la fragilidad humana. Pensamos que la medicina había domesticado la muerte, que los mercados garantizarían la abundancia económica, que la tecnología resolvería cualquier amenaza. Pero la pandemia de 2020 bastó para mostrarnos lo contrario: un virus microscópico derrumbó nuestras seguridades y nos recordó que seguimos siendo vulnerables. Este derrumbe mostró, además, que la vulnerabilidad no se reparte de manera justa. Mientras algunos pudieron protegerse en casa, otros arriesgaron la vida en trabajos precarios. La fragilidad humana reveló otra vez las grietas de la desigualdad. Igual que en la historia colonial, los mitos se mostraron como relatos que encubrían exclusiones.

La enseñanza de Terra nostra es que los mitos nunca desaparecen, simplemente cambian de forma, y frente a cada mito “caído” aparece la oportunidad de imaginar un relato distinto. En el cincuenta aniversario de la novela, conviene recordar uno de sus mensajes más importantes, que afirma que la verdadera resurrección es colectiva. Al final se trata de que nuestra humanidad persista en las memorias, en las luchas y en los relatos que nos trascienden. Nuestra tarea está en fortalecer los vínculos y no en levantar muros, en reconocer que un día fuimos uno y que, aunque hoy seamos otros, seguimos unidos por la memoria compartida.

Frente a las narrativas de aislamiento y de poder absoluto, Fuentes nos propone una ética de lazos colectivos. Somos más que nuestras muertes porque nuestras acciones perduran y tenemos menos tiempo que nuestra vida porque el instante que habitamos es fugaz y exige responsabilidad. Al cerrar las páginas de Terra nostra, uno entiende que la resurrección no es una promesa ultraterrena, es, más bien, una experiencia que se manifiesta en la vida cotidiana: seguir viviendo en otros, recordando que alguna vez fuimos uno y que todavía podemos serlo en la construcción conjunta de un mundo más justo para todos.

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Etna Ávalos

Académica mexicana y crítica cultural, profesora en Washington State University. Se especializa en producciones culturales contemporáneas de México y América Latina, con énfasis en representaciones de discapacidad, género y diáspora. Entre sus publicaciones destacan Discapacidad, feminismo y sexualidad en Sangre en el ojo (2018) y El epíteto en la Grandeza...

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