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Fuentes convierte a Bernal Díaz en precursor novelístico: “Terra nostra” reescribe la historia de América desde memoria, mito y pluralidad.

Agradezco a Pedro Ángel Palou por haberme invitado a participar en esta conmemoración de los cincuenta años de la publicación de Terra nostra (1975), novela que estudié en los años 80 con Carlos Fuentes cuando fui su ayudante en la cátedra que dictó en la Universidad de Harvard, “History and Fiction in Spanish America”, y que luego formó parte de mi tesis doctoral, Simulacros de crónicas (1990), co-dirigida por Fuentes. A lo largo de los años, desarrollé ideas sobre Terra nostra en conferencias y artículos, que de alguna manera culminaron en mi libro Memoria original de Bernal Díaz del Castillo (2000), en el que incluyo un largo capítulo final titulado “Bernal y Fuentes”. Reformulo y reproduzco aquí muchas de esas ideas de hace ya un cuarto de siglo.

Por medio de una compleja obra narrativa cuyo título global es La Edad del Tiempo, Fuentes efectúa la ambiciosa tentativa de representar los variados espacios y las múltiples historias de ese valiente mundo nuevo llamado América. Como una suerte de Aleph escrito, espacial pero también temporal, las novelas y los cuentos de Fuentes exploran la continuidad cultural de México y del continente, pareciendo querer abarcar la totalidad de la experiencia americana. Desde las épicas muertes revolucionarias y el oscuro corazón de Donceles 815, donde en varios tiempos y espacios residen Consuelo y Aura, hasta las campañas del sur de Sudamérica y los recintos franceses en los que habitan lejanas familias, la narrativa de Fuentes intenta captar la riqueza cultural de un continente cuyas rupturas políticas parecerían atentar contra lo que él percibe como su unidad esencial de varios siglos. Al igual que La Comédie humaine o Les Rougon-Macquart, los veintitantos textos que conforman La Edad del Tiempo tienen como objetivo la representación de una sociedad, pero, al contrario de Balzac o de Zola, Fuentes aborda un mundo cuyas fisuras históricas, a pesar de la continuidad de ciertas formas culturales, se representan como tajantes. Pese a la multiplicidad de experiencias vitales, la Francia decimonónica es un espacio de coherencia sociológica. La Hispanoamérica de Fuentes, en cambio, consiste de un territorio escindido en países, épocas y lenguajes. Al igual que A la recherche du temps perdu, La Edad del Tiempo investiga un material cuya esencia es invisible: como las cosas del pasado, la unidad cultural del continente es escurridiza. Tanto en Marcel Proust como en Fuentes, el discurso literario constituye el camino para la captación de una memoria que parece evadirse. Formular la unidad cultural de Hispanoamérica es un diseño tan complejo como la tentativa de recuperar el tiempo perdido.

Si bien la memoria de Proust es en última instancia personal y se circunscribe a espacios y tiempos asociados con su biografía, la imaginación de Fuentes recorre un vasto territorio y varios siglos de historia. Fuentes inventa un mundo sobre el cual proyecta una compleja visión totalizadora. A este novelista, como a otros escritores hispanoamericanos, le interesa la historia silenciada, pero no solo la de ciertos grupos sociales o la de ciertos periodos específicos, sino la historia entera, un gesto parecido al de Neruda en Canto general.1El 2 de agosto de 1977, al recibir el Premio Rómulo Gallegos por Terra nostra, Fuentes afirma: “La gigantesca tarea de la literatura latinoamericana contemporánea ha consistido en darle voz a los silencios de nuestra historia” (“Discurso de Recepción”). En los años 90, cuando percibe “una gran transformación en la América Latina” por el ímpetu de la sociedad civil, Fuentes cambia su postulado: “El reclamo de que el escritor hable por una sociedad sin voz […] es mucho menos cierto” (“Carlos Fuentes y su segunda patria” 132). En ese impulso panorámico, Fuentes ha escrito sobre la Emperatriz Carlota, la Revolución Mexicana, los emigrantes hispanoamericanos en Francia, las fronteras entre Estados Unidos y México; a fin de cuentas, se trata de un proyecto enorme y complejo como el que no llega a realizar Felipe Montero, el joven historiador de Aura: “Tu gran obra de conjunto sobre los descubrimientos y conquistas españolas en América. Una obra que resuma las crónicas dispersas, las haga inteligibles, encuentre la correspondencia entre todas las empresas y aventuras del siglo de oro, entre los prototipos humanos y el hecho mayor del Renacimiento” (33).

Muchos años después, el plan de Montero se ejecuta en las páginas de una gran novela. En un vertiginoso recorrido por la historia y por el mundo de la imaginación, Terra nostra es la más abarcadora de las ficciones de Fuentes: una larga y detallada crónica de correspondencias, descubrimientos y contraconquistas, de conocimientos ocultos y revelados. Como varios críticos han señalado, Terra nostra es una reescritura de la historia y de la literatura; en específico, la segunda parte de Terra nostra, titulada “El mundo nuevo”, revelaría la postura desde la que Fuentes lee y reescribe los textos del período colonial. Ese relato del descubrimiento de una nueva tierra —ese simulacro de crónica— puede interpretarse como la apropiación de un discurso anterior, un acto novelístico que restituye a esos viejos textos un papel central en la descripción de América. “El mundo nuevo” otorga a las crónicas que imita, a la vez que falsifica, un puesto fundador en el canon literario hispanoamericano. En esa cuidadosa arquitectura que Fuentes erige con los textos sobre la conquista, la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo es la piedra de toque, la crónica en la que se quiere constatar el origen y la originalidad de una posible tradición tanto mexicana como continental.2La trayectoria de la Historia verdadera ha sido azarosa. Se trata de uno de esos libros a los que la historia y la crítica literaria han hecho justicia tardía. Bernal murió en 1584, y a pesar de sus incansables diligencias para “sacar a luz” su obra, la Historia verdadera no se editó hasta 1632, casi medio siglo después de la muerte del autor. Esa primera edición de Madrid, así como una segunda, sin fecha, solo tuvieron un impacto mínimo. La próxima impresión de la obra data de 1795, y no es sino hasta finales del siglo xix y principios del xx, gracias a las ediciones modernas, que la Historia verdadera comienza a difundirse entre el público lector. Para una lista de las diferentes ediciones conocidas del texto de Bernal, ver la introducción de Joaquín Ramírez Cabañas en la edición de Porrúa (xxvii-xxxi).

La lectura de Bernal por parte de Fuentes es explícita en “La épica vacilante de Bernal Díaz del Castillo”, uno de los primeros ensayos de Valiente mundo nuevo, donde Fuentes estudia el legado del Renacimiento en la novela hispanoamericana. El foco del ensayo es el género de la Historia verdadera, descrita como una “épica vacilante” que se desplaza hacia la novela. Bernal surge como “nuestro primer novelista. […] el novelista de algo por descubrir: un pasado que se hace presente en su libro” (74). En un curioso diseño, la conjunción de ficciones y ensayos nos muestra a un Fuentes que se dibuja a sí mismo como cronista a la vez que otorga a Bernal el papel de novelista.

Valiente mundo nuevo es una colección de once ensayos que se originan en los cursos que Fuentes dicta en las universidades de Harvard y Cambridge entre 1984 y 1989, donde ocupa las cátedras Robert F. Kennedy y Simón Bolívar, respectivamente. El contexto importa, pues se trata de púlpitos muy visibles desde los cuales el novelista intenta explicar el continente a públicos para quienes, en muchos casos, Hispanoamérica es una región periférica y del todo lejana. Fuentes, quien en los años sesenta es la estrella más brillante en la constelación del boom, destaca, veinte años después, como profesor. El tema central de los ensayos es lo que Fuentes percibe, más allá de las rupturas y de la violencia, como la continuidad cultural de Hispanoamérica, expresada a través de la interacción entre tres categorías —épica, utopía y mito— en la historia y en la literatura del continente.

La literatura constituye para Fuentes un espacio donde esas categorías, tras cruzar el Atlántico, se impactan vertiginosamente: “un movimiento de la utopía con que el viejo mundo soñó al nuevo mundo, a la épica que destruyó la ilusión utópica mediante la conquista, a la conquista que respondió tanto a la épica como a la utopía con una nueva civilización de mestizajes, barroca y sincrética, policultural y multirracial” (27). Inspirado por varios textos renacentistas y por ciertos hechos de la historia americana, Fuentes ve la expresión de la utopía tanto en la obra de Thomas More como en la labor del obispo Vasco de Quiroga en la Nueva España, y percibe los efectos de la épica en el espíritu de El Príncipe que coincide con el maquiavelismo de los conquistadores españoles; el mito se relaciona ante todo con el mundo indígena, violado por la épica, pero también concierne al mundo original de los conquistadores, del que se separan por el épico acto del viaje. Otra figura europea, la de Erasmo de Rotterdam, observador irónico y razonable, completa el tríptico renacentista cuyo espíritu actúa en esta invención de América contada por Fuentes.

El foco de Valiente mundo nuevo es el género de la novela; de los ocho ensayos sobre escritores de América, siete de ellos se centran en novelistas del siglo xx: Rómulo Gallegos, Alejo Carpentier, Juan Rulfo, Mariano Azuela, Gabriel García Márquez, José Lezama Lima y Julio Cortázar. La única figura cronológicamente anterior —por varios siglos— es la de Bernal Díaz del Castillo, cuya presencia entre los autores de Cien años de soledad y Rayuela no sorprende si recordamos que para Fuentes la Historia verdadera “es novela” y Bernal “nuestro primer novelista” (74), un extraño juicio cuyo significado solo se entiende desde la teoría cultural de Fuentes.

El ensayo sobre la Historia verdadera, “La épica vacilante de Bernal Díaz del Castillo”, se sitúa a modo de puente entre “Espacio y tiempo del Nuevo Mundo” y los ensayos dedicados a los novelistas del siglo xx. Los postulados genéricos de Fuentes son personales, pues si bien se apoyan en teorías concretas —Friedrich Hegel, José Ortega y Gasset, Simone Weil, Mijaíl Bajtín—, se desplazan hacia un terreno en el que los aspectos formales importan menos que un espíritu que Fuentes detecta en el texto. Para el lector que asocia la épica con la Ilíada o con el Orlando Furioso, la desvertebrada Historia verdadera no puede sino verse titubeante ante la “invitación a la forma” de esos modelos clásicos.3En Literature as System, Claudio Guillén define el género literario como “a convenient model to boot” (72; “un modelo útil”) y “an invitation to form” (109; “una invitación a la forma”). Fuentes, sin embargo, seleccionando ciertos criterios y descartando otros, logra realizar una lectura doble de Bernal: por un lado, lo aproxima a la épica, mientras que por otro lo aparta de ella y, novedosamente, lo inserta en el mundo de la novela. Fuentes percibe en Bernal una vacilación contraria al espíritu épico que, según él, alienta las crónicas de Indias, textos que narran sin ningún resquebrajamiento la destrucción militar de los pueblos indígenas. La épica se asocia con el maquiavelismo de los capitanes españoles, que justifica los medios y los fines de la conquista; la Historia verdadera, en cambio, es vista como una “épica vacilante”, pues se abre a la descripción de un mundo contradictorio y ambiguo que coincide con los espacios dubitativos de la novela. Así como ocurre con la épica, la novela también se define a lo largo de estos ensayos a partir de teorías que apoyan la lectura de la Historia verdadera como la piedra angular de una tradición novelística de la que Terra nostra sería un eslabón importante.

La Historia verdadera es, en efecto, un texto distinto de otras crónicas de Indias.4En “Cartas, crónicas y relaciones del descubrimiento y la conquista”, artículo en el que ordena el complejo cuerpo de escritos coloniales, Walter Mignolo se rinde ante la dificultad de clasificar la Historia verdadera dentro de un género reconocible y le asigna un “lugar especial” (83) en la historiografía indiana. Desde el prólogo mismo sorprenden algunas marcas de diferencia; se trata de una historia de refutación, como explica Victor Frankl, y no de una simple relación: Bernal escribe en parte para corregir la falsa versión de la conquista de México divulgada por Gonzalo de Illescas, Paolo Giovio y, sobre todo, Francisco López de Gómara.5La escritura de la Historia verdadera no comienza como réplica a los libros de esos historiadores pues, como demuestra Ramón Iglesia, estos se publicaron después de que Bernal iniciara su manuscrito. Sin embargo, la versión final se lee como un acto de corrección de los errores de otros; ver: Iglesia, “Introducción al estudio de Bernal Díaz del Castillo y de su Verdadera historia A lo largo de toda la obra, si bien Bernal está consciente del modelo en el cual se inscribiría la Historia verdadera, el texto transforma sus convenciones; el tópico de la falsa modestia, al igual que los criterios de verdad de lo visto y lo vivido y de la fama de hechos y de hombres, no cumplen la misma función que en otras crónicas, sino que actúan más bien para caracterizar al autor, quien, por su complejidad textual, surge como un personaje cercano a la “humanidad” de don Quijote y Sancho. Más aún, en vez de dirigir su discurso al monarca, como la mayoría de los cronistas, Bernal apela en cambio a los “curiosos lectores”, un vocativo en el que coincide con las ficciones de Cervantes. Además, la Historia verdadera se escribe muchos años después de ocurridos los hechos, circunstancia que resalta el papel de la memoria: el acto de narrar un tiempo perdido tiñe de nostalgia y melancolía la obra.

La lucidez de Fuentes reconoce abiertamente el esencial acto de voluntad sobre el que se funda su teoría de la cultura hispanoamericana: “Escojo, pues, esta novedad novelesca dentro de la épica de Bernal para describir un libro que también es crónica, historia verdadera, biografía, autobiografía, memoria, novela de caballería violentamente trasladada a la realidad, y canto narrativo proclamando su propia, novedosa gestación” (76). Lo que no es explícito es el profundo comentario que realizan las páginas de Valiente mundo nuevo en torno a la propia narrativa de Fuentes, esas ficciones en las que sobresale Terra nostra por su análisis de los lazos que entretejen la historia y la literatura en Hispanoamérica. Para entender la gestación de ese magnum opus de Fuentes es preciso investigar en qué consiste la “novedad novelesca” que el novelista mexicano le atribuye a la crónica de Bernal, en otras palabras, cómo la Historia verdadera abandona la épica para adentrarse en la geografía de la novela.

¿En qué consiste, específicamente, la novedad de esa novela, o esa novela épica, que sería la Historia verdadera de Bernal? En Cervantes o la crítica de la lectura, Fuentes también contrasta la épica con la novela. La épica es descrita como “un tribunal sin apelación” (17), un universo cerrado y coherente, una visión unívoca y terminante de la realidad. La épica permite una sola lectura del mundo, mientras que la novela se funda en la pluralidad de lecturas, y es un mundo inconcluso donde “pueden coexistir todos los contrarios vistos simultáneamente desde todas las perspectivas posibles” (106). En Valiente mundo nuevo, al apelar a las ideas genéricas de Bajtín, cuyas intuiciones en el decenio de 1980 ocupaban el centro de los estudios literarios, Fuentes escoge, tanto para la Historia verdadera como para la tradición literaria hispanoamericana, la naturaleza polifónica de la novela, que es, como explica Donald Fanger, no un género o una forma, sino una estrategia del discurso verbal (147). En Geografía de la novela, Fuentes resume el valor de la novela como una arena textual privilegiada, “no sólo como encuentro de personajes, sino como encuentro de lenguajes, de tiempos históricos distantes y de civilizaciones que, de otra manera, no tendrían oportunidad de relacionarse” (26-27).

Dentro de esta concepción amplia, compleja y ambigua, no es descabellada la definición de la Historia verdadera como novela. Fuentes inicia su lectura del texto de Bernal con la siguiente observación, cuya resonancia es profundamente bajtiniana: “una épica vacilante no es épica: es novela. Y una novela es una obra contradictoria y ambigua: es la portadora de la noticia de que en verdad no sabemos quiénes somos, de dónde venimos o cuál es nuestro lugar en el mundo. Es la mensajera de la libertad al precio de la inseguridad” (73). En efecto, no es difícil encontrar puntos de contacto entre la Historia verdadera y esa abarcadora teoría de la novela y del lenguaje, donde el sentido de las palabras nunca es terminante y final. Por ejemplo, la evidente admiratio urbana de Bernal, distinta del panegírico de la naturaleza que encontramos en las cartas de Cristóbal Colón y de Américo Vespucio, puede leerse como un signo de ambigüedad ante el mundo indígena, visto no como un mero espacio físico, sino como un ámbito cultural de variados matices. En su representación de Tenochtitlán, el cronista se aleja de la visión maniquea que fácilmente se asocia con la épica para capturar la complejidad y el dinamismo de una gran ciudad:

Y después de bien mirado y considerado todo lo que habíamos visto, tornamos a ver la gran plaza y la multitud de gente que en ella había, unos comprando y otros vendiendo, que solamente el rumor y el zumbido de las voces y palabras que allí había, sonaba más que de una legua; y entre nosotros hubo soldados que habían estado en muchas partes del mundo, y en Constantinopla y en toda Italia y Roma, y dijeron que plaza tan bien compasada y con tanto concierto, y tamaña y llena de tanta gente, no la habían visto. (xcii, 259)

Pasajes como éste, entre otras cosas, son los que explican la valoración de Fuentes: “Hay un rumor sardónico en el libro de Bernal: el rumor del mundo indígena que el cronista español descubre con asombro pero no entiende plenamente, un mundo al cual ama pero al cual también debe matar” (88). Fiel lector de Borges, Fuentes acaso interpreta la Historia verdadera siguiendo los tonos de relatos como “Historia del guerrero y de la cautiva”, donde Droctulft, el bárbaro germano, contempla la ciudad como una visión de belleza y armonía, una creación de la especie humana: “Las guerras lo traen a Ravena y ahí ve algo que no ha visto jamás, o que no ha visto con plenitud. Ve el día y los cipreses y el mármol. Ve un conjunto que es múltiple sin desorden; ve una ciudad, un organismo hecho de estatuas, de templos, de jardines, de habitaciones, de gradas, de jarrones, de capiteles, de espacios regulares y abiertos” (558). Desde estas alturas de la expresión americana, es fácil leer a Bernal en una clave literaria en la que la emoción de las palabras eleva discursivamente a Tenochtitlán.

El amor y el odio de los que habla Fuentes son acaso atributos que el novelista decide otorgar a Bernal, pues esa conjunción de pasiones, tan melodramática o novelesca, no aparece de modo primordial en ningún capítulo de la Historia verdadera. Si bien hay varios pasajes en los que Bernal lamenta la destrucción del mundo indio, el conflicto emocional en el que Fuentes ubica al guerrero español y encomendero de Guatemala no es claramente explícito. Más aún, la admiración de Bernal por ciertas formas de la cultura mesoamericana es semejante a la que anima otros escritos sobre la conquista de México. En la segunda relación de Cortés, por citar un caso, se describe la misma plaza de Tlatelolco con términos elogiosos:

Tiene esta cibdad muchas plazas donde hay contino mercado y trato de comprar y vender. Tiene otra plaza tan grande como dos veces la plaza de la cibdad de Salamanca toda cercada de portales alderredor donde hay cotidianamente arriba de sesenta mill ánimas comprando y vendiendo, donde hay todos los géneros de mercadurías que en todas las tierras se hallan ansí de mantenimientos como de vestidos, joyas de oro y de plata y de plomo, de latón, de cobre, de estaño, de piedras, de huesos, de conchas, de caracoles, de plumas. (234)

La tentación de descartar la mirada de Cortés es grande, pues las palabras del conquistador son parte de un discurso mercantil donde sobresale a cada paso el verbo “vender”. Pero la retórica de las Cartas de relación de Cortés, quien dentro del esquema de Fuentes aparece como “el gran personaje maquiavélico del descubrimiento y la conquista” (89), también contiene un fondo de emoción que una lectura más propicia sería capaz de rescatar.

El menosprecio de Cortés y la alabanza de Bernal, sin embargo, pueden explicarse por motivos que van más allá de las ideologías y los símbolos. En la historia personal de la novela hispanoamericana que Fuentes realiza, las Cartas de relación carecen de la principal virtud “novelesca” de la Historia verdadera: la memoria de Bernal. Sutil y laberíntica, es una memoria que aún se está haciendo, por usar la frase de Bajtín (7), a medida que el cronista escribe, lee y revisa su interminable manuscrito. Según Fuentes, “la memoria de Bernal […] es la memoria moderna del novelista” (80). El pertinaz funcionamiento de esa memoria aparta la Historia verdadera de las convenciones de la historiografía renacentista, lo que la convierte en una crónica extraña. Cierto es que los límites de la memoria se marcan en otros escritos del período colonial; después de su largo y al parecer exhaustivo inventario de lo que se vende en los mercados de Tenochtitlán, el mismo Cortés confiesa: “Finalmente, que en los dichos mercados se venden todas las cosas cuantas se hallan en toda la tierra, que demás de las que he dicho son tantas y de tantas calidades que por la prolijidad y por no me ocurrir tantas a la memoria y aun por no saber poner los nombres no las expreso” (236). En Bernal, sin embargo, el proceso de recordar es sobrecogedor. Al final de la Historia verdadera, cuando Bernal relata el juicio de los dos licenciados de Guatemala sobre su memoria, el lector no puede no estar de acuerdo: “Sublimar y alabar de la gran memoria que tuve para no se me olvidar cosa de todo lo que pasamos desde que vinimos a descubrir” (ccxii, 891). En última instancia, la memoria en Cortés es más bien un problema práctico, mientras que en Bernal la minuciosa investigación del pasado tiñe la obra de una melancólica grandeza.

Pero Fuentes, con la libertad del novelista, interpreta ese visible mecanismo de la memoria como rasgo de una nueva filiación genérica que uniría a Bernal con las cumbres de la novela del siglo xx: “Bernal, como Proust, ha vivido ya lo que va a contar, pero debe dar la impresión de que lo que cuenta está ocurriendo al ser escrito: la vida fue vivida, el libro ha de ser descubierto” (74; subrayados suyos). Para mostrar ese hallazgo, para justificar ese ilustre linaje, Fuentes detecta tres “afectos” narrativos en la Historia verdadera que la aproximan a la novela: el amor por la caracterización, por el detalle y por el chisme. En efecto, muchos de los nombres que Bernal menciona —Rojas el rico, Cervantes el loco, Juan Milán el astrólogo y adivino— tienen la especificidad de individuos concretos, no figuras alegóricas; y los detalles, como la alpargata que pierde Cortés en el lodo, desacralizan al héroe épico. El amor por el chisme, según Fuentes, es un rasgo que marca toda la narrativa, desde Homero hasta Proust: “son todos, en este sentido, ‘chismosos’. Bernal también” (80-81). Un ejemplo claro proviene del manuscrito “Guatemala” de la Historia verdadera, y se refiere al matrimonio de Cortés y Catalina Suárez, la Marcaida: “Esta señora fue hermana de un Juan Suárez, que después que se ganó la Nueva España fue vecino de México, y a lo que yo entendí y otras personas decían, se casó con ellas por amores, y esto de este casamiento muy largo lo decían otras personas que lo vieron, y por esta causa no tocaré más en esta tecla” (xix, 32).6 El manuscrito “Guatemala” (en el que se basa la edición de Porrúa) es el borrador lleno de correcciones que conservaba la familia Díaz del Castillo y que reaparece en 1840. Hay quienes piensan que es la redacción más cercana, aunque no la primera, a la intención última de Bernal de escribir una crónica que refute la de Gómara y las de sus seguidores.

Esta breve y sabrosa cápsula narrativa, que Fuentes aprovechaba en sus cursos y que cita en Valiente mundo nuevo (81), encierra bien el estilo de Bernal, una manera de contar en la que personajes y eventos, recordados muchos años después, sobresalen en la página con la viveza de una gran novela. Pero la Historia verdadera no es una obra de ficción ni Bernal un novelista. Más aún, como sugiere Francisco Rico en su prólogo a la edición de la Biblioteca de Plata del Círculo de Lectores, al propio Bernal le habría inquietado encontrar su libro en una colección popular de clásicos españoles, entre la Celestina, el Amadís y el Lazarillo; pese a su valor literario, la compañía de “vecinos tan notoriamente ficticios” podría arrojar “las sombras de la duda sobre el adjetivo verdadera que tanto le importaba realzar” (9; subrayado suyo). Si respetamos ese espíritu, los honores que Fuentes le concede a Bernal serían una forma de condena, pues el título de la Historia verdadera perdería esas dos ideas que marcan su principio y que yacen en el corazón de la obra.

Puesto a la cabeza de los novelistas del siglo xx, Bernal se reconfigura como un extraño precursor, como un padre entre cuyos hijos se muestra a la vez que se esconde el escritor mexicano Carlos Fuentes. ¿Pero cuán exacta es la genealogía que Fuentes inventa? ¿Qué diálogo de relaciones podría establecerse entre la Historia verdadera y las ficciones de Fuentes? ¿Qué territorios se descubren, con Bernal de guía, en los relatos de El naranjo y, sobre todo, en Terra nostra, esa inmensa novela que pide leerse como una nueva crónica de ese viejo y venerable tema, las relaciones entre Europa y América?

En los múltiples escritos de Fuentes sobre literatura es usual que la novela ocupe un lugar de privilegio. El espacio dialógico identificable con ese género hace de la novela una forma idónea para rescatar las contradicciones que marcan la vasta realidad del mundo. Pero más allá de su valor estético, según Fuentes, la novela desempeñaría un papel benéfico en la sociedad; en sus páginas, las obras multívocas —novelas y textos afines, como la Celestina— contribuyen a la tolerancia y a la apertura, al pluralismo social, mientras que aquéllas en las que parece escucharse una sola voz son vistas como una forma del autoritarismo. En el período de la conquista, por ejemplo, las lecturas se vincularían, al menos metafóricamente, con los acontecimientos más terribles de la historia. Partiendo de Books of the Brave de Irving A. Leonard, Fuentes asocia a los conquistadores con los libros de caballerías, textos cuya índole épica es contraria al espíritu de la novela moderna. En Cervantes o la crítica de la lectura, Fuentes, a la vez que elogia la naturaleza crítica del género, especula sobre la posibilidad de una historia distinta —una realidad menos brutal— si los conquistadores hubieran realizado otras lecturas:

Los conquistadores de las Américas viajaron con los libros de caballerías, esos “libros de los valientes”, como los llama Leonard, cuyas hazañas estaban, finalmente, al alcance del español común y corriente en las islas esmeralda del Caribe, en la meseta de polvo y piedra del Anáhuac, en las afiebradas selvas del Darién y en las arenosas costas del Perú. Mejor habrían hecho en llevar consigo La Celestina de Rojas. (48)

Compañero de los ideales de libertad de mayo del 68, Fuentes parece recordar con estas palabras la gran consigna: “L’imagination au pouvoir!”

El deseado valor ético y político de la literatura gravita también sobre las opciones del novelista moderno. En el caso de Fuentes, la búsqueda de una forma que entrañe y promueva la libertad lo lleva tras las huellas de Bernal. Más allá de las conferencias y de los ensayos críticos, el arte narrativo de Fuentes, en sus temas y estructuras, rinde homenaje a la Historia verdadera. La literatura de Fuentes gira con frecuencia en torno a sus propias lecturas, y dos textos, Terra nostra y El naranjo, invocan tácita o explícitamente el espíritu novelesco de Bernal. Los significados de esta filiación, sin embargo, son complejos, pues no se trata de una mera copia, sino de una recreación cuyos efectos matizan a la vez que cuestionan los axiomas ensayísticos de Valiente mundo nuevo.

El título de El naranjo es ya una alusión directa a la Historia verdadera, donde Bernal recuerda, con el afecto por los detalles que lo caracteriza, el acto de plantar los primeros naranjos de México. La siembra de los naranjos —un aspecto benéfico de la conquista— es uno de los episodios más conocidos de la Historia verdadera, y los naranjos de Bernal renacen siglos después en las páginas de Fuentes.7 La plantación de los naranjos es un episodio suprimido en la última redacción del manuscrito “Guatemala”. Las razones de la supresión no son claras y se han conjeturado razones religiosas: “aquellos naranjos iban a resultar heréticos… Pero es el caso que en España el pasaje circuló no sólo sin escándalo, sino con gran aceptación. El lápiz rojo se empleó en Guatemala” (Carmelo Sáenz de Santa María, Historia de una historia 53). El tomo que cierra La Edad del Tiempo se titula El naranjo, y la imagen de ese árbol y de su fruto actúa como leitmotif de los cinco relatos que componen el libro.8La lista de obras que componen el ciclo narrativo de La Edad del Tiempo, al reagrupar textos pasados e incluir los títulos de textos futuros, es un claro indicio de la importancia que Fuentes atribuye a la unidad y a la continuidad, tanto de su ficción como del continente. En The Writings of Carlos Fuentes, Raymond Williams entrevista al autor acerca de La Edad del Tiempo e incluye las tres distintas versiones publicadas, en 1987, 1993 y 1994; en la de 1993, El naranjo, o los círculos del tiempo es el último de la lista; en 1994, el texto se titula El naranjo, pero sigue siendo el último de la serie. En cada uno de ellos se alude al acto de plantar y trasplantar el naranjo en distintas partes del mundo. Pero donde el hecho histórico y el episodio ficcional se enfrentan con mayor interés es en “Las dos orillas”, el primero de los relatos, en el que, sorprendentemente, se niega lo contado en la Historia verdadera y se despoja a Bernal de una de sus primacías.

El narrador y protagonista es Jerónimo de Aguilar, uno de los dos cautivos españoles cuyo reencuentro con sus compatriotas en Yucatán se cuenta a partir del capítulo xxvii de la Historia verdadera. Al igual que las voces de Pedro Páramo, ese otro texto de fantasmas y de México, Aguilar está muerto cuando narra su historia. Al igual que Bernal, Aguilar es testigo ocular de la destrucción de Tenochtitlán y resalta su visión absoluta de los hechos: “Yo vi todo esto. La caída de la gran ciudad azteca, en medio del rumor de atabales, el choque del acero contra el pedernal y el fuego de los cañones castellanos” (11). Más aún, esta privilegiada visión de la totalidad se quiere traducir en una narración: “Lo he visto todo. Quisiera contarlo todo” (12). En su evaluación de la Historia verdadera, Aguilar menciona el capítulo ccv (el más denso y hermoso), donde se enumeran los nombres de los compañeros muertos y se ve retratado en ese “desfile final de los fantasmas” (12). Pero si bien Aguilar, al igual que Fuentes en Valiente mundo nuevo, reconoce esa “memoria prodigiosa” (12), el juicio concluye con una evaluación distinta: la constatación de una ausencia textual. Para Aguilar, quien después de la muerte posee una sabiduría erasmiana, los vencedores y los vencidos “debieron construir un nuevo mundo a partir de la derrota compartida. Esto lo sé yo porque ya me morí; no lo sabía muy bien el cronista de Medina del Campo al escribir su fabulosa historia, y de allí que le sobre memoria, pero le falte imaginación” (13).9Para un análisis detallado de “Las dos orillas”, ver mi libro sobre Bernal (272-281). Sin olvidar la índole ficcional de El naranjo, la crítica de Aguilar es significativa, pues contradice el puesto de honor que Fuentes concede tanto a Bernal como a la Historia verdadera.

Si enfrentamos Valiente mundo nuevo con El naranjo es posible afirmar que hay dos lecturas de Bernal en Fuentes, una en la que el conquistador es el primer novelista hispanoamericano, y otra, al parecer desleal, en la que se lo acusa de tener poca imaginación. ¿Cómo conciliar esa doble visión de un novelista que carece de la capacidad de imaginar, atributo esencial de la novela? De alguna manera, oblicuamente, Fuentes confiesa en “Las dos orillas” que su lectura de la Historia verdadera es principalmente eso, una lectura, una interpretación personal de algo latente en el texto, de una serie de atributos ocultos y escondidos que solo el novelista mexicano logra despertar.

En efecto, la imaginación de Fuentes no se detiene en el proceso de la lectura, sino que se desborda en la creación de sus propios textos, ficciones cuyos compañeros son a menudo libros de ensayos, en los que el novelista descubre cuáles son sus puntos de partida. Cervantes o la crítica de la lectura, por ejemplo, se nos presenta como “una rama de la novela que me ha ocupado durante los pasados seis años, Terra nostra” (36). Ese pacto indisoluble entre ensayo y novela se reafirma en la “Bibliografía conjunta” con la que cierra el libro: “En la medida que el presente ensayo y mi novela Terra nostra, nacen de impulsos paralelos y obedecen a preocupaciones comunes, indico a continuación la bibliografía gemela de ambas obras” (111). La ironía es evidente: Fuentes, apólogo de la libertad del lector, ofrece claras directrices a quienes deciden entrar en los libros que escribe.10 En “Novel into Essay: Fuentes’ Terra nostra as Generator of Cervantes o la crítica”, Lanin A. Gyurko interpreta la revelación de Fuentes como un gesto de seguridad: “Far from suffering from any ‘anxiety of influence,’ Fuentes’ self-assurance in listing his sources for Terra nostra at the end of Cervantes o la crítica reflects the fact that with la nueva narrativa Latin American authors have finally established their own terra nostra, their own Golden Age of literary achievement, which Fuentes underscores through his direct link of Cervantes and the New World literature of the twentieth century” (19-20; “Sin padecer de ninguna ‘ansiedad de la influencia’, la seguridad con la que Fuentes enumera las fuentes de Terra nostra al final de Cervantes o la crítica refleja el hecho de que con la nueva narrativa los autores latinoamericanos por fin han establecido su propia terra nostra, su propio Siglo de Oro de logros literarios, lo cual Fuentes destaca a través de la vinculación directa entre Cervantes y la literatura del Nuevo Mundo en el siglo xx”; subrayado suyo). Paradójicamente, el autor impone su abrumadora lucidez sobre sus lectores, pero ese contrato con el que se pretende regir las otras conciencias no es necesariamente unívoco ni perjudicial y sí, de vez en cuando, enigmático. En el caso de Terra nostra, la bibliografía incluye la Historia verdadera; puesto que Cervantes o la crítica de la lectura no lo explica, corresponde al lector investigar las posibles afinidades entre la novela de Fuentes y la crónica de Bernal.

En un primer nivel, “El mundo nuevo” adopta los parámetros formales que los lectores modernos asocian con las crónicas de Indias. Esta segunda parte de Terra nostra es el relato de un personaje que se identifica solo como “el peregrino”, quien, como indica Zunilda Gertel, suele reproducir textualmente palabras de los cronistas (71).11Ver también Regina Echegoyen, “La función intertextual de las crónicas en Terra nostra”. Esta narración intercalada, independiente del resto de la novela, cuenta el descubrimiento de un “mundo nuevo” ya poblado, rico en minerales y extrañezas, e identificado al final como México. “El mundo nuevo” tiene como referente una tierra desconocida a la cual se llega al cabo de un viaje, y el discurso del peregrino se lee como un testimonio dirigido a un “Señor”. Pero la nueva crónica de Fuentes, como novela, presenta una serie de novedades nunca antes vistas; para no perderse, el peregrino recurre a una serie de guías, todos ellos de naturaleza inverosímil: Venus, estrella de la mañana; las conchas marinas; el hilo de araña; el volcán lejano; el perro colorado; los veinte jóvenes desnudos; el verdadero mapa de la tierra nueva. Más aún, se transgrede el principio básico de la crónica, puesto que no se trata de una relación escrita, sino de un monólogo hablado. 12Al final de la primera parte de Terra nostra se anuncia el carácter oral de la narración: “El muchacho habla. Y el Señor oye lo que el muchacho dice” (354). Al comienzo de la tercera parte, se vuelve a aclarar: “Enredada fábula hemos escuchado” (500). El hecho de que se trate de un discurso oral socava la existencia del mundo nuevo. Lucille Kerr analiza el papel de lo escrito en la novela: “El Señor believes that only the written text contains and defines reality. In fact, he thinks that reality is constituted exclusively of that which is written, as his explicit statements demonstrate: ‘nada existe realmente si no es consignado al papel. Las piedras mismas de este palacio humo son mientras no se escribe su historia’” (“The Paradox of Power and Mystery: Carlos Fuentes’ Terra nostra” 111; “El Señor piensa que solo el texto escrito contiene y define la realidad. De hecho, él cree que la realidad se constituye exclusivamente de lo que está escrito, como lo demuestran sus declaraciones explícitas: ‘nada existe realmente si no es consignado al papel. Las piedras mismas de este palacio humo son mientras no se escribe su historia’”).

De todas las obras del período colonial, la que marca de manera más profunda, si bien oculta y modificada, el texto de “El mundo nuevo” es la Historia verdadera. Los críticos de Terra nostra han insistido en el carácter monumental de esa inmensa novela, en cuyas tres partes los personajes más variados de la historia y de la literatura —Felipe el Hermoso y Juana la Loca, Don Quijote y la Celestina, Oliveira y Buendía, entre muchos otros— resucitan en una serie de actos que confirman y a la vez alteran su anterior existencia en la realidad o en las letras. Para José Miguel Oviedo, “Terra nostra se propone a sí misma como un palimpsesto, como el resultado de una serie de lecturas y operaciones equivalentes realizadas sobre el mundo cultural; leerla, es releer esos libros, revisar esas obras de arte, reexaminar la historia, recordar la suma de lo ya existente” (23). Gertel la llama “libro de libros” (70), Gustavo Sáinz “an encyclopedic narrative” (570; “una narrativa enciclopédica”) y Maya Schärer “una novela que se niega a escoger y descartar” (140). Con diferentes imágenes, los críticos se aproximan a Terra nostra desde un mismo ángulo en el que se privilegia el afán de totalidad de la novela. En ese sentido, las palabras de Schärer son especialmente descriptivas; más aún, nos remiten sin proponérselo a la escritura de Bernal, donde también todo se elige y nada se descarta. Pocos volúmenes en las letras de México y de Hispanoamérica tienen el grosor de la Historia verdadera y de Terra nostra; casi ninguno, podría decirse, exhibe la memoria prodigiosa y abarcadora de sus dos autores, quienes se empeñan voluntariosamente en representar, cada uno a su manera, la plenitud de la historia.

“Lo he visto todo. Quisiera contarlo todo” (12), son las frases con las que Jerónimo de Aguilar resume su biografía en las primeras páginas de El naranjo, y son también frases que podrían definir un arte poética para Bernal. Pero, como vimos, hay en el texto de Fuentes la identificación de un defecto en la Historia verdadera, una carencia que el cronista de Medina del Campo no sabe muy bien y que un lector ideal puede suplir. La imaginación que a Bernal le falta no es difícil de imaginar si enfrentamos su crónica con la obra de Fuentes, ensayos y ficciones. Los afectos de la Historia verdadera —esos resquebrajamientos que permiten que se lea como épica vacilante, acaso como novela— son rumores que el novelista mexicano entreoye, una suerte de promesa inexpresada que las facultades críticas de Fuentes descubren y valoran, y que su gran imaginación sintetiza, articula y enaltece. Se trata de una conciencia que explora las múltiples calzadas de Bernal, esos desvíos cuyos posibles destinos el cronista no conoce muy bien, y que adquieren una forma precisa y lúcida en “El mundo nuevo” de Terra nostra. Así como Bernal intenta recordarlo todo, Fuentes quiere imaginarlo todo, incluso la posibilidad de la conquista de un nuevo mundo en la que todo hubiera sido diferente. Si bien en este propósito resuenan las teorías de Bajtín y las enseñanzas de Weil, quien orienta al novelista por los orígenes dolorosos de la historia de México es Bernal y su conquista dubitativa de la escritura.

En el simulacro de crónica que Fuentes imagina, la escritura altera el contenido y la forma de los modelos tradicionales. Al igual que la Historia verdadera, “El mundo nuevo” abre sus propios caminos textuales, pero si Bernal teme violar las convenciones que no conoce bien, Fuentes proclama la libertad de un género sin límites. Al contrario de lo que ocurre con los conquistadores históricos y con los personajes de novela, la identidad del peregrino es inestable; desde el principio dice no saber su nombre y con frecuencia le pregunta a los demás “¿Quién soy?” (451). Son ellos quienes le otorgan varias identidades que acepta sin entender, entre ellas la de Quetzalcoatl y la de su hermano Tezcatlipoca, mezcladas con frases que aluden a figuras bíblicas:

Te hemos esperado. Te esperaremos siempre. Ya has estado aquí antes. No lo recuerdas. Qué importa. Has estado en tantas partes, y no lo recuerdas. […] Fuiste siempre el educador primero, el que plantó la semilla, el que aró la tierra, el que trabajó los metales, el que predicó su amor entre los hombres. El que habló. El que escribió. Y siempre te acompañó un hermano enemigo, un doble, una sombra, un hombre que quería para sí lo que tú querías para todos: el fruto del trabajo y la voz de los hombres. (482-483) 13 Según Lilvia Soto-Duggan, la ley estructual de la novela está representada en dos posibilidades, Eros/Tanatos y sus vastas implicaciones: “El mito creado en Terra nostra nos indica que no es necesario dividir las dos zonas de la máscara. La respuesta no es separar sino unir, aceptar las transformaciones, reconocerse en la diferencia, enriquecerse con la diversidad, buscar la fecundación del cuerpo y del espíritu, vivir, vivir intensamente en un presente absoluto que incluya todos los tiempos y todas las virtualidades” (169).

La extraña tierra a la que llega el peregrino es un espacio colmado de riquezas materiales, como los que a menudo describen los cronistas de Indias mediante el tópico de la abundancia. La naturaleza es pródiga, hay oro inagotable y una playa cubierta de perlas, además de una ciudad cuya suntuosa arquitectura recuerda la visión de Tenochtitlán en las páginas de Bernal. El peregrino, sin embargo, rechaza todas estas cosas y el poder que entrañan. El valor del término “Señor”, a quien se dirige, es ambiguo; a veces parece relatar sus servicios al monarca, a veces pedir perdón al Dios cristiano. Más aún, en este pasaje, el peregrino cambia de interlocutores para dirigirse a otras figuras, el amigo y la amante, cuyos lazos valora sobre el poder y la riqueza:

En verdad, Señor, yo no buscaba los honores que este hombre me ofrecía; poco me importaba reinar sobre la gran ciudad de las torres y los canales; y tristemente, en ese instante en que me era ofrecido un trono, yo sólo pensaba en dos cosas, y a ellas reducía mi deseo: Pedro, nos hubiese bastado un pedazo de tierra, libre y nuestra, en la costa de las perlas; joven amante, señora de las mariposas, quisiera volver a encontrarte, ardiente y bella y terrible, en la noche de la selva, y volverte a amar. (465)

Rechazando el criterio de lo visto y lo vivido, al que los cronistas recurren para validar la veracidad de sus relatos, “El mundo nuevo” propone una alternativa: el mundo de la imaginación y de los sentimientos. A pesar de que esta opción lo convierte en un testigo poco confiable ante el Señor, el peregrino insiste en la validez de sus deseos más íntimos: “Nada quiero dejar fuera de mi relato: así lo visto como lo soñado; y casi siempre, lo admito, fueme imposible separar aquí la maravilla de la verdad, o la verdad de la maravilla” (466).

La subjetividad del peregrino alude también al papel central de la memoria en su discurso. Al igual que Bernal, el peregrino habla sobre su memoria, pero con lírico dramatismo: “Memoria lejana y cercana, pero siempre incapaz de decirme qué fue antes y qué después: memoria de aire, perdido suspiro del pasado y agitada respiración del presente, confundidos” (360). Pero si bien Bernal logra recuperar detallados recuerdos y poblar con ellos la Historia verdadera, el peregrino llega a definirse por su falta de memoria; en el viejo mundo no recuerda ni su propio nombre, en el nuevo una de las identidades que se le atribuye es la del “hermano del olvido”.14En “El otro mundo”, tercera parte de Terra nostra, hay un capítulo dedicado a la memoria: “El teatro de la memoria” del Maestro Valerio Camillo (558-571). En Venecia, el Maestro le explica su invención a Ludovico, el estudiante español: “Las imágenes de mi teatro integran todas las posibilidades del pasado, pero también representan todas las oportunidades del futuro, pues sabiendo lo que no fue, sabremos lo que clama por ser: cuanto no ha sido, lo has visto, es un hecho latente, que espera su momento para ser, su segunda oportunidad, la ocasión de vivir otra vida. La historia sólo se repite porque desconocemos la otra posibilidad de cada hecho histórico: lo que ese hecho pudo haber sido y no fue. Conociéndola, podemos asegurar que la historia no se repita; que sea la otra posibilidad la que por primera vez ocurra” (567). Bernal se conforma con los recuerdos y en ellos funda su escritura; Fuentes, en cambio, problematiza la insatisfacción de la memoria:

No sé, sin embargo, si soy totalmente fiel a las palabras del viejo en el templo; no sé cuánto olvido y cuánto imagino, cuánto pierdo y cuánto añado. No sé si cuanto entonces dijo el anciano sólo lo comprendí cabalmente mucho tiempo después, a lo largo de mis días de aventura en el nuevo mundo; quizás sólo hoy lo entiendo y repito a mi manera. (393)

Pero los límites de la memoria no son en Fuentes un defecto, sino la posibilidad de alcanzar una comprensión más profunda —saber las cosas mejor que el memorioso cronista de Medina del Campo— a través del poder de la imaginación.15En “Terra nostra: Reencuentro con la historia”, Jaime Alazraki dice: “Repetir la historia como la cuentan los manuales sería una redundancia, sería también fastidiosamente prolijo. Además, la historia es la historia y la ficción, la ficción; y aunque la historia es una forma de ficción —Lévi Strauss dixit—, sus métodos son diferentes a los de la ficción propiamente dicha. El método de la historia es el documento; el método de la ficción es la imaginación, y aunque el historiador usa la imaginación y el novelista se documenta, hay claras diferencias de grado. El historiador se esfuerza por ver el pasado desde el pasado; el escritor busca entender el pasado desde el presente” (43).

El que la imaginación no llegue al poder no significa que no sea posible imaginar una mejor historia, o unas historias en las que la ficción sobrepase los prodigios de la memoria y emprenda sus propias conquistas, más valiosas que el oro, y colmadas de la sabia tolerancia de Erasmo. En “El mundo nuevo”, el encuentro entre los recién llegados y los habitantes originales de esas tierras constituye una reformulación del concepto de descubrimiento y, más aún, una lírica declaración de la igualdad de los pueblos:

Nos miramos. Los miramos. Nuestros asombros eran idénticos, nuestra inmovilidad también. Sólo pude pensar que lo que en ellos parecíame fantástico —el color de la piel leonada y la lacia negrura de las cabelleras y la escasez de vello en los cuerpos— a ellos, por disímil, debía parecerles irreal en nosotros —mi luenga melena rubia, la cabeza enrizada y la barba cana de Pedro, la hirsutez de su rostro y la palidez del mío. Nos miramos. Los miramos. Lo primero que cambiamos fueron miradas. Y de ese trueque nació mi veloz, silente pregunta: ¿Nos descubren ellos… o les descubrimos nosotros? (384)

Sería anacrónico, por supuesto, copiar el gesto de Aguilar y pedirle a Bernal, conquistador español del siglo XVI, que imagine las falsas historias con las que un novelista contemporáneo intenta aliviar las rupturas y los quebrantos de una tierra cuya conciencia aún no nacía cuando, en Guatemala, se escribe la Historia verdadera. La noción de una victoria que elude tanto a vencidos como a vencedores, y que Aguilar exige de Bernal en El naranjo, proviene claramente de la Terra nostra de Fuentes, donde una voz, con lucidez, ofrece una visión de la conquista de México como una derrota compartida. Casi al final de la novela se dice:

El sueño fue pesadilla… El mismo orden que tú quisiste para España fue trasladado a la Nueva España; las mismas jerarquías rígidas, verticales; el mismo estilo de gobierno: para los poderosos, todos los derechos y ninguna obligación; para los débiles, ningún derecho y todas las obligaciones; el nuevo mundo se ha poblado de españoles enervados por el inesperado lujo, el clima, el mestizaje, las tentaciones de una injusticia impune… Entonces, no triunfamos ni tú ni yo, hermano. (743)

Si recordamos la espontaneidad de Bernal y la comparamos con el control estilístico y los claros postulados de este pasaje de Terra nostra, es fácil concluir que la Historia verdadera no se parece a esta novela. Más aún, si nos fijamos en la segura autoría de Fuentes y la comparamos con las vacilaciones de Bernal, sería igualmente posible imaginar otra historia de filiaciones en la que el precursor de Fuentes sería nada menos que Hernán Cortés, la voz que bautiza con ágil autoridad la tierra de México:

Por lo que yo he visto y comprehendido cerca de la similitud que toda esta tierra tiene a España, ansí en la fertelidad como en la grandeza y fríos que en ella hace y en otras muchas cosas que la equiparan a ella, me paresció que el más conveniente nombre para esta dicha tierra era llamarse la Nueva España del Mar Océano, y ansí en nombre de Vuestra Majestad se le puso aqueste nombre. Humillmente suplico a Vuestra Alteza lo tenga por bien y mande que se nombre ansí. (308)

De igual modo, la imaginación de Fuentes podría escoger a Cortés como el primer novelista hispanoamericano, pues, como se sugiere en Valiente mundo nuevo, la historia de victorias y derrotas, de modestias ante el rey y de arrogancias ante los demás, que marca la biografía de Cortés, héroe oficial de la conquista, encierra las semillas de una gran novela. En Letras de la Nueva España, ya Alfonso Reyes había elogiado el arte y la comprensión con los que Cortés dibuja la civilización indígena.16Reyes escribe en 1948: “Con ojo y pincel maravillados, retrata Cortés la vida y costumbres del país, sus ciudades, sus artes, sus ceremonias; a todo lo cual comunica una animación y da un tratamiento minucioso que nunca concede a sus propios actos. Pues, en rara armonía de cálculo y temperamento, se explica poco sobre sí mismo y acepta con sobriedad y sin embriaguez sus éxitos y sus reveses. Viajero dispuesto a entender, no se desconcierta ante lo exótico. Narrador incomparable, descriptivo de singular nitidez, no disimula su pasmo ante la cultura indígena. Sus Cartas resultan un himno a la ‘grandeza mexicana’, tan expresivo en su prosa espesa y embarazada de artejos como el que más tarde entonará, con atuendo artístico y sonoras sílabas contadas, el elegante Bernardo de Balbuena; y acaso también sea más sincero” (48). Es a Bernal, sin embargo, a quien Fuentes elige sobre todos los demás, y ese acto de voluntad muestra cómo el tosco autor de la Historia verdadera, sin saber lo que es una novela ni qué es el México moderno, abre una forma cuyas libertades logran nombrar la complejidad cultural de este viejo Nuevo Mundo.

Más allá de las taxonomías de la épica y de la novela, más allá de los juicios críticos y de las historias literarias, el universo de Bernal perdura literalmente en el corazón de la ciudad de México. Detrás de las ruinas del Templo Mayor, a un costado del antiguo Colegio de San Ildefonso, entre las frases oficiales del “Informe al Rey” de Cortés y del “Testimonio del fraile” de Motolinía, y no lejos del sentido “Discurso por la Independencia” de Ignacio Ramírez, se alza “El asombro del conquistador”, las espontáneas palabras con las que un soldado español, el osado Bernal Díaz del Castillo, más allá de las espadas y de las cruces, describe su emoción ante la grandeza de Tenochtitlán. En ese espacio urbano de simbólicas resonancias, la memoria del escritor inscribe su mayor victoria, las monumentales letras de oro que la Historia verdadera logró conquistar y que Fuentes reimagina siglos después en Terra nostra.

 


Obras citadas

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Verónica Cortínez

Académica chilena especializada en literatura y cine, profesora en el Departamento de Español y Portugués de ucla. Obtuvo su doctorado en Harvard en 1990 y ha dedicado su carrera al análisis cultural y cinematográfico. Entre sus aportes más relevantes se encuentran Evolución en libertad: El cine chileno de fines de...

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