LUIS PANINI

Luis Panini

Gallinita ciega

El conductor del programa televisivo de mayor éxito en el país informa a su público que el próximo invitado, después de los comerciales, será un domador de bestias de gran renombre. Noventa segundos más tarde el jefe de piso indica al conductor, mediante un ademán, que ha terminado la pausa y se encuentran de nuevo en el aire. El programa se transmite en vivo, por cadena nacional y llega a los hogares de un promedio de quince millones de televidentes cada noche, además de los trescientos espectadores presentes en el estudio durante la emisión. El domador entra al escuchar su nombre y la osa que jala consigo, una variedad del Grizzly norteamericano, se muestra irritada al ser recibida por las luces estroboscópicas del escenario que se encienden y apagan a razón de una vez por segundo, como flashazos de cámara, congelando de forma momentánea cada uno de los movimientos de los iluminados. Los aplausos del público alteran a la osa, quien, confundida por el alboroto, se arroja sobre la figura del conductor. Las luces se encienden. El conductor aparece con la musculatura del rostro expuesta: sin nariz, sin piel, sin ojos y sin labios. Camina desorientado, con los brazos extendidos, como si una gruesa venda obstaculizara la visión que ya no posee.

Certeza matemática

El hombre sigue la ruta señalada en los letreros iluminados que cuelgan del plafón para encontrar el departamento de caballeros. Lleva puesto un traje blanco. La camisa, los zapatos, el cinturón y la corbata son del mismo color. Tiene un tumor maligno en la cabeza, del tamaño de un chícharo, alojado entre la glándula pituitaria y el hipotálamo. Se lo diagnosticaron hace un par de semanas, pero eligió no someterse al procedimiento quirúrgico recomendado por su oncólogo para extirpárselo. Le pronosticaron seis meses de vida, quizá ocho, pero podrían ser dos, no es fácil determinarlo, confesó el médico. En la sección de caballeros llama su atención un sombrero que decora la cabeza de un maniquí en el interior de un mostrador de cristal. Solicita a una de las empleadas que por favor se lo muestre. La señorita lo toma con delicadeza y se lo ofrece al hombre del tumor, quien se lo prueba con sumo cuidado, como si se tratara de una corona de espinas. El sombrero, estilo Fedora, es de fieltro de lana blanco y corona de forma triangular. Tiene un listón de seda, también blanco, que rodea el perímetro donde la corona y el ala se unen. El hombre, de pie frente a un espejo situado sobre el mostrador, ajusta la posición del sombrero hasta quedar satisfecho y decide comprarlo. Pide a la señorita que retire la etiqueta porque quiere dejárselo puesto. Si pudiera dibujarse una línea imaginaria entre la pared interior del sombrero y el tumor maligno, esta sería de aproximadamente siete centímetros de longitud.

Gafas oscuras

Las encontró en el aparador del establecimiento, montadas sobre un arnés de metal junto a otras que, incluso al inspeccionarlas de cerca, no le provocaron la misma emoción. Tenían los lentes semiovalados, enormes, quizá demasiado para su pequeño rostro. El armazón era de titanio, así lo avalaba una leyenda impresa sobre un tarjetón de promoción en el que se enlistaban las propiedades categóricas de ese metal: peso ligero, alta resistencia, cualidad anticorrosiva y pobre conductividad, lo cual les impedía absorber una gran cantidad de calor si acaso llegaban a ser olvidadas en el coche durante un par de horas o más en pleno verano. Pidió al vendedor detrás de la caja registradora si podía mostrarle ésas. No, las otras, indicó cuando él tomó por equivocación unas que se encontraban junto a las que ella había solicitado. Se las aseguró sobre el puente de la nariz y orejas y luego se acercó a un espejo para determinar si favorecían la estructura de su rostro. Hasta pareces Jackie Onassis, dijo el empleado. Ella encontró el comentario halagador y decidió adquirirlas. Mientras su tarjeta de crédito era deslizada a través de la ranura de un teclado, imaginó que sería apropiado usarlas durante un velorio, sobre todo para cubrir sus ojos inflamados debido al llanto. Al salir del lugar enlistó en su pensamiento a los familiares y amigos que padecían de alguna enfermedad terminal o que practicaban un régimen de vida un tanto heterodoxo, según su juicio: drogas, sexo sin protección, deportes extremos. Logró enumerar seis nombres antes de llegar al estacionamiento.
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