LUIS BERNARDO PÉREZ

Luis Bernardo Pérez

Abracadabra

Con motivo de mi octavo aniversario, papá y mamá organizaron una fiesta en casa. Hubo juegos, globos y serpentinas. También un mago. Durante la función, Shankar el Magnífico solicitó un voluntario y, como era mi cumpleaños, fui elegido. Pasé al frente en medio de una gran expectación y me introduje en un baúl misterioso. Desde entonces nadie ha vuelto a verme.

El náufrago enamorado

Desde su isla desierta, arroja besos al mar dentro de una botella.

Prohibición

El otro día me encontré con Pigmalión. Vagaba sin rumbo cerca del Templo de Afrodita. Lucía triste y desanimado. Y todo porque su esposa le ha prohibido esculpir a otra ninfa desnuda. Me contó que hora se dedica a hacer bustos por encargo de filósofos y senadores.

Caballos

Cuando la feria del pueblo queda desierta y las luces se apagan, el vigilante suelta a los caballos del carrusel y los deja correr libremente entre los juegos mecánicos y los puestos. Sentado en un banco, mira cómo se juntan en manada y escucha el sordo golpeteo de sus cascos sobre el suelo. Algunos intentan comer hierba, pero su quijada, fija en un eterno relincho, se los impide. Otros han perdido el sentido de la orientación a causa del continuo girar del tiovivo y trotan en círculos bajo la luna. Poco antes del amanecer, el vigilante silba y los caballos se acercan en silencio al carrusel, donde vuelven a quedar inmóviles en su sitio. En ocasiones, alguno de ellos no regresa. Atraído por un extraño llamado, convocado quizá por la nostalgia de la savia que alguna vez recorrió su cuerpo de madera, galopa hasta perderse entre el follaje del bosque cercano.

Diva

¡Qué portento! ¡Qué voz tan sublime y pura la de aquella soprano! Después de la función decidí postrarme de hinojos ante ella y declararme su más devoto admirador. Sin pensarlo dos veces me colé por la entrada de artistas, y con una vehemencia capaz de hacerme olvidar toda norma de cortesía, abrí de improviso la puerta de su camerino. Al verme, no mostró sorpresa ni intentó cubrirse el torso desnudo. Permaneció inmóvil en el centro de la habitación mientras un hombre la desarmaba metódicamente con una llave de tuercas.

Mudanza

En mi pueblo todos conocemos al dedillo el plan de evacuación y estamos listos para ponerlo en práctica en cuanto el volcán arroje las primeras bocanadas y los geólogos nos aseguren que la erupción es inminente. En ese momento, partiremos con nuestras posesiones más valiosas: los documentos de identidad, los enseres domésticos, los instrumentos de labranza, las mascotas, las piezas de mobiliario… Nos llevaremos también, ladrillo a ladrillo, nuestras humildes viviendas, el palacio de gobierno, la iglesia y la estatua de libertador con todo y su caballo. Y, si hay tiempo, cargaremos con el bosque, el lago, las montañas, las nubes, los animales y los bichos que encontremos a nuestro paso para ponerlos a salvo. No habrá que preocuparse por las palomas, los gorriones y las avefrías, pues estamos seguros de que, en cuanto vean que nos alejamos con tanta premura, levantaran el vuelo para seguirnos.
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