JOSÉ LUIS SANDÍN

José Luis Sandín

Fuga

Me veo reflejado en el cielo —es decir, en ti. Existes en el momento en que te escribo, en el instante en que esta letra penetra por tus ojos; existo ahora que me lees, instante en el que tu mirada capta este garabato circular: símbolo con el que expreso, de mi existencia, el fin.

Ciudad espiral

Anotó en su libretita la longitud de las calles. Acto seguido, empezó a enrollar la cinta métrica con dificultad: los rascacielos eran más altos de lo calculado y golpeaban en la abertura del carrete. Maldijo. Tendría que empezar de nuevo en otra población.

Ardid informático

Todos vieron a su fantasma en el bar, el que solía frecuentar. Muchos salieron corriendo. El cantinero no quiso servirle la cerveza que le pidió, por aquello del mal de ojo. Su mejor amigo le gritó, “Ya tienes tres días muerto. Vete, no perteneces a este sitio”. Desolado, corrió hacia el puente, sitio donde fue visto por última vez.

A los días, su viuda corrigió en el Wikipedia la fecha de defunción. En su registro original, la había datado tres días antes de que él se suicidara en las aguas del río.

El espejo electrónico

Tras ponerlo en funcionamiento, jugó algunos minutos con el retraso de movimiento de su imagen reflejo. Milésimas de segundo, peor lo notaba. Así, hasta que vibró una de las esquinas de la blanca pared del fondo. La alta definición de cara se convirtió en cuadraditos. «Pixelado», le puntualizó la persona de atención al cliente. «No se preocupe, esto se debe a la calibración del dispositivo. En poco tiempo dejará de notarlo».

En efecto, a la semana vio que más personas habían comprado un espejo como el suyo, iban muy contentas, por lo que dio por zanjado el asunto de la reclamación. Más que nunca estuvo de acuerdo en que, después de todo, el humano es un ser fragmentario.

Reflejados

El hombre mató de un disparo al presidente. A pesar de soltar la pistola y levantar las manos, los agentes de seguridad lo golpearon con rabia, con la rabia de saberse en el pelotón del desempleo, con la fuerza de la impotencia de no poder evitarlo, con los golpes del hambre que se sentían en las carnes del hombre, los golpes de la miseria de años sin un trabajo. Sentían el abandono paulatino de la energía del hombre, el mismo abandono de amigos y familiares. La sangre le manaba, sangre de soledades y calles vacías. Lo golpeaban, y en él se miraban a sí mismos, se miraban en la necesidad de matar para comer algo, ya en sus soledades o ya en las sombras de una cárcel. Golpeaban. Ya les daba igual.

Historia para cubo

(Recortar cada uno de los siguientes segmentos y pegarlos en las caras de un cubo. Girarlo y leer en cualquier orden)

****** La codicia le ha ganado al amor. Su cuerpo se mece en un ir y venir de las olas, entre espumas y algas del amanecer.

****** —Calla. Ya no perteneces a este lugar. Ahora es de mi hijo. Vete ya, por dios.

—Siempre he vivido en esta casa, siempre. Aunque lo deseo, no puedo marcharme.

****** El disparo rompe la inmersión de la noche en el mar. Ella cae, salpica el aire con sus gotas saladas de vida. El cielo está teñido de rojo y plata.

****** —Vamos. Quiero recordar los atardeceres a tu lado.

—Hace tanto que no veo el cielo teñido de rojo. Vamos.

****** Aspira a irse de la casa de los odios, salir en vuelo por la primera ventana abierta. Está atada de por vida y de por muerte. Grita su impotencia.

****** Al contacto con el agua, el lazo se estrecha y la conduce hasta su morada: la casa que le acaba de robar su hombre. Solo los unicornios de mar le dieron el adiós.

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