EFRAÍM BLANCO

Efraím Blanco

El cadáver de un Dios

Encontramos el cadáver de un dios. Flotaba en el espacio. Estaba desnudo y era más pequeño que un hombre adulto. Era obeso. Cuando lo pudimos tener en la nave, todavía desprendía pequeños brillos de sus dedos meñiques que, al contacto con cualquier superficie, hacían crecer pequeños paraísos. Aquel muerto chaparro, gordo y nalgón tenía una sonrisa grabada en el rostro. Por la nave corrían diminutos Adanes y Evas que teníamos que pisotear para exterminarlos.

Se comían las manzanas deshidratadas como si quisieran ser expulsados del paraíso. Al octavo día el cadáver empezó a apestar. De su sangre brotaban a la vez ángeles y pus. Cuando le explotó el pecho encontramos al demonio que lo asesinó: ¡soy el futuro!, gritó, antes de lanzarse volando al espacio infinito.

El perro

Mi padre mintió acerca de tener que sacrificar al perro. Dijo que lo echarían a dormir y que después de un tiempo lo llevarían a un lugar mejor: una granja donde podría jugar con muchos animales como él y que allí sería feliz. Ahora sé que no era cierto y que en realidad al bueno de Scooby lo mataron. También mintió acerca del lugar al que lo llevarían y en eso de que él era mi padre. Todo aquello lo he descubierto por casualidad y todavía no decido qué hacer con las ideas que dan vueltas en mi cabeza.

Por ejemplo, muchas veces pensé que irme de casa sería lo mejor. Imaginé a Scooby diciendo: “eh, muchacho, larguémonos a recorrer el mundo, tú y yo”. Dudo que mis hermanos se dieran cuenta si me voy; si acaso se acordaban de mí cuando venían a arrojarme calcetines sucios para hacerme despertar.

Pedro y Vladimir son un par de cabrones. Papá los deja hacer lo que quieran desde que mamá se murió en aquel accidente. A veces lo sorprendo borracho en el cuarto del sótano. Escucha canciones de Tom Waits y se queda dormido en su viejo sillón. I’m lost, i’m lost at the bottom of the world. Supongo que extraña a mi madre tanto como yo.

Ella nunca habría permitido que se llevaran a Scooby y que lo mataran de un balazo en la cabeza. Ese perro era de las mejores mascotas que he tenido. Le gustaba perseguir gatos, atrapar alguno de vez en cuando y jugar con él como si fuera su mejor amigo. Nunca los maltrataba.

Era el can más amable del mundo. Pero papá creyó que tenía rabia cuando lo encontró con toda esa espuma en el hocico. Yo quise explicarle que se trataba de un juego y que Scooby jugaba a ser Cujo para espantar a un amigo felino que había atrapado el día anterior. Pero nadie creyó que el perro fuera capaz de tales astucias. Lo subieron a un taxi y lo pude ver sacando la cabeza por la ventanilla para juguetear un rato con el viento.

Ya sabes que eso les encanta. Lo miré asomar el hocico y guiñarme un ojo como diciendo: “eh, amigo, regreso pronto, todo va a estar bien”. Pero Scooby ya no regresó. En la tarde Vladimir me dijo que era un perro viejo y apestoso, y que echarlo a dormir era lo mejor. Pedro reía. Esa vez tuve la sensación de que mis hermanos eran dos extraños que no sabían nada de la vida y pensé, con toda honestidad, que ni siquiera se merecían vivir.

Scooby me dijo alguna vez que quizá eran extraterrestres. Que eran demasiado raros para ser mis hermanos y que alguien debería hacer algo para remediar esa situación. Por eso anoche esperé a que se quedaran dormidos y luego les partí la cabeza con un martillo. Mientras lo hacía, pensé en mi perro y lo pude ver diciendo: “eh, muchacho, más fuerte, no dejes que se vayan a levantar”.

Después de eso empezó el minuto más largo del mundo. La casa giraba lentamente y pude sentarme en la entrada del cuarto para ver a mis hermanos con esa cara seria, los ojos cerrados y un hilo rojo resbalándoles por la cara hasta caer. Supe que todo debía terminar de una sola vez cuando la música de mi padre subió desde el sótano a mis oídos y me hizo sospechar lo peor: esa cosa no era humana. Sólo se parecía a papá.

Y es que los Doors confirmaban mis sospechas con el bajo y las guitarras lúgubres, la voz de Morrison sonando como una especie de mensaje del espacio exterior. People are strange when you’re a stranger, faces look ugly when you’re alone. Fuera lo que fuera tenía que irse. Despacharlo fue muy sencillo. El arma de metal atravesó la masa que tenía por cabeza y el rock terminó. Eso les enseñará a no mentir. A no meterse conmigo y mi perro. Ahora el mundo estaba en silencio y Scooby podía descansar. Los invasores habían pagado y pude imaginarlo diciendo: “eh, amigo, anda a dormir, mañana todo va a estar mejor”.

(De Dios en un Volkswagen amarillo, Editorial Universitaria, 2021.)

Exvoto: se llevaron una vaca

Siendo las quince horas del lunes, se presenta ante esta autoridad el C. Antonio de los Alcántaras en calidad de afectado y testigo, por doble razón asiste en voluntad propia y presenta testimonio de que la mañana de hoy mismo, cuando apenas clareaba el mediodía, se encontraba en el monte pastando a sus vacas y sus ovejas y sus chivas, y como siempre a esas horas se había acostado para dormir un rato porque el niño nuevo tiene días que no los deja dormir y su mujer doña Claudia ya casi no aguanta tampoco las desveladas, siendo aquellos momentos refiere el C.

Antonio que escuchó unos zumbidos como de abejas pero grandes, y al verse espantado por el ruido corrió a divisar de dónde venía, pero no eran insectos sino tres naves ovnis como con figura de cigarros y de colores plateados y dorados, que flotaban encima de los animales y no dejaban de zumbar, refiere que quiso irse de ahí pero una fuerza extraña lo detenía y no podía moverse, cuando vio que de una de las naves salía una luz que apuntaba a los animales y de pronto una vaca comenzó a elevarse por los aires, indica el testigo y afectado que la vaca se llamaba Lencha y era de las mejores portadas y más lecheras; Lencha, prosigue, desapareció por una puerta del ovni y luego las naves se alejaron zumbando hacia el horizonte.

El C. Antonio de las Alcántaras agradece al santo niño de Atocha por haberle ayudado a que no se lo llevaran a él las naves con formas de cigarro. Se toma como recibida su asistencia a esta oficina y se levanta el acta correspondiente para los fines que convengan al interesado.

Exvoto: causa perdida

A san Judas Tadeo, que se hizo pedazos cuanto lo llevaba en mi bicicleta y que supo entender que la culpa fue del coche estacionado en lugar prohibido, y culpa del sangrón que iba grabando un video con su celular desde la ventana del camión, y culpa mía un poco por voltear a verlo con mi mejor sonrisa, con san Judas a mi espalda.

Pobre san Judas, y de los miles de descargas del video, las miles de views, el sangrón que se hizo influencer y yo que tuve que juntar los pedacitos desperdigados del pobre san Juditas, que estaba hecho de la mejor cerámica y que tuve que subirme al metro con la bicicleta destrozada, con sus llantas recién infladas todas torcidas, y los pedacitos de Tadeo en una bolsa negra de las que usamos para la basura, ay, no, y con mi vergüenza a cuestas porque el Metro estaba lleno de muchos devotos con sus san Judas enteritos, impecables, vestidos de lujo, con sus túnicas impecables, sus camisetitas del América bien bonitas, y el mío, el pobre, hecho pedazos.

Pero es que juro que pegaré todos los pedacitos y regresaré el próximo año como se debe, con san Judas Tadeo a mis espaldas protegiéndome de las causas perdidas y ahora sí, hijos de la chingada, ¡ya se la saben! Pongan sus pertenencias en esta bolsa negra y al que esconda algo se lo carga san Judas, así de plano, órale, y disculpen que les venga a robar, pero es que la vida está cada día más difícil.

Una cuerda en la orilla de la nada

El científico miró otra vez la fórmula que lo resolvía todo y luego miró otra vez hacia el infinito. Estaba, según sus cálculos, a la orilla de la nada. Lo único que sostenía su humanidad era aquella cuerda y la mesa que había logrado equilibrar sobre ella. Encima de la mesa descansaba la hoja de papel con la fórmula matemática que resolvía la teoría del multiverso.

Las simulaciones en laboratorio eran bastantes claras: si tensaba la cuerda, crearía más universos casi iguales al suyo; si aflojaba un poco, algún universo casi idéntico sería destruido en algún lado. Lo único que equilibraba la cuerda encima de aquella nada era el pequeñísimo dios que la sostenía del otro lado.

Estaban tan lejos uno del otro que apenas si alcanzaban a verse. Ni el dios ni el científico estaban seguros de lo que ocurriría a continuación, pues si se fijaban bien, aquella nada era una infinita casa de espejos donde su imagen se reflejaba sin fin en lo que parecía ser el ombligo de cada universo. Descansaban, entonces, sobre la cuerda original que habría dado origen a todo.

Llevaban así un buen rato cuando aquel colibrí se paró encima de la cuerda.

Para otros no fue un ave, sino un dragón o una mosca, un delfín con gafas o John Lennon con una guitarra desafinada. Todas las cuerdas, eso sí, se sacudieron al mismo tiempo. Todos los dioses lloraron y el científico entendió que había llegado el momento. Se acomodó las gafas, la bata, los lentes, miró otra vez la fórmula y luego asintió con un pequeño movimiento de cabeza hacia todos los otros científicos encima de una cuerda que asentían de regreso hacia él.

Supo la verdad y miró por última vez a los dioses, al tiempo que sacudía la cuerda con violencia, como si quisiera librarse del colibrí que la tensaba, del dragón, de las moscas, de todo lo que sobrara para terminar de crear en paz su propio universo multiplicado por los tiempos de los tiempos.

El colibrí voló.

(De Una realidad más amplia 2.0 Una antología híbrida digital.)

Deus ex machina

Del estuche saltó un androide. La caja había llegado un día antes, por correo postal, pero Bioy había decidido no abrirla hasta encontrarse solo en aquella casa de la calle Eduardo Schiaffino. El robot, un diminuto Borges, hecho a escala y con semejanza cien por ciento real, se aproximó a Bioy y le dijo algo al oído. Lo que el escritor argentino escuchó fue un murmullo, una secuencia de unos y ceros al infinito que le taladró la conciencia y entonces entendió lo que Jorge Luis había dejado para él.

Entonces, con ojos de ciego, vio el aleph, y vio los laberintos, y vio los jardines, y supo que el universo todavía podría tener sentido a pesar de la ausencia de su querido Borges.

El androide y él caminaron calle abajo hasta el parque y se detuvieron frente a una banca desde la que podía verse la avenida principal. La marea de Borges, multiplicado al infinito, invadía las calles. Bioy sonrió por su viejo amigo, que echaba el bastón por delante mientras arrasaba al mundo. En los ojos del diminuto robot la cuenta regresiva estaba en cero.

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