ÉDGAR OMAR AVILÉS

Édgar Omar Avilés

El burro decapitado

Cuando el hacha del maestro verdugo cercenó la cabeza, en la plaza todo el pueblo aplaudió aliviado, libre, al fin, de la malevolencia del brujo, de su risa oxidada, de sus promesas de muerte. Pero al caer la cabeza, del cuello surgió otra diferente. Ésta también fue cortada, mas otra brotó como capullo. Las cabezas decapitadas se apilaban, nacidas una tras otra del insólito cuello del brujo. Aunque los brazos del verdugo estaban cada vez más cansados y los aplausos menguaban, repetía la operación concentrando el mismo coraje en cada tajada, hasta que un par de horas después todo empezó a dar vueltas al ritmo de la risa oxidada. En ese instante el verdugo vio que en la plaza todo el pueblo yacía decapitado, mientras su cabeza rodaba junto con las demás.

Soñó con 1000 zombis

Al despertar, él era el 1001 en la pesadilla de otro.

El pueblo del puerto

Luego del tsunami, en el pueblo del puerto hay sirenas peinándose en las bañeras, otras nadan en el fondo de los vasos de tequila, los conductores las ven reflejadas en los espejos retrovisores, las amas de casa las encuentran al abrir una lata de sardinas, en la radio la cumbia se interrumpe y se escucha el enigma de sus cantos, los niños las descubren jugando escondidillas, el párroco asegura que en las noches de lluvia un ejército de ellas va a la iglesia y seduce a los ángeles.

Luego del tsunami, el pueblo del puerto quedó sumergido, y a las sirenas les aterra que los fantasmas humanos persistan bajo el mar.

La fuga

Luego de destrozar la puerta a bayonetazos, el oficial nazi tiene enfrente a una niñita.

—¿Y tu padre y tu madre y tu hermano? —pregunta encañonándola con la mirada. En su lista de condenados se informa que es una familia de músicos.

—Aquí, señor… —la niña tiembla, pese a ser la más valiente de los suyos.

Al fondo se escucha una música a ratos mansa a ratos nerviosa compuesta por un piano, un violín y un salterio. El oficial busca con la vista. Luego ordena a sus soldados que vayan por la familia. Tras destrozar armarios, voltear camas, romper muros y alfombras, no logran encontrarlos.

—Maldita mocosa, ¡los escucho tocando! ¡Dime dónde se esconden antes de que te arranque los brazos!

La niña llora, tiembla tanto, vibra de tal manera que desaparece. Una flauta traversa se suma a la esplendorosa música de fondo.

Extravías

Las calles se aparean. Aprendieron de los hombres y mujeres nocturnos. Y de sus amores prohibidos nacen hijos legítimos y bastardos. Monstruos y superdotados. Callejones y cerradas, avenidas redundantes y carreteras sinsentido. Así se gestó el laberinto. Y nadie, nunca, podrá volver de nuevo a casa.

Neonatos

De algunos ahogados no se encuentra el cadáver porque se supieron en el vientre de su madre y volvieron a nacer.

El mundo se acabó

Pero Dios tenía respaldo en su memoria USB. Todos estamos en ella, en espera de que nos descargue en otro planeta.

La ley

Dios se disponía a fulminar a ese hombre que estaba por dispararle al tigre que estaba por saltar sobre el águila que estaba por clavar su pico en la comadreja que estaba por desgarrar a la serpiente que estaba por engullir a la rata que estaba por desentrañar a la tarántula que estaba por envenenar al escarabajo que estaba por atenazar al gusano que estaba por morder la hoja.

Dios se disponía a fulminar a ese hombre, pero, lleno de pánico, volteó hacia atrás.

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Publicación:

ABRAHAM TRUXILLO

ADRIANA AZUCENA RODRÍGUEZ

ALEJANDRA RODRÍGUEZ MONTELONGO

ALEJANDRO ARTEAGA

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