ARMANDO GUTIÉRREZ MÉNDEZ

Armando Gutiérrez Méndez

Un canario

Tengo un canarito. Nació y ha crecido solo en su jaulita. Sus alas truncas no le sirven para volar; su cuerpo es pequeño y su vista débil. Los otros canarios lo rechazaron desde el principio. Todas las mañanas pisca satisfecho su alpiste y su lechuguita, y vierto agua fresca en una jícara para que beba y retoce en ella a sus anchas. De todos mis canarios es el que canta más bonito y el único que no se asusta cuando me acerco.

A veces me da pena su cautiverio y lo saco de la jaula y lo pongo encima de ella, y se ve contento el canarito. Después de un rato lo vuelvo a meter; está acostumbrado a su jaulita y creo que vive a gusto en ella, además debo protegerlo de las urracas.

Otras veces lo llevo sobre mi dedo hasta la sala de la casa, me recuesto en el sofá y lo observo, entonces extiende sus alitas, da ligeros saltos a lo largo de mi dedo mientras levanta su cabecita hacia el techo y de pronto se lanza y cae al suelo, camina desorientado, le acerco el dedo y sube en él, lo llevo de regreso al patio y cuando entra de nuevo a su jaulita se encrespan las plumas de su cabeza y comienza a cantar, y es entonces cuando comprendo que para el canarito la verdadera jaula es mi casa.

Perro de pelea

Mi perrito estaba lleno de fuego y explotaba cuando veía pasar a otro perro. Lo lleve con un entrenador de perros y días más tarde me dijo: “Todavía no está listo, su espalda se encorva y se erizan sus pelos cuando oye ladrar a otros perros”.

Finalmente lo llevaron a mi casa ya curado. Ahora permanece parado junto al barandal, alto, grave, mirando impávido la calle, como si soñara con bosques espesos y oscuros, con pedregales inaccesibles, y cuando un perro ladra sus ojos ni siquiera parpadean, y cuando ve a un posible contrincante permanece inmóvil como un perro de madera mientras el adversario se aleja de él con la cola entre la patas y las orejas caídas, como si viera a un demonio.

Gallinosaurio

Basta observar las patas de las gallinas, y sobre todo el espolón, para constatar el íntimo emparentamiento que estas aves tienen con los dinosaurios, de lo que dan muestra, además, la disposición y forma de los huesos del cuello y las costillas. Las especies evolucionan, pero también pueden sufrir atavismo, una regresión a lo que fueron alguna vez. Mi gallina es ejemplo de ello. Ha desarrollado una incipiente cola que le sirve, no obstante, para mantener el equilibrio mientras se levanta sobre sus espolones para alcanzar las hojas tiernitas de los rosales.

Los tres huesos de sus alas se alargaron hasta mutar en unas garritas que si bien todavía no le sirven para sostener una mazorca, sí las usa para apoyar su ya pesado cuerpo cuando se levanta después de un largo descanso. Su pico ya no es pico, es una especie de hocico, con dientes pequeños y malformados, sostenido por una mandíbula elemental capaz de triturar los granos de maíz. Corre erguida entre las otras gallinas y los gallos no la molestan.

Ella tampoco se mete con ellos. Sin embargo, a veces creo percibir un brillo avieso en sus pupilas rasgadas, vetustas, que parecen mirar con frialdad hacia una época lejana y brumosa, en donde los lagartos terribles deambulaban pesadamente bajo un cielo negrísimo hendido por los destellos candentes de los meteoritos y los volcanes en erupción.

The dark side of Ramoon

Como toda la gente, como su nombre, Ramoon tenía un lado oscuro, pero ese lado oscuro no afloraba por obra de la luna, como en los hombres-lobo, o por el influjo de alguna droga, como en el caso del señor Hyde, sino que dicho estado, por llamarlo de alguna manera, aparecía cuando escuchaba el renombrado álbum The dark side of the moon, y se manifestaba a través de conductas viles como matar al perro que días antes había adoptado o escupirle a la gente que pasaba frente a su ventana abierta.

Afortunadamente el lado oscuro de Ramoon duraba lo que dura el álbum en cita. Después todo volvía a la normalidad.

El cachorro

Era un cacharro entre otros cacharros amontonados en un rincón del patio de mi casa. Un buen día, cuando salí a cambiar el tanque de gas, lo vi separado del montón, como diez centímetros. Pudo haberlo movido un gato o una urraca, o el mismo viento. Sin embargo, con este cacharro ocurre que en medio de uno de sus costados emerge una palanquita, que de girar y apoyarse en el piso haría posible el desplazamiento.

A veces, cuando salgo a tirar la basura o a tender la ropa, me atrevo a acercarme y noto que apenas ha avanzado algunos centímetros desde la primera vez que lo descubrí.

Otras veces me siento en la entrada de la cocina y desde ahí observo al cachivache, es como el motor de un juguete de cuerda, la rosca dentada que sobresale de su otro costado parece servir de pivote a la palanquita, lo que refuerza mi sospecha de que este cacharro se desplaza lenta, pero eficazmente, hacia el interior de mi casa.

No puedo imaginar con qué propósito, o qué motivo lo excita a ello, y cuando la inquietud se apodera de mí y me levanto y cierro la puerta, miro a través del cristal de la ventana y me parece percibir que el cacharro se dilata, hacia el cielo, hacia el aire libre, como buscando con todas sus fuerzas y de todos lados la voluntad necesaria para mover la palanquita, entonces suelto la cortina de la ventana y me voy presuroso a la sala, a recostarme en el sofá mientras enciendo la televisión.

Confío que en ese pequeño patio, delimitado por altas y gruesas bardas, no exista la voluntad suficiente, la potencia necesaria para hacerlo llegar hasta aquí. Evidentemente no hace mal a nadie, ni parece que pueda causar daño a alguien en el futuro, pero la sola idea de que algún día pueda entrar a mi casa me resulta insoportable.

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