“Descubrí que el cachalote canta y yo soy Moby-Dick. Que el silencio empezaba desde un bosque, en medio de las flores barbitúricas”
Todo viaje tiene su partitura y Llámenme Ismael no es la excepción. A partir de una hoja en blanco, de un muro blanco… De una almohada y los secretos que la asfixian. De una sala de hospital como vientre de ballena… De una novela que emerge de lo profundo de mí y vuelca toda mi historia, decido abandonar mi nombre, empuñar el arpón y empezar el trayecto por ese coletazo que también da la poesía. Siempre es la muerte tan blanca. Y son los hombres su blanco. Llámenme Ismael, pero también Herman Melville, Héctor Viel Temperley, Walt Whitman, Piedad Bonnett, Antonio Cisneros, Eduardo Lizalde, Margaret Atwood y Manuel Mujica Lainez, porque juntos navegamos en este buque Rosetto, por el pabellón Natucket, hacia el poema sin mar.
“Todo a partir de un grano”, lo escribí en un principio, sin saber el destino que surcaba con esos mismos ojos de Guillermo Fernández, a quien dedico esta obra. Porque vino la muerte, la trajeron, se la encimaron a nuestro traductor de Eros Alesi, quien unas semanas antes escuchaba morir a Jessye Norman como Isolde y a quien tuve de “Espejo en el espejo” en la escritura. Guillermo dejó un Arca, un modo generoso de navegar el mundo. Yo no pretendo más que hundir mi propio barco para poder salvarme. Escucho a Pärt, entonces. Y empieza el golpe/ teo. La caí/ da. Esta manera de chocar con las olas (quise decir la almohada) y contra el pavimento (quiero decir los muros) que entraña un nuevo libro: Pärt/ir.
Todo sin aspavientos, pues la grandilocuencia existe lo mismo en el hip hop que en la ópera cómica. Intenté departir con mis difuntos (fallecidos o no) con la brazada lenta de no saber de crawl. No podría de muertito, como hacen los más jóvenes o aquellos que prefieren el nado sincronizado con sus propios amigos, así que me lancé como hago siempre: de cabeza, apretando los ojos y las vértebras (en este caso seis, pues en los cachalotes se encuentran dos pegadas) que en sesenta momentos, o minutos, marcarían la embestida, el hundimiento, la profundización hacia ese ningún sitio seguro del poema.
Pero todo tiene sus consecuencias, sus anclajes. Descubrí que el cachalote canta y yo soy Moby-Dick. Que el silencio empezaba desde un bosque, en medio de las flores barbitúricas que tomé en ese Manicomio de Maurizio Medo y, sin embargo, vienen de más atrás. Desde Des(as)cendencia aparecían ballenas en mis versos. En Terramar se volvieron dragones en lucha con los barcos. Por qué vuelven ahora, no lo sé. Desconozco si, como dice José Javier Villarreal, con Llámenme Ismael se cierra el ciclo que iniciara Voluntad de la luz con un pequeño grano de mostaza. En la historia contada por Buda, los granos de mostaza en la mano de una madre que ha perdido a su hijo representan la muerte de los hijos de otras madres, la tragedia común. Para mí es el inicio de otra búsqueda, otro hijo y otros nombres, que parten de Nantucket y llegan a Rosetto. Que salen de mis ojos y vuelven al lector, si no naufragan, para sentir lo mismo que tenemos los humanos y compartir un duelo. Para decirlo pronto. Para decirlo todo.

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