En “Voluntad de la luz” de Luis Armenta, la voz del poeta da consistencia a nuevos símbolos y retoma otros de la tradición occidental.
Para Heidegger, cada poema es un reflejo del único poema que el habla habla a través del poeta. A ese único poema, fincado en el fundamento del mundo y en los espacios más internos y desconocidos del escritor, nunca se llega totalmente. Sólo nos aproximamos a él a través de poemas escritos y, en tanto lo hacemos, el mundo se revela ante nosotros, iluminado desde la diferencia.
Para José Ortega y Gasset, «lo dicho por la poesía es una forma de conocimiento, o, dicho de otra forma, lo dicho por la poesía es verdad». Lo es en tanto que el mundo es un océano infinito de signos que cada poeta lee e interpreta en una forma única, iluminándolo.
Esta lectura se da desde el horizonte que habita el poeta. «En donde tiene lugar una poesía de la vida, está contenida una enmarañada conexión con la realidad», aseguraba Dilthey. Así, cada poeta parte desde la circunstancia inevitable de su propio contexto, y da voz a las palabras que el habla dice a través suyo; al hacerlo, nuevos signos, antes oscuros, se iluminan, y una nueva lectura de la vida aparece ante nosotros. A este conocimiento se refiere Ortega y Gasset, y no hay contradicción porque, aunque jamás se diga el poema último (porque sólo podría ser revelado desde la profundidad del silencio) los poemas particulares van descubriendo las zonas escondidas del mundo, al arrojar la luz reveladora del habla sobre los signos y sus relaciones.
En este contexto podemos entender el poemario Voluntad de la luz, de Luis Armenta (Mantis Editores, Guadalajara, 1996), una obra en la que la voz del poeta da consistencia a nuevos símbolos y retoma otros de la tradición occidental, para servirse de ellos en la tarea nunca concluida de nombrar el mundo, un mundo iluminado por la líquida permanencia de la luz, en donde origen y presente se confunden porque, en realidad, al final todo era/agua. Sólo que el agua, para Armenta, es una de las invocaciones de la memoria y de la luz.
Según Charles Du Bos «la poesía es el único medio humano que tenemos para vislumbrar aquello que daría armonía entre nuestro ser y todo lo que éste no es». El libro de Armenta es, desde ese ángulo, el vislumbre del portentoso mundo que la luz ha construido. Se trata indudablemente de poesía porque, como asevera Pierre Grotzer «la poesía no es auténtica a menos de que, en alguna forma, sea capaz de producir el encanto, cierto conocimiento.». En este caso, están presentes el encanto y el conocimiento.
Encanto que nos lleva, a través del canto y el silencio, hasta los precipicios desde los que es posible contemplar la recreación y la permanencia del mundo, e n donde surge un nuevo conocimiento: el del hombre, descendiente del tronco original, de la costilla de la primera abuela, que al final se reencuentra consigo en una ciudad concreta que reconoce inventada por él mismo.
El viaje
Voluntad de la luz habla de la historia del hombre. De su vocación de pez y de mígala; del viaje interminable que realiza siempre, contra corriente, como el salmón, a través del tiempo, en un mundo de fuego líquido, ceniza y pensamiento, hacia la recuperación de la propia luz. Es la historia del pez que se desplaza, con la maestría del tiburón o la grandeza del megalodonte, en el océano interminable de la memoria, en donde todo permanece como fósil o mínima raíz; como silencio o canto luminoso. La tierra toda, al fin una burbuja, tiene la forma exacta de la cabeza humana. En su caudal de ideas, laberinto de peces y mígalas, el hombre ha edificado su universo. Y en él se hunde para encontrar que el hombre es –por fundación del hombre– el descendiente de peces y mígalas. No es casualidad que el hombre, tú, lleves contigo un ánade abatido, el coletazo de un pez ahogado en sangre, la forma que ha adoptado la herida del anzuelo. Ni que seas el tercer guardián del veneno, aunque comprendas que ese veneno no cabe en la escritura.
Es en el sueño –otro nombre de la memoria (la inmensidad, la sed es la memoria)– en donde el pez recuerda la remota raíz común de las especies. Ahí también el hombre, que habla por el poeta, manifiesta su credo en lo infinitamente pequeño, en los minúsculos habitantes del océano primigenio, donde surge la vida y se mantiene presente, de manera palpable, la voluntad de la luz: Creo en el plancton que tiene casi dos millones de años. Comunidad perfecta de raíces acuáticas, es el mínimo y máximo poblador de los mares. De su oculto rizoma, arborescente flor, germinativo núcleo en sus arterias, gota a gota se desprende un latido en cuyo bosque el mundo se resguarda del fuego.
Las formas de la luz
Pierre Grotzer, refiriéndose a la poesía, afirma que «la escritura es algo totalmente distinto a la diversión: es el lugar mismo en donde se decide un destino». Desde esa perspectiva, el libro de Armenta habla desde las aguas de la memoria común para dejar se decida el destino del mundo y del hombre, a fin de cuentas, construidos con la misma materia de la luz.
Lo pequeño, lo grande, lo líquido, lo ígnea, la cenizo, la roca, la lluvia y la resaca, son en realidad formas que asume la luz. Porque la luz/ desde la piel/de los orígenes/ del mar/gotea y lo cubre todo, todo lo penetra. Está presente ahí, desplazándose, deslizándose desde el centro del mundo. Es la misma luz la que lega al ojo del pez desde la luna, que la que habita adentro del hombre como un viento submarino que pule no sé qué aguas en sus rocas. Es la luz que buscamos cuando nuestros pies, como los de Ulises, intentan regresar hacia la primera alba, para alumbrarnos de luz hasta invocar el cielo desde una angosta calle.
Es cierto que el veneno y la herida que en el hombre adquiere forma de anzuelo está presente. Pero también lo es que el pez subsiste y vive (quiere decir sueña) debajo de la ciudad humedecida que los hombre habitan. Ahí, bajó la corteza, bajo la cáscara, persiste, aislado en lo profundo de su aliento, donde un día pasa lo peor de la tormenta. Trae tanta noche el agua que está quieta. Ya no abandona al pez el costillar del barco ) El pez/–que ya fue un hombre–/se ilumina. Ahora todo lo habita con sus ojos. Por eso, es posible la transmutación final: el pez demostrada su hombría, se quita la armadura/hace a un lado su caso/se introduce en el aire/y vuela/ como una gota de agua/al vórtice del limo/…y se completa/el cielo. El pez es ahora el ave de los hombres. Habitante del aire, cercano al infinito.
No obstante, la sabiduría del pez no es la de los hombres, aunque en realidad sea la misma. El pez no sabe hablar la lengua humana, pero si escucha al viento, al mar cuando se agita. Su voz lo conduce al mar de la memoria en la que alcanza la voz que surge de una estirpe de susurros y reinicia al celacanto, su ancestro. Hombre y pez, frutos del origen, tienen ante sí el destino de la luz que se convierte en aire.
El mar interno
Más allá de un análisis jakobsoniano, el poema d e Armenta, como diría Sapir, pone de manifiesto un «efecto poético y una carga semántica en los instrumentos gramaticales», antes de que se haga patente cualquier intento de análisis consciente. Parte de esa carga se descubre cuando al avanzar el poema queda de manifiesto que océano de la luz es también el mar interno, en el que el mundo es fundado por el hombre. Es cierto, la soledad está presente y la herida persiste durante la búsqueda constante de la luz. Pero también lo es que el poeta logra tocar con su anhelo la esperanza de ser, entre ambos mares, un punto de la luz que se recupera a sí misma en el mundo, en la ciudad (una Guadalajara en cualquier parte del mundo) que habita el poeta.
Más sorprendente resulta que al final del viaje, nuevamente se regresa al origen. El origen del pez estuvo ahí, en las costillas de la primera abuela. Y la luz, al final, se recupera en algún sitio del cuerpo de mi abuela.
No es extraño, pues, que el poeta mismo, con obviedad confiese casi al final del libro que Esa luz era (es) Dios. / Yo lo esperaba así en las cosas sencillas de este mundo. Por eso el salmón, en respuesta a la ley impuesta por la luz, siempre regresa a su lugar del origen; por eso Ulises encuentra el camino del retorno. La salvación, pues, es posible. El océano tiene sus flujos y reflujos y en ellos el hombre se resuelve para volver al fin a sí mismo y a la luz heredada que le quema e ilumina. La ciudad es el hombre, concluye el poema, al que uno siempre vuelve de uno mismo.

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