Libro colectivo que celebra la poesía como asombro cotidiano. Con voces como la de Armenta Malpica, explora lo prodigioso en lo simple, lo íntimo y lo humano.
ELOCUENCIA DEL HUMO
Todo ese ropaje de polvo, ese velo de piel
ferroviaria oscurecida…
Allen Ginsberg
Los rieles, afianzados al suelo, se estremecen
con el presagio de una locomotora insumisa de ruedas
acercándose, con desmedido impulso
a la estación de origen.
Ya se escucha el piafar de sus caballos
con sus crines al viento.
Esos humos oscuros, tan remotos
trotaban por el aire; en las nubes añiles
(de reflejos metálicos porque, tal vez, las ruedas destellaban
el acero cromado, el manganeso
esa armazón de rayos primeriza, luego placa, al fin rotor
que probaba correr a ciento veinte kilómetros por hora
dejando en los durmientes un suave hollín por rastro y pesadilla)
unas coces violentas reseñaban la huida
de quién, por qué, hacia dónde…
Uncidos por una larga brida de cuero, herraje y clavos
los vagones se avientan con premura, se abrazan y jadean
se estorban, pisan, saltan sin que jinete alguno los controle
(no hay un caballerango que sostenga el cabestro
la montura está suelta, el ronzal cuelga a un lado de la locomotora;
no hay pie sobre la espuela, ni manos en la albarda).
Qué sería del jinete
en cuál vagón buscarle y desde cuándo…
Los rieles se encabritan ante un muro de piedra que pregona
con un fuete de polvo, el final del camino.
Un relincho angustioso relampaguea en las nubes.
Es el humo que tose y asfixia a la caldera.
El humo en que se inmola
el tren de mis caricias
por mi cuerpo.
No recordaba —torpe— que a partir de mi infancia
juré prestar ese tren de vapor a mis amigos.
CANTE JONDO
El amor envejece con el cuerpo.
Aunque siempre es perfecto en total desnudez.
(Es la carne. Es la espada.
Toda fiesta bravísima donde nos reencontramos
uno enfrente del otro —con la bestia).
Sabemos lo que dura:
media tarde, un insomnio, seis años
una vida. ¿Cuánto podría durar hasta que no se agota?
(En el amor los hombres se montan a otros hombres
les hincan las espuelas, los jalan de la brida.
Y ya después, cansados, sudorosos, les dejan en los belfos un bote de cebada.)
Es por eso que quiero humedecer despacio la tierra de tu nuca
los lentos girasoles de tu pecho
tu vientre, tus rodillas, cualquier páramo en llamas donde habites.
Decir ahogadamente cuánto te amo
—mis brazos en tu cuello
horca de sal mis manos—
y por qué la razón de repetirlo.
(Uncidos los caballos con un yugo
a la par
sometidos y sedientos
no serán pieza fuerte del tablero
ni quien enfrente al hombre con el toro.)
Que no me falte el agua es lo que pido:
que no me coma viva la sed que me atraganta.
El amor dura el tiempo necesario
para decir tu nombre y me respondas.
Armenta Malpica, Luis; Cárdenas, Víctor Manuel; González, Mario. El mundo era un prodigio. México: UNAM, Coordinación de Humanidades, 1998. 139 pp., ISBN 968-36-6674-4

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