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Luis Armenta Malpica es descrito como una flor camaleónica: poético, irónico y mutable. Su obra fusiona sensibilidad, juego y profundidad desde múltiples lenguajes. Vive la poesía como transformación constante y celebración del deseo.

El camaleón que en su privacidad es una elocuencia sofisticada

 


[9 de julio de 2024, “Almanake”, Proyecto Ululayu]

Tengo la sospecha de que sólo entre palabras
mi silencio impronta
Abril Medina

Me siento de manera cómoda. Tomo un poco de carmenere. La tarde es una silueta de nubes de nostalgia y hay flores. Por donde quiera hay flores. Las miro con calma y astucia. Les pregunto desde dónde se crea la poesía. Se confecciona lentamente el tejido de la escritura. Se une al tiempo y se describe como la casa de mayor permanencia. El viento viene desde una bocanada. Hay que hacer un maridaje con lentitud. El poema se toma con calma. Hay que contener la suavidad, extender, agregar o discernir el ingrediente preciso, un buen libro como una buena cena. La experiencia poética es un gusto de placeres que todos alcanzamos. Sin embargo, es necesario aplazar el tiempo del capullo. Hasta que brote desde sus filamentos el elíxir de la naturaleza, el color. Luis Armenta Malpica es una flor de diversos contrastes, es un plenilunio de luces bajas y densidades de vuelos expandidos. Es el vértigo que se produce a la orilla de la banqueta, para dejarnos caer hacia el vacío de la avenida. Es esa flor que entre la vulnerabilidad permite la posibilidad del camaleón. El disfraz se puede ejecutar desde el espectro deseado. No es engaño: se trata de un acto poético, de la magia que los libros y las lecturas nos entregan. Revisar, pensar, reflexionar, editar, imprimir, aceptar. La voz se configura con la experiencia de más voces. Es preciso revisar los caminos. Entregar la flor hacia el horizonte y disfrutar de su existencia: su color y su textura es momentáneo. La semilla es transparente. Se sumerge entre la existencia. Abraza a las palabras y el poeta se desviste en sus poemas de manera alegórica.

Luis nació en el extinto Distrito Federal, pero hoy es más jalisquillo que nada. Le hace al loco, me dice, y sigue en la exploración literaria, juega. Se es niño y viejo a la vez. Juega con una pelota, pero responde con el acento del ajedrez. Así pasa en algunas mañanas elegidas para charlar. Entre otras sombras, nos distanciamos y nos perdemos. Así el calcetín, la jaula o la dinámica de ser. En su obra manifiesta un pasito por allá y otro por acá. Sus versos los aglomera con Selena y un poco de mezcal. Qué decir de atender a la alineación del cuerpo. Sabe. Sabemos que estamos en cambio. El tiempo es un saludo cordial. La tarde se abalanza en pensamientos dispersos, pero en el centro de la flor. Luis nos habla de las posibilidades que tenemos en la perpetuidad de las canciones. Hay que bailar. El viento nos hace bailar. La flor se mece y también se retuerce. Se luce. El eco es distante. En este jardín es una ensenada de violines la acción de compartir. Es necesario contemplar a Luis desde la veracidad de muchos lenguajes. El camaleón que lo ahonda tiene la fuerza de un rinoceronte. Va de un tema a otro. El recuerdo, la reflexión, las palabras, la enunciación, el respiro, la mañana. Siempre la sonrisa discreta del amor, que se manifiesta entre las luces del amanecer. Sabemos que el café de la madrugada es la voz de un pensamiento libre, sencillo e ingenioso. No hay más que expandir lo que soñamos. Desde ahí las canciones, los suspiros y los referentes. El camino del poema no tiene una dirección absoluta. Es temporal y por destino. Vamos a muchos destinos. No hay tiempo para no pensar en lo que nos conmueve, en lo que nos permite soñar, en lo que reflexionamos sobre la palabra poesía. Es necesario conocer lo que tenemos para desapegarnos. Es tiempo de ser volátil, tiempo de ser parte de los trayectos del viento. Es preciso comprender cómo los pétalos de la flor se separarán de su cuerpo, nos quieran o no.

Luis es una orquídea. Hay que precisar el cuidado y la constancia. Así actúa en la creación de poemas. De la transferencia de la poesía a la hoja de papel debe ser un proceso cuidadoso. Se trata, pues, de una plaga que se incrusta en los árboles. Debemos sostenernos desde la estabilidad que se origina en las raíces que tocan al viento. El espíritu de la flor se encuentra en un equilibrio de todos los elementos. Es necesario sentir y emocionarnos con el vuelo de las naturalezas. Tomar las partes para valorar el aroma. Luis también tuvo la oportunidad de sentir la posibilidad de estar en las artes: la pintura, el teatro, la música y la danza. Desde ahí la sensibilidad en que se sumerge en su cuerpo. Así se anda Luis, entre la palabra, el objeto nuevo de la diversión y la plenaria de cambios sociales. Hay en su trabajo una particularidad en especial: hay un canto entre la desolación, el sentimiento y la perversión (también tiene algo de ello) y se divierte. Va iracundo, entre pasos de montaña y lágrimas de niño. Así pasa con Luis, poeta, editor, traductor, a quien conocí en mi travesía con versos por Guadalajara, Jalisco, entre la magia de los amigos y uno que otro canto perdido. Luis es secreto, Luis es un tequila y una cerveza, Luis es colores, Luis se viste y se desviste tan sencillo en las páginas. Así baila y decora las palabras desde su baile. No se puede despertar por la mañana simplemente, preparar el café, hacer algo de ejercicio y vibrar la sensualidad desde nuestra cotidianidad. Quién sabe cómo se peina aquel hombre, o cómo se perfuma aquel otro, o cómo es posible lucir bello como el que viene por la banqueta de enfrente, o cómo escribir un poema mientras se pierde en el sueño.

Sabemos que la poesía gira y es una tómbola que está en constante evolución y diversificación, que los campos están en otras exploraciones, que ya no es la misma inquietud, que ha cambiado el clima, que ya es de noche, que ya escribe, que ya pasa por acá, que abre el libro, que saca la foto y denuncia al poema. Restríngelo. Una mordida, el poema. Ya va. Está en las manos. Todo pareciera que una flor nace desde el sexo de un hombre y surgen los cantos de las mantis, animal que le erotiza, le estimula y gesta. Nada y muere todo el tiempo. Su trabajo va como canto en el espejismo de esta vida. Sabe modular el equilibrio. Es un sueño, elefante y desgracia. Se congela por la frescura del temblor y va así, despacito entre los alacranes y los bisontes. Sabe volar a solas. Dice que el perfume es un terremoto lleno de selva. Le apetece el sabor y vuela. Nadie ha dicho que ha sido feliz de manera breve, porque las felicidades se encuentran a cada rato. Así en el pasillo de la feria aquella o el sentimiento de las palabras en las personas. Juan Gabriel canta otro pedacito más. Hay que reírse. Hay que coquetearle a la vida para divertirse.

Disfrutar el eco y el abismo. Así la fruta como la caminata. No sé qué horas son. Un poema, un libro, los colores. De ahí, estructuras cándidas, en las que los osos y las nubes se vuelven encuentro y se pintan alas. Que la comunidad, que la poesía es posible, que somos evolución poética a cada rato, que ya es tarde, que la barra ahora no atiende, que la palabra, que el viaje, que las contemplaciones, que los stickers, que si un libro de hombres, que los tequilas, que ya no escriben, que si la videollamada, que el verso soldó, que si la luna descalza, que si la entrevista y que sí las preguntas y que, pues, aquí están. Entre tanto la flor sigue su canto y verifica el sistema que le conmueve a cada rato. Hay una resaca de las palabras que el cuerpo configura a cada rato. Es el pez y en ocasiones el río. La bicicleta es el recuerdo paterno. El equilibrio se conmueve. El poema surge desde la vereda de la memoria y el estudio. Se convierte la lectura en la educación del sistema matemático que permanece en la unidad de cada página. El poema con Luis se configura en la penumbra de la mañana. En ese reposo que la naturaleza tiene como intento de silencio. En ese momento en que la luna se despide y el alba llega con sus neuronas fuera de los telones. Se es un pez que se revuelve entre mares y burbujas. El silencio no existe. Siempre el eco de la guitarra como la tormenta que se refiere en las flores, que se sumerge en distintos cables. Somos un texto que se cubre del brío que renace en el vacío de las gotas en la flor. Es necesario compartir el poema como los pistilos. Que llegue el colibrí como un potente colaborador del color, de la miel, de la fraternidad. Nacemos para todas las personas y todos los seres. Somos un árbol, una plaga. Es preciso, menciona el poeta, buscar el equilibrio desde la fuerza colectiva.

Hay perfume de la bondad que nos recorre el campo. Se gesta como un suspiro de las lenguas y el poema surge en el preciso instante. Luis nos aborda desde una serie de filamentos que integran una infinidad de discursos: las texturas de la flor como eco de la piel del camaleón. Un acorde de guitarra y la solitaria luz que nos acordona todo el tiempo. Damos vueltas entre el espejismo de la penumbra. Se trata de una especie de suculento episteme. Se trata de un esfuerzo que nos desvela el insecto que surge de nuestros juguetes. La magia es un acorde que se postra en la piel de todos los seres solemnes y vamos con calma a registrar la primavera de un saturno nocturnal e ingenioso. Aquí una pantalla, un saludo matutino, el changarro ya cerró y cosas tan sencillas son las que decora Luis en su día a día. Ya anunciado, se disfraza de muchas maneras. La tristeza no le queda. Luis es una flor que se desprende y se desfigura en la apropiación del sonido. Se enmudece y llena de una estampa que balbucea como viola y se sacude los rayos en las fortunas del trampolín. Hay que caer al vacío sin mayor remedio. Hay que considerar a la intensidad como eslabón del secreto, de la perversión, de los deseos, de la realidad, de los poemas que se escriben entre el agua, entre los labios, entre los besos. Sin embargo, no hay que dejar de lado la posibilidad que nos tienta a sacudir los murmullos de las gaviotas. El silencio no existe, ya lo dije. Es preciso acudir a la palabra como una exhalación del ser, una manifestación vocal de la kinestesia que porta la letra. Luis encuentra en la palabra una sencilla mutación y damos encuentro con gracia de lo que se persigue, de lo que se aprende, de lo que se aprecia. Es necesario comprender el estruendo, igual que la quietud. Es necesario escuchar con puntualidad el ritmo, darle el valor necesario que requiere la estrategia de la noche, el manejo de las estrellas, el sonido de las trompetas, la magia del ser. Se trata de una implosión de uno mismo. Luis es un espejo orgánico, de agua, sensible a la luz del fuego.

El tiempo lo requiere. Su trabajo le permite leer todo el tiempo y absorbe música de fondo y la plenitud del amanecer: he dicho. La exploración constante de lo nuevo. Equivocarse, porque es posible. Detener el barco. Dar un giro, rond de jambe, unos pasos sobre la pluma. El avance se ha hecho, éffáce y el cuerpo de la flor se ensordece, se aniquila de manera silenciosa, introvertida. El atrevimiento viene como jugueteo, como un derrame de delirios entre la mosqueta del arrabal y una esencia que se enciende desde un verso mínimo. El mar, el análisis, la superficie de lo que se rompe. Se trata de un trabajo que con escrutinio se fortifica entre las mañanas y los mediodías que no calzamos la lámpara del escritorio. La copa se ha terminado. Habrá más vino y más voluntades. No existe contradicción en lo que se contempla. Existirá la paciencia para resolver el diálogo. Luis es la calma de un perfume: se conmueve en silencio y observa. Analítico y persuasible. Sin embargo, el canto del cuerpo se nutre del silencio. El jardín se inunda de flores ante la creación de un poema.

Luis Armenta Malpica estudio el diplomado en literatura en la Asociación de Autores de Occidente, Literaria A. C. Es autor de diversos poemarios Voluntad de la luz (Mantis Editores, 1996), Ebriedad de Dios (Ediciones Monte Carmelo, 2000), Cuerpo + después (Azafrán y Cinabrio, 2010), Llámenme Ismael (FOEM, México, 2014), [Contra] Dicción (UANL, 2022), entre otros.

Radica en Guadalajara, Jalisco, en donde ha sido bailarín, aprendiz de canto y en ocasiones ensayista, poeta y editor de poesía; sobre todo, es un hombre feliz. Ama la música de Richard Wagner y Richard Strauss, la pintura de Caravaggio y los viajes, así sean dentro de su propio hogar o a los ojos de su pareja. Ha obtenido numerosos premios de poesía locales, nacionales e internacionales. Le gusta el café por la mañana. Hace ejercicio por amor a su cuerpo y a su mente. Le gustan las camisas a cuadros y siempre procura una buena alimentación. Entre la escritura y la edición disfruta de diversos géneros musicales. Ha sido traducido a varias lenguas. Dialoga por gusto y disfruta de la vida como un aprendizaje continuo. Ama la música clásica y el rock progresivo.

¿Cómo es el latido de una luciérnaga en la orilla de un libro?

Las luciérnagas son escarabajos que utilizan su brillo o bioluminiscencia, sobre todo para encontrar pareja. La luciérnaga con la que mejor me entiendo es la que busca encontrar, no una pareja, sino el brillo de una palabra; de ahí que se acerque a la orilla de los libros, sean de ensayo, narrativa o de poesía. Se dice que hay cierto tipo de estos insectos lampíridos que pueden acoplar su luz a la de otros congéneres. Lo he intentado en los talleres de lectura y creación de poemas y en ocasiones funciona. No siempre ocurre así en la vida, porque muchos insectos persiguen su propia luz. Como mencionas, más que el brillo, busco o pretendo encontrar ese latido que nace en el abdomen, el lugar de las emociones más intensas.

¿Cómo es el vuelo que se teje en la sábana del arcoíris?

Me gusta esta figura que propones como sábana del arcoíris. Siempre se le ha visto, primero, como estandarte o bandera. Sin embargo, pensarla como parte de nuestra intimidad, la que cubre los sueños y arropa nuestro cuerpo, es reconciliatorio. Por supuesto, uno de mis sueños es que el arcoíris se muestre más allá de los días lluviosos. Que nos maravillemos nada más de verlo, sin necesidad de cuestionar su salida. Que dejemos que esa bandera o esa sábana vuele libremente, sin importarnos si cubre a dos o más, sin importarnos quién la tejió ni cuál es su etiqueta.

¿Cómo crear un libro con flores?

Un libro puede crearse de casi cualquier cosa, pero no de la nada. Ya que tenemos una flor en la mano, nos damos cuenta que antes fue raíz y antes, antes, muy antes fue semilla. Lo mismo ocurre con los libros que leo o que publico: requieren cierto tiempo para que abran sus pétalos, para adquirir sus tonos y desplegar la posible belleza de su aroma. Lo que siempre procuro es respetar lo que viene en sus hojas: no afilar sus espinas, si las tienen, y tampoco esconderlas. Hay libros que lastiman al tocarlos; otros, hasta leerlos. Existen tantos libros como flores. No debería bastarnos cultivar un jardín; por el contrario, yo quisiera adentrarme en los otros viveros, perseguir esas raras orquídeas de las que alguien me ha hablado, intentar los injertos y las plantas que nacen de opciones imposibles. Si me quedo por siempre con las rosas, por hermosas que sean, me perderé del girasol magnífico que asoma en uno de los cuadros de Van Gogh.

¿Desde dónde se observa la minuciosidad del amor?

Para ver el amor hay que cerrar los ojos. Igual que en la poesía. No es la minucia la que sacia, sino lo que procura. Mirar de cerca, sí, nos ayuda a entendernos. Pero para sentirnos en contacto con el resto del mundo, sean hombres o mujeres o plantas o animales, lo mejor es sentir. Mirar con los otros sentidos que tenemos. La vista es distractora en ocasiones. El oído nos concentra y, todavía mejor, es el olfato. Nos remite a la infancia y allí nace el amor. En las cosas pequeñas recordamos por qué fuimos pequeños. En las cosas pequeñas del amor confirmamos lo que tiene de grande, cuando existe ese profundo amor.

¿Cómo es la fuga del verso dentro del océano?

Esta pregunta es hermosa por falsa. El verso se nos fuga de todos los espacios y los tiempos. Se nos va de las manos, abandona las sienes y aparece a mitad de la noche, nos obliga a encender alguna luz, si no hay luciérnagas, y escribir del océano. Y en ese ir y venir de las palabras, en su oleaje, parece que flotara algún poema. Pero solo parece. En realidad, naufraga. Y yo con él. Y conmigo ese verso que parecía más sólido cuando estaba en el aire. Pero no es una fuga: el verso solo cambia de lugar; abandona mis manos y llega hasta la playa de otras manos. Se despliega el barquito de papel en otras manos y aquel que lo recibe y no sabe de mí, sabe lo que es mi verso en ese mismo instante. Lo sabe por su sabor a sal, por el ruido de la ola y porque en el océano que existe entre nosotros nada puede fugarse de encontrar su destino.

¿Para qué hacer libros, si los jaguares se los comen?

Nunca me he puesto a pensar en para qué hacer libros, así como tampoco cuestiono la existencia en sí misma. Parecen elementos comunes, necesarios, como toda pregunta. Confío en los jaguares y eso me tranquiliza. Por mi parte, sé que un libro también es mi alimento. Los devoro y los cuido, como debe resguardarse el sustento. El jaguar es hermoso y pienso, con base en la pregunta que me has hecho, que parte de la belleza de un jaguar radica en lo que come. Si es así, si lo que come aporta a esa belleza, me felicito por darles de comer algunos libros.

¿Por qué se debe hilvanar un punto de agua para la madre?

La madre es el origen y el fin de mi escritura. Comienza con un punto y en un punto concluye. Con los hilvanes de agua lo único que realizo es la tarea de dar continuidad a todos esos puntos que forman su retrato. Como en un ejercicio de la escuela primaria: unir el primer punto con el otro, después con el tercero y así, hasta finalizar el rostro de mi madre. Después de esta tarea, recomienzo el tenido. Pero ahora es el padre, también un padre de agua. Después es una casa, un camaleón o un monstruo. El tema no me importa: de todos esos temas soy el hijo. Y todas las palabras son el agua. El poema, ya lo dijiste, es un océano. Y uno quiere fugarse, pero no. Uno, al tiempo, descubre que solo va siguiendo los puntos que le marca la escritura.

¿De qué forma una bicicleta genera un poema?

A mí, lo siento mucho, la bicicleta no me genera un poema. Ya lo hizo mi querida Carmen Villoro, y lo celebro. Le sirvió a Gabriel Zaid para un ensayo. Todo esto está muy bien. Yo escribo en monociclo, por eso me caigo tantas veces. Pero nomás me limpio la rodilla con saliva y vuelvo a las andadas.

¿En qué consiste el tejido de los vientos?

Constato que lo tuyo es el tejido, Miguel. Entre hilvanes y sábanas aparece esta obsesión textil. Mi obsesión es textual. Así que el viento es tan solo una parte del pespunte, hilo que no se ve. Lo mío, en realidad, es diseñar la prenda, no coserla. Dibujar con la mano, antes de acercarme al papel, a la nube, al océano. Diseñar estrategias para un nuevo retrato y que me auxilien Bóreas o Céfiro, Olimpias o Levante. Por supuesto, Mistral. Porque yo lo que espero es que levanten vuelo mis palabras, incluso si es revuelo, mas no por la costura y las otras razones estilísticas. Lo que espero es que algunas, pocas o muchas, personas se arropen con mis textos. Y sea un viento cualquiera el que les acompañe (a ellas y a mis textos) con esa misma gracia con la que mueven sábanas y banderas.

¿Cómo escribe una luciérnaga acerca de una nube?

Una nube es tan cambiante como la luz que deja o no pasar en su camino. Si le fuera posible a la luciérnaga llegar a esas alturas, tal vez yo no la miraría como el insecto que es, sino como una estrella diminuta e inexacta. Como también las palabras tienen esta característica de mutabilidad, me parece que es fácil imaginar la nube como un lienzo, hoja en blanco o libreta en la cual encontrar un posible universo. La brevedad del brillo es más interesante que una luz encendida todo el tiempo. Más que hablar o escribir de una nube, creo que la luciérnaga escribiría en sus bordes.

Caballos desbocados (Confesión de Mishima)

Viene mi padre

y dice: hay un sitio

en el hombre

en el que nunca he estado.

Desde niño lo supe. Cambia de voz

la voz

que desde un blanco

tenue

fortifica los huesos cuando avanza

y regresa lo grave del morir

con esta otra visita que nos hace

la vida. Nos ha dado la espalda aquello

en que montamos la primera ilusión

el enamoramiento

la pasión

la costumbre

y luego el desencanto.

Viene

y se va

sin fin

resonando la sangre.

En ese punto

exacto

del que ya nadie escapa

de la arteria

hay un filo de voz

una burbuja mínima

que estorba en la carótida

y da paso a otros hombres, des

conocidos todos, urgentes

en la urgencia

de hallarme

en el respiro, la voz

entrecortada

la vena en la cuchilla

de este decir “papá” cuando siempre

fue el padre quien nos marcaba

el paso.

Viene conmigo y vuelve

su sombra

silenciosa. Viene

apenas su voz detrás de los caballos

y azotaron las puertas del quirófano

en donde estoy tendiendo estas palabras. Es

más firme que yo si sostiene

mis dedos. Enormes como ese dios que llega

retrasado a la cita que pedimos

hace casi dos lustros; su sombra

es una coz

casi aquel sobresalto que provocan los ojos

que no aman

lo que amamos, pero que no por eso dejan

de ser un grito, la sirena encendida de ese deseo, pasión

estampida de estar dentro de una mirada, aunque se nos desangre

el alma por sus finas suturas. La cicatriz

es brida, un tope

nunca más la armadura

por muy azul que sea, por cielo

desmedido o el recuento de daños

de ese alguien que no está.

Se escucha una sirena lejanísima: parece decir horses, horses, horses,

pero yo escucho hurts, hurts, hurts.

Puede venir

de mí, igual que vino el padre

de su padre y su padre.

Pueden venir los restos del naufragio

a incinerar mi voz

y no van a callar

esto

que estoy mirando.

Y si puede venir, que diga

para quién se presenta, qué sombra

fue la suya

si son ciertas estas duras palabras que caen

sobre la nieve. Más dura (casi tarda) en volver a nosotros

el agua del alivio que nos diagnosticaron. La sangre

que es de todos

tiene un trote distinto. Se escucha horses

aunque resuena hurts. Otra

manera de saltar por las cercas, y a lo lejos

sólo queda el rumor, la sequedad del ojo

y ese helado callarnos

la partida.

Pero que no nos diga que es

la muerte: esa mi sombra larga

porque puedo matarla

contra mi propio miedo.

En cambio, al padre

no. Viene

conmigo el sitio donde nos encontramos.

Esa caballeriza de haber estado juntos en mis treinta

y dos años que son el par de espuelas

que le hinco en los ijares, que aprieto en sus costillas

con las cuales desgarro su grupa con un amor de hierro

a fuego vivo y cal para la herida. Y si lo monto

a pelo, ese padre no deja de patearme

de relinchar la negación del hijo

no dos sino tres veces, no un par sino otros hijos

la sagrada familia que no vaya a enterarse de estas cosas

porque ya no hay amor, aunque haya avena

y lazos y herradura para quien se encabrite.

Escucho una sirena ya muy cerca: parece decir hurts, hurts, hurts

pero resuena horses.

Que no nos diga el padre, ese hombre

que se viene con sus escasos litros de ternura

tan bronca, el semental más hosco

que se doma la muerte si viaja detrás nuestro

o si la colocamos adelante

apretamos su vientre y le dejamos ir

todo el camino andado tras la sombra del padre.

Puede o podría venir conmigo esa sombra de voz

que ya no reconozco como la de mi padre. Pudiera ser

una leche más fértil al traspasar sus belfos

y abandonar ese cilindro duro que cargo junto a mí

como una cartuchera, como un cuerpo más mío

el agudo disparo que iniciara en la aorta

y estalla en la válvula tricúspide con su gota de sangre

su DNA similar, los altos triglicéridos

que no brincan la cerca y por eso se escuchan las sirenas

en ese mar de fondo de su arteria, en ese mar profundo

del dolor y por toda la sala ambulatoria. Amar

era una excusa para estar con mi padre. Lo que realmente

quise fue penetrar su piel hasta encontrar mi cuerpo

latiendo gota a gota.

Mi padre, en cambio, vino

sin válvula mitral y sin arterias: dejó

que le llenaran el cuerpo de tubitos de plástico

y de suero. Ahora se alimenta

de sombras y temores. Desde la hombría

lo sé: y abandono mi voz por la que ahora le sangra. Intercambio

su abrazo por mi beso. No lo dejo sufrir, porque no es de hombres.

Preparo mi escopeta, apunto a su garganta y cuento: una, dos, tres.

Una, dos, tres, papá, no te me escondas.

Una, dos, tres, por ese enorme padre que vuelve

a estar conmigo.

Enola Gay (Vaso Roto Ediciones, Madrid, España, 2019).

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Hay poemas que no quieren

ser peces y se quedan

flotando

en la línea divisoria de la prosa

más sucia. Peces

cuyas branquias son

versos y se empeñan

en obtener

pulmones.

Hay poemas que se sienten

gigantescos cetáceos

y en el plancton comparten

la lengua que a todos los devora.

Hay poemas que muerden

el anzuelo de las viejas

vanguardias y terminan

enganchados al hilo

de la vida

tan efímero

y débil

que se

rompe

al leer

los.

[Contra] Dicción (Universidad Autónoma de Nuevo León, 2022).

Migajas para una despedida

La poesía empieza

cuando ya has olvidado qué es lo que te asustaba

pero aún tienes miedo.

Benjamín Prado

No se ha muerto mi padre

pero casi.

Es la palabra quieta

de este poema. Es el hijo

incompleto que me calla.

Sombra del trigo. Estepa

sin pisadas. El invierno se siente

a cada impulso: un aire

dolorado de espigas

familiares y lobos en las sienes.

No duele, pero

casi sentimos esa gota

de asombro: demora los relojes en las caras

igual que las abuelas hicieron

con el péndulo (detenido cuando alguien nos dejaba

más solos en el mundo).

Esta su muerte empieza desde hace varios

libros y alguna rasgadura.

Me dicen que al igual que la luz

se encuentra próxima.

(Los que no pueden ver

expresan sombras.)

Yo lo niego: la tristeza es impropia

de los hombres. Yo

lo niego.

La lentitud de lo que no hemos dicho

se nos siembra en los ojos.

Y pienso en este frío en el que hundo las manos

con los aullidos párpados.

Encuentro una palabra que aterida me llama. En la escritura

del corazón hay un empeño

por encontrar la tinta que en el pecho se amase.

Nos rendimos al viaje de polvo

revestidos: mi padre y sus costumbres

tan dulces y dañinas; yo

y la ceguera por todo

lo que una huella quiebre.

Desde la oscuridad escapan las palomas. Dejan mis manos

libres para asir el silencio que llegue

con la lluvia. Agua que nos responda

por qué se deja atrás lo que incendiamos

para que hubiera luz.

Un corazón de padre se agita

en este poema. Esta sola tristeza

haciendo círculos.

Por el llanto del pez conocemos los mares y esa suerte

de suponer que todo se renueva si horneamos otro pan contra las olas.

Él entra en la penumbra

guiado por las migajas que he dejado al azar

siguiéndolo en la muerte.

Porque no sé si cavo (o quepo) en lo que soy de él

nuestro miedo es la vela.

Des(as)cendencia (Écrits des Forges y Mantis Editores, 1999).

Aguafuegos del pez

Porque también sabía del tiempo suspendido

entre la fina lluvia y los incendios

el pez enrojeció sus alas

poco antes de abandonar el mundo

de sus padres.

Viajó.

Siempre observó delante de él

al mundo.

No dejaba las piedras más pequeñas en su ruta

para no tropezarse en el regreso.

Cargaba tras de sí el arrullo del río

la reunificación de las burbujas

la caricia del agua

en el oleaje

y un pedazo de sol

entre sus branquias.

No dejó detrás de él ningún sueño inconcluso;

la mínima perturbación del agua habría bastado

para darse la vuelta.

Estaba sobre aviso: la gota

era su impulso

el mar

su travesía.

La trayectoria

el iris

lo llevaría hasta el cielo.

Fue muy lejos el pez:

llegó hasta un vientre preñado de peceras

se asomó por el pecho de la madre

y vio que el mundo era

como lo imaginaba:

redondo y tibio

igual que eran sus ojos.

No alcanzó más allá de dos brazadas

sin que le diera las gracias por el líquido

que permitía su paso…

ni pudo retener una burbuja

sin que elevara algunas

en agradecimiento

por el aire…

no quería reincidir en sus hinojos

pero al ver las escamas que protegía su cuerpo

la forma de sus alas y su cola

elevó su plegaria.

Es que el agua, tan agua y primigenia

tenía una luz interna;

el caudal de la luz formaba un río

y en su delta una araña florecía:

maduraba el cangrejo

abandonaba el lecho de su concha

se arrastraba a la orilla

y daba inicio al mundo.

Después de mucho viento

a un paso de ser hombre

se olvidó del océano.

No podría recordar por qué su miedo al agua

al sueño y a los peces.

Y prefirió matarlos

renegar de la estirpe

de su sueño.

Lo que nunca supuso

es que el agua

como era primigenia

mundo lo olvidaría.

El hombre se reencontró en el agua

con sus peces.

Fue demasiado tarde.

El hombre se había ahogado

de memoria.

Voluntad de la luz (Mantis Editores, 2012).

Acta del juicio

No somos las mujeres

que intentamos, ni seremos

los hombres que quisimos.

Este vocabulario es inservible

mientras no reformemos el artículo a la ley

más allá de una letra en nosotres.

Sin embargo

en ese sin embargo que alguien nos

arrebata, hay un poco de vida.

Detrás nuestro, quizás:

un tal vez en la espalda

que vuelve a lo que fuimos.

Y allí, a un golpe

de salvarnos, siempre habrá otro

fiscal que nos regrese el juicio.

[Contra] Dicción (Universidad Autónoma de Nuevo León, 2022).
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Miguel Asa

Licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara. Se desempeña como escritor, artista, productor y gestor cultural en diversas ramas. Es director y fundador de Ululayu, agencia cultural que gestiona, vincula y promueve las letras, las artes y la bicicleta desde distintos productos culturales, y a su vez, administra...

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Luis Armenta Malpica entreteje mitología, música y amor en una antología lírica que celebra lo humano desde lo divino perdido.

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