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“Envés del agua” expresa la ceguera voluntaria y la resistencia espiritual ante el duelo. Es una poética íntima que enlaza amor, memoria y divinidad a través de símbolos táctiles y presencia eterna.

Por poemas como estos vale la pena vivir, para acompañar el nacimiento de estos grandes hijos de la poesía que nos hacen respirar, cuando llegan, un aire más hondo y verdadero. Hijos de la vida y de la muerte, todos los poemas no-nacidos y los padres simbólicos y reales sucumbieron en la misma doliente empalizada entre el “amor y [el] desempleo”. Envés del agua es un látigo certero al flanco más íntimo de nuestra realidad y de nuestra poesía: su inaudible chasquido horada los dos ojos de una sola vez.

¿Es la ceguera el mayor resultado de la resignación en este libro o es entonces el acopio brutal de una dolorosa resistencia? A lo largo de su táctil y gráfica duración escuchamos el “aullido de la córnea” embistiendo contra la partida de un tú poético, el más amado, para entrar en su última intimidad e imantar en su órbita otra la memoria por venir. “Hazme niño al morir”, pidió J. R. Jiménez, y en la poética magistral de Luis Armenta Malpica, tanto el padre como el hijo han cumplido el cometido a cabalidad.

Los signos de braille son las migajas que la mano del hijo va colocando en el camino final del padre, y bajo sus sombras circulares subyace la profunda lucidez espiritual de estos dos invidentes-a-voluntad (hazme ciego al morir) frente a la catástrofe de una hermosa clase de vida que tocó compartir, de una intensa clase de despedida que tocó experimentar, de una clase de amor hondísimo que todo lo recuperó: el “mirlo [callado y] gris” fijando la permanencia de la idea de Dios frente a la metáfora de la ausencia en el “viaje de(l) polvo”.

Por eso en Envés del agua todo es presencia: su reconfortante entrecruce de credulidad entre infancia y vejez, y entre los mundos visibles e invisibles, reinvierte el orden de la eternidad.

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María Auxiliadora Álvarez

(Caracas, Venezuela, 1956) Peta, ensayista y profesora de literatura. Su primer libro de poemas, Cuerpo (1985), la consagró de inmediato como una de las voces más originales y necesarias del panorama poético latinoamericano. Es autora, además, de Ca(z)a (1990), Inmóvil (1996), Pompeya (2003) y El eterno aprendiz y resplandor (2006),...

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