En “El cielo más líquido” se revela una voz íntima y confesional que reinventa el deseo, lo sagrado y la experiencia poética.
De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso,
dejar atrás un sótano más negro
que mi reputación –y ya es decir–
J. G. de B.
I
Pandémica y Celeste es uno de los poemas más conocidos de Jaime Gil de Biedma. Es también una confesión, gustosa y a modo, de hombre a hombre (si no cómo, para Gil de Biedma) y ya tarde al calor de una botella, agotado el tema de la vida, de los devaneos amorosas del autor. Muy extendida es la noción de la importancia que la obra de Gil de Biedma tiene para la poesía de la experiencia, pero este poema, me parece, es la piedra angular de toda poética que quiera presentarse confesional, en un tono dialogado y que logre un discurso, un qué decir sobre aquello que nos es común a todos los hombres. Digo esto, recuerdo a Gil de Biedma, porque en Malegría, uno de los centros de El cielo más líquido, la referencia a este poema es explícita. No dudo que Luis Armenta Malpica haya querido signar su poema con un homenaje a ese otro que se hablaba de tú consigo mismo, y todo para confesarse aquello que no podía ser de otro modo.
Malegría es uno de los centros, he dicho, de los varios que tiene el poemario. En este el motivo es la desolación amorosa que se consuma en un triángulo. Poema que no teme decir su nombre, tiene, rara oportunidad dentro de la obra de Armenta, un tono autobiográfico. La voz se suaviza y ya no funda los reinos de Dios, ni disipa las dudas sobre la creación, sino que se acerca con tiento, con tino, a la develación de ese mecanismo por el cual nos enfrentamos desnudos al desnudo: el deseo y su aceptación en el amor. Porque el Deseo ha poblado todos los libros de Luis Armenta, pero su registro ha sido mucho más cosmogónico, el Deseo ha convivido con la formación del universo, con la creación de la memoria familiar, con el grito que proviene de la fundación de la ciudad, con el ayuno de los amantes que se reconcilian en el pez, con la ebriedad de Dios y con la sed de nosotros en nosotros. Pero es esta la primera vez que la voz se dulcifica hasta el extremo de la confesión, de la impresión primigenia y que no busca el refugio de la analogía.
Cuatro últimas canciones prosigue ese mismo ajuste de cuentas: “Primavera”, “Septiembre”, “Acostarse juntos” y “En el rojo atardecer” son poemas que recuerdan, aunque haga daño, para luego olvidar que el rastro es lo único que es nuestro, que la herida se visita porque es la única signatura que nos deja el cuerpo amado. La música de los versos, tan cercana a las melodías que acompañan el recorrido amatorio, demuestran que la poesía de la experiencia no es una forma pobre de nuestra poesía, sino que los pobres poetas la han despojado del sonoro encanto de las palabras justas. He aquí un poeta que se desnuda sin estridencias y de un modo suave, preciso. Parece que a su sensata madurez de cantor le viene bien esta falta de analogías, y que la estimada sencillez del discurso se incrementa con los recursos aprendidos en otros derroteros.
II
A espaldas de Dios es un territorio más conocido para la voz de Luis Armenta, la Creación del mundo por un dios poeta, que nombra y desafía a la nada desde su infinita soledad, desde el olvido y el llanto. Las palabras, tanto del hombre, como del dios hecho hombre, son los instrumentos de la muerte, pero también de la creación. Tanto la arcilla como el Dios sin rostro nacen al nombrarlos. Y del resto ellos se encargan, se encarnan. Bello poema es aquel dedicado al hijo de Armando Alanís (poeta regio), donde su padre logra convencer a Dios de la pertinencia de la acción poética y de la poesía como publicidad citadina. La ternura de la mirada me parece inédita en un Armenta que ocupaba más sus potencias en la edificación de un mundo que sobreviva a sí mismo.
Y es que Dios no parece un tema necesario en esta modernidad de signos cambiantes. Se confirma su muerte, se denuncia su existencia o simplemente se ignora lo que con Él ha pasado. Pero no se Le reinventa, no se le busca un nuevo modo de encarar el silencio que la ausencia su voz, perdida en el desierto, nos ha dejado. El mismo autor recuerda que Dios no es un tema muy bien visto entre los poetas. Sin embargo es por medio de esta pasión creadora que: “Al igual que las flores el hombre/ ofrece su perfume/ cuando muere”.
III
Soy lector de Luis Armenta desde hace diez años. He mirado el recorrido que sus obsesiones con el Deseo y la reinvención de lo sagrado le han hecho pavimentar. La Voluntad, la mínima y la última luz que han hecho brillar el origen de una de las poéticas más originales de los últimos veinte años en México. El mosto que con delicadeza extrema ha cernido transformado en dura ebriedad, de las excursiones que un cuerpo hace en todo cuerpo que preste una Boca para decir la noche.
Sin embargo, debo confesarlo yo también de hombre a hombre, me ha sorprendido la multiplicidad de registros que El cielo más líquido sostiene. Venimos acostumbrados a poemarios más homogéneos. Pero sé que desconfía de las poéticas que se vuelven estatua de sal de tanto mirarse a sí mismas, y que el viento, más ligero que estas mis palabras, eleva en navegaciones livianas prontas al llanto. Así que la reinvención es una constante de su transitar por el poema. Y es el talento único que exige de la vida, la permanencia del asombro.
En esta reunión de poemas, Luis Armenta Malpica abre un diálogo nuevo para sus lectores. Ha dado luz a un mundo que se devora y permanece a pesar de sí mismo. Le ha dado nuevas dimensiones al Dios de todos los que son hijos de hombre. Y ahora se presenta, de espaldas al fulgor, más silencio y más recuerdo. Más olvido que se reinventa en la memoria y en los sueños. Pero poeta de cuerpo entero, no olvida que la palabra tiene una deuda consigo y con el hombre, y por tanto la hace cantar de un modo nuevo.
Octavio Paz escribió que el poeta no tiene biografía, que su obra es su biografía. Y lleva razón en su dicho. ¿Para qué querría un poeta ser si no para decir aquello que su voz tiene que decir? Sin embargo, en el caso de un editor, la biografía, su obra, es la suma de las obras que ha publicado. Un editor se realiza como creador en la totalidad de lo que ha lanzado al público.
Por eso celebro esta publicación triple Cielo de nadie, este título cien en los diez años de Mantis editores, cauce libérrimo, donde la entrega y el solvente aprecio que Luis Armenta Malpica tiene por la literatura han encontrado su rostro más generoso.

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