Poesía que transforma el lenguaje en un juego de espejos y mutaciones. Armenta mezcla voces, citas y géneros para explorar la identidad como cambio constante, usando al camaleón como símbolo de adaptación y resistencia.
LO QUE HAY DE TI
[EN MI NATURALEZA]
I
Si la poesía es naturaleza, el lenguaje es su opresión. Cuando despertamos a la poesía ya estamos dentro del lenguaje. No nos imaginamos la poesía más que como lenguaje porque comenzamos a concebirla dentro de él.
Juan José Saer
El 1 de enero de 1818, Mary Shelley publicó su novela gótica Frankenstein o el moderno Prometeo.
Ya en ese año, Keats hablaba del carácter ‘camaleónico’ del poeta como “lo más antipoético del mundo porque no tiene identidad, continuamente está llenando otro cuerpo”.
Por saberlo, abandono los poemas con caballos, esos que me han hecho encabritar durante media vida, para quedarme quieto, en lo inmediato e inmóvil de mi vista, y examinar el césped.
Y por este abandono, de momento, dejo de ser quien escribe detrás de una mirada. Devuelvo al ojo su crueldad de origen, su natural desplazamiento en aras de una víctima.
Y en este no ser yo quien escribe en el césped, lanzo una lengua rápida como un banjo, una detonación,
para guardar silencio después de haberte visto.
¿Quién es el hombre, el monstruo o el lenguaje que se va completando con las obras e ideas que no le pertenecen mientras avanza el poema?
AQUELLO QUE EXISTE
SOLO [ENTRE EL INFINITO
Y LA NOSTALGIA]
Me interesan los monstruos
que la poesía produce. No
aquellos animales que de tan conocidos
son familia.
Domados, predecibles.
Ni los llamados lindos, profundos, quizá
conmovedores, sublimes, graciosos, inefables.
Me dan curiosidad los que sobrevivieron a Auschwitz
Nagasaki, Chernóbil, Ucrania, Gaza o Yemen.
Con menos dramatismo, quienes sí regresaron de los Andes
o vuelven de una larga jornada de trabajo
compartiendo esas duras palabras
que hallaron bajo nieve o con
las que tropiezan.
Con alguna sonrisa de ironía
que también heredamos de Polonia
(Szymborska es mi testigo).
Con esa soga al cuello
que aprieta en Tsvetáieva.
Con la catana al vientre
de Mishima.
Esa línea finísima que separa
el pasado y futuro del poema.
Ese blanco (espacio, nieve, ceguera, dubitación o meta)
al que nunca llegamos con las mismas palabras.
El acto que se cumple en los lectores
que arman sus propios monstruos.
Aquello que cobra vida solo
si no existe.
XENOGLOSIA
Pensar que un hombre asignó, en un momento dado, nombres a las cosas,
y que de él los demás aprendieron los primeros vocablos, es puro desvarío.
Tito Lucrecio Caro
Entre el espejo y yo, el
biombo del lenguaje.
Lo inabarcable
se vuelve
en contra mía
una navegación
hacia lo orgánico. Encomendarse
al aire, al vuelo de las moscas
que circundan el vidrio.
Desde esa transparencia
el deslumbre
de la palabra
nace.
Muy adentro del tiempo
en el charco que deforma la sangre
un camaleón da sus primeros sorbos.
Cae para levantarse y recaer
en su color de origen: si es felino o reptil
(como otros animales) sin género
absoluto. Por ahora
descansa en esa cama de carne
(león o leona) que quiere ser
su voz. Y lo alimenta.
Así nos lo dijeron:
No bastó con que los australopitecos contaran
con la fisiología necesaria para generar un lenguaje
más allá del aullido. El neandertal
además de un gran cerebro, las áreas de Broca y Wernicke
bien definidas (como en el sapiens)
y un hueso hioides parecido al del humano moderno
tuvo la proteína del lenguaje: el gen FoxP2.
Todos los mamíferos lo tienen, pero
la versión humana concede más control
sobre los músculos faciales, la boca y la garganta.
Ni los chasquidos (aún presentes
en algunas lenguas africanas),
ni los silbidos o canturreos
podrían considerarse lenguaje. 1José C. Vales, Enseñar a hablar a un monstruo (Grupo Editorial Planeta, España, 2022). Los cortes en verso son arbitrarios.
No nos bastó el Bow-wow
ni la teoría Pooh-pooh
o lo que en franco juego
Friedrich Max Müller denominó Ding-dong
para pasar de la repetición
de una onomatopeya a la emoción humana
y levantar el reino del lenguaje
sobre las ruinas de las interjecciones.
Quisimos más
y allí estuvo
la idea, un pensamiento
ese recuerdo petrificado que ordena
nuestro mundo.
Las palabras son negras
miodesopsias. Grumos en el humor
vítreo que ha envejecido. Las palabras volantes
sin postura política, ya no. Más bien, el equilibrio.
De hambruna, la lengua
centellea.
De esta predicación
la palabra animal estaba
contenida
en el vocablo anima
que en su reconocida raíz indoeuropea revela ‘respirar’.
No basta, incluso ahora
más allá del Aullido de Ginsberg
que las cosas se nombren
de maneras distintas. Ni yo, ni ya, ni hiel son
suficientes para expresar
o más bien, combatir
todo eso que nos han enseñado.
Dijimos: respirar. Insuflar el lenguaje
no de un soplo divino, ni del aire
que llena una muñeca.
Respiramos lo que una vez ya dicho
nos anima. En esta elevación del alvéolo a la lengua
en un hilo de ti
(conexión desde el tono sanguíneo
al árbol de la ciencia)
damos nombre a lxs otrxs.
Las palabras son rojas
heridas en los toros de Creta, por ejemplo
o como no aparecen, y vemos, las cruces del Guernica.
Pero por esas cruces
hay desapariciones que nos duelen.
Sobre todo, si se ejerce violencia sobrehumana
en la vocal primera: la de la abuela
la madre, la hermana, la hija
y esa letra es el llanto
desplazado en otras muchas formas
del decirse mujer. De lo que significa
afuera de los espejos diarios.
Nos lo dijo Charles Simic:
Dado que ‘ello’ no puede ser identificado más claramente en nuestra existencia,
dado que la esencia del lenguaje es la pobreza ante el ‘ello’,
dado que no puede enfrentarse ‘ello’ a un espejo,
dado que ‘ello’ es el monstruo del laberinto y el eterno compañero de juegos,
uno lucha por un arte cuya tarea sea mostrar el efecto de la presencia de ‘ello’. 2Charles Simic, El monstruo ama su laberinto (Trad. de Jordi Doce. Vaso Roto, España, 2015). Los cortes en verso son arbitrarios.
No veo la diferencia entre ella y ello: ambas
maneras de referirnos a lo que no es el hombre
padecen la injusticia de la historia.
El lenguaje hizo al hombre.
Lo hizo solidario.
Para Aristóteles, el hombre
solitario es una bestia o un dios.
¿De dónde vino
el monstruo?
Si no
siempre pensamos con palabras
las palabras no alcanzan
a expresarnos.
Habrá que generar una gramática
de carácter orgánico
sin patrones ni ideas preestablecidas
que nos contemple a todes. Un micelio
de signos y de significantes.
Mia Couto lo piensa:
La poesía no es un género literario,
es un idioma anterior a la palabra.
Solo tengo una lengua y no es la mía, comentó Derrida.
No soy igual en lo que digo y escribo.
Cambio, pero no cambio mucho.
Lo sostuvo Pessoa.
Este sería, y es, el lenguaje poético:
que carezca de género y colores, que no
duerma. Que no
pierda modestia ni invisibilidad.
Chantal Maillard lo dice:
Escribir
para confundir las palabras
y que las cosas aparezcan.
Liliana Díaz Mindurry lo confirma:
Digo y mi decir es un decir de algo que no me pertenece,
algo que se filtra solapadamente en mi lenguaje.
Algo que no quiero, que no deseo decir.
Digo o aprendí a decir, no como los animales en sus gritos […]
Hablo para dar unidad a mi pensamiento desestructurado,
a mi masa de sensaciones sin unidad,
hablo para dar una imposible unidad a lo que siento
y para comunicar a otro un mensaje que necesito.
Hablo y en seguida aparece la ambigüedad, el malentendido:
no quiero decir lo que digo, digo lo otro, la ajenidad absoluta.3Liliana Díaz Mindurry, La maldición de la literatura (Huso, Madrid, 2017). Los cortes en verso son arbitrarios.
¿El monstruo es la poesía?
No. El monstruo
es lo que hacemos al armar
los discursos desde piezas distintas.
La poesía únicamente
es nuestra
camaleón.
TEOREMA
El desierto es el lugar de la interrogación sin réplica,
el espacio del silencio absoluto.
Esther Selignon
El huésped que ha llegado del desierto
ostenta una belleza extraordinaria.
Podría pensarse que salió
de un lienzo
del propio Caravaggio.
Su ropa fue elegante, no ostentosa
con esa dignidad en las costuras
de un sastre de Milán. Roída, sí
tal vez envejecida por el tiempo
pero con una luz
capaz de engrandecer cualquier cuarto vacío.
Se mantiene en silencio. Tan
callado como invisible soy
a su figura. Se desliza
con la delicadeza de un actor
−pienso en Terence Stamp−
o el primer bailarín del Teatro de La Scala.
Ese huésped, que lleva algunas horas
meses o tal vez décadas
parado en el umbral de mis palabras
tiene los ojos fríos
de quien se ha despedido
de los suyos.
Tiene los labios ásperos
de quien se habrá excedido
en los adioses.
Tiene las manos blancas
por la arena del mundo que ha debido pasar
entre sus dedos.
El huésped que no ha dicho su nombre
más allá de la luz que todo lo atestigua
se mira en el espejo
que soy yo
y entonces pega un grito.
Es imposible decir qué clase de grito
es el mío: aunque sin duda es terrible
−a tal punto que me desfigura los rasgos
volviéndolos parecidos a las fauces de una fiera−,
también es, en cierto modo, alegre,
y me convierte casi en un niño.
Es un grito que invoca la atención de alguien
o su ayuda, pero que quizá también lo maldice. 4. Pier Paolo Pasolini, Teorema (Trad. de Enrique Pezzoni. Col. Horizonte, Editorial Sudamericana, Argentina, 1970).
Es el grito del monstruo
que hicimos entre todxs
mientras fuimos leyendo
este poema.
Armenta Malpica, Luis. Camaleones. México: Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial, unam, 2024. 104 pp., ISBN 978-607-309-584-6.

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