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“Esta poesía toca un vientre como si fuera océano o va al mar para recordarse feto o pecera en el parto mismo del pez.”

I. Reencuentros con la luz

Una pequeña hoguera se requiere para escribir la historia del origen, la biografía personal entrecruzada con la de otros. Si en algunos la reconstruye un bosque y en varios el silencio, cuál es la diferencia: lo que somos hoy, viene del pasado.1Lavinia, literatura-arte, noviembre-diciembre de 1996, Universidad de Guadalajara, Guadalajara, Jal. (con adecuaciones).

Luis Armenta Malpica asume el sigilo para acortarlo con escrituras de buen decir, con imágenes de esta y otras dimensiones. Porque junto con el habla o la confesión, podemos adivinar las vivencias o el impulso.
Armenta Malpica en su poesía nos remite al moho, a lounicelular y a la transfiguración de la primer célula en helecho, guijarro, charca, pistilo, abeja o todo a la vez por ciclos, por turno y evolución.

Esta poesía toca un vientre como si fuera océano o va al mar para recordarse feto o pecera en el parto mismo del pez.

Dicho pez tuvo una abuela de carne y parentesco. También una casa, niñez, adolescencia y juventudes, una pecera que ya adulto usa para jugar con el niño que jamás lo abandona. Poseyó burbujas y hasta compró metros de luz cuando la encontró en oferta, para en un futuro utilizarla a borbotones. La abuela, toda la familia, son pretexto para referirse a la madre común, al origen, a los indicios que ayudan a rastrear la procedencia, las señales cifradas que indiquen a dónde iremos, cuál es nuestra función troncal.

El pez, los peces le colman la metáfora, pero son más que eso. Aquí están las voces de una epopeya: el símbolo puso un grano de luz y por alegorías todo hito personal es solo punto de partida.

El pez-símbolo amalgama al ave, al bosque, al sur que es rumbo de poesía, al hombre que busca dejar escamas, hallarse con dios, porque la naturaleza orilla a la oración y a beber cada raíz del gozo, cada rocío dispuesto a limarnos. Porque dentro y afuera del paz hay muchos mares con-su-mar propio, bastantes océanos en las vertientes de cualquier río.

El pez-alegoría habla de un trayecto, de un agua, de la luz, que pudieran ser un plan, un ambiente, unos instrumentos para lograr el fin, puesto que podemos olvidar nuestro pasado, pero éste jamas nos olvida.

La expulsión de quién sabe qué paraíso que no es el terrenal, lo aventó a las calles, a los empedrados y avenidas, pero esta ciudad continuará siendo puerto. aunque no tenga playa: las ciudades aureas de Cibola, Atlántida, las Otras Ciudades Perdidas y Buscadas son el pivote, el sur breve. Pez-alegoría en las posibles lecturas: el hombre y sus problemas existenciales, la escama para olvidar un cuerpo sin escamas, la cultura para indigestamos y despistar los objetivos de trascendencia: el hombre extraviado en sí mismo, que requiere encontrarse en su templo.


II. A contraluz del pez

Hay géneros poco frecuentados, porque su dificultad va más allá del poema suelto, del poemario amoroso, erótico o de fácil resolución.

Elegir uno de estos y además lograr una mezcla afortunada con otros a su vez difíciles, rebasa las formulas asumidas por muchos que ejercen la escritura. El resultado no es, por obvias razones, un producto de fácil digestión.

Voluntad de la luz supera el uso común de la metáfora para constituirse en alegoría: qué, ¿dije búsqueda alegórica? Sí, pero además, epopéyica.

Las acciones, episodios, personajes, protagonistas y antoganismos peculiares en la epopeya, están resueltos sin caer en el esquema antiguo de este género: ahí radica su mérito y dificultad. Además, no decae su emoción lírica, faceta no siempre a la altura en la alegoría y la epopeya, que sugieren no trasponer la objetividad de la narración.

En Voluntad de la luz, de Luis Armenta Malpica, no requerimos de espectacularidad para armar la importancia del poemario: un cuaderno basta para escribir la historia del origen (¿del pez, del hombre, de otros peces?)

Armenta Malpica nos remite a la transfiguración de la célula, de su mitosis.

De esta resaca de limos entremezclados con luz, surge el hombre, mitad sombra, inmensidad y fuego, mitad cenizas y rescoldos, aunque siempre lumbre rediviva, gen y relámpago de la aventura que «culmina con un pez ensartado en la luz / asándose en una hoguera de agua / encima de la arena».

Bacteria con un porvenir triunfante e incierto, el hombre sabrá de si antes y después del diluvio, del universal por todos asumido y el particular llevado en las faltriqueras o en el convencimiento de que la nostalgia no será pregón, sino eco subterráneo que se filtra del paleolítico al año dos mil.

Voluntad de la luz asume el sigilo, porque antes del habla o de la confesión podemos intuir la vivencia o el impulso. De esta forma sabemos que «el pez viajó del protozoario a la ballena / siempre dentro del agua» y que el salmón, el tiburón, la tilapia, los cetáceos y la enorme variedad de especies marinas, serán el pez, con atributos y simbología, con denuedos para entretejer la historia del pez-hombre, del hombre-animal, del animal de escamas que las quiere suyas o de otros aspirantes a la desnudez para nadar sin estorbos por los múltiples aires de la tierra.

Aquí el pez amalgama al ave, al bosque (ceiba que estalla en pájaros), al río, con su extensión y propiedades físicas, con sus aguas, reflejos y entorno.

Su muerte y resurrección no radica en que agonice el pez, sino también la ceiba, más centenaria que los pocos años individuales del cetáceo, del hombre o de la lluvia de temporal, que no alcanzan a desbordar su cauce, pero que regresan año con año. Que expire y que vuelva a reclamar su aire, su historia personal y su familia.

Conclusión: Ulises-poema recicla el discurso, Ulises- pez retorna al hombre, vagabundo de un océano a otro, de la Ítaca marina de sus padres, por no aceptar el cielo prometido.
Luego de referimos con amplitud el origen, los embates y trastornos del medio, relata la angustia existencial, no sabemos si del hombre antes de ser pez o de este a punto de ser hombre: su enfrentamiento con la muerte, la trascendencia de la misma.

Muerte y resurrección claman por un cielo y un suelo, por una ciudad que “no comienza ni termina con uno», porque de la Atlántida bien se puede amarizar a residencias terrestres con nombres en el mapa: Colima, Aguascalientes, Guanajuato. Guadalajara. Xalapa o cualquier otra.

Mejor dicho, la Itaca-Atlántida no es una cuidad en sí. Está constituida por una territorialidad telúrica o marina, por universalizar toda querencia, erigida en el concreto, los adobes, muros, cristales o avenidas: en el cielo, en la tierra y en todo lugar puede que exista lluvia para un jardín o haya un jardinero que platique con las flores, para soñar su lugar de origen: el mar.

Voluntad de la luz, epopeya, facilita leer este poemario como el anverso de las branquias: burbuja antes de reventar en ola, en el océano del profeta, de los mesías en genérico, o al contrario, de los que jamás intentarán salvar al otro antes de buscar la salvación propia.


III. Agua de mar y cielo en José Gorostiza y Luis Armenta Malpica

Los contemporáneos de ayer no son los de ahora, tal vez diría Pablo Neruda. Los de hoy no pueden ni deben ser los de ayer, aunque si han recibido algunas de sus estafetas. Los separan las condiciones de su época: los juntan inquietudes y temáticas. Las diferencias las dicta el tono de aquellos años; las cercanías son determinadas por la sensibilidad y la inteligencia.2. José Gorostiza, Muerte sin fin y otros poemas. Lecturas mexicanas 13, Fondo de Cultura Económica, México, 1983.

—Luis Armenta Malpica, Des(as)cendancia, Ecrits des Forges y Mantis editores, Québec, Canadá, 1999.

Terramar, Premio nacional de poesía y cuento benemérito de América 1999, Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca, Oaxaca, 1999.

Vino de mujer, XI Premio nacional de poesía Efrain Huerta, 1999, Ediciones la rana, Instituto de Cultura del Estado de Guanajuato, Guanajuato, 2000.

Los contemporáneos con o sin grupo, con o sin conflictos de relación con los de su especie, encontraron un pivote valedero para todos: la poesía, que está por encina de muchas debilidades, poses, desfiguros, manifiestos y declaraciones clanescas, reiteración de odios y capillismo a ultranza.

Los contemporáneos de ayer, con desniveles en el encuentro persona, en el rechazo que recibieron de su entorno, en las coincidencias con los de su generación (nacionales o no), entendieron que la poesía une.

Aquellos contemporáneos ya han sido desmenuzados y continuaran siéndolo por los críticos. Los de hoy requieren de un análisis para hallarles su voz y los puntos de convergencia con sus abuelos en lejanía y preocupaciones.

Para hacerlo hay que arriesgar el juicio, empeñar la palabra frente a una sora todavía en proceso, que no ha recibido la canonización de la critica, que requiere de distancia para que los elogios o menosprecios tomen su nivel.

A ritmo de agua.

El agua antecede al hombre. Lo afirman demasiados mitos, lo asegura la ciencia. Fue el caldo que permitió la vida. Estuvo en los orígenes de la humanidad, por lo que no es raro que quienes se miran en ella, encuentren su imagen y hasta construyan metáforas similares, y por lo mismo, diferentes: uno para hablamos de la forma y el contenido, el otro para ponerle hitos a la evolución que va de la gota al océano, de la salamandra al hombre, del fuego a la luz.

Agua, delfines, salmón. salamandras, peces, rocío: nubes. manantiales. ballenas.. en muchas de sus posibles combinaciones, están en la voz de dos poetas: el contemporáneo de ayer (José Gorostiza) y uno de ahora (Luis Armenta Malpica).

Contemporáneos por ubicación de grupo (en el caso de Gorostiza) y por afinidad con el tono de los años que le tocó vivir (Armenta).

Gorostiza (1901-1973), el contemporáneo que se quedó con la transparencia antes que con la vivacidad del trópico, no obstante proceder de un Tabasco inspirador de otros poetas en que arde la selva. Gorostiza, el mesurado, sopesador, discreto, inventor de metáforas cristalinas.

En Malpica hallamos al cantor de epopeyas, de la historia del hombre disimulada en pez, al de las esencias de la especie humana escanciadas en un vaso de vino, en la crónica de una abuela-madre-amiga que descubre el alma de otras mujeres.

Aunque ambos poetas hayan tenido preocupaciones diversas, es en el agua en donde encuentran sus espejos, lagos o lagunas para mirarse en los ojos de los demás, luego de contemplar su rostro. La afirmación vale para los objetos o realidades que tienen contacto con ese líquido que nos descubre frágiles o fuertes.

Estos dos poetas cantan a dúo, ya en la segunda o primera voz, aunque no los una el tiempo y el espacio.

La cronología dice quién llegó primero, y los lectores encontrarán la calidad de su producto al constatar sus diferencias.

(Paréntesis)

Los datos biográficos de Gorostiza están en cualquier enciclopedia o diccionario de la literatura mexicana y en los libros que tratan a los contemporáneos. Por ello los omito.

No hago lo mismo con los de Luis Armenta Malpica, más difíciles de conseguir para el lector común.
Luis Armenta Malpica nació en el Distrito Federal en 1961, pero radica en Guadalajara, Jalisco, desde 1975.

Es cofundador de la Asociación de Autores de Occidente, miembro de la Sociedad General de Escritores de México, del PEN club internacional (centro Guadalajara), de la Unión de Escritores de América (sede Colombia) y director de Mantis editores.

Ha ganado una treintena de reconocimientos nacionales e internacionales en poesía y cuento.

Es autor de los poemarios Voluntad de la luz (Mantis editores, 1996: segunda edición, Fondo de Cultura Económica, en prensa); Cantara, incluido en El mundo era un prodigio (UNAM, colección El ala del tigre, 1998); Terramar, en Tercer premio nacional de poesía y cuento “Benemérito de América” (Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca, 1999); Des(as)cendancia / Des(as)cendance (edición bilingüe, Canadá, 1999); Vino de mujer (Ediciones la rana. del Instituto de Cultura de Guanajuato, 2000): Nombradía -desde el hielo anterior, en Primer concurso iberoamericano de poesía Neruda 2000 (municipalidad de Temuco, Chile, 2000) y Ebriedad de Dios (Ediciones monte Carmelo, 2000).

Su trabajo narrativo, poético y de ensayo aparece en diversas antologías (en inglés, francés y español) de México, Estados Unidos, Argentina y Chile).

Volvamos al agua.

Naufragar por los dedos, ir con lo salobre del mar en las venas, constatar que el agua aligera la sangre y deshace el polvo y la ceniza, creer que las cosas se juntan en las orillas de la playa. considerar que este líquido inmóvil es musgo de soledades, y otras muchas referencias, unen y dan matiz a dichos autores.
Veamos algunos ejemplos:

Lleno de mi. sitiado en mi epidermis
por un dios inasible que me ahoga,
(…)
lleno de mi-ahito- me descubro
en la imagen atónita del agua.

(José Gorostiza).

El agua es el amor: se me atora en las manos
por tu cuerpo; se queda entre tus fuentes y tejados
para luego seguirme por las alcantarillas.

(Luis Armenta Malpica).

Para uno y otro son diferentes los estados del agua: el hielo corta, congela o establece relaciones; el vapor es gas o nube que participa como furia en los huracanes.

Estados físicos del agua para decir estados de ánimo en el alma, aunque redundemos con la frase, porque ánima y alma vienen de lo que mueve al cuerpo, de lo que vivifica por igual al hombre que a la naturaleza. Alma espiritual y orgánica. que precisa liturgia para dioses o la de centígrados propicios para la transformación de la materia.

En la red de cristal que la estrangula,
allí, como en el agua de un espejo,
se reconoce:
atada allí, gota con gota,
marchito el tropo de espuma en la garganta
¡qué desnudez de agua tan intensa,
qué agua tan agua,
está en su orbe tornasol soñando,
cantando ya una sed de hielo justo!

(José Gorostiza)

Yo: agua tras un cristal o gota ardida.
Gas elevado para intentar la lluvia y los ciclones
iceberg, copo. rocio… pero jamás torrente.
(…)
Es que la lluvia no sólo empapa al ojo
y a la arteria.
El agua descendida es como un cristo muerto
a quien no abraza nadie.

(Luis Armenta Malpica)

El agua ha servido a los poetas para construir un metalenguaje, para nombrar nuestros problemas y circunstancias, para decir amor con lluvia, desesperación con diluvios o quietud una vez que aceptamos el naufragio: naufragar por la piel, rezar y que aparezca la tabla de salvación convertida en barco o sorbo de vino.

Metáforas dichas una y mil veces, novedosas y trilladas, agua es una desde que es agua y los problemas existenciales solo cambian de forma, con lo que modifican también su contenido.

Discurso forma-fondo, vaso-contenido-continente-contenedor, que navega taimado en Muerte sin fin. Agua que huye en frondas de río, que dejamos cautiva en recipientes hogareños, que clama por su voz o que domesticada nos la entregamos en un vaso para mitigar la sed.

No obstante –oh paradoja– constreñida
por el rigor del vaso que la aclara,
el agua toma forma.
En el se asienta, ahonda y edifica,
cumple una edad amarga de silencios
y un reposo gentil de muerte niña

(José Gorostiza)

La duda es mi certeza
cuando dicen que estás igual conmigo
que en el agua. Cuando sorbo
una gota de lo que fui
del vaso que llenaré contigo y que han vaciado
del Iguazú hasta el Niágara.

(Luis Armenta Malpica)

La concepción del agua y lo que tiene que ver con ella, en José Gorostiza está impregnada de su tiempo, de cuando las barcas todavía significaban un encuentro cotidiano o eran un recurso para el escritor.

Barcas, barcarolas, chinampas… en Chapultepec, Xochimilco, en los lagos donde remó Gorostiza en tanto hilvanaba su pensamiento la filosofía del agua

Aunque en la realidad sirvan para la recreación y el transporte a lo cerca, como símbolo, las barcas siguen vigentes.

Salen las barcas al amanecer.
No se dejan amar.
pues suelen no volver
o sólo regresan a descansar.
(…)
Duermen las cosas. Al salir el alba
parece sobre el mar una burbuja.
Y la vida es apenas
un milagroso reposar de barcas
en la bianda quietud de las arenas.

(José Gorostiza)

Me desangro del mar equivocado
dejo la barca sola: inicio
el viaje.

(Luis Armenta Malpica).

La barca es un juguete para la ambición del hombre, un embrión que llegará a ser barco, a tener potencia para retar océanos. Como remanso para remar la quietud por ríos, lagunas y esteros, cumple con simbolismos y estampa. No así para enfrentar la bravura del mar y sus peligros.

El barco deja atrás a la barca, en usos y connotaciones, en posibilidades y dimensión.

¿Has visto pasar los barcos
desde la orilla:
Recuerdan
sus faros malabaristas, verdes, azules y sepia,
que tu mirada trasciende
la oscuridad de la niebla
-y, más aún, la ilumina
a punto de transparencia.

(José Gorostiza)

Yo desciendo de un barco.
Y busco el mar de ayer -el agua
que no miente.
(…)
El barco
–su mascarón, tu rostro–
que antes ancló en el viento
depositó su polen en una mano abierta:
era mi mano
(…)
Éramos dos
y el mundo construía
diciéndonos: somos
la residencia de nuestros propios cuerpos.
Somos El barco anclado
en sus raíces

(Luis Armenta Malpica)

Gerostiza vivió la segunda guerra mundial. Testificó que la barbarie de los enfrentamientos entre naciones rompió la imagen poética o idílica de los barcos, pero no quiso desbaratar las imágenes que ya había construido en torno a ellos.

Armenta sabe de más guerras que las que conoció Gorostiza, por lo que no solo enumera barcos, sino también acorazados y torpedos.

Mi corazón era un acorazado
con los torpedos listos.
El puerto debajo de tu espalda
nunca creyó en la guerra
o el tráfico de esclavos.
(…)
Y cuando esto sucede,
mi corazón, al igual que el océano
no deja de agitarse
enamorado.

(Luis Armenta Malpica)

Agua inmensa, acumulada, con orillas. La descripción obedece a los estados de ánimo y percepciones del autor. Mar que extiende su poderío a través de los océanos, que se nos acerca con manos de ola. Símiles que abundan y continuarán abundando. En una palabra, en nuestra visión del mar existen o pueden caber más sentimientos que las letras con que formamos dicho sustantivo: el mar se trasciende en concha, arrecife, pez.

El agua sonora
de espuma sencilla,
el agua no puede
formarse la orilla.
Y porque descanse
en muelle lugar.
no es agua ni arena
la orilla del mar.

(José Gorostiza)

En la espuma del mar hay un brillo rojizo al que las
madres temen.
No ofrecen resistencia en su vapor de arcilla:
el agua las embiste;
las sitia entre sus huesos:
las anochece a golpes de parto prematuro.

(Luis Armenta Malpica)

Mar que nos baña y enumera historias. “Había una vez”, en la literatura, un personaje que retrató Darío: le gustaba contemplar el mal, que le traía “esencia sutil de azaha:”. Hubo otro. Alfensina, de tragedias y fantasías cotidianas, que se adentró en las aguas, hasta perder la respiración y beberse el abismo. Así podríamos traer a relación muchos casos, lo que resulta inútil, porque todos venimos de la misma historia: de la evolución que marca sus hitos, nombres, leyendas y hazañas:

Porque el hombre descubre en sus silencios
que su hermoso lenguaje se le agosta
en el minuto mismo del quebranto.
cuando los peces todos
que en cautelosas órbitas discurren
como estrellas de escamas, diminutas.
por la entumida noche submarina.
cuando los peces todos
y el ulises saimón de los regresos
y el delfin apolineo, pez de dioses,
deshacen su camino hacia las algas

(José Gorostiza)

Tristán se hizo a la mar una noche de luna.
Llevaba muchos meses su viaje de regreso
hacia Cornualles.
De la tripulación quedaban unos cuantos
marinos. hambrientos y cansados
incapaces de mantener en ruta
las velas desplegadas.
Así también el corazón del homore
era una presa fácil de las aguas.

(Luis Armenta Maipica)

Muerte sin fin va de la mano de la metafísica, en lo que esta palabra quiere decir: más allá de la física: en lo que las personas deseen entregarle como connotación, porque el poemario una vez en manos del público, hallará tantas cavilaciones filosóficas como lecturas y lectores.

Lo mismo en Gorostiza que en Armenta Malpica, el agua es sed (una lectura) y liquido para saciarla, y por lo tanto, elemento metafísico, porque entre más bebamos de ella, más sedientos estaremos.

¡Agua, no huyas de la sed, detente!
Detente, oh claro insomnio, en la llanura
(…)
ama la sed esa tensión de hondura
con que saltó su flecha de la fuente.

(José Gorostiza)

Y vino Dios, el agua, la sed y la poesía. Y vinieron los nombres –poquísimos, hambrientos– a mantener la historia de la historia con las pocas palabras que han ido descubriendo a la luz de su sombra. Y entonces aquí estamos –poquísimos, hambrientos–, empezando a escribir lo que alguien antes, ya también dijo de un sorbo.

(Luis Armenta Malpica)

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Miguel García Ascencio

(Arandas, Jalisco, 1949) Poeta, narrador, ensayista y periodista cultural. Estudió sociología y ciencias de la comunicación, y actualmente trabaja como revisor editorial en la Coordinación General de Comunicación Social de la Universidad de Guadalajara. Su obra abarca poesía, cuento, ensayo y prosa poética, con títulos como Liturgia de la sed,...

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