“Camaleones” de Luis Armenta Malpica es un libro híbrido que reflexiona sobre el lenguaje y la poesía como diálogo y transformación.
Reflexión y diálogo con el libro de Luis Armenta Malpica
Escucho a David Bowie mientras escribo estas notas nocturnas para nuestro amigo Luis Armenta, a razón de sus Camaleones. Tal vez, como él, imagino a Ziggy Stardust descendiendo a mi sala mientras rocanrolea con los poemas que subrayé en su versión digital. No sé si los extraterrestres de los setenta tenían ya la tecnología que los terrícolas manejamos hoy o se preguntaría qué hago poniéndole stickers inasibles de colores a un papel inasible que prefiero con fondo negro y que, de vez en cuando, pido que lea algún fragmento de algún poema en voz alta, para escucharlo y desenvolverlo de nuevo.
Desde sus primeros versos, Camaleones nos anuncia que se trata de un libro atravesado abiertamente por una erudición y un trabajo que se nos irá revelando a medida que avancemos. Me gusta que le llame “monstruo” al poema y al libro mismo, porque “monstruo” es una palabra de más o menos reciente reivindicación, aunque ya nos hubieran mostrado su profunda humanidad en la literatura clásica. Y, como no podría enfocarme sólo en alguna de las características, condiciones, discursos o estructuras del libro, hago un homenaje metatextual, un escrito fragmentario que desarrolle al menos los puntos que más me interesan de este nuevo libro de Luis, publicado por la UNAM hace apenas algunos meses.
No es la primera vez que Luis Armenta usa el poema como un pretexto para el ensayo, pero, hasta donde sé, es la primera vez que hace evidente el cruce, no sólo por su variedad temática, abordada desde el intelecto, sino por su insistencia en desvelar al menos tres dimensiones de la poesía: el lenguaje, la escritura y la lectura.
¿Es este un libro sobre cómo leer poesía? Me pregunté muy al inicio en mi primera lectura. Me respondí que sí y que, si no era la intención de Luis que así lo fuera, no tendría nada que reclamarme, porque así construí yo mi monstruo. Me respondí que sí —decía— y felizmente, porque quienes leemos de manera más o menos habitual, en general, tenemos la manía de conocer no sólo el texto, sino al autor: preguntarnos cuáles son sus obsesiones, qué le preocupa, con qué se emborracha (aunque esto ya lo sabía), cuál es su soundtrack mientras lee y cómo aborda sus lecturas, es decir, qué mira cuándo se asoma por la ventana del poema, considerando que, a decir del autor y de las voces que lo acompañan en este desenmarañamiento de la poesía, lo que uno ve con los ojos abiertos es solamente la cara del monstruo.
Es un libro sobre cómo leer poesía, pero también es un libro para el puro disfrute. Pensado desde el cómo leer, pensé en todas las veces que leí un epígrafe en un poema o en un libro y este epígrafe estaba ahí colocado tímidamente como un objeto ornamental, como un ramito de girasoles (o de violetas) en la esquina de la cómoda en la sala o en las luces navideñas que, aunque potencian el sentir de la temporada, no nos revelan el sabor del ponche, lo cual me parece hermoso. Todos los paratextos son hermosos (hablo aquí como editor) porque nos conducen por una ruta inesperada del libro. Lo que quiero decir es que los elementos paratextuales e intertextuales, en este caso, juegan un papel indispensable en el libro. Cuando digo indispensable me quedo corto, pero a estas horas no encuentro otra palabra más abarcadora para decir que sin los paratextos y los intertextos el libro no sería lo que es, no serían camaleones, no sería un monstruo.
Hablo de los paratextos e intertextos dichos, los que textualmente están dispuestos allí como un fragmento que el autor interviene para repensar y decirnos lo que a él le dijeron lxs otrxs y cómo sus cavilaciones líricas y humanas se han nutrido de sus lecturas. Me gusta la literatura que se hilvana de tal forma que te deja ver sus costuras, como si asistieras a un taller y el escritor te guiara por el sendero de sus lecturas y sus técnicas.
No hablaré de la intertextualidad velada, habrá que obviarla porque es el acervo del que a veces uno mismo no se entera. Luis lo dice, citando a Lucrecio, que la novedad anda ausente. El ejercicio artístico, estilístico e intelectual, consiste acá en hacer una curaduría de las lecturas, en llevarlas a los intereses del autor, hablarles y hacer que te hablen, en intervenirlas y reapropiarse, en términos de Rivera Garza.
¿Qué nos dice esto sobre esta nueva entrega poético-ensayístico-crónico-biográfico-pedagógico de Luis Armenta Malpica? Que es un autor que trabaja, al parecer, pausadamente, como quien mira al césped: ¿en busca de qué? De diálogo, me parece. Camaleones es eso: un libro dialógico que nos presenta quiénes son esos monstruos con los que el autor dialoga y le apasionan. Además de que, posmodernamente, se fija con detalle en el lector y le abre las puertas de su casa-pasión-lecturas-inquietudes-angustias. Y le muestra a quien haya sido su lector antes, una nueva postura ante varias cosas: ante la escritura misma. Porque la hibridez genérica es lo que caracteriza a este libro.
Desde ahí, desde la hibridez, podríamos decir que
- a) el libro es un monstruo;
- b) el libro es un remix;
- c) el libro es una pieza coral;
- d) ninguna de las anteriores;
- e) todas las anteriores.
Supongamos que, como soy su lector y ahora es mi monstruo, elijo la opción e), porque para el autor, el camaleón es una especie sin género absoluto. Decido entonces, que el libro no está dividido en cinco apartados, sino en tres: los ensayos poéticos, los poemas íntimos y los ensayos sobre poesía, ubicados, respectivamente, al inicio, al centro y al final del libro.
Me gustan estas nuevas agrupaciones que hice “casi sin querer” porque creo que en eso radica la libertad que Luis propone con el armado de su libro, con sus registros discursivos y con las intersecciones disciplinares donde todas las artes caben, como amigas de la poesía, como la intención originaria de la lírica. Así que es un hecho de monstruos de todas clases: que bailan, que pintan, que cantan, que componen, que andan en bici, que viajan al espacio, que filosofan, que disienten.
Mientras leía las primeras páginas, resonaba en mi cabeza la palabra “deconstrucción” y la anoté en mi cuaderno para ponerla como tema para conversar con Luis, porque es una palabra que produce cierta resistencia en los círculos creativos o intelectuales. Mi sorpresa fue que la encontré en la página 25 y aunque todavía quiero preguntarle a Luis ¿cómo fue este proceso al interior de su libro?, lo fui descubriendo, esencialmente en los ensayos en picada que abordan el lenguaje o la historicidad de los personajes que los habitan. Curiosamente, personaje y poema pueden leerse desde una misma esquina, citando a Luis, como “aquello que cobra vida sólo si no existe”. Es decir, una condición “paria” posiblemente de la poesía, pero sin lugar a duda, de lo cuir.
¿Es este un libro sobre deconstruir el lenguaje? Me pregunté. Y en buena medida sí, una deconstrucción que va de la mano con la historia y la evolución personal. Un puente estético entre jotear y voguear.
A punto de cerrar, apunto que la paratextualidad, lo camaleónico, lo coral, el remix, encierran una complicidad con la persona lectora que puede exigir o no exigir. En este último sentido, Luis agrega un apartado de referencias que podrían dar luz a quien se pierda, pero también es una provocación lectora en la que te pide hablar. Barthes habló de la muerte del autor para elevar la importancia del lector. Luis lo enuncia de una manera menos fúnebre cuando dice, por un lado: “Escucha y ve este libro (de manera obsesiva). No lo hice para ti (lo cual es comprensible). Pero en él estás tú”. Y, por otro “Es el grito del monstruo que hicimos entre todxs mientras fuimos leyendo este poema” o “la mitad del poema es lo que está oculto”.
Finalmente, debo decir, que fue lindo encontrar entre las líneas y homenajes, a gente querida por Luis, como Jorge Humberto Chávez y Jorge Ortega, y que el apartado meramente ensayístico, amerita por sí solo otra presentación.

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