unidiversidad. revista de pensamiento y cultura de la buap. unidiversidad. revista de pensamiento y cultura de la buap. unidiversidad. revista de pensamiento y cultura de la buap. unidiversidad. revista de pensamiento y cultura de la buap. unidiversidad. revista de pensamiento y cultura de la buap. unidiversidad. revista de pensamiento y cultura de la buap.

Luis Armenta Malpica transforma la pérdida en luz: poesía como génesis, mística, memoria y compañía en navegación espiritual.

La obra poética de Luis Armenta Malpica hay que aprender a ver y transver el sentido como un continuum, como una historia que no acaba de contarse. Para hacerlo hay que realizar el acto de leer a partir de una antigua expresión náutica: navegar en conserva, término que en castellano antiguo se documenta desde los siglos XV y XVI en Games con referencia a un documento de Juan de Austria. Conservar (del latín servare) –expresión que en lengua catalana aún se emplea como “servar” (navegar)– se entendió y asumió con mayor plenitud en el siglo XII en dos versos de la Commedia: “…porque fue hecho de una conserva (de una misma condición) / con los dioses que los mares regían”. (Paraíso, 1, vv.67-69). A partir de lo anterior, aceptamos que se navega con el fin de vislumbrar, mejor dicho, columbrar, siempre en compañía de los dioses. La Poesía se vuelve entonces un acto de rumbo en común. Por ello, un acto de compañía sumo.

Tres son los poemarios de Luis Armenta Malpica que me he detenido a leer para hacer esta presentación. El primero se titula Voluntad de la luz, poemario que nos lleva hacia Valéry, tanto por su Cementerio como por su idea de la poesía como vacilación entre sentido y sonido. En Luis Armenta no está la inspiración, sino la parquedad, el rigor. Y el rigor tiene que ver con la posibilidad de ir en contra de uno mismo. Rigor implica dejarse navegar y a la vez preservarse. La poesía preserva, conserva al poeta del mundo exterior, lo sumerge en el suyo propio, en es e mismísimo mundo que -sin proponérselo, el poeta ha construido como modo de auto sustentación.

Voluntad de la luz es un libro construido a partir de una necesidad de hacer de este mundo uno más vivible. De ahí el título por demás acertado. La poesía no es otra cosa que una voluntad creadora, para decirlo con Bergson. Pero también podemos decirlo con Eliseo Diego: es una sed de lo perdido. Luis Armenta Malpica busca una voluntad de ser y también, como en Bergson, nos pide diferenciar la temporalidad del mundo exterior y el mundo de la subjetividad: “Es que el agua, tan agua y primigenia / tenía una luz interna: / …Adentro está la luz… / …Adentro llueve / Pero adentro estoy yo –mi circunstancia…”1Luis Armenta Malpica, Voluntad de la luz, Literalia Editories y Mantis Editores, Tlaquepaque, Jalisco, 1996, p. 66. No es la circunstancia de Ortega pues el poeta es a pesar de su circunstancia. En este libro el autor parte de que era la noche el mar, la palabra en su balbuceo descendía como una niebla hacia donde yacía el pez, la hondura en la costilla, los brotes del inicio: “…el hombre se reencontró en el agua / con sus peces. / Fue demasiado tarde. / El hombre se había ahogado / de memoria.2Luis Armenta Malpica, op. cit., p. 61. Se parte un tanto de la idea platónica del conocimiento como un despertar. El poeta no recoge del mundo exterior para construir la realidad. Su realidad está dentro, el mundo exterior sólo le funciona como el receptáculo donde él vierte sus experiencias para luego recogerías hechas re-vivencias de lo asumido. Esta voluntad de luz es una voluntad de vida, noúmeno del mundo. No remite al Schopenhauer que dice: “Un ciego, irresistible ímpetu, que vemos aparecer ya en la naturaleza inorgánica y vegetal, como también en la parte vegetativa de nuestra propia vida”. Por lo tanto, lo que la voluntad siempre quiere es vida. Pero, lo que l a poesía siempre quiere es la realidad tamizada por la vida misma. Su poética es una génesis: “Es que el agua, tan agua y primigenia / tenía una luz interna / el caudal de la luz formaba un río / y en su delta una araña florecía: / maduraba el cangrejo / abandonaba el lecho de su concha / se arrastraba a la orilla / y daba inicio el mundo.”

Tomo un fragmento de otro de sus poemas: “…bajo el apenas resplandor de las pupilas / quiero mirar al mundo: afuera / tan oscuro parece si nadie lo percibe.”3Luis Armenta Malpica, Des(as)cendencia, Mantis Editores y Ecrits des Forges, Edición bilingüe, Ottawa, Canadá, 1999, p. 10. Lo anterior corresponde a un otro poemario, Des(as)cendancia que ha aparecido en edición bilingüe (francés/español) y parece ser una continuación del anterior. Es un interjuego, una construcción dialogal donde se pasa de lo primigenio, creador, fundante a la reflexión acerca del verbo, lo que el silencio en sí da. La poesía es imagen y silencio. Dice más por lo que el poeta calla. Sin ser necesariamente reflexión, la poesía da las más hondas respuestas. Para el poeta el tiempo no existe, el tiempo son las palabras. Estas se acomodan de acuerdo a la capacidad de revivencia, del modo en que se va encontrando la palabra precisa, de ahí su similitud con la arqueología como lo vio Marguerite Yourcenar. El poeta inicia una búsqueda –por la palabra– y llega a sus más hondos orígenes, va en busca de los fragmentos, elementos que retoma del exterior como metáforas de sus partes deshilvanadas; llega a sitios insospechados, los ve, porque los ha visto, es decir, los transve. Dice Luis Armenta: “…Ya mis ojos cayeron en el campo, surcaron las / estrellas y han devuelto la voz / a los cocuyos …y estos mis ojos gritan la espesa sed del llanto / cuando recuerdo a Cristo: / naufragan de llamarlo sin que, ciego, conteste.”4Luis Armenta Malpica, op. cit., p. 14.

Alguien ha dicho que para buscar un Dios nuevo para este siglo hay que pasar por la poesía. Otro alguien, ciego como Ulises, entendió la fe poética como una suspensión voluntaria de la incredulidad. Este mismo ciego que es Borges nos enseñó que volver a Dios es volver a la poesía, no importa a cuales mundos nos remita, no importa la casa o la desnudez. El poeta puede vivir a la intemperie, puede no tener un lugar: su casa es su palabra. De esa desnudez su ebriedad, suerte de misticismo en el que Luis nos adentra como un “estar siempre ebrios” de Baudelaire: Además, está Paz para hablarnos del poeta como punto de intersección entre el poder divino y la voluntad humana. Aquí se enlaza el primer poemario con el segundo: se pasa de ejercicio de la voluntad al punto donde media esa voluntad creadora con el ascenso del ser: “Porque busca la luz del paraíso: la que viene del / sol / que lo precede todo; una luz del origen, del agua / de la luna –madre de las mareas– en que se / ve poeta, renovado.”5Luis Armenta Malpica, op. cit., p. 16.

El elemento femenino no sólo aparece y reaparece. Es estructura germinal, simiente que enciende el fruto de la voz. En ese decir, el tiempo es instante. “leve descendencia”, relámpago por el que el poeta accede y se adentra al fuego fundante “que da la luz / en sí / dentro / del / ojo.” Y claro que puede asomarse aquí Sabines, y qué bueno que esté en este diálogo, y que alegría que lleguen Juan de Yepes y Baudelaire embriagado y Valéry tan sumergido en su cementerio. Y con ellos Luis descubre su ser y nos muestra la blancura, la pérdida, la sed: “Si al menos el amor tuviera nuestros cuerpos…”.6Luis Armenta Malpica, op. cit., p. 120. En este poemario-liturgia se van viendo, transviendo la historia inventada por revivienciada: “El canto es la razón de la palabra”.7Luis Armenta Malpica, op. cit., p. 24. No puede esconderse, como se pretende, la razón de encontrarse. En la poesía no puede ocultarse el deseo de ser, se apuesta a ser.

De esa apuesta nace Ebriedad de Dios, último poemario escrito (o al menos publicado) por este autor. Hablé ya de la ebriedad en Baudelaire, modo por el que se llega a ser vidente. Del despojo la visión. El poeta de este tercer poemario es un hombre sumido en la dialéctica amor-odio: Amo et odi. Beber / es regresar a la neblina / al vientre apolillado de mi padre / al origen del mosto.8Luis Armenta Malpica, Ebriedad de Dios, Ediciones Monte Carmelo, México, 2000, p. 22

De nuevo es continua la vuelta, pero ahora, a diferencia del poemario anterior en donde la mirada está puesta en elementos del mundo del afuera, el poeta nos hace sentir su propia desgarradura, su necesidad de ser a partir de la asunción de que hay que beber del vino, es decir, hay que ser el cuerpo del otro para sentir, para vivir, para vivenciar la poesía misma: “Fue por el vino que descubrí mi cuerpo: un pan ácimo, duro.”9Luis Armenta Malpica, op. cit., p. 24. En este poemario se vive la vertiente mística del retorno al paraíso, se ha mordido la manzana por la mismísima necesidad. Habla la mujer, habla el deseo y desde el deseo que es mujer, germen, llanto, voz desde la indefensión misma: “Y de nuevo la sed, el hambre de tu boca / el asfalto mil veces recorrido de tus hombros / ese pueblo fantasma desde el pecho, aquella mata oscura…”

En un bello verso: “Azul es todo el cielo de las uvas” subsume la poética de este autor cuyos poemarios nos permiten entretejer una serie de historias cada vez más dirigidas hacia ese azul en un juego de profundidades-ascensos, cercanías-distancias, como si doblemente se viera en los espejos. Luego de leer Ebriedad de Dios puedo decir que no creo en la invención de la escritura, puedo concluir que ésta se da sólo desde el sí mismo. A pesar de tratarse de un poemario místico, el autor nos permite ahondar en lo difícil que resulta pensar que pueda crearse algo sin que ese algo haya sido de alguna manera vivenciado. Acepto como “creación» sólo la del Génesis o de cualquier otra fuente mitológica que tenga que ver con los orígenes. La escritura, más que una forma de creación, es una construcción. Eliot la entendió como armazón. Luis Armenta Malpica nos ha entregado tres formas de construir mundos, tres modos distintos de las intensidades de la luz. Nos enseña que se construye desde si para transformar, elaborar y así dar existencia a lo preexistente. Ebriedad del Dios confirma que la materia prima ya está en el ser. “Con Dios me basta”, nos dice el autor. Este verso nos lleva a pensar que el reducto al que más difícilmente renuncia el ser humano es la omnipotencia.

Pero más importante todavía, para nosotros, lectores, es darnos cuenta que no se crea desde la nada. La realidad es el tamiz de cada uno de estos poemarios. La luz viene, precisamente, de su aceptación. La creatividad es la capacidad de procesar hasta transfigurar la realidad que impone sus límites. Creo, por último, que la creatividad se vincula con la depresión. El dolor que produce la pérdida de la omnipotencia, moviliza l a creatividad del ser humano. Toda pérdida, cualquiera que sea , se leva partes de uno mismo. Ebriedad de Dios es un libro de pérdidas. En él se muestra que es humano encontrar una fuente inagotable de sustancia creadora en la tristeza. Toda pérdida hilvana una luz. ¿Qué sucede cuando el poeta se siente en este estado de abandono de sus fuerzas mágicas? Entonces comienza a ejercitar sus potencialidades. Es desde un estado de impotencia como se ha creado este don de la ebriedad, desde la indefensión se ha tomado conciencia de la no-omnipotencia, se ha pasado (transitado) la des(as)cendancia, se ha caído. Desde ahí, la palabra le ha permitido ascender a la potencia real, a la construcción de una voz nacida de una verdad parida desde el abandono. Le damos las gracias a Luis Armenta Malpica por estos poemarios, a la Universidad Autónoma de Nuevo León por su apoyo en la difusión de esta obra, a Luis Aguilar por su invitación y al interés de una Facultad de Comunicación asomada a los quehaceres poéticos de este principio de siglo.

¡No olvides compartir con tus amigos!

Jeannette L. Clariond

(Chihuahua, 1949) Poeta, traductora y editora nacida en Chihuahua, reconocida por su estudio del pensamiento y la religión en el México antiguo, con énfasis en el mito como estructura del ser. Fundadora de Vaso Roto Ediciones, ha traducido a figuras clave de la poesía internacional y colaborado con Harold Bloom...

Acá puedes leer más de la UNI 46

“Acercarse a la poesía de Luis es adentrarse a un universo de alusiones que delinean una voluntad de asombro y revelación personalísimas”

En este poema cosmogónico el pez simboliza la vida, la creación y la luz interior como metáfora de lo humano y lo divino.

Poesía cosmogónica que narra la creación del universo desde una voz lírica y simbólica. Armenta mezcla mitos, elementos naturales y ritmo bíblico para explorar el origen y la transformación de la vida.

0 Comments

Submit a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *