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“Si hay que romper el hielo en el cual se encapsula a quien se ve distinto, hay que quebrar el blanco de la página”

Hernán M. Huguet, en su ensayo “Los bordes de la palabra: Perlongher y Lamborghini”, afirma que “La literatura comienza con una violación y es un intento por revelar en lo escrito un espacio donde la muerte se apresura ante la pérdida de la masculinidad que debería permanecer intacta. La violencia más extrema se exalta con la penetración, y una identidad va tomando cariz al asimilarse posesión y terror como entidad inseparable. Fórmula de la violencia remachada de deseo –y no en su inverso: el masoquismo–. Desgarro, violencia y violación de ese velo que descubre maquillajes impresos en la piel, que nunca se descorren, que insisten por permanecer como un deseo tatuado, como una marca de origen inexplicable que alimenta el ansia del garrotazo brutal de la palabra”.

Insertos en el engranaje violento de la historia a la que pertenecen, los poetas homosexuales se detienen a pensar en “la lógica de esa maquinaria: ¿por qué ser el cuerpo triturado?, ¿por qué el terror de la fila de exterminio?, ¿por qué la existencia de la máquina? Entonces los brillos comienzan su esplandecer ante el sofoco, como insurgencia espontánea, pero también como alistamiento de tropa, como escuadrón de mecánicos que ven en sus manos la llave que podría desajustar alguna pieza de la maquinaria, dejándola que se precipite ante la pesadez de su propia estructura, que se desguace, que caiga sola”.

Así lo han hecho algunos poetas en la tradición española desde diversos rumbos: en España, de la Generación del 27: Federico García Lorca (1898-1936), Vicente Aleixandre (1898-1984), Emilio Prados (1899-1962), Luis Cernuda (1902-1963) o Manuel Alto-laguirre (1905-1959); por Los Contemporáneos: Carlos Pellicer (1897-1977), Xavier Villaurrutia (1903-1950), Salvador Novo (1904-1974) o Gilberto Owen (1905-1952), de quienes derivaron en otras latitudes: Carlos Eduardo Turón (Uruapan, 1935-1992), Jorge Cantú de la Garza (Monterrey, 1937-1998) o Dionicio Morales (Cunduacán, 1948); en Cuba, José Lezama Lima (1910-1976), Heberto Padilla (1932-2000), Severo Sarduy (1937-1993) o Reinaldo Arenas (1943-1990); en Perú, Jorge Eduardo Eielson (1924-2006), y en Argentina, el terrorista textual que fue Osvaldo Lamborghini (1940-1985) y la tía del movimiento homosexual Néstor Perlongher (1949-1992), por mencionar algunos referentes importantes.

Hay casos, por supuesto, en los que la belleza del lenguaje y el ocultamiento tras los símbolos e imágenes del mito permitieron la exaltación del deseo por el hombre. En otros, la exploración de la palabra y sus formas de manifestación dieron pie a movimientos posteriores de una renovación maravillosa, como lo fue el llamado neobarroco o neobarroso, que revitalizó por igual la poesía y el ensayo.

Néstor Perlongher escribe sobre El fiord, de Osvaldo Lamborghini: “Apuesto como hipótesis: es esa irrupción del plano propio del deseo lo que enloquece y desmelena la escritura, llenándola de vericuetos, de recovecos, transformándola en un tapiz tan denso que nunca se redunda, cada frase remite a otro rincón, como si hubiese una avidez desesperada por atar los hilos de la red a la mayor cantidad de elementos posibles”. Los elementos, o las series que recorren El fiord se ven entramadas en una escritura que subvierte el lenguaje en ese enloquecimiento hiperbólico del deseo y la perversión.

Las series, desarrolla Perlongher, podrían definirse como ‘Serie Política’ y ‘Serie Sexual’. La primera, entendida como cierto ‘terrorismo’ del lenguaje que fragmenta y astilla el horizonte contextual, como flujo revolucionario, subversivo; la escritura que devuelve en palabras –vericuetos, recovecos– la realidad intolerante / intolerable de la tortura y el posterior desarraigo. Y la segunda, indisolublemente ligada a la primera, incorpora al cuerpo como lugar donde esa violencia se imprime: “la violencia de la autoridad se ejerce, se administra, se sacia en y sobre los cuerpos”.

Para concluir con lo postulado por Huguet, en algún momento la brutalidad cae en la distracción y el cuerpo humillado se rearma y consigue su carta de identidad o pertenencia en una sociedad más inclusiva o, al menos, en una tradición literaria donde pueda arraigarse y continuar su lucha. “Dejar expuesto el cuerpo (individual, grupal) y relamerle las heridas, parecería ser la aspiración de dichas escrituras; y a la vez, como dice Perlongher: ‘tajear (en el jaleo, en el jadeo) el contexto exterior (real) donde se encajan’, para mostrar sus fisuras, sus falsificaciones”, el desarraigo de quien no encaja como individuo diverso en la literatura de una sociedad unívoca y heteropatriarcal.

Es al cuerpo masculino al que se le ha cantado y explorado, al que se le contempla, violenta, penetra o se ambiciona. Y por eso se dice que la poesía homosexual es menor que la heteronormada: difícilmente abandona estos terrenos que define Huguet. ¿Por qué debemos suponer que hay temas trascendentes y menores en la literatura? ¿Para qué segmentarlos y reducirlos si proceden de una literatura indígena, femenina, de género, disidente sexual o de cualquier minoría? Así como tardó en abrirse camino en el mundo de la publicidad, el cuerpo masculino, como objeto de deseo, primero fue temido y censurado, y posteriormente ha llegado incluso a desplazar al cuerpo femenino como atracción comercial o artística.

Sea en la tradición inglesa (por idioma), la cual revisaré someramente, o en la española, siempre habrá un sitio para el canto común y, por supuesto, las voces disonantes. De esto hablaremos ahora: el color de las voces masculinas, para cerrar el rango de lo expuesto. Las figuras son tantas que resulta imposible, al menos para mí, abarcar la partitura plena.

Los ejemplos son muchos y basta con citar tres momentos de la literatura que mejor ha reunido las vertientes de lo político y de lo sexual en la poesía: Nuevo amor de Salvador Novo (1933), Muerte de Narciso de Lezama Lima (1937) y Poeta en Nueva York de García Lorca (1940). La crítica que intento está lejos del academicismo y del regaño. Pretendo animar a mis colegas a escribir una poesía diversa desde su arquitectura. Que dejemos de escribir solamente del encuentro furtivo entre varones y vergas palpitantes en la boca. Que miremos atrás: Salvador Novo, en 1933, fue más rebelde de lo que muchos textos hoy en día. Novo buscó su identidad, no el enqueerarse como motivo en uso. ¿Qué tenemos de novo (lo digo en portugués) en la poesía de este siglo XXI?

Así como la música ha variado desde el canto tribal al monocorde, gregoriano o armónico, y se han quedado atrás los trovadores, madrigalistas, belcantistas, y hasta el canto dodecafónico ha sido superado por otras nuevas formas de la voz en la música, por citar unos cuantos ejemplos en el registro culto, en la literatura, la dicción pertenece a una época y se arraiga o se aleja, se cambia o abandona en pos de otra más fresca y arriesgada, que represente los síntomas actuales de aquella sociedad que la produce y también la consume.

En la voz hay colores: se dice que es oscura en los registros graves, y blanca en la voz infantil o en las mujeres. En este patrón simple, de contraste, las voces masculinas son oscuras; las femeninas, blancas. En realidad, tenemos excepciones: mujeres en el registro bajo (contraltos) y hombres que rebasan los agudos que corresponderían al tenor, y por medio del falsete y la técnica alcanzan agudos sorprendentes: son los contratenores.

Después de los cimientos señalados como la tradición española de la poesía homosexual, en la literatura mexicana del siglo pasado nuestro gran sopranista fue Abigael Bohórquez (Caborca, 1936 – Hermosillo, 1995), poeta y dramaturgo excéntrico (fuera del centro) en cuya obra sobresalen los motivos sociales y homoeróticos, la autocompasión y las reflexiones metapoéticas. Amigo de Efraín Huerta, Carlos Pellicer y José Revueltas, fue uno de los primeros escritores que habló abiertamente de su homosexualidad. Gran parte de su poesía es lúdica, lo que oscurece su estructura pues procura la hibridación de formas y lenguajes que, para seguir con el ejemplo de la música, lo mismo pone a trabajar la floritura, el contrapunto, el rapeo o el estilo cardenche en una misma pieza. De apariencia difícil, la exactitud de su palabra abre el oído para la subversión y la ternura.

Abigael Bohórquez es nuestro Klaus Nomi, y esto lo dice todo. Bohórquez vivió alejado de los grandes círculos literarios de su época, y se insertó en la llamada “corriente subterránea” que incluye las series ya referidas de lo político y lo sexual mediante el empleo de un lenguaje vulgar y los cultismos, el uso de vocablos en desuso, de los coloquialismos y de los neologismos, todos en un modo coral y al mismo tiempo lírico.

El barroco y lo urbano en plena conjunción, en equilibrio, y siempre disonante de su época. Actualmente, no hay canon literario que pueda obviar su nombre y apellido, que el mismo Abigail modificara para que no tuviera la ‘jota’ de Bojórquez. Su legado continúa: con enorme distancia del poeta mayor de Sonora, del ‘más hombre’ (como se conocía), en un plano que va del homenaje al cover, el trabajo anterior de César Cañedo (1988) es un ejemplo de esto. Otro caso de influencia, aunque no se trate de un poeta homosexual, queda patente en ciertos textos de Jorge Ochoa, Alí Calderón y algunos otros.

Sin la altura poética de Bohórquez, pero cronistas de la homosexualidad clandestina son Darío Galicia (CDMX 1953-2019) y sobre todo Luis González de Alba (Charcas, SLP, 1944 – Guadalajara, 2016), quien mostró en Malas compañías (Universidad Veracruzana, 1984) “esa sexualidad salvaje, gozosa, que se da entre hombres no abiertamente putos” (al decir de Eriko Stark) y que ha dejado huella en autores como Juan Carlos Bautista (1964), quien recupera el tratamiento erótico que va hacia lo amoroso, con más crudeza en la parte sexual y menos arriesgado en la forma, como en Lenguas en erección (1990), o esa tristeza irónica que seca toda verbosidad y se despliega con cerrada vehemencia hacia lo introspectivo, como ocurre en su memorable Cantar del Marrakech (1993), y el jovencísimo Erik Moya (1994) quien también evidencia el cruising y los amagos del sida, con un trabajo mucho más arriesgado, aunque inmaduro aún, que comienza a impregnarse de Ocean Vuong (Saigón, 1988) y otros poetas más experimentales.

Moya conoce el desarraigo, pues fue agredido de manera brutal por algunos policías michoacanos debido a la manifestación abierta de su homosexualidad: al denunciar los hechos, penalmente y por redes sociales, sufrió un acoso tal que se vio obligado a vivir en la Ciudad de México, lejos de su familia y sin empleo; luego regresó a Michoacán. Otros seguidores de la línea poética de González de Alba son Uriel Martínez (1950-2020), José Joaquín Blanco (1951), Sergio Téllez-Pon (1981), Emmanuelle Brío (1984), Erik Meneses (1988), César Bringas (1990), Bruno Javier (1991) y el poeta zapoteco Elvis Guerra (1993), quien rescata la tradición muxe de Oaxaca.

En nuestro país existen varias líneas de acción, por ejemplo, el lenguaje tropical pleno de barroquismos, utilizado sobre todo por poetas del sureste, como Jorge Lara (1960), Roger Metri (1961), Ramón Bolívar (1963) y Rodolfo Novelo Ovando (1976), muy influenciado por Javier España. Hay ejemplos de poetas cuya resolución, pese al convencionalismo en su escritura, muestra un ángulo que lo mismo rescata la inmediatez de la imagen que la intensidad tonal: heredero de Bohórquez y con algo de González de Alba, A. E. Quintero (1969) resulta un referente para muchos colegas: Gabriel Govea (1983), Ángel Vargas (1989), en sus trabajos recientes; Orlando Mondragón (1993) o el trabajo actual de César Cañedo, que se acercan al poema de manera unidireccional, con estructuras simples e interiorización en el modo puramente biográfico.

No rebasan su tiempo y su acento carece de agudeza, pero el tono convence dada su honestidad. Sin embargo, es una obra que, sin data, difícilmente podríamos situar en el siglo XXI. Hablamos, además, de una obra en proceso: estoy seguro de que algunas poéticas de estos autores nos van a sorprender en el futuro, como se puede vislumbrar en Ángel Vargas y en ciertos, aunque pocos, momentos de Cuadernos de patología humana de Orlando Mondragón (Premio de Poesía de la Fundación Loewe; Visor, España, 2022).

Jalisco cuenta con una tradición sólida, que lo mismo va de Enrique González Martínez a Ricardo Castillo, ambos heterosexuales. Dentro del desenfado, el manejo del humor y la desacralización de lo poético también es notoria la influencia del doctor Elías Nandino (Cocula, 1900 – Guadalajara, 1993) en especial con los alburemas de Erotismo al rojo blanco (Ed. Domés, 1983). Y no es su mejor discípulo y amigo, Jorge Esquinca, quien sigue sus pasos, pues su trabajo coincide mayormente con el de Guillermo Fernández (Guadalajara, 1934 – Toluca, 2012). Nandino y Castillo cimentaron los tonos de una poética que ahora es una vertiente que trabajan José Eugenio Sánchez y Ángel Ortuño, o, seguidores de ambos, Ramiro Eduardo Lomelí, Carlos Vicente Castro y Luis Eduardo García, los cinco sin filiación homo-sexual. Sin embargo, Nandino influyó menos en la poesía homosexual de Guadalajara: los poetas actuales muestran un perfil reservado, aunque su obra no sea precisamente convencional, como Miguel García Ascencio (1948); abreven incluso en el ready made y las interdisciplinas, como Baudelio Lara (1959); o en los temas sociales o de base histórica y vigencia amorosa de Mario Heredia (1961), Víctor Ortiz Partida (1970) y Mauricio Nehbli (1975), todos ellos más cerca del trabajo de Guillermo Fernández.

Otros autores de Jalisco muestran un discurso irónico que apunta hacia el vacío existencial, la falta de empatía social y el desencanto, como la obra de Elías Carlo (1975); el tratamiento religioso o político del lenguaje y la sexualidad que trabajan Gustavo Iñiguez (1984) y Daniel Wence Partida (1984); de intenciones góticas y decadentistas de Aleqz Garrigóz (1986); de cercanía a la poesía romántica y corte melancólico de Arturo Valdez (1967) o Jonathan Berumen (1988); de interés en el fenómeno travesti, drag y la escritura transgénero, como Álvaro Burgos (1982) y Omar Gutiérrez (1991), o las nuevas masculinidades y lenguajes inclusivos que le preocupan a Rubén Gil Hernández Silva (1989). No olvidemos a los autores que en el interior del estado, trabajan la disidencia sexual de forma discreta: Federico Flores Lara (Ocotlán, 1958) y Julio César Aguilar (Ciudad Guzmán, 1972); o con franco activismo: Juan Antonio Orozco (Arandas, 1995), Fernando Jara (Degollado, 1996) y Bladimir Ramírez (Zapotlán el Grande, 1996).

En el panorama nacional, mucho más sorprendente, sobre todo con Vidrio molido (2012), el trabajo de Luis Aguilar (1969) se centra en los problemas del colectivo LGBT e incluye temas como la enfermedad, la violencia, la migración o el narco. Tiene registros amplios, incluso periodísticos, pero en la mayoría de sus libros recientes el oficio le gana al desconcierto. Sin embargo, posee un ojo crítico y acaba de presentar la antología LGBT+ Ese gran reflector encendido de pronto (Instituto Sinaloense de Cultura, 2021) que bajo el verso de José Carlos Becerra cobija a 81 autores nacionales (hombres y mujeres) que seguramente continuará el debate acerca de uno de los discursos más difundidos, la poesía de la diversidad, al igual que el feminismo, el lenguaje de la inclusión, el discurso migratorio, el narco y varios otros ‘políticamente correctos’ hoy en día. Sin embargo, en esta muestra quedaron fuera muchos poetas jaliscienses. Luis Aguilar es uno de los más férreos combatientes a que se le dé reconocimiento al discurso por sí mismo, en detrimento de la calidad estilística de una obra, y una muestra estupenda es su libro: Qué bellos los ojos de este idiota (Vaso Roto, España, 2022).

Inclusive en los poetas que escriben con un ojo que apunta hacia el escándalo o la casi anulación de la intención poética, como Iván Figueroa (1974), Antonio León (1977) o Yaxkin Melchy (Ciudad de México, 1985); de quienes hablan del VIH u otra enfermedad (como lo hiciera el desafortunado Sergio Loo) o el trastorno psiquiátrico de manera biográfica, en casi todos hay resabios de una vanguardia o experimentación más simpática que de interés durable. La obra de Loo ha sido rescatada por poetas más jóvenes, no sólo homosexuales, que lo toman de ejemplo: sus poemas son fuertes porque los efectos involuntarios luchan contra sus intenciones.

En la línea más bien conservadora de la tradición literaria, Miguel Ángel Ortiz (1984) es un poeta desigual, que lo mismo deambula entre líneas que rayan en lo cursi o lo son plenamente (en sus primeros libros), que en versos deslumbrantes (en su trabajo actual) que atañen el elemento mórbido de una forma distinta, inserta en el discurso estético reciente:

Cerebro

Alumbrar con un fósforo; palpar los bordes en lo oscuro, aproximarse al pasto, las raíces, filamentos que habitan las praderas cerebrales.
Luego resplandecen, luciérnagas sobre la hierba, aquellos momentos de tú-mí-nuestra vida.

Esta misma temática, pero fuera del foco de lo bello por sí mismo, con más riesgo y originalidad, aparece en algunos poemas turbadores y de dicción madura en los poemarios de Saúl Ordoñez (1981), heredero también de Bohórquez y de Alba, pero con mucha más carga intelectual e información sociopolítica entre sus fundamentos, o en Gangbang (FETA, 2007) de Óscar David López (1982):

Hoy que murió Jacques Derrida
(Octubre 8, 2004)

el día sobre el mantel
el frutero proyectando su sombra,
esa nostalgia del sabor

el pequeño cáncer, Jacques, si veo tus libros
apilados
sigue siendo un pequeño cáncer
si asomo mi ojo por la cerradura
si detengo los nombres de las cosas
en las cosas mismas
como quien dice reconstrucción
y el mundo se abre
la experiencia el sentido la boca
llena de imágenes
como alguien psicoanalizándome
a través de sus películas de cabecera

el pequeño cáncer, Jacques, si acomodo mi oído
en el portal de tu libro
sigue siendo un pequeño cáncer
si pongo la mano sobre mi vientre
si tomo puntual mi propia quimioterapia
y me aplico las inyecciones contra la anemia
como la imagen de una fruta
en estado sólido
sobre la mesa de los antojos:
mi CUCI1Colitis Ulcerativa Crónica Inespecífica., Jacques, sigue siendo un CUCI
como alguien que lee árbol
y siente árbol

hoy que has muerto, Jacques,
se iluminan los nombres de las cosas
y es la sombra de las cosas
lo que nombro:
el enfermo se vuelve cama
para comprenderse,
el amante que se enamora
es un ciego deseando ser fotógrafo
y yo veo tus libros
preguntándome por qué no puedo
mantenerme en la vida como un bonsái

En el extremo de esta línea, en el modo atonal, podría situarse la poética de Luis Felipe Fabre (1974), cuyo reconocimiento por la utilización de elementos del horror (zombis, monstruos, películas serie B, personajes decadentes en general) y el desarrollo del poema a la manera de un “thriller o fábula posmoderna” lo ubica en la actualidad. Lo que sigue debiendo, y no es su responsabilidad, es la complejidad de la lectura: sus poemas se agotan a la primera vista. No hay pliegue en el discurso ni símbolos o guiños. Todo queda entendido y uno sonríe con su mordacidad y su elaboración de un mundo tan perverso como el que ocurre en “Breve registro de algunos eventos artísticos y otras experiencias escalofriantes” del libro Poemas de terror y de misterio (Editorial Almadía, México, 2013). Pero el horror y el misterio no dejan cicatriz de fuego alguna.

1
Caminar con los ojos cerrados. Avanzar
a tientas. Los ojos
cerrados. La boca cerrada: sellada
con cinta adhesiva. Avanzar. Ir
a ciegas. Caminar con los ojos cerrados
por una casa deshabitada. Tropezar. Mantener los ojos
cerrados por instrucciones de un artista. Tropezar
con algo o alguien. ¿Tropezar con una silla?
¿Hay alguien amarrado a una silla? Mantener
los ojos cerrados. Avanzar por instrucciones de un artista.
Mantener los ojos cerrados. Caminar con los ojos cerrados
por una casa deshabitada. Ir a ciegas. Caminar
con los ojos cerrados por instrucciones de un artista. Ir
a tientas. Tropezar. tropezar
con una silla vacía. ¿No hay nadie? Deshabitada. Avanzar.
Mantener los ojos cerrados.

3
Yo los conozco, a los artistas: sé
de sus tendencias, de sus relaciones
problemáticas

con los críticos, los coleccionistas,
los galeristas, los jurados, las instituciones,
los organizadores, los curadores, las bienales,
el público asistente a sus performances.

Yo los he visto: los he escuchado:

cómo se les llena la boca
conjugando el verbo problematizar.

Pero
de que son sensibles
son sensibles: me constan

sus buenas intenciones: sus inclinaciones
didácticas, sus tentaciones
terapéuticas: las ganas que tienen
de educarnos, concientizarnos, confrontarnos, despertarnos, liberarnos.

Yo los conozco, a los artistas.
Y a sus novias y a sus novios:

«No soy gay, soy bi».
O: «No soy bi, soy queer». O:
«No soy o, soy y».

E
incluso: «Prefiero ser claro desde el principio:
sólo lo hago como parte de un proyecto».

Fabre ha sido reflector de muchos poetas jóvenes y ha escrito una novela mucho mejor lograda: Declaración de las canciones oscuras (Sexto Piso, 2019), en la cual recuenta el mito de fray Juan de la Cruz con los elementos de su propia poética: clave de humor, sentido del absurdo y desenfado.

Uno de los motores de la poesía contemporánea es, precisamente, la desorientación: perseguimos que en ningún momento el lector se sienta cómodo, firme, confiado en lo que puede obtener de las palabras. La resistencia, la oposición a ese mundo banal y deslumbrante, plagado de clichés y formas repetidas de cantarle al amado o la amada, al cuerpo masculino o femenino, tendría que recorrer esos nada explorados contornos de una cartografía que no siempre remita hacia lo genital, a lo específico del sexo o al deseante amoroso y culpígeno que recuerda en su forma los siglos anteriores, y cuya representación en su momento si no era original, sí necesaria.

El poeta valenciano Vicente Monroy, en una autorreseña de Las emociones trágicas (Suburbia Ediciones, España, 2018), para el número 190 de la revista española CTXT, señala: “La historia de la literatura nos ha acostumbrado a una visión tremenda del conflicto identitario. Es casi un principio narrativo: los gays deben sufrir por necesidades estéticas”. Desencantado, como yo, por lo que se ha producido en España con la bandera de poesía gay, honestamente afirma que Las estaciones trágicas es un libro que “no ha sabido ser un poemario gay contemporáneo”.

A partir de los años 80, varias voces mexicanas intentan restituir el equilibrio entre la tradición y las exploraciones de su tiempo: Hernán Bravo Valera (noviembre de 1979), Angel Sulub, poeta en lengua maya (1980), Saúl Ordoñez (1981), Óscar David López (1982), Sergio Pérez Torres (1986), Moisés Ortega (1988) y los prometedores Erik Moya (1994) y Ángel Hernández Candelaria (1997), además de algunos de los poetas jaliscienses antes mencionados.

Esta búsqueda, por supuesto, es la que mantiene despierto mi optimismo, pues quisiera que nuestra tradición homosexual nos brindara otros Contemporáneos en el siglo XXI. ¿Qué espero de la poesía de temática homosexual de México? Lo obvio: que sea una expresión de su siglo: en la narrativa y en la poesía lésbica sobran buenos ejemplos más allá de la famosa aunque poco incorrecta Odette Alonso: Sara Uribe (enormemente influenciada por Cristina Rivera Garza) y Karen Villeda, por mencionar un par: inconformes y agudas, ambas han leído bien la poesía de mujeres que deconstruyen, ensayan y establecen la hibridación de géneros como una alternativa. Aquí hay cuatro elementos que quiero destacar: la humildad, el orgullo, el amor, y sobre todas las cosas, la extrañeza. Colores más allá de lo rosa.

Por la parte mexicana cabe incluir un texto de Mario Frausto Grande (1991), con apenas algunos poemas publicados en la revista Punto de Partida de la UNAM y en Al Margen de la Secretaría de Cultura de Jalisco, y un proyecto en construcción que aborda las figuras icónicas del cine porno, como Rocco, Jeff Stryker o Brent Corrigan. De su serie “Colores”:

Negro

por qué decimos “negro” como si fuera
“está muerto, no tiene salvación”

no creo que las sombras sean estacas
en el vientre
o en el eco de la sangre
o en el río que nos moja la garganta

negro es el color de dios

ausencia de color que nos hace temblar
que sorprende con sus labios de caverna
y palabras llenas de preguntas y de revelación

decimos “negro” como decir
“morirá”

pero es más muerte nuestro pan diario
y los filos que soltamos por la boca

negro es dios
y negra su palabra

pero no aprendemos a nombrarla

El blanco es el espectro en el que están presentes todos los colores. “El rojo es sólo el negro recordando”, nos dice Vuong en su poema “El pan de cada día”. Pan (blanco), harina de otro costal es la poesía que osa decir su nombre con apellido, lugar de referencia, domicilio y teléfono para el contacto en Grindr o WhatsApp. Pan humilde, igual que la poesía, que Eugenio Montejo ensayara en “El taller blanco”. Humildad que nos cuesta trabajo entre redes sociales, brillantina y pose de pasarela en las lecturas que esperan otro like, pero no saben recibir alguna crítica.

Muchos de los poetas mexicanos de este siglo tan joven han estado sujetos a círculos viciosos de leerse entre sí, de recibir taller y tutoría que algunas veces se impone a su trabajo. Cierta uniformidad de estos encuentros o festivales en los que participan se permea entre sus obras: cuesta trabajo distinguir a unos de otros, y se copian incluso la forma de leer, la rapidez o la formulación de su escritura, los temas y constantes. Hay una toma de conciencia grupal, de pertenencia por generación, que empezara tal vez en los ochenta y se arrastra, furtiva, a estos primeros años. Décadas más de grupos que de individuos. Son los signos del tiempo. Los lastres que con esta aventura de la palabra escrita deberíamos reducir a migajas. Con las computadoras, internet y las redes sociales, han cambiado los modos de asumir la escritura y hasta su difusión. Antes, se confiaba en el lento proceso de una edición, de la impresión y el paso por los distribuidores para acercar un libro del autor al lector. Ahora, cualquiera cuelga en su muro o blog los textos que asume como literatura, y hay casos en los que se convierte en un fenómeno si no de ventas sí de notoriedad. O ambos casos: ventas y promoción editorial en donde la palabra es menos importante que el efecto mediático. Elvira Sastre y Alex Toledo lo ejemplifican bien. Alex Toledo (Ciudad de México, 1992) a menor escala, quien al pertenecer (como Sastre) a la comunidad LGBT+ deja de manifiesto este punto: su imagen (sobre todo con poquísima ropa) tienen más comentarios que sus textos, considerando que no tienen la categoría de literatura que sí le aplican a Sastre (por tardoadolescente que resulte), sino que pertenecen a la consejería o autoayuda de amplísimo mercado.

Aclaro que no estoy contra la desnudez y que la considero un arte fotográfico o pictórico, en muchísimos casos. Ciertamente, nos da dado por creer que los temas científicos, espirituales o amorosos están más prestigiados que algunos tratamientos urbanos (como el rap) o las razones del cuerpo, sea en el erotismo de alcoba o en el cruising. Esta diversidad la aplaudo, y no tiene qué ver con la calidad literaria: hay excelentes poetas que abordan el movimiento porno, y algunos muy mediocres, así traten sobre luchas sociales o la creación del mundo.

Si hay que romper el hielo en el cual se encapsula a quien se ve distinto, hay que quebrar el blanco de la página para hacer efectiva la distinción total. Pese a este riesgo de caer, de fracturar el hielo, de romperse las piernas, un poeta viajero del hielo no rehuye las superficies finas. Las prefiere a dar de saltos en terreno seguro. Los buenos poetas siempre sienten donde pisan, aunque no conozcan el lago adonde están parados. Ocean Vuong, quien tiene el mar en su nombre y ha cruzado la guerra y otros territorios difíciles para llegar al cielo, su cielo, que por nocturno no deja de ser un blanco al alcance de él mismo, se ha convertido en una posición distinta, un reto para mí, que les comparto a todos mis colegas. Fragilidad y fuerza en equilibrio: nueva virilidad para este nuestro siglo. Mi última reflexión: que no pertenezcamos a alguna tradición por repetirla. Que no nos arraiguemos a lo que está más cerca, ni por comodidad ni por cariño. Hagamos los honores a nuestra gran tradición mexicana y diversifiquémosla. El blanco al cual aspiro, lo haremos entre todos.

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Luis Armenta Malpica

Luis Armenta Malpica

(Ciudad de México, 1961) es poeta, ensayista, traductor y editor. Reside en Guadalajara desde 1975 y dirige Mantis Editores, una de las editoriales más activas en poesía contemporánea en México. Su obra ha sido traducida a más de quince idiomas y ha recibido numerosos reconocimientos, como el Premio Nacional de...

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Poesía que transforma el lenguaje en un juego de espejos y mutaciones. Armenta mezcla voces, citas y géneros para explorar la identidad como cambio constante, usando al camaleón como símbolo de adaptación y resistencia.

“El agua recobrada” de Luis Armenta Malpica, seleccionada por Luis Aguilar, rica en imágenes, musicalidad y reflexión espiritual.

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