Poemas que dialogan con la música, el cine y la contracultura de los 60s y 70s. Cada texto se inspira en figuras como Jeff Buckley, Janis Joplin o Bob Dylan, creando un cancionero lírico sobre belleza, pérdida y memoria.
TREE (LAST GOODBYE)
TO JEFF BUCKLEY
Aquellos a quienes no cura la vida, los curará la muerte.
Cormac McCartthy.
I
Todos los hermosos caballos que pastaban junto al río
detuvieron su sed
con el suave galope de Jeff Buckley.
Entre oleaje de vino de lilas y de estupefacientes
su voz, irrespirable en esa gravedad de la fiesta entre amigos
se dijo adiós
de golpe. Sin otra
explicación. Cobijada por una noche seca, sin adornos
con la maldita gracia del saber bien morir.
Aleluya, piafaron los corceles todos
ahogados
con la misma tristeza
de haber sido domados por un dios inasible.
Aunque nació en Los Ángeles
él nunca me pidió que fuera su montaña
pero una vez
que estaba en el río Wolf
entró con todo y botas
y aulló la noche entera un tema de Led Zeppelin.
Al desmontar del sueño de su hermano
Jeff era un joven
con escasos dieciocho
la vieja cartuchera del padre que no utilizaría
un rifle en la garganta
y sin país alguno.
Y así como ese globo enorme de la patria
se desinfló su cuerpo
en un relincho.
Aleluya, respondió Leonard Cohen
al padre que no estuvo en su duelo.
Y al coro de los Wainwright
en un aullar sin ruido se sumó k.d. lang y todos los hermosos
caballos que todavía se bañan en ese mismo río.
II
Jeff Buckley nunca quiso una muerte a pedazos
lenta o en alguien más.
Para todos los vaqueros de McCarthy
(pienso en John Grady Cole)
la doma es un asunto de ternura
una cuestión viril
que se resuelve a solas.
Cuando la noche atraca
en los bancos de polvo
del Misisipi llega esa sombra del viento
rápida como el banjo
una detonación
el relincho indomable
del poema.
Se empieza por la silla: tallada siempre
a mano. Acercar la nariz a la crin
empaparse de avena
y remolacha. Al hombro los arreos
en la mirada el miedo
y en la voz
la sutura del canto que aprendimos
en la más tierna infancia.
Es decir: remontamos
la vida al sur del viejo Misisipi que atraviesa
y separa la patria de la piel
el galope del verso.
Ciudades de la llanura humana que el caballo recorre
entre sudor y sed. A pelo
si hay certeza del camino
sin importar los pastos
o la espuela.
Indefectiblemente una cuerda roñosa
es el único vínculo. Sea al poste
de descanso
al árbol y su sombra
a la sangre que trota y se encabrita.
Así sea que Jeff Buckley
se cuelgue de sí mismo
al concluir el deseo del amor.
Así sea que el poema no beba más del río
porque aguarda, paciente, a quien lo ensille
y mande.
Y que la noche caiga lentamente
a pedazos
también
en alguien más.
III
Me dicen que hay un álamo
en el río
que moja sus raíces en la voz de Jeff Buckley.
Es decir: en el blues
más profundo
de vino lila y caimán.
Un álamo sin pájaros. Un álamo
sin sombra. El álamo
de Jeff.
Y todos los caballos
cruzando las fronteras de la gracia
dejan en libertad ese poema.
GOODBYE & HELLO
The new children will live for the elders have died
And I wave goodbye to America
And smile hello to the world.
Tim Buckley
Hola al aire, la luna y al enebro.
Al filamento verde que nos conecta con la tierra que elegimos.
Nuestra casa. Nuestra ciudad natal. El último reposo
donde la muerte no tendrá más dominio y ni el tallo se funde.
Al álamo y al roble. Adiós al río, a los cereales
y al insomnio. Adiós al posesivo de él o de ella. A los pronombres
nuestros que están en él y en ti. Hola al corcel
estampado en la chaqueta negra. A la camisa
blanca arremangada. Hola
al vino caimán. Adiós al rey lagarto y Dylan Thomas.
Cabalgo, luego existo. En la mano de Dios está
la brújula. Más rápido que veloz, porque siendo más breve
la palabra veloz no tiene el mismo movimiento ni se desliza
igual por los oídos. Tampoco queda firme junto al río
como el árbol del no nos moverán. Mucho menos azul
es el cabello si se agita y sumerge en las aguas celestes
donde se pierde un hijo, hermoso niño, una sobrina
un músico, un cantante. Adiós
a todos esos rápidos del río. Adiós al lobo.
Hola al olvido y a la resignación. Adiós al sida.
A las flores sexuales que nos desbarataron. Hola a la mariposa
prendida en la cabeza de cristal de un alfiler. Hola al vértigo esforzado
del ascenso y descenso del infierno. Al asidero donde trabar el pie
y nos descubra esa dicción sobreviviente a las versiones prosaicas
de los druidas. Más que del hombre, hablamos del idioma
de quien, nacido en Gales, por un exceso de agua (lo dicen los astrólogos)
se murió en Nueva York (según los médicos) por una sobredosis
de alcohol y de morfina.
Adiós, caro papá. Hola, señora, dulce muerte.
Este día que ahora vamos tejiendo en mi casa estremecida
de mar y vino lila, en pobre paz yo canto al bosque giratorio
y bajo el bosque lácteo. Desde estas hojas de árbol
que han de volar, y caen, para que ustedes sepan
lo que yo: un hombre gira en rudo cabalgar mientras el río lo traga
con el mejor amor, el demasiado, el nunca suficiente.
Adiós al himno: las profundas campanas del ahogado.
Hola a la pobre paz que el sol pone en lo oscuro de este campo.
Bendecido de sangre, de árboles genealógicos
nos moverá el amor. Aún se mueve el río
donde aúllo mi derrota. Adiós al hombre
borrascoso, a la mitad que fui. El miope sordomudo
que perdió la razón de la luz en tus ojos. Este
es el grito. Ya no nos moverán
de sus orillas. Pero la orilla es larga y cubre todo
el mundo. Esta grieta de luz es
el futuro. Si el diluvio
florece
cabalgaremos solos.
Armenta Malpica, Luis. Greetings to the Family. Monterrey: Vaso Roto Ediciones, 2017. 64 pp., ISBN 978-84-16193-59-2.

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