Versos que exploran el origen y la trascendencia desde una mirada espiritual. Armenta entrelaza naturaleza, amor y divinidad en una búsqueda poética del ser.
EL AGUA RECOBRADA
Nunca empieza uno a escribir: un conjunto de voces nos precede. Somos los otros, los de las voces múltiples, los murmullos que el tiempo ha enronquecido. Iniciamos la búsqueda cansados de no encontrar el libro que escribimos en la memoria oculta de la tinta. Fosilizado amate, indescifrada runa, fojas, páginas sueltas entre los tantos aires, ¿dónde quedó el silencio que inició la palabra, la original palabra, la que dio forma al mundo? ¿Antes de cuántos hombres alguien hizo poesía?
Recordemos: las tablas de Poseidón no dan cuenta del hombre. Ni lo prueba el carbono. Quizá hubiera una sílaba astillada entre el calcio del Australopitecus aferensis. Tal vez la madre Lucy les gritaba a sus hijos algo más que un aullido. Entonces era el reino del silencio. Y Dios era el silencio que reinaba en el caos. Pero Dios no era el caos.
Con la primera arcilla vino el agua. La vocal primigenia —la vocal nunca dicha— se la bebió un anciano: así nació su esposa. Para nombrar al mundo se bastaba a sí mismo. Para nombrar al otro, tuvo que conocerlo y comulgarlo. Con él, vinieron otros: sus otros descendientes. Y entre tantas vocales y palabras y frases, vino el verbo… después fue la liturgia. Pero todo era oscuro, porque era en el silencio. Supongamos que alguno de los hijos talló con gran esfuerzo los labios en el verbo: así nació la luz; y de la luz, la llama. Para guardar el fuego se crearon las hogueras… nadie pronunció más el agua.
He aquí que nos reunimos en torno de esta hoguera y alguien reparte el pan de lo que siente: dejamos las migajas a los perros o alguno las arroja a las palomas. Tanto es lo que sabemos de este mundo que hemos creado las lámparas de aceite, las bombillas eléctricas, las luces de neón de nuestro escaparate. ¡Mueran el sol, los astros, las luciérnagas! —decimos—, ¡el hombre derrotó a la oscuridad!
Y alguien recuerda el agua. Se hace un silencio sordo, una babel de incógnitas y mitos. Algún niño se atreve a colocar la llave de su lengua en la ruinosa chapa que abre la biblioteca: corre, trepa unas escaleras, regresa con un libro que nunca ha sido abierto. En la portada, espumantes, ruidosos, con grandes ojos leemos: Agua. Vemos a grandes sorbos cómo los manantiales de ese libro nos mojan, nos sumergen, nos hunden. Náufragos del recuerdo, asfixiados de luz, contemplamos a las ballenas grises, las orcas, los delfines; huimos de la anguila y la morena; rescatamos la voz del celacanto, que en burbujas de azogue pronuncia al trilobites. Por más leños y fósforos y arcilla que frotamos, es imparable el agua.
Tres cuartas partes líquidos, ¿por qué el hombre es de arcilla y pocas veces de agua? Y una vez en su origen, ¿a qué guardar silencio? ¿Tememos tanto a Dios que lo ocultamos en la cava de nuestro corazón, por temor a embriagarnos? ¿Quién va a ser el primero que diga «agua» (otra vez Agua): el vino recobrado del silencio?
Y vino Dios, el agua, la sed y la poesía. Y vinieron los hombres —poquísimos, hambrientos— a mantener la historia de la historia con las pocas palabras que han ido descubriendo a la luz de su sombra. Y aquí estamos —poquísimos, hambrientos— entonces, empezando a escribir lo que alguien antes, ya, también dijo de un sorbo.
Armenta Malpica, Luis. Des(as)cendencia. México: Mantis Editores, 1999. 138 pp., ISBN 968-7859-08-3.

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