SERGIO ASTORGA

Horas heridas

El conejo bulle, se ejercita con su corbatín rojo, amigo de Alicia, no tiene tiempo para explicaciones. Saca de su bolsillo un reloj, después otro, y va regando números tras su paso. Números desolados, pierden el tiempo que los contenía. Se hicieron tan pequeños que poco a poco se confundieron con montoncitos de polvo. Al ver pasar al conejo, lo seguí. Recogí los montoncitos y los traje a mi casa. Después de tres días, de las macetas donde los puse, se fueron despertando. Cada noche se cuentan a sí mismos, huelen a fierro viejo, como maíz corrompido por la intemperie.

Desgreñados los números, vestidos de negro, se suspenden como nubes blandas. En fila, de dos en dos, pueblan la habitación; circulan como esas horas que, de tan dormidas, huelen a sábanas de hotel de paso; acres, sucias como la vida cotidiana. Llevo dos meses buscando al conejo y sólo me encuentro tortugas de caparazón rígido, y ese olor a distancia terrena como de huitlacoche. Un sabor de esqueleto le crece al número diez. y una carcoma verde le crece al cuatro. El cero lagrimea mal humorado. Una marisma sin sabor, espesa, se le pega al seis en la barriga. El ocho se columpia como pájaro enjaulado. Se hacían visibles los resortes de la unidad, como si fuera un tegumento subterráneo, Cremoso, el tres, contempla mi turbación.

Por fortuna la casa cada día está más iluminada. El efecto es espectacular, una blancura de ópalo, impasible, mordiendo el poco horizonte que se asoma por la ventana. Los números, al salirse del reloj, enloquecen.

Unas Gracias

Vienen las Gracias tomadas de sus palmas cantando con flores de sepulcro sus vientos de fábula y desgracia.

Cuando cruzaron la calle, un río de voces rugieron en las rubias mechas de su pelo.

Fue entonces que las iracundas vocales de Zeus se posaron en las venas verde azules de sus piernas.

Sí, son tres, por eso a cada una se le nubla la vista. 

Muchos años más tarde, marchitas, posan desnudas en la mente de Rubens, como nocturnas muchachas burguesas.

Comunidad

Después de varias horas entrampado en el vagón del metro, pude bajarme en la estación bellas Artes. 

Chorreando sudor, compré a un mercader, que sabía de los estragos de las horas pico, una macilenta toalla presumiblemente blanca y ahora color marrón. Parecía una toalla impregnada con los rostros anteriores. Despedía un olor acedo. Las náuseas se fueron mesurando al alivio del rostro seco. Poco a poco mi democrática civilidad se engrandeció al sentirme unido al tejido social que caminaba junto a mí.

Nos ligaba el olor.

Un caer interminable

Un día fue pájaro. Tenía toda la distancia entre sus ojos hasta que un septiembre se encharcó. 

Lo sufre desde abajo, sin explicar cómo el viento del sur lo dejó tan inútil.

Ve tan lejano lo que tuvo, que hoy sólo deja volar su tristeza hasta diciembre.

Por el río Selho

El río con su frialdad se tragó el reflejo del palacio de los Condes de Bragança. Las gentes comunes de Guimarães lo saben. En ese Palacio sus habitantes tuvieron un futuro que nadie quiso.

En la sala principal todavía se puede ver el retrato al óleo de la Condesa ennegrecido por el barniz dammar, con una grieta a mitad del rostro.

El río aspiró el rostro de los Condes de Bragança a mediados del siglo XIX. Por eso en los campos la imagen del desaliento se empotró en sus antiguas murallas.

La población de Guimarães se acostumbró. El río indiferente sigue su curso.

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