Eterno Femenino

Más que un análisis del proceso de construcción de “lo femenino” en la obra de Antonio Álvarez Morán, es precisa una exploración de la influencia de ciertas mujeres en la definición de su horizonte visual. No es casualidad que el artista provenga de un linaje esencialmente matriarcal compuesto por musas, como su madre, y por artistas, como su tía la pintora Rosa Álvarez. Asimismo, habría que poner el acento en el marcado interés del pintor en la belleza y la sensualidad femeninas, a las que apeló siendo apenas un adolescente a través de las fotonovelas protagonizadas por las vedettes del momento, mismas que sedujeron su sensibilidad, al punto de volverse un tema de exploración formal, temática y vital. Respecto a esto último, es sabido que la fascinación de Antonio Álvarez por las voluptuosas estrellas de la noche, ha trascendido la ficción para integrarse a los encabezados de las revistas del corazón, en las que ha protagonizado performáticos e idílicos romances con personalidades como la bailarina Lyn May. Y qué decir de su atracción por aquellas otras mujeres que cuanto más apartadas del mundo –o el siglo– más cercanas resultan a sus afectos… Sus monjas. La obra femenina de Antonio Álvarez Morán es tan heterogénea y dicotómica como la propia naturaleza mujeril, ya que en ella conviven las mentes brillantes de Santa Teresa y Patti Smith, las bellezas voluptuosas de Lyn May y Ninón Sevilla, el amor filial de su hija Iris Álvarez y su madre Lila Morán, así como la idealización cuasi mitológica de la China Poblana. En suma, podría concluirse que toda la obra de Antonio Álvarez es, en cierto sentido, un reflejo del Eterno Femenino.

 

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