RAFAEL TORIZ

Instrucciones para calcinar el universo

Lo primero que debe desterrarse es la esperanza; suele ser reacia y perentoria, es cierto, pero para cortarla de tajo basta inspirarse en la variopinta gama de hijos de puta que señorean el mundo: insidiosos, asesinos, perdularios. Con un machetazo seco sobre la nuca será más que suficiente.

Acto seguido se recomienda lustrar las palabras de los amantes con betún para calzado, gasolina blanca o alcohol de curación. Es necesario tallarlas a conciencia y dejarlas brillantísimas, casi hasta la transparencia. El fuego arde mejor cuando deja pasar el aire.

Es importante ahogar la memoria en un pozo de rencores y luego rociarlo con chapopote, para que diluya la espesura de las alegrías verdaderas y ese vaho nostálgico tan característico del paso del tiempo, narcótico como el opio. No se ande con timideces y utilice el cucharón.

Escarche sobre sobre el deseo, a la manera del orégano sobre el pozole, los dolores de parto, la banalidad de la traición y la sutileza del desprecio. Piense en la soledad de los desaparecidos y los niños tuertos.

Por último esculpa una guirnalda de fuego, dele forma de poema y no se lamente en absoluto: desde hace varios años nadie mira las estrellas.

Marabú

Más que ave, pajarraco. Más que vuelo, mal augurio. El marabú es un pájaro siniestro, furia alimentada por el rencor y la muerte.

De pico infame, cuerpo robusto, cabeza sin plumas y rojísimo papo, el marabú es repulsivo y perverso como todos los carroñeros. Sólo come lo corrupto y lo llagado: el cadáver insepulto gangrenado bajo el cielo.

Justo es recordar que el Marabú no siempre fue lo que es ahora. En un pasado remoto este pájaro espantoso, junto con las cigüeñas y las garzas, era un emisario del amor y la concordia. Su vuelo se encargaba de llevar a los recién nacidos a sus cálidos hogares.

Se cuenta que una vez el marabú, envenenado por una cigüeña resentida, quiso saber qué era lo que crecía en la canasta bajo su pico. El pájaro descubrió un niño y cayó presa del deseo. El marabú le sacó los ojos, le cortó la lengua. Le partió la espalda, se tragó las tripas. Luego regurgitó los sesos. Lo único que llevó a la familia desgraciada fueron trozos sanguinolentos de carne, huesos, uñas y excrementos. Donde vuela el marabú hace sombra la desdicha.

Donde vuela el marabú huele siempre a niños muertos.

Desde aquel día es un pájaro maldito. Sólo come después que se han saciado las hienas y los buitres y los gusanos.

De su pasado pleno sólo conserva las bellas plumas de su cola, que ennoblecen los tocados y abanicos de señoras elegantes.

Danzar la prosa

Hablar de la presencia es nombrar a la voz: puro espectro que puebla con su ausencia. Ensayar, transcurrir discurriendo, es el arte del diálogo, la calidez de la plática.

Es la conversación la forma líquida del ensayo.

El ensayo es también la llama, el fuego de luz devoradora que expande y multiplica, con sus palabras como ideas, las cenizas del lenguaje.

El ensayo, para serlo, sabe que no durará y que –en esencia– sólo existe y permanece en su actualización, el instante del latido o el parpadeo.

El ensayo es una asertiva interpretación filosófica del mundo, un punto de vista en el que caben los dos espectros de la palabra: su tronco y su follaje.

(El hacedor de ensayos debe aprender a domeñar las citas).

Todo ensayo, para serlo, es la sólida expresión de un pensamiento finito, sincopada luciérnaga en el campo de la noche.

Todo ensayo decoroso no aspira sino a su propia destrucción: una consciencia que colapsa en su reflejo.

Es preciso remarcarlo: la prosa tiene un origen humilde, mundano; es pura experimentación, levedad y sugerencia. Nace en la soledad del hombre que se interroga en monólogo silente. 

Hacer la prosa es caminar el mundo.

La poesía, por el contrario, cuenta con padrinos celestes, dioses y diablos guardianes que custodian su legado y aseguran la permanencia: Mnemosyne aguarda entre la rima y el verso, en la música de la palabra que marca su huella y sedimento.

El ensayo asume su condición pasajera: ruta de tránsito entre el pensamiento y lo pensado (escribir ensayo es tender los puentes entre el pantano y la ribera).

Se escribe ensayo desde el margen, en las orillas que se presienten pero se desconocen.

Se escribe ensayo porque la vida es cuestión de gusto y vulgar la circunstancia. Pero, sobre todo, se escribe ensayo para incendiar la angustia, y porque es lo único que arde cuando se apaga la vela.

Tlaconete

El tlaconete es un animal que lo mismo se torna anfibio o reptil según lo marquen su deseo sexual y el nivel de yodo de su cuerpo. Vive exclusivamente en climas tropicales y subtropicales del Golfo de México.

Este curioso vertebrado es tío del ajolote y primo segundo de la salamandra. Al igual que el primero es un animal pedomórfico; es decir, su organismo es capaz de desarrollarse y llegar a la adultez conservando sus características físicas juveniles. Esta particularidad, dentro de la biología del desarrollo, es conocida como neotenia.

Por otro lado, al igual que la salamandra –ese anfibio impresionante del cual existen ríos navegables – es capaz de originar y resistir todo tipo de fuego, razón por la cual, en lugares de tierra caliente como Mozomboa, Alvarado o Papantla Veracruz se le conoce como “lagartija chamuscada” o “viborita caliente”.

La principal peculiaridad de estos animales consiste en que, cuando las lugareñas se bañan en lagunas y ríos de la región o se internan en los maizales para hacer sus necesidades – siempre y cuando se encuentren a merced de la luna– la hembra tlaconete se introduce por el recto y deposita sus huevecillos en el vientre humano, lo que ocasiona, además de un hondo placer para la receptora, un falso embarazo que se revela al momento en que la madre nodriza estalla debido a las mordidas de cientos de tlaconetitos ahítos de vísceras humanas y ansiosos por aire fresco.

Por lo demás el tlaconete es un animal pacífico, y si decide evolucionar no tiene más que endurecer su piel y devenir reptil. Es parecido a la lagartija común y muy sabroso en escabeche.

Ensayo en forma de bolero

Sólo a través del paso del tiempo nos percatamos de cómo cambia, ineluctable y de manera permanente, la relación que construimos con la ciudad: con las ciudades.

Del frenesí y el encanto primigenios pasamos al apasionamiento –incluso a la devoción– cuando la ciudad y sus representaciones se ofrece como una flor dispuesta a ser mancillada, sólo para arribar después a ella como ficción, cuando su trato cotidiano se transforma en un péndulo oscilante entre el odio -de manera muy parecida a un matrimonio- y las fauces insondables del fastidio y el espanto.

Más tarde nos damos cuenta –presas de su condición de palimpsesto– que lo mejor que podemos hacer con la ciudad es utilizarla, cuantificando el usufructo que nos reportan sus particularidades, asintiendo, frente al reflejo percudido de la ventanilla del metropolitano, que lo que se espera de la ciudad es que sea funcional, relativamente cómoda y no del todo un adefesio.

¿Qué espera la ciudad de nosotros?

¿Qué ganamos pervirtiéndonos con ella?

No andaba errado Ripellino al concebir la ciudad como una rítmica balada.

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