Una antología del hambre en la poesía peruana del siglo XX

Paolo de Lima

El hambre no tendría sentido ni explicaría su existencia sin su significante ausente, la comida. En ese sentido, muchos de los poemas aquí incluidos aluden a distintas formas de alimento como paliativo de la carencia, antes que como celebración. Siendo el Perú uno de los destinos culinarios internacionales más reconocidos, y fuente de miles de variedades de papa y otros productos, la presente selección se ofrece como corpus inicial de posibles estudios dentro de esta riquísima línea de investigación. Esta antología relativa al hambre en la poesía peruana del siglo xx está conformada por 71 poemas, de 56 poetas peruanos, aparecidos entre las décadas del diez y del noventa, si bien algunos de los poemas han sido publicados en el presente siglo.

La antología empieza con el poeta simbolista José María Eguren, punto de inicio de la poesía moderna en el Perú con los poemarios Simbólicas (1911) y La canción de las figuras (1916), del primero de los cuales procede su poema “El duque”. Abraham Valdelomar, líder del grupo de autores aglutinados en torno a la revista Colónida (1916), representa a su vez el periodo postmodernista, magníficamente expresado en su poema “El hermano ausente en la cena de Pascua”. Mientras que César Vallejo, el poeta más grande de todos, expresa la entrada plena de la poesía peruana a las vanguardias y el lenguaje universal. De este autor consideramos un poema por cada poemario, a saber: “La cena miserable”, de Los heraldos negros, de Trilce: “xxxix”, “La rueda del hambriento” de Poemas humanos y “Solía escribir con su dedo grande en el aire”, de España, aparta de mí este cáliz. Dos de estos poemas son analizados aquí por Víctor Vich en su ensayo respectivo. Carlos Oquendo de Amat con su único libro 5 metros de poemas (1927) ofreció uno de los poemarios de cuño vanguardista más originales de nuestro idioma, aquí representado por su poema “Comedor”. Martín Adán dio sus primeras muestras de originalidad con sus “antisonetos” (así denominados por el Amauta José Carlos Mariátegui) y sobre todo con su novela La casa de cartón (1928). Dos sonetos suyos, de Mi Darío, se incluyen en esta muestra: “Vi comer el jamón a un muchacho” y “¡Y yo quiero mi amor”. La poesía peruana llega a los años treinta con César Moro y Emilio Adolfo Westphalen, dos poetas de estirpe surrealista y amigos entrañables. Del primero se incluye: “Un camino de tierra en medio de la tierra”, y del segundo: “Supermán”, en el que describe un acto antropófago.

Es a partir de los años cincuenta que se empieza a hablar en el Perú de las generaciones poéticas, que en teoría irían apareciendo por décadas a lo largo del siglo xx. La del cincuenta estuvo marcada por la división entre “pura” y “social”, entonces en boga y realmente demarcadora. Si bien esta línea hoy está superada, podemos considerar entre los “sociales” a Manuel Scorza, célebre por su pentalogía novelística La guerra silenciosa, quien empezó su escritura literaria con poemas que mezclaban acertadamente el tono lírico con la contundente denuncia social. Un ejemplo paradigmático es su “Epístola a los poetas que vendrán” en la que señala nítidamente que “mientras alguien mire el pan con envidia, / el trigo no podrá dormir”. Pero es Alejandro Romualdo el “poeta social” por antonomasia del Perú. Así por ejemplo, en su poema “Primeras palabras” expresa: “Tengo hambre y sed / de justicia. // Estoy sediento, hambriento / de esperanzas”. Y en “Los pobres también tienen sus castillos”, Romualdo añade a su título que esos castillos de pobres se encuentran “en el hambre”. En un espectro un tanto más fronterizo tenemos a otros tres poetas de esta generación: Juan Gonzalo Rose, quien en “Gastronomía” explica detalladamente la manera de “comerse a un hombre en el Perú”; Wáshington Delgado, cuyo poema “¿Ya no traerá la hormiga pedacitos de pan al elefante encadenado?” retoma un verso de Vallejo y en el que con carga irónica repasa el mundo desde la ex Unión Soviética desmontada por Mijail Gorbachov, pasando por Estados Unidos, Francia, Suecia, Alemania, Israel, Arabia, Sudáfrica, las dos Coreas, Haití, Colombia, etc, para señalar que “en el Perú, las madres / son apaleadas diariamente / por pedir un poco de leche / para sus hijos pequeños”. El tercer poeta, Sebastián Salazar Bondy (de cuyo ensayo Lima, la horrible todos sabemos) en su poema “Mendigo” expresa una autocrítica al señalar “qué bien sabemos encubrir el caviar o su imitación cortesana”. Finalmente, dentro de esta misma generación, tenemos a cuatro poetas más que han solido estar asociados con la corriente “pura”. El título del poema de Jorge Eduardo Eielson es suficientemente elocuente: “Elegía blasfema para los que viven en el barrio de San Pedro y no tienen qué comer”. Carlos Germán Belli es autor de un título tan significativo como En alabanza del bolo alimenticio, y aquí lo apreciamos a través de su onomatopéyicamente magistral “Expansión sonora biliar” y con “La ración” y su denuncia contra “los crueles amos blancos del Perú”. Otro autor que dialoga con Vallejo es Javier Sologuren, quien en su poema “A Vallejo agonista” le rinde homenaje “con tu hambre feroz / de humanidad humana / de humana humanidad”. Mientras que Blanca Varela en “Canto villano”, frente a su “plato de pobre” reflexiona que “este hambre propio / existe / es la gana del alma / que es el cuerpo”.

 

Más allá de cualquier ordenamiento generacional, José María Arguedas, junto con Vallejo el autor más importante aquí incluido, en su himno “Temblar” se dirige al pueblo andino y explotado para pedirle beber “la sangre áurea de la serpiente de dios”, “una hambrienta serpiente, / serpiente diosa, hijo del Sol, dorada”. En esa línea popular se encuentra notablemente Leoncio Bueno, poeta proletario, miembro del grupo Primero de mayo (fundado en 1956), quien en “A un buey”, a través de la metonimia, se rebela contra la esclavización y la “cada día más cruel y avariciosa / la impudente codicia del patrón”.

La poesía de los años sesenta empieza con la sólida amistad entre César Calvo y Javier Heraud, ambos ganadores en 1960 del premio “El poeta joven del Perú”. En su poema: “Hoy hemos almorzado de memoria”, Calvo expresa que “hoy nos hemos comido para siempre las rosas”. Mientras que en su poema “Hambre” Heraud señala: “Me comía a mí mismo. Sí. A mí mismo. Pues intuía que me querían devorar”. “Casa nuestra” de Marco Martos es un poema sobre la historia del Perú pensado sobre las consecuencias de la Conquista española, y que termina dando cuenta de la división nacional en la que “ahora los vecinos, las visitas invitadas, / muertos de hambre, nos reclaman”. A los indios, los mistis, los ricos gamonales, “no nos dejan ni comer / ni andar, ni respirar” expresa en su poema “Churmichasun” Marcial Molina Richter, uno de los miembros más destacados del Círculo Literario Javier Heraud, fundado en 1964 en la ciudad andina de Ayacucho, es decir un año después del asesinato del poetaguerrillero Heraud. En su poema más célebre, “Imitación de Propercio”, específicamente en su primer apartado, Rodolfo Hinostroza realiza un contundente alegato contra el poder, en el cual expresa: “No conseguirás oh César / que yo me sienta particularmente culpable / por millones de gentes hambrientas”. Mientras que Antonio Cisneros en “Entonces en las aguas de Conchán (verano 1978)” da cuenta de una ballena muerta varada en las playas del sur de Lima, la cual servirá de alimento a “10,000 bocas”, dará techo “a 100 moradas” y “su aceite luz para las noches y todas las frituras del verano”. Luis Hernández, muerto contra un tren en marcha, poeta suicida o poeta asesinado por la dictadura militar argentina, según las pesquisas del investigador al que consultemos, en su poema “Twiggy, la malpapeada” nos habla de la corrupción en “los tiempos / de los peces más feos, los más gordos”. Twiggy (“Ramita”, por sus delgadas piernas) era una famosa modelo inglesa de perfil anoréxico en los años sesenta. En jerga peruana, “malpapeada” quiere decir “mal alimentada”. Mirko Lauer escribe su poema “Me trago mi propio bozal” desde la perspectiva de un oso de circo que, entre Blutwurst, salchichas de Viena, cabanossi picantes, pastel de carne, queso de chancho, chicharrones o lonjas de mortadela Razetto, cae en la locura y mata al payaso del circo y lo que encuentra a su paso.

Los años setenta están representados por nueve autores. Se trata de una década marcada por el año de 1968, que en el país fue el del inicio del gobierno nacionalista y militar de Juan Velasco Alvarado a través de un golpe de Estado dado el 3 de octubre, amén de experiencias internacionales como la matanza de Tlatelolco en la plaza de las Tres Culturas de la Ciudad de México el 2 de octubre o el Mayo francés. José Watanabe, cuyo poema “El pan” es analizado por la crítica Tania Favela Bustillo, retoma una escena bíblica del libro Reyes para hablar de su vida de niño junto a su madre “en un pueblo de hambrunas”. En la misma línea intertextual bíblica se encuentra el poema “Parábola del hijo pródigo” de Abelardo Sánchez León. Dos poetas representativos del grupo Hora Zero (1970–1973), Jorge Pimentel y Enrique Verástegui, son incluidos también. Del primero se puede leer su poema explícitamente titulado “Un día de estos me van a comer las calles de Lima”, así como el vertiginosamente enumerativo “Filamentos”, dedicado “a los niños que se esconden para comer”. Por su parte, Verástegui en “Primer encuentro con Lezama” se describe como un individuo vigilado y controlado por su entorno mientras deambula “entre prostitutas y ladrones / que no logran robarnos nada porque nada tenemos pero tenemos / hambre y comemos ciruelas”. Dos importantes poetas mujeres siguen a continuación: en su emblemático poema “Soy la muchacha mala de la historia”, María Emilia Cornejo nos dice ser la mujer que engaña día a día a su marido “por un miserable plato de lentejas”; y Carmen Ollé en “Escribir es buscarse en la sonrisa de la fotografía” evoca un día domingo de “pescados fritos” y “espinas lamidas”. Si bien tuvo un paso breve por el grupo La sagrada familia (1977–1979), la trayectoria poética de Carlos López Degregori ha sido más bien insular. Dos son sus poemas aquí incluidos: “Una mesa en la espesura del bosque” y “En la luna de estaño”, donde el poeta equipara su saciedad a la de su perra mientras en paralelo reflexiona por la sopa preparada por su madre. El poema de Mario Montalbetti “Para La Tempestad” es, entre otras cosas, un testimonio del poeta sobre los gustos pantagruélicos de uno de los presidentes más corruptos de la historia del Perú, el aprista Alan García Pérez, al encontrárselo en un elegante chifa ubicado en el turístico distrito de Miraflores en Lima. Miembro del arequipeño grupo Ómnibus (1977–1983), Oswaldo Chanove en “Canto” piensa en la importancia de la redención, quizá por la vía de “un trozo de carne / (sutilmente aderezado y con guarnición de legumbres hervidas)”.

Los años ochenta son representados por once poetas. Se trata de la década del retorno de la democracia constitucional (luego de doce años de gobierno militar) como del inicio de la denominada guerra interna. En primer lugar, tenemos a tres miembros del grupo Kloaka (1982–1984). Del primero, Róger Santiváñez, se incluyen su “Martín Adán / Oda”, una caminata por el centro de Lima, “por la Plaza de Armas y el Bar Cordano”, y “Estudio de poesía”, de cargado tono social, en donde el poeta escribe: “Porque digo esto ahora, en esta época / y me revuelvo en la cama sin hacer, agachado / para comer, los que sudan con pelo negro tomarán las armas”. Dalmacia RuizRosas, por su parte, sitúa su poema “El más extraño amor” en medio de una ciudad sitiada y bombardeada en la que camina en “vagancia antropofágica” junto con un nosotros colectivo, quizá una pareja u otros jóvenes en la misma situación de inestabilidad social que la poeta. Mientras que Domingo de Ramos es incluido con “El perro hambriento solo tiene fe en la carne”.

Raúl Mendizábal, Eduardo Chirinos y José Antonio Mazzotti empezaron sus primeros pasos escriturales juntos, y se conformaron como el grupo autodenominado Los tres tristes tigres (1980–1981). Sus poemas aquí incluidos son analizados por Giancarla Di Laura. “Melocotón”, del primero, es un acto de amor al hijo recién nacido, una suerte de antropofagia de amor paternal. En “Thanksgiving”, Chirinos nos informa de esta fiesta norteamericana frente al lago Cayuga, uno de los once que conforman los lagos Finger en el norte de Nueva York, y en la que llegan “las buenas familias”, “blancos como los zorros del norte” y a los que el poeta ve “en sus rostros el hambre de siglos, la codicia / de los que nada tuvieron y anhelan conquistarlo todo”. El cacique “Cuismancu”, que da título al primero de los dos poemas de Mazzotti, emite precisamente un discurso contra dos tipos de invasiones de la costa central andina, el territorio del cacique Cuismancu en el valle de Lima. En primer lugar, los incas, como hombres codiciosos que desean conquistar el orbe entero y corren al personajenarrador de las calles. El segundo tipo de hombres serán los conquistadores españoles, que llegarán con nuevas armas y tecnología para prolongar la dominación extranjera sobre el valle costeño. Ambas oleadas invasoras cambiarán las costumbres culinarias de Cuismancu y su grupo étnico; pero en el caso de la invasión española, el hambre será una de las consecuencias fatales. Finalmente, “Diuturnum Illud / Sueño profético de Wanka Willka” se sitúa en un referente poético andino, alusivo específicamente a la región de Huancavelica, en la sierra central peruana, y en el que la voz poética se identifica con un personaje foráneo (el alter ego del poeta) que se sitúa como observador interactivo frente a una colectividad indígena. Dividido en tres secciones, en la primera se narra el encuentro del sujeto poético con una comunidad campesina, en la segunda se refiere a las condiciones de vida en dicha comunidad y al desamparo en que la población indígena vive, y la última constituye el sueño en sí, o su resultado, con la desarticulación de la comunidad campesina y el inicio de la guerra interna peruana.

El acto de la antropofagia resulta significativo en el poema “Esta noche pertenece a la hueste” de Magdalena Chocano. Se trata de un dios al que “todos nutren”, sabiamente según señala el poema, de carne humana. La poeta Rossella Di Paolo, por su parte, es incluida con dos poemas. En “Preparación del día (Ab ovo)” afirma “batir hasta tarde y engullir / sin prisa”, mientras que en “Jaculatoria”, poema de amor erótico, expresa su deseo por ser olisqueada, masticada, tragada, deglutida “y siempre en tu ardentísima santa bosta / amén”.

Tres autores más cierran la nómina de los surgidos en los años ochenta. Jorge Frisancho en “Plato vacío (algo está obligándonos a recomenzar)” realiza el acto de la escritura mientras reflexiona ante la ausencia de comida y la necesidad y obligación de volver a empezar un nuevo contrato social. Alejandro Susti en su poema “Dientes” ve que “el futuro es una boca disecada” mientras que “el hambre arrastra pieles en cada boca”. Y en “xxxLarge”, en una caminata a mediodía entre el Downtown y los suburbios estadounidenses, aprecia por igual “niños negros” limpiando parabrisas, adictos y jubilados, “hambrientas colas [que] se entusiasman por unas lonjas de grasa o el lomo de una vaca sobrealimentada”. En “Llevé la oblicua del hambre con humo”, Reynaldo Jiménez, por último, es elocuente al señalar: “Juro / que sus bofes comía, su linfa la bebíntegra, su / leche tragué, llagué sus pensamientos, su hez”.

 

La antología cierra con diez poetas surgidos en los años noventa. En primer término tenemos a dos miembros del grupo Neón (1990–1993). En “Sobre la muerte”, Carlos Oliva nos dice que “la realidad es una piedra en el desierto / con un hambre no saciado de tentación”. Mientras que Miguel Ildefonso en “Como mi habitación…” sentencia que “por eso hay guerras / y por eso mueren de hambre millones en el mundo por eso”; mientras que en “El Editor” nos dice que “la poesía se regala como el olor de una rosa /en la vereda de un mendigo / como el olor del hambre o de la vanidad / se regala al diablo y él lo vende”.

Montserrat Álvarez es incluida con dos poemas de su poemario Zona dark (1991). En “Poema”, luego de saciar su hambre, reflexiona con absoluta lucidez “que el hambre del cuerpo es el hambre del alma / y que cuando a un hombre se le priva del pan, no / se le priva solamente del pan”. Mientras que en “De nosotros decid” habla a los ciudadanos e “historiadores del futuro”, desde un Perú en los años más crudos de la guerra interna a inicios de los años noventa, “que en la medianoche de la Plaza de Armas el / Hambre conversaba con Pizarro”. Por esos mismos años, Xavier Echarri en su poema “La esfinge” nos habla de “todos los seres / desnudos que se comen”. Desde una perspectiva sexista, “Arte culinario” de Martín RodríguezGaona es una poética y una reflexión sobre el uso escrito de las palabras mientras su pareja, Éricka, “termina de preparar el almuerzo”. Al final, el poeta expresa: “Espero que esta vez guisen bien / el pollo. / El otro día estuvo un poco crudo”.

“Siento frío y hambre” expresa Roxana Crisólogo en su poema “Me separo de mi hija sin mala conciencia...”. Victoria Guerrero, por su parte, escribe una carta a un “amable carnicero” guiada por “el olor de la carne descompuesta” de un mercado mientras resuenen las palabras de los comerciantes, “no comas ni bebas de nuestra mercancía”, si bien finalmente les mostrará, cual “presa”, su “cuerpo desollado”.

De Willy Gómez Migliaro se incorporan los poemas “Haber amado la vida gastronómica”, donde señala que “al desgranar choclos cortar papas buscar azafrán / un país desaparece”. Y en “El devoramiento interior” nos cuenta la historia de una campesina violada y torturada por la “seguridad nacional” en una comisaría, y que ante tanto sufrimiento y adversidad, organiza “su última cena / Y el picaporte detrás de la puerta / Sonó despacito”. Los dos poemas finales de la antología incluyen a dos poetas representativos de la corriente neobarroca en el Perú: Rafael Espinosa y Paul Forsyth Tessey. En “Ladies night”, el primero claramente expresa: “Soy el que siempre tiene hambre”. Mientras que en “Constelación que ha nacido”, Forsyth nos relata “un cataclismo de dientes y hambres viscerales”: la muerte de Orfeo por parte de las Ménades, quienes como se sabe lo despedazan por rechazar el culto a Dionisio, dios del vino y los excesos, en favor de Apolo, dios del Sol.

En todos estos poemas el hambre y las comidas rondan como tema recurrente. A este corpus habría que añadir más adelante las voces de las cerca de sesenta lenguas indígenas del territorio peruano, donde circulan canciones y mitos sobre el origen de distintas comidas y las formas de prepararlas, muchas veces con lujo de detalle. Lamentablemente, ese ya es otro yantar, de muy distintos y riquísimos manjares, y esta mesa de papel nos resulta demasiado corta para incluirlos. Pero de todos modos, amigo lector, buen provecho.

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