PerĂº

Los poemas del hambre

 

 

 

José María Eguren (Lima, 1874-1942) / El duque

Hoy se casa el Duque Nuez;

viene el chantre, viene el juez

y con pendones escarlata

la cabalgata;

a la una, a las dos, a las diez;

que se casa el Duque primor

con la hija de Clavo de Olor.

Allí están, con pieles de bisonte,

los caballos de Lobo del Monte,

y con ceño triunfante,

Galo cetrino, Rodolfo montante.

Y en capilla está la bella;

mas, no ha venido el Duque tras ella:

Los magnates postradores,

aduladores

al suelo el penacho inclinan:

los corvados, los bisiestos

dan sus gestos, sus gestos, sus gestos;

y la turba melenuda

estornuda, estornuda, estornuda.

Y a los pórticos y a los espacios

mira la novia· con ardor:

son sus ojos dos topacios

de brillor.

Y hacen fieros ademanes,

nobles rojos como alacranes;

concentrando sus resuellos

grita el más hercúleo de ellos:

¿Quién al gran Duque entretiene?...

¡ya el gran cortejo se irrita!...

pero el Duque no viene;…

se lo ha comido Paquita.

 

 

 

Abraham Valdelomar (Ica, 1888-Ayacucho, 1919) / El hermano ausente en la cena de pascua

La misma mesa antigua y holgada, de nogal,

y sobre ella la misma blancura del mantel

y los cuadros de caza de anónimo pincel

y la oscura alacena, todo, todo está igual...

Hay un sitio vacío en la mesa hacia el cual

mi madre tiende a veces su mirada de miel

y se musita el nombre del ausente; pero él

hoy no vendrá a sentarse en la mesa pascual.

La misma criada pone, sin dejarse sentir,

la suculenta vianda y el plácido manjar;

pero hoy no hay alegría ni el afán de reír

que animaran antaño la cena familiar;

y mi madre que acaso algo quiere decir,

ve el lugar del ausente y se pone a Ilorar…

César Vallejo (Santiago de Chuco, 1892-París, 1938) / La cena miserable

Hasta cuándo estaremos esperando lo que

no se nos debe... Y en qué recodo estiraremos

nuestra pobre rodilla para siempre! Hasta cuándo

la cruz que nos alienta no detendrá sus remos.

Hasta cuándo la Duda nos brindará blasones

por haber padecido!...

Ya nos hemos sentado

mucho a la mesa, con la amargura de un niño

que a media noche, llora de hambre, desvelado...

Y cuándo nos veremos con los demás, al borde

de una mañana eterna, desayunados todos.

Hasta cuándo este valle de lágrimas, a donde

yo nunca dije que me trajeran.

De codos,

todo bañado en llanto, repito cabizbajo

y vencido: hasta cuándo la cena durará…

Hay alguien que ha bebido mucho, y se burla,

y acerca y aleja de nosotros, como negra cuchara

de amarga esencia humana, la tumba...

Y menos sabe

ese oscuro hasta cuándo la cena durará!

 

 

 

Trilce: XXXIX

Quién ha encendido fósforo!

Mésome. Sonrío

a columpio por motivo.

Sonrío aún más, si llegan todos

a ver las guías sin color

y a mí siempre en punto. Qué me importa.

Ni ese bueno del Sol qua, al morirse de gusto,

lo desposta todo para distribuirlo

entre las sombras, el pródigo,

ni él me esperaría a la otra banda.

Ni los demás que paran sólo

entrando y saliendo.

Llama con toque de retina

el gran panadero. Y pagamos en señas

curiosísimas el tibio valor innegable

horneado, trascendiente.

Y tomamos el café, ya tarde,

con deficiente azúcar que ha faltado,

y pan sin mantequilla. Qué se va hacer.

Pero, eso sí, los aros receñidos, barreados.

La salud va en un pie. De frente: marchen!

La rueda del hambriento

Por entre mis propios dientes salgo humeando,

dando voces, pujando,

bajándome los pantalones…

Váca mi estómago, váca mi yeyuno,

la miseria me saca por entre mis propios dientes,

cogido con un palito por el puño de la camisa.

Una piedra en que sentarme

¿no habrá ahora para mí?

Aún aquella piedra en que tropieza la mujer que ha dado a luz,

la madre del cordero, la causa, la raíz,

¿ésa no habrá ahora para mí?

¡Siquiera aquella otra,

que ha pasado agachándose por mi alma!

Siquiera

la calcárida o la mala (humilde océano)

o la que ya no sirve ni para ser tirada contra el hombre,

¡ésa dádmela ahora para mí!

Siquiera la que hallaren atravesada y sola en un insulto,

¡ésa dádmela ahora para mí!

Siquiera la torcida y coronada, en que resuena

solamente una vez el andar de las rectas conciencias,

o, al menos, esa otra, que arrojada en digna curva,

va a caer por sí misma,

en profesión de entraña verdadera,

¡ésa dádmela ahora para mí!

Un pedazo de pan, ¿tampoco habrá ahora para mí?

Ya no más he de ser lo que siempre he de ser,

pero dadme

una piedra en que sentarme,

pero dadme

por favor, un pedazo de pan en que sentarme,

pero dadme

en español

algo, en fin, de beber, de comer, de vivir, de reposarse,

y después me iré…

Halló una extraña forma, está muy rota

y sucia mi camisa

y ya no tengo nada, esto es horrendo.

 

 

 

Solía escribir con su dedo grande en el aire

Solía escribir con su dedo grande en el aire:

«¡Viban los compañeros! Pedro Rojas»,

de Miranda de Ebro, padre y hombre,

marido y hombre, ferroviario y hombre,

padre y más hombre. Pedro y sus dos muertes.

Papel de viento, lo han matado: ¡pasa!

Pluma de carne, lo han matado: ¡pasa!

¡Abisa a todos los compañeros pronto!

Palo en el que han colgado su madero,

lo han matado;

¡lo han matado al pie de su dedo grande!

¡Han matado, a la vez, a Pedro, a Rojas!

¡Viban los compañeros

a la cabecera de su aire escrito!

¡Viban con esta b del buitre en las entrañas

de Pedro

y de Rojas, del héroe y del mártir!

Registrándole, muerto, sorprendiéronle

en su cuerpo un gran cuerpo, para

el alma del mundo,

y en la chaqueta una cuchara muerta.

Pedro también solía comer

entre las criaturas de su carne, asear, pintar

la mesa y vivir dulcemente

en representación de todo el mundo.

Y esta cuchara anduvo en su chaqueta,

despierto o bien cuando dormía, siempre,

cuchara muerta viva, ella y sus símbolos.

¡Abisa a todos compañeros pronto!

¡Viban los compañeros al pie de esta cuchara para siempre!

Lo han matado, obligándole a morir

a Pedro, a Rojas, al obrero, al hombre, a aquel

que nació muy niñín, mirando al cielo,

y que luego creció, se puso rojo

y luchó con sus células, sus nos, sus todavías, sus hambres, sus pedazos.

Lo han matado suavemente

entre el cabello de su mujer, la Juana Vázquez,

a la hora del fuego, al año del balazo

y cuando andaba cerca ya de todo.

Pedro Rojas, así, después de muerto

se levantó, besó su catafalco ensangrentado,

lloró por España

y volvió a escribir con el dedo en el aire:

«¡Viban los compañeros! Pedro Rojas».

Su cadáver estaba lleno de mundo.

 

 

 

Carlos Oquendo de Amat (Puno, 1905-Guadarrama,1936) / Comedor

Cansancio

Los ojos se han colgado de la percha del bastón

La mirada

es un camarero

Pasemos el plato de la brisa

Las frutas se han vuelto pájaros

para cantar

y en todos los platos estaba la luna

 

 

 

Martín Adán (Lima, 1908-1985) / Vi comer el jamón a un muchacho

Vi comer el jamón a un muchacho. ¡Qué pena,

Rubén... mano que cuelgo y que no come nada!...

¡Era un muchacho ebrio, con su todo y su nada!

Lo vi tragar, Rubén, y no era mi escena.

¡Qué tristeza, Rubén, de una tristeza plena

Que no sabe de sí y echa la carcajada

Como se suelta el pedo, como se mira a cada

Otro con su sombrero y con su magdalena!...

¡Que tristeza, Rubén, que tanto no sufriste!...

¡Y uno come el jamón con su boca de triste,

Del cerdo que me hizo tan buscado y presente!...

¡Tantos dioses, Rubén, pero sólo dos manos!...

¿Qué cerdo no me mira con sus ojos humanos?

¡Rubén, y ese muchacho que soy... el ausente!...

¡Y yo quiero mi amor

¡Y yo quiero mi amor como un ser a sí mismo,

Rubén, el que me soy con el rostro adelante!

¡Y yo quiero mi amor como mano sin guante,

Con toda la blandura tremenda del abismo!

¡Con la piel del dios mismo, con el nervio del sismo

Con la mente que cae sobre sí está distante!...

¡Con este yo remoto y esta hambre no bastante!

¡Con esta alma de cuerpo purgado de organismo!

¡Con este yo de cuerpo sin alma que es mi todo,

Este yo de rabiar, de beodo codo a codo,

Que se lo hizo todo y que no sabe nada!...

¡Con esta vida, cada sin muerte, toda prisa!...

¡Con la agonía mía, resuelta en una risa!...

¡Con mi muerte, que duerme sobre cada almohada!...

 

 

 

César Moro (Lima, 1903-1956) / Un Camino de tierra en medio de la tierra

Las ramas de luz atónita poblando innumerables veces el área de tu frente asaltada por olas

Asfaltada de lumbre tejida de pelo tierno y de huellas leves de fósiles de plantas delicadas

Ignorada del mundo bañando tus ojos y el rostro de lava verde

¡Quién vive! Apenas dormido vuelvo de más lejos a tu encuen¬tro de tinieblas a paso de chacal mostrándote caracolas de espuma de cerveza y probables edificaciones de nácar enfangado

Vivir bajo las algas

El sueño en la tormenta sirenas como relámpagos el alba in¬cierta un camino de tierra en medio de la tierra y nubes de tierra y tu frente se levanta, como un castillo de nieve y apaga el alba y el día se enciende y vuelve la noche y fasces de tu pelo se interponen y azotan el rostro helado de la noche

Para sembrar el mar de luces moribundas

Y que las plantas carnívoras no falten de alimento

Y crezcan ojos en las playas

Y las selvas despeinadas giman como gaviotas

 

 

 

Emilio Adolfo Westphalen (Lima, 1911-2001) / Superman

¡REPUCHA la Madona! exclamó abriendo a todo lo ancho el río con su puñal. Levantó con un brazo el cuerpo caído —miró de soslayo por si alguien lo espiaba— vació escrupulosamente las entrañas y se las tragó de un bocao.

 

 

 

Epístola a los poetas que vendrán / Manuel Scorza (Lima, 1928-Madrid, 1983)

Tal vez mañana los poetas pregunten

por qué no celebramos la gracia de las muchachas;

quizá mañana los poetas pregunten

por qué nuestros poemas

eran largas avenidas

por donde venía la ardiente cólera.

Yo respondo:

por todas partes se oía el llanto,

por todas partes nos cercaba un muro de olas negras.

¿Iba a ser la poesía

una solitaria columna de rocío?

Tenía que ser un relámpago perpetuo.

Yo os digo:

mientras alguien padezca,

la rosa no podrá ser bella;

mientras alguien mire el pan con envidia,

el trigo no podrá dormir;

mientras los mendigos lloren de frío en la noche,

mi corazón no sonreirá.

Matad la tristeza, poetas.

Matemos a la tristeza con un palo.

Hay cosas más altas

que llorar el amor de tardes perdidas;

el rumor de un pueblo que despierta,

eso es más bello que el rocío.

El metal resplandeciente de su cólera,

eso es más bello que la luna.

Un hombre verdaderamente libre,

eso es más bello que el diamante.

Porque el hombre ha despertado,

y el fuego ha huido de su cárcel de ceniza

para quemar el mundo donde estuvo la tristeza.

 

 

 

Juan Gonzalo Rose (Tacna, 1928-Lima,1983) / Gastronomía

Para comerse a un hombre en el Perú

hay que sacarle las espinas,

las vísceras heridas,

los residuos de llanto y de tabaco.

Purificarlo a fuego lento,

cortarlo en pedacitos

y servirlo a la mesa con los ojos cerrados,

mientras se va pensando que nuestro buen

gobierno nos protege.

Luego:

afirmar que los poetas exageran.

Y como buen final:

tomarse un trago

Sebastián Salazar Bondy (Lima, 1924-1965) / Mendigo

Desalojado de la tierra, soñoliento caracol

sumido en su intratable vestimenta,

el hombre que a ocultas fotografiamos

con un sentimiento borroso,

el hombre que marcha al azar sobre sus pies con párpados y fango

nos da el encuentro en su cruz y nos sitia,

y como se trata de limpiarnos los lentes de toda tristeza

para no estar obligados a arrojarle una cuerda

a la otra vida que se ahoga,

qué bien sabemos encubrir el caviar o su imitación cortesana,

retirarnos disimuladamente a nuestra camisa,

hojear de espaldas algún impredecible libro, etc.

El fuego se enciende en los secos cabellos del yermo,

el caracol desollado suena como en las playas antiguas,

y me temo que no van a valernos entonces de nada

el álbum de pesares, los místicos crespones, el no tener la culpa.

Ustedes advertirán que no estoy seguro de mí

y que no puedo dar un paso sin hallar al mendigo,

sin ser descubierto por su revólver enmarañado e irreal.

 

 

 

Alejandro Romualdo (Trujillo, 1926-Lima, 2008) / Primeras palabras

Sed tengo. Tengo sed. Tengo hambre y sed

de justicia. En mi boca está reseca

la bienaventuranza. Tengo fe

en la victoria. Y ardo en plena, tensa

pasión de paz. Estoy sediento, hambriento

de esperanzas. Mi sed no está saciada.

Ni mi hambre de luz. Estoy ardiendo

de fe, que felizmente me socava.

Yo estoy contento. Creo en otros cielos.

Tiendo la mano al que se cae debajo

de sí mismo. Le doy mi sueño entero.

Pinto paredes. Silbo. Estoy amando.

Mi sed es del tamaño de un momento

de eternidad: eterna sed de vida:

sed de romper el aire a puro beso:

honda resaca del amor: activa

poesía del hombre para el hombre,

poesía del hombre por el hombre,

poesía del hombre con el hombre,

poesía del hombre antes del hombre.

Sigo escribiendo. Creo en otros versos.

Hay otro fuego dentro de mis llamas.

Tengo los ojos puestos en mi tierra

y escucho con el alma sus palabras.

 

 

 

Los pobres también tienen sus castillos

También tienen los pobres sus castillos

en el hambre. Y levantan, claman, llaman.

Matan el tiempo con su vida. Muerden

manzanas con los ojos. También alzan

—a pura tumba— cruces contra el cielo.

Cierran los besos para siempre. Miran

con años de deseo. Avanzan, cuerpo

a tumba, con la muerte.

También tienen los pobres sus castillos

en la esperanza.

Los pobres ya no tienen qué ponerse

a vivir,

ni en qué valor caerse.

Hablan como les vienen las desgracias.

Dadles la luz. Y el pan de cada instante.

Porque de ellos es el reino vivo

de la tierra. Y el fruto de su vientre.

 

 

 

Wáshington Delgado (Cuzco, 1927-Lima, 2003) / ¿Ya no traerá la hormiga pedacitos de pan al elefante encadenado?

El gran país de los Soviets

se volverá un inmenso mercado

bajo la transparente sonrisa

de Mijail Gorbachov.

Lech Walesa y los invictos

obreros de Solidaridad

abatirán al comunismo

en la católica Polonia.

La plaza de Tiananmen

será el jardín cercado

de la libertad.

Todo pecado atrae

un celeste castigo:

en el Tiempo de las Hormigas

no hubo espacio para las Cigarras;

en la Edad de los Mercados,

no hay lugar para las Hormigas.

Para construir campos de golf

les quitan tierras a los indios

en los Estados Unidos.

En Sudáfrica matan a los negros

porque esa es la ley de los blancos.

En Haití, en Israel,

en las dos Coreas, en Colombia

a quien habla o se calla

lo torturan y matan

porque así es el mundo

y nadie puede cambiarlo.

¿Dónde hallará la hormiga

su pedazo de pan y su camino

hacia el elefante encadenado?

Los obreros de Francia,

de Suecia, de Alemania,

de la Europa Feliz,

más feliz que la Arabia

de los cuentos de antaño,

comen ostras de Ostende,

beben vinos de Alsacia,

veranean en el Cantábrico.

Cada semana dan su cuota

para los desvalidos compañeros

del Tercer Mundo,

¡alabado sea Dios!

La hormiga está desconcertada:

el pan se vende a precio fijo,

en todos los caminos

cobran el peaje,

para ver al elefante

hay que pagar la entrada.

En el Perú, las madres

son apaleadas diariamente

por pedir un poco de leche

para sus hijos pequeños.

A las míseras gentes

las arrojan a balazos

de las pampas pedregosas

donde quisieron levantar

sus chocitas de caña

(unos niños fueron pisoteados,

algún viejo murió

ahogado por los gases,

es el precio que hay que pagar

pues la propiedad es sagrada).

Pobrecita la hormiga:

perdió su camino,

su pedacito de pan,

su elefante encadenado

y muerto de hambre.

Jorge Eduardo Eielson (Lima, 1924-Milán, 2006) / Elegía blasfema para los que viven en el barrio de San Pedro y no tienen qué comer

señores míos

por favor

traten de comprender

detrás de esa pared tan blanca

no hay nada

pero nada

lo cual no quiere decir

que no haya cielo

o no haya infierno

sería como confundir el sol

con un silbido

o con el propio cigarrillo

(no haber visto nunca el cielo

significa solamente

no tener dinero

ni para los anteojos)

pero que detrás de esa pared tan blanca

circule un animal tan fabuloso

arrastrando según dicen

siempre radiante

siempre enjoyado

un manto de cristal siempre encendido

y que su vivir sea tan brillante

que ni la vejez

ni la soledad

ni la muerte

amenacen su plumaje

o más humildemente

por sobre el resfriado y el cáncer

no señores míos

créanme realmente

detrás de esa pared tan blanca

no hay hada

pero nada

una criatura tan perfecta además

no podría vivir encerrada

toda una eternidad

en un lugar tan hediondo

no podría vivir

alimentándose tan sólo

de su propio cuerpo luminoso

cómodamente tendido

en la gran pompa celeste

como si se tratara

de una espléndida ramera ya cansada

llena de mil hijos de mil padres olvidados bajo un cenicero

o una postal de san pedro

 

 

 

Carlos Germán Belli (Lima, 1927) / Expansión sonora biliar

Bilas vaselagá corire

biloaga bilé bleg bleg

blag blag blagamarillus

Higadoleruc leruc

fegatum fegatem

eruc eruc

fegaté gloc gloc

le lech la lach

higadurillus

vaselinaaá

Hegasigatus glu glu

igadiel olió

glisetón

hieeel

glisetón

gliseteruc

hieeel

gliseterac

hieeeeeel

 

 

 

La ración

Bien que con mi gollete yo al duro cepo,

sin culpa alguna desde siete lustros,

y en mis barbas a su bastón asidos

los crueles amos blancos del Perú,

mirándome burlonamente siempre,

de mandatos armados mil se yerguen;

no hay día que mi olfato no traspase

los umbrales del suelo, el agua, el aire

a oliscar de ración siquiera un átomo

para la boca de mis dos hijuelas,

o descienda hasta el fuego impenetrable

por unas migas ya carbonizadas.

 

 

 

Javier Sologuren (Lima, 1921-2004) / A Vallejo agonista

porque eres la rueda escapada a su eje

violenta amorosa centrifugadamente

y el fuego alzándose en mil lenguas elocuentes

porque eres la asunción del macho y de la hembra

la asunción de la especie

Vallejo de barro Vallejo de piedra

el dolor está siempre

crepitándote su estrella

no sé bien por qué

pero es así Vallejo

como tu verbo encarna

como tu sangre quema

tuvo el Perú que darte

solo el Perú parirte

con tu orfandad de niño

gimiendo en un rincón

con tus fibras ternísimas

con tu hambre feroz

de humanidad humana

de humana humanidad

hay ceniza en la lágrima

ceniza en la sonrisa

capullos ahogados en ceniza también

esta hora del mundo

descolgada del cielo

es un hocico hozando

la muerte nada más

esta hora del mundo

alerta desde tu alma

desde tu entraña suena

una vez más

reacciona en cadena

cubre vigilia y sueño

arrastra el corazón

porque eres la rueda escapada a su eje

para hacer polvo injusticia

miseria desamor

Blanca Varela (Lima, 1926-2009) / Canto villano

y de pronto la vida

en mi plato de pobre

un magro trozo de celeste cerdo

aquí en mi plato

observarme

observarte

o matar una mosca sin malicia

aniquilar la luz

o hacerla

hacerla

como quien abre los ojos y elige

un cielo rebosante

en el plato vacío

rubens cebollas lágrimas

más rubens más cebollas

más lágrimas

tantas historias

negros indigeribles milagros

y la estrella de oriente

emparedada

y el hueso del amor

tan roído y tan duro

brillando en otro plato

este hambre propio

existe

es la gana del alma

que es el cuerpo

es la rosa de grasa

que envejece

en su cielo de carne

mea culpa ojo turbio

mea culpa negro bocado

mea culpa divina náusea

no hay otro aquí

en este plato vacío

sino yo

devorando mis ojos

y los tuyos

 

 

 

José María Arguedas (Andahuaylas, 1911-Lima, 1969) / Temblar

Dicen que tiembla la sombra de mi pueblo;

esta temblando porque ha tocado la triste sombra del corazón

de las mujeres.

¡No tiembles, dolor, dolor!

¡La sombra de los cóndores se acerca!

—¿A qué viene la sombra?

¿Viene en nombre de las montañas sagradas

o a nombre de la sangre de Jesús?

—¡No tiembles; no estés temblando;

no es sangre; no son montañas;

es el resplandor del Sol que llega en las plumas de los Cóndores.

—Tengo miedo, padre mío.

El sol quema; quema al ganado, quema las sementeras.

Dicen que en los cerros lejanos

que en los bosques sin fin,

una hambrienta serpiente,

serpiente diosa, hijo del Sol, dorada,

está buscando hombres.

—No es el sol, es el corazón del sol,

su resplandor.

su poderoso, su alegre resplandor,

que viene en la sombra de los ojos de los cóndores.

No es el Sol, es una luz.

¡Levántate, ponte de pie; recibe ese ojo sin límites!

Tiembla con su luz;

sacúdete con los árboles de la gran selva,

empieza a gritar.

Forman una sola sombra, hombres, hombres de mi pueblo;

todos juntos

tiemblen con la luz que llega.

Beban la sangre áurea de la serpiente de dios.

La sangre ardiente llega al ojo de los cóndores,

carga los cielos, los hace danzar,

desatarse y parir, crear.

Crea tú, padre mío, vida;

hombre, semejante, mío, querido.

 

 

 

César Calvo (Iquitos, 1940-Lima, 2000) / Hoy hemos almorzado de memoria

Hoy hemos almorzado de memoria.

De nuevo

de memoria.

Contando alguna tarde de provincia,

mi madre se ha quedado dormida en una alondra.

En una alondra antigua y silenciosa.

¿Quién va a venir ahora, con la voz de esa alondra,

a hablarnos de la dicha y de las rosas?

Con la luz de esa sombra ¿quién va a venir mañana

a hablarnos del perfume radiante de la dicha,

dichoso

de las rosas?

Ya nadie vendrá ahora.

Nos hemos devorado la voz de las alondras.

Ya nadie vendrá nunca.

Contando alguna tarde de provincia,

hoy nos hemos comido para siempre las rosas.

Javier Heraud (Lima, 1942-Puerto Maldonado, 1963) / Hambre

Me comía los árboles de la avenida,

que los ojos con los hombres ciegos querían devorar;

Me comía los balcones, las tablas,

los patios, las rejas, los jardines,

que los arquitectos querían devorar.

Me comía las emociones del mundo,

los sentimientos de los libros,

que los “prácticos” querían devorar.

Me comía a los niños, pues ya sabían

que aprendían casas huecas. Y a

quienes los maestros querían devorar…

Me comía a los hombres buenos

pues yo sabía que eran pocos

y a quienes los lobos querían devorar.

Me comía a mí mismo. Sí. A mí mismo.

Pues intuía que me querían devorar.

 

 

 

Marco Martos (Piura, 1942) /Casa nuestra

En veleros, en corceles, con sus lanzas, con sus cascos,

con sus letras no aprendidas al comienzo,

en galeras, llegaban en oleadas

y en la casa que era nuestra,

aquí mismo, nos mandaban.

Ellos eran los reyes,

Ellos tenían las armas.

Y cuando al fin se fueron,

después de muertos, de tiros y tratados,

como herencia nos dejaron,

sangre y cruz, lengua y nada

y la casa dividida

en porciones y cucharas.

Ahora los vecinos, las visitas invitadas,

muertos de hambre, nos reclaman.

 

 

 

Leoncio Bueno (La Libertad, 1920) / A un buey

Pobre buey,

Cada día más flaca y declinada la testuz;

Tus llagas más hondas

Y más duros terrenos por labrar.

Cada día más cruel y avariciosa

La impudente codicia del patrón;

Y tu pasto

Más árido y mezquino en el corral.

Pobre buey, labrador popular,

Cuán verde y olorosa has convertido

La anchurosa campiña de tu amo.

Pero aún no se siembra una parcela para ti.

Yo te vi, pobre buey, aquella tarde

Cuando el hambre mugía en la cañada,

Cual un toro de casta rugir airadamente,

Romper negros cabestros,

Saltar cercos, tapiales

E invadir devorando el más tierno maizal…

Pero vino tu amo,

Vinieron mil criados

Con otros mil garrotes como el hierro

Duros y fuertes,

Y en sus lomos huesudos de labor

Descargaron un bárbaro castigo.

Y allí estás, pobre buey,

Como un viejo labriego consumido

Por las penas del trabajo;

Con la mirada tardía contemplando

Cómo a dos varas de tu boca hambrienta

Relumbra el maizal.

 

 

 

Marcial Molina Richter (Huamanga, 1942) / Churmichasun

Cholo nomás nos dicen

indio nomás nos llaman,

como si cholo como si indio

no fuéramos-pues hombres.

¡Churmichasun!

¡Churmichasun!

No nos dejan ni comer

ni andar, ni respirar

supay runas estos mistis.

¡Churmichasun!

¡Churmichasun!

A cada instante

a cada instante

fuego de rebeldía.

Este es nuestro lema

churmichasun a los grandes

a los ricos gamonales,

churmichasun a los gringos

a los yayas maldecidos.

Churmichasun

churmichasun

fuego de rebeldía

nada de compasión.

Todos ellos, supay mistis,

nos están matando.

Churmichasun

churmichasun

Nadie más que nosotros,

gloriosa masa la nuestra,

Churmichasun

Churmichasun.

 

 

 

Rodolfo Hinostroza (Huaraz, 1941-Lima, 2016) / Imitación de Propercio

I

Oh César, oh demiurgo,

tú que vives inmerso en el Poder, deja

que yo viva inmerso en la palabra.

Cantaré tu poder? Haré mi smo?

Proyectaré slides sobre la nuca de mis contemporáneos?

Pero viene tu adjunto

sosteniendo que debo incorporarme al movimiento

si no, seré abolido por el movimiento.

No pasaré a la Historia, a tu

Historia, oh César. 80 batallones

quemarán mis poemas, alegando que eran inútiles y brutos.

No hay arreglo con la Historia Oficial.

Pero mis poemas serán leídos por infinitos grupos de clochards

sous le Petit Pont

y me conducirán a los muslos de Azucena

pues su temporalidad será excesiva

cosa comunicante.

Sous le Petit Pont

hablando del Tiempo sin implicaciones políticas

corre el Sena, río de cerezas, río limpio,

y hacia las seis de la tarde las cosas se naturalizan

y no conseguirás oh César

que yo me sienta particularmente culpable

por los millones de gentes hambrientas.

 

II

Los imbéciles han renunciado al Poder: yo

me confieso imbécil.

Ese juego pragmático y salvaje

por el que bramo y huyo, cosa en la cual

he quemado la mitad de mi juventud

por aceptar Tu Realidad,

oh, César,

por decir mi bocado shakesperiano. Y así

es miserable el tiempo que se pasa sobre la tierra

suponiendo que no hay un infinito

y además

el mundo de que me sentía mediador

no existió jamás, y

no lo verán mis días.

Un puto inútil

según los expedientes de tu estado, Señor de Gran Poder,

un joven lúdico

nonsense.

Cantaré a la risa

y al ridículo: ésas son cosas ciertamente inmortales,

no tu poder, no tu barbarie, oh César.

Yo huyo, según tu entendimiento

arrojando latas de cerveza a América

vagando sous le Petit Pont

donde cantan los jóvenes melenudos

las más bellas romanzas de la época.                                      

 

III

Oh César, van llegando tus panfletos:

“Si no te ocupas de política

la política se ocupará de ti”

puro chantaje.

Qué puede un centurión contra mi sonrisa?

Amenazado de muerte?

Y morirán mis reinos interiores, mis poemas, mi nombre

será excluido de las conversaciones?

Corriente.

Creerás que has ganado,

Oh César.

Eugenio Marchbanks sale, pero ellos nunca sabrán

cuál era su secreto.

 

IV

La Historia es la incesante búsqueda de un domo cristalino

que hay que mirar como jamás nadie ha mirado

y tus ojos son de esta tierra, Oh César

el poder corrompió a la Idea

pero la Idea queda

arbotante y tensión sobre un espacio de aire.

Tienes quien te haga las canciones heroicas

un puñado de máximas para defenderte de la muerte

y puedes arrasarlo todo

hombre que duerme

/ No mandes

a tus terroristas a convencerme que cante tu célebre continuum

represivo

yo reposaré esta noche entre los muslos de Azucena

y veremos unicornios en las paredes

y nuestros cuerpos se moverán hacia Hércules & Lyra

y la energía que emana de un cabello será bastante magia

para esta noche.

 

V

Necesitado de armonía

—ante un grabado de Albers

amarillo sobre amarillo, dos cuadrados/ sabiendo

que aún hay mediadores—

necesitado de armonía. Oh César

sigo el largo cabello de Azucena

la gracia y encarnación

detenida en el arco de St. Severin

serruchando una mano

entrando en Shakespeare & Company

papel sobre papel

una mano detenida sobre una página gótica

—en algún sitio

está la belleza mortal—

y haremos el amor sobre el papel

y no la guerra

y su cuerpo ondulará

y ella estará distanciada de todo

una gota de sudor resbalando

nítidamente sobre su espalda

hasta rendir el alma.

 

VI

Para arrasar el Poder

se precisa el Poder: yo buscaré el Tao & Utopía

Oh César

no me sueltes a tus perros de presa

la otra margen quizás no he de alcanzar

quizás me turbe

la contemplación de la belleza

y quede detenido otra vez detenido por un cuerpo

sensible a la virtud de un río

qué fueron sino rocío de los prados

qué fueron sino verdura de las eras

y pasaron miserablemente sus días en la tierra

Mi amada me espera

en la Puerta de Lilas

iremos en auto-stop a Salzburgo

Mozart prende las estrellas

nos revolcaremos sobre campos de avena

una vez más hacer el amor será un milagro

entre dos o tres

y las suecas de largas piernas

el invierno nórdico

cantando cosas

lúbricas forever

descubriendo la dulzura del Oro de Acapulco

nuestra propia dulzura

la naturaleza bienamada

robando frutas

vendiendo baratijas hechas por nuestras manos

viajando hacia el verano

o el otoño

los desiertos alquímicos

bellas palabras en idiomas extraños

y acamparemos bajo las estrellas

ritos órficos/sueños

espuma de mares jóvenes y mortales

donde no lleguen tus gerifaltes

Oh César

a intentar que cantemos al Poder.

 

VII

La cotidianidad puede ser tan hermosa como el heroísmo

sin salir de su casa se puede conocer el mundo

el movimiento del aminoácido y los astros

atravesado de energía

concibiendo

cómo es que el universo ensambla desde arriba

por el cambio incesante

y una manzana otra vez una manzana

mordida por la belleza rubia

se lleva el paraíso

goteando

y la otra margen no habremos de alcanzar

mediadores entre el mundo de la realidad y el mundo

de los sueños

quietos en la contemplación

cabras que pastan entre los rododendros

un pueblo de sucias chimeneas abajo

y el roce de una mano puede precipitar el éxtasis

avant-garde

de un mundo que entrevemos

trizados por el Poder

que avanza sobre sí mismo y crece sobre sí mismo

ayer y hoy

en su naturaleza hay algo de maligno

ahora y siempre.

 

VIII

Oh, Señor de Gran Poder

mi poesía acabará conmigo

animal mortal

hecha por un animal mortal

pero será leída por jóvenes tan jóvenes

que creerán que es un viejo el que escribe

para ellos

no deteriorados por la barbarie del poder

nítidos

mejores

esperan con enormes grupos el Metro de las 6

andróginos y bellos

la noche fue de amor y marihuana

vienen del Norte y del Este

quién necesita una patria

los insultos no pueden contra ellos

semejantes al alba

Oh César

ignorando el poder.

 

IX

No cantaré tu empresa, César:

hay un solo cantor para el ascenso

y hay mil para el descenso

descubre entre tu gente al elegido

y que no sea tarde

muerto apaleado

envejecido mudo

dentro & fuera

en un cruce de caminos

clavado a una cruz invertida

ojos que vieron la disputa del Poder

y aceptaron le mélange atroz

mientras nosotros los mil

del Este y del Oeste

un rêve, una visión

de una Historia pulsátil que se cierra y nos echa

hora del Poder

nuestra hora es la diáspora

la Idea marcha sobre la tierra retumba

como un tonel

pero en lo nuevo vive el germen de lo viejo &

viceversa

y la empresa final asume formas definidas

el cuello de botella

se abre hacia el infinito

y no cantaremos César poderes temporales

sino el total del diálogo

o rien du tout.

 

X

Frente a la Normandía

la marea se retira 13 kilómetros

brota el camino anegado que conduce

al Monte St. Michel

un rêve, una visión

Azucena

lava sus largas piernas musitando canciones goliardas

espera

incesantemente detenida

pero el mar se retira y la otra margen

acaso alcanzaremos

no más la historia del Poder pero de la armonía.

millones de utopistas marchan silenciosamente

nse&o

piedra embebida en sangre que lloramos

oh piedras levitadas

por amor

la otra margen acaso alcanzaremos

el mar se ha retirado y Azucena

aguarda

amante incansable y ligera.

 

XI

Bajo el signo de Scorpio

ciclo de la verdad y la putrefacción

con la opción del suicidio en el círculo de fuego

para a su vez podrirse y engendrar.

Luis Hernández (Lima, 1941-Buenos Aires, 1977) / Twiggy, la malpapeada

Pasea

A caballo en la llama de la Feria:

En La Colmena los cabros levantan en sus carros

Astronautas.

Amanece:

Los poetas celebran en sus bares

Al gobierno.

Son los tiempos

De los peces más feos, Ios más gordos:

El borracho y el bagre

El cobarde, el tramboyo,

Los vendidos, los comprados

Por un precio ridículo

(Y en soles)

El muchacho practica por un cine

La mostaza.

El anciano respeta el respeto,

Al que es digno y se silencia.

El Obispo bendice al caballo

De carrera compitiendo con su próximo

En infamia...

 

 

 

Entonces en las aguas de Conchán (verano 1978) / Antonio Cisneros (Lima, 1942-2012)

Entonces en las aguas de Conchán ancló una gran ballena.

Era azul cuando el cielo azulaba y negra con la niebla. Y era azul.

Hay quien la vio venida desde el Norte (donde dicen que hay muchas).

Hay quien la vio venida desde el Sur (donde hiela y habitan los leones).

Otros dicen que solita brotó como los hongos o las hojas de ruda.

Quienes esto repiten son las gentes de Villa El Salvador, po¬bres entre los pobres.

Creciendo todos tras las blancas colinas y en la arena: Gentes como arenales en arenal.

(Sólo saben del mar cuando está bravo y se huele en el viento.)

El viento que revuelve el lomo azul de la ballena muerta. Islote de aluminio bajo el sol.

La que vino del Norte y del Sur y solita brotó de las corrientes.

La gran ballena muerta.

Las autoridades temen por las aguas: La peste azul entre las playas de Conchán.

La gran ballena muerta.

(Las autoridades protegen la salud del veraneante.)

Muy pronto la ballena ha de podrirse como un higo ma¬duro en el verano.

La peste es, por decir, 40 reses pudriéndose en el mar (o 200 ovejas o 1 000 perros).

Las autoridades no saben cómo huir de tanta carne muerta.

Los veraneantes se guardan de la peste que empieza en las malaguas de la arena mojada.

En los arenales de Villa El Salvador las gentes no reposan.

Sabido es por los pobres de los pobres que atrás de las colinas flota una isla de carne aún sin dueño.

Y llegado el crepúsculo —no del océano sino del arenal— se afilan los mejores cuchillos de cocina y el hacha del maes¬tro carnicero.

Así fueron armados los pocos nadadores de Villa El Salvador.

Y a medianoche luchaban con los pozos donde espuman las olas.

La gran ballena flotaba hermosa aún entre los tumbos helados.

Hermosa todavía.

Sea su carne destinada a 10,000 bocas.

Sea techo su piel de 100 moradas.

Sea su aceite luz para las noches y todas las frituras del verano.

 

 

 

Mirko Lauer (Zatec, 1947) / Me trago mi propio bozal

El circo flota en una lágrima.

Javier Sologuren.

Me trago mi propio bozal, olvido mi culpa y cruzo de un zarpazo

el rostro de la persona que me convida el maní.

Levanto por el aire, con payaso y todo, el monociclo,

y lo clavo, como una tachuela, contra la sombra petrificada de mi domador,

y sus bolsillos repletos de dulces.

Escupo las últimas tirillas del bozal

(que ahora tiene un hedor incontenible a saliva

mezclada con sílabas que nunca he pronunciado)

y me abalanzo sobre los espectadores

como si entrara con una guadaña hambrienta en un campo de margaritas gordas.

Cuando me rindo a mi furia no tengo mirada, sólo movimiento.

Es evidente que estoy loco, pero no hay tiempo para enfrentar ese problema:

el oso ha empezado a sentir, el oso ha dejado de pensar. El oso ha hecho contacto con el vacío, y ahora quiere morder.

Su padre y su madre fugan de él de todas las formas posibles,

y él sale a las calles del Qosqo, y huele la realidad con el ho¬cico en carne viva:

Blutwurst en el Coricancha,

salchichas de Viena (cortitas, cocktail Plumrose) bajo el altar central de la iglesia de Santo Domingo,

cabanossi picantes clavados en las dos cruces de la capilla Hurtado de Mendoza,

en Qenqo un denso río de chicharrón de prensa, todo el Uru¬bamba una sola lágrima de pastel de carne,

queso de chancho, con una raja de ají, en la plaza de la Libertad,

chicharrones en la famosa custodia de la Compañía,

lonjas de mortadela Razetto ocultas entre los calzones y las pieles de las fly-hostesses de Inca Air.

El oso se dirige al aeropuerto, donde le arranca la cabeza a un par de aviones

y hace declaraciones para la tv: «Peruvian psycho», «asesino serial chicha»,

«Soy el hijo de un hueco en la oscuridad», «Mata-tonys».

El payaso, ya muerto y remuerto, hace un último intento de salvar su vida.

El circo a oso y payaso con una risotada

que saca lustre a las vísceras tendidas,

y de pronto los reflectores bajan

y el oso empieza a querer pensar que no ha matado a nadie,

y es así: su falso deseo se ha cumplido en su falsedad,

y el oso llora por él.

El público sólo ve una pierna peluda cagada de amarillo

y una pequeña cuenta bancaria, tensa como un ano.

En la última escena el oso rehabilitado está alzando el vuelo

y entrando directo a la torre de la grulla amarilla,

mediante la modalidad poética del accidente,

en apretados bloques de ceniza,

y apisonada la torre contra sí misma por el viento.

Alzando el vuelo y empezando a llorar acreditado,

ante estos siglos perdidos, ante estas diminutas horas

en que la luna ulula y duerme a los espectadores,

y hace del mundo entero un oscuro circo sobre una colina.

José Watanabe (Laredo, 1946-Lima, 2007) / El pan

pero mi madre y yo vivíamos en un pueblo

de hambrunas.

Las carencias

nos llevaban a todos a una especie de inocencia,

a un vivir

en el centro puro de nosotros mismos.

Así es cuando ya no queda nada, salvo

la postura orgullosa de mi madre

que dormía como saciada.

Cada cierto tiempo pasaban profetas

que repetían monsergas en nombre de un dios

prometedor, pero cruel.

Ninguno trajo lluvia sobre los campos yermos

ni hizo el milagro de una simple lechuga.

Una tarde se asomó a nuestra puerta

un extranjero de mirada llameante, otro agorero,

pero no supimos quién ardía en él, si su dios

o su demonio.

Dijo llamarse Elías y tenía gran hambre como nosotros.

Se quedó mirando a mi madre

que en la artesa mezclaba un puñado de harina Santa Rosa

con una cucharada de manteca sin nombre.

Estoy haciendo un pan para mi hijo y yo. Lo comeremos

y después, con la dignidad de los pobres satisfechos,

nos moriremos de hambre, dijo mi madre

en Reyes 17:12.

 

 

 

Abelardo Sánchez León (Lima, 1947) / Parábola del hijo pródigo

Mi mamá me dijo cuídate, hace frío, regresa temprano.

Y entonces guardé las monedas en el chancho.

Esas caras de palo son la sucesión de las noches

estrellándose en el agua disecada.

Abrí las piernas.

Voy a sacar mis mejores frases para las circunstancias,

circunspecto,

con la emoción que me embarga:

mi primer amor se largó con otro

y fornican sobre los pastos de España.

En el baño, allí, la juventud es el divino tesoro

en varios tomos con un miembro endurecido sobre la loseta.

Mi risa estremece los papeles donde se apolilla el Impresionismo

o donde Silvio D’Amico narra las representaciones

en cada continente y época.

La tristeza me lleva a encontrar en un rompecabezas

una figura digna donde aferrarme entre tormentas y

seducciones

un mar calmo como la sonrisa de los seres queridos, los míos,

aquí,

una primavera adelantada en plena vejez.

Un silbido raja la cristalería de Bohemia

un añico en cada ojo rasga la mirada de un cerdo

—la tercera etapa de la borrachera,

después de la del cordero y la del león–

un lío con uno mismo para no dormir de noche sino de

mañana

así dejo mi suciedad en la tina

enjuago mi cabeza

una camisa limpia devuelve el alma al cuerpo

y habré de comer para no morir de hambre,

pero no:

aquí no he venido a llenarme la boca de carne

sino a buscar un lugar digno para mi cuerpo.

El sol empaña las colinas de arena donde nadie se mete a vivir,

aquí es la cosa dice la juventud que se va,

que se va como bandadas de pájaros al mar.

Horas libres para una copa que entone el cuerpo.

Hojeo láminas desplomándose en esas tardes en que nos

quedamos

dentro de casa cuando de repente ha llovido,

obediente, en el lugar donde se acostumbra estar,

el más informal, donde habita ese calor, esas manías,

ese lenguaje de años adquirido,

el mundo a través de las lunas hacia el jardín:

un claro-oscuro holandés.

Sólo falta que mi madre borde para los suyos

o yo, como un niño, dé vueltas con esa cara de enano viejo.

 

 

 

Jorge Pimentel (Lima, 1944) / Un día de estos me van a comer las calles de Lima

Y de cada rincón sale una voz que me llama, una fría voz que se preocupa al verme deambular sin dinero, y con decoro encamino mis pasos como un soldado a paso redoblado se dirige al mar.

y donde en verdad debo detenerme sigo de largo a paso redo¬blado como un soldado

con cansancio

con sed

con agobios

con arte.

Aunque veas miradas que luego has de confundirlas con cemento

aunque te entre un perro y te conviertas en perrero

hay que caminar, caminar así sinceramente así como quien

sale de su casa a darse una vueltita a ver qué pasa.

 

 

 

Filamentos

A los niños que se esconden para comer.

Qué hacen los niños del Perú deambulando por Lima

vendiendo caramelos. Qué hacen. Qué hacen. Qué hacen.

Y me he olvidado quién eres. Y me he olvidado quién soy.

Dos son mis ojos en esta fatal desocupación. Cuando veo plata

veo sangre, y hay tres insolencias: la del dinero,

la del sable y la de la ignorancia.

Riesgosas espectaculares contradicciones que exigen que exceden que rebalsan, que existen, riesgosas cir¬culares espectaculares

situaciones bárbaras, expectantes, arropadas cuestiones

nacionales ingobernables, muestras, no muestras, sí declamadas,

que entrampan, no fáciles, inagarrables, no acordadas, llamaradas

aglutinando nociones, exagerando, descompuestas, multina¬cionales

mugrientas maneras de sonreír, de dar pan, disponibles notas,

puntiagudas nostalgias, de contener la rabia, la áspera, atónita,

jijuna, putrefacta, rapaz, áurea reactiva, de atrevimiento molecular,

de células rotas, de dar, de dar la vida, cara tras la cara

cara tras la cara.

Riesgosas, alturadas, no llamadas, abrumadoras nostalgias

de quejas, endulzadas estas formas fruncientes que galopan

que golpean hasta que galopan, que pegan así, haz, eres así

así debiste, así serás, que trepidan así me caiga, así moriré,

ahitá; que simulan, que chocan, jalonando el amanecer, el destello,

los filamentos que esta hora arrugada, cegada, cariada,

cerrada, arrugada, cariada, caray, quién no te quiere, aventada

a los techos menos provistos, mal vivir a las puertas, quién

no te quiere carajo, rota la jodienda, más tampoco, menos hijos

menos comida, menos años, más jamás y menos té, menos leche

menos un juguete y así morir en formas esquilmadas, arrugadas,

morir rural, morir cívico, morir campesino, morir catecismo,

morir pueblo, morir arroz, morir aceite, morir harina, morir micro

morir ómnibus, morir carne, morir beso, morir enfermedad,

morir sopa, morir pescado, morir tierra, pan, agua, morir, trimorir

cuatrimorir, en años, en diciembre, en noviembre, en no verdad,

en verdad, en verso pulposo, en el colchón, en el suelo, desangrado,

morir en la risa, de costado, de frente, al amanecer, morir de propina

de caridad, de sonidos, al anochecer, al atardecer violeta,

en la espina, a la vuelta, porque se cae al suelo, se cae al sue¬lo, sin caer definitivamente

y sin morir sin sangre y sin avisos

y sin sueño o con sueño y sin afecto y sin testigos de papel,

de tinta, testigos de sombras álgidas, asombradamente,

asombrosamente penitente el poeta deambula en sombras ob¬nubiladas,

sombras come niños sombras come ancianos, sombras rapaces,

tétricas, masticacuchillos, masticanúmeros, feroces números que se

descuelgan del húmero, de la fecha, de la nostalgia, de la rodilla,

del estómago, de las serpientes, de la culebra, del burro y de la avispa,

de los conejos y de la pus, comejenes corruptos, seres

impracticables que nos caen, que nos demuelen, cara tras la cara

cara tras la cara, que piden, que eligen, cara tras la cara,

tu permanente silencio que exige tu autoeliminación en desórdenes,

en angustias enrevesadas que ilusionan cargas y agracias,

y el punto cojudo que una palabra interpreta, que una palabra no dice,

la laboriosidad de estos niños peruanos arremetidos

de chantajes en lúgubres espacios donde anidan crápulas aus¬cultándolos

con luz de esquina, y sin agua y sin hojas y sin viento

y sin alma y los jamanciosos fulgurantes soles los eluden los enduermen

en lunas, en barandas de sol y caídas las medias, entreabren suelas

que movilizan trompos y trapos, cometas y miel y se llaman, y se llaman,

lavalunas, lavacarros, pasudiablos, boleteros, llenadores, lustra¬botas

canillitas, en adoloridas pausas, en gimientes dientes,

perdidos, enfermos por años, quién no te quiere mierda,

conchetumadre, adefesios sueltos, despedazados, pedazos,

ramillas de pasos racimos de melancolía, sudorosos,

enrumbando infiernos posibles, torturas impostergables, en suciedad

que los acorralarán, corroborarán y encañonarán, corran co¬rran corran

la voz incierta de niños que, niños laboriosos que,

niños que me han enseñado en su pausa breve, el ansia encanecida

que es la belleza del poema, sellada la certeza de un oficio

que pide una médula espinal para quebrarla en un beso,

un beso que las horas alumbran en el sustento cierto e incierto

de un hombre desocupado, de un hombre sin empleo y casi al borde

de la conclusión.

Carmen Ollé (Lima, 1947) / “Escribir es buscarse en la sonrisa de la fotografía”

Escribir es buscarse en la sonrisa de la fotografía

la memoria es la figura inmóvil en el álbum color almendra

evoco todo domingo aquel ocio y el inigualable

aburrimiento del que atento a la hípica —los anteojos caídos—

acelera su pulso con el histerismo del locutor

sobre nombres de animales históricos

nombres fetiches:

rubí agamenón semíramis

el domingo se desliza bajo la pata de esos caballos

como la estampida de los esputos de la pandilla

en el cine y las flechas de los indios

en el incendio del llano

el velo romano batiéndose sobre el galeote

las tablas de la ley

dios es una cruz extinguiéndose en la acuarela

de la tarde

días horas meses sobre una montaña

pueden arder ahora

entre las líneas de este día menos inventado

y confuso:

sobre la mesa extranjera hay pescados fritos

a las 2 de la tarde

espinas lamidas

un libro de psicoanálisis de una mujer de 34 años

un tiempo límite para recuperar el perdido

a lo largo de costosas sesiones

cartas a mamá rosas y dulzonas

té a toda hora

tantas veces orines

fiesta en la que ya no me interesa dormir.

 

 

 

Enrique Verástegui (Lima, 1950) / Primer encuentro con Lezama

Llevo un sol en mis bolsillos

pero ya no tengo nada en mí

no puedo soñar cantar pensar en cosas concretas

no puedo soñar cantar escribir ese poema para ti mi gatita arañándome el hombro

y mis vecinos me tienen controlado

me ven llegar como una peste

y hablan de mí

entre comillas soy el ocioso el paria el que llega tarde en la noche

y corro por estas calles de Lima

buscando recordando a Vivian

cayéndome en pedazos consumido por mí mismo y tú no ha¬cías nada por mí, viejo Lezama, estás ya viejo, pero te guío por estos sitios

Vivian solía aparecer desnuda con sus enormes muslos de cedro

y mira acá esta foto: es Jericó devastada por el mal uso de los sebos, por la droga, las flores de plástico

y sal un poco de tus páginas, de esos aires, Lezama, sé que el asma es tu paraíso

pero comparando nuestros árboles, nuestra sana manera de tendernos

en la yerba

yo habito más que el infierno

y debo caminar pudriéndome por quedar bien contigo mien¬tras vamos paseando por Tacora

entre prostitutas y ladrones

que no logran robarnos nada porque nada tenemos pero tene¬mos hambre y comemos ciruelas

y corremos fugándonos sin cancelar la cuenta

y otra vez estamos en la plaza San Martin frente al caballo inmovilizado por las cámaras de los turistas

sin saber dónde ir ni qué ómnibus tomar

sin saber cómo ni cuándo apareciste en Lima sorpresivamente como esas pocas lluvias que llegan para lavarnos de la duda

y ahora estamos contigo en el café Palermo

ahora ya puedo decir que tus palabras huelen a manzano y los manzanos son gente sencilla que ignora el uso de la palabra

gente que ignora el mal uso de la palabra

ahora sé que nada se perdió

y aprendí que el verso más claro está garabateado sobre la pared de los baños

y voy recitándolo con voz sonora en medio de la calle

mientras me alejo y llevo a Lezama prendido como un laurel sobre el ojal de mi camisa

yo no quiero brillar con esa intensidad de aviso Phillips

yo tengo un brillo en las pupilas

tan claro como el verso más claro que ahora voy gritando por estas páginas sórdidas

y somos arrojados uno al lado de otro sobre esta gran ciudad caminan un par de iguanas

reptando y comiéndose la luna

uno más joven que el otro 71

uno más flaco y pálido y callado y con las alas cortadas por la rutina de estar continuamente dando batallas a la rutina

dando vueltas

y más vueltas encima de los cables

otra vez solo

sin nadie con quien cruzar unas palabras, una idea,

y los ojos están ardiéndote,

todo lo que miras es alcanzado por el fuego,

como en la hora del Juicio Final,

he llegado a mí después de haber gritado en las praderas porque todos huían de ti pero ya tú habías huido de todos

y el corazón te quema más que un buen vaso de brandy y en el estómago

más que todos los fogones ardiendo juntos de noche sobre los campos,

el corazón es mi palabra y más que mi palabra soy yo ardien¬do de noche sobre los corazones que aún no han conocido el amor

y están desesperados gimiendo arrancándose los cabellos.

 

 

 

Oswaldo Chanove (Arequipa, 1953) / Canto

Es importante abrir los ojos y mantener una mirada

Es importante creer ahora y siempre que algo valioso nos redimirá definitivamente

Tal vez un trozo de carne

(Sutilmente aderezado y con guarnición de legumbres her¬vidas)

Un libro

¿Por qué no?

¿Acaso no es humano querer a un libro por encima de todo?

Un amor

El dulce cuerpo de una chica que grita ¡Empuja!

 

 

 

Carlos López Degregori (Lima, 1952) / Una mesa en la espesura del bosque

La mesa está puesta para tres

como si tres fueran todas las personas

que pueden comer en una mesa

y no existieran más números ni sillas.

¿Pero qué pueden comer esas tres personas?

¿Carne ingrávida?

¿Carne sonora

para sus tres bocas dibujadas con tiza?

Ellas no hablan

sólo comen

y derraman en el mantel que pasa sin fin todo su hambre.

Truenan las nueces y sacuden sus tesoros

que son ojos o dientes

tiembla la carne

y hace gritar a la madera

crece espeso el humo y cubre las paredes del aire.

La mesa está puesta para tres

como si tres fuesen las personas

que justifican una mesa.

Nada es más difícil

ni irreal

que verlas con los labios manchados y ansiosos

comiendo todo el día.

No a una persona sin remordimientos que soy yo

ni a dos que eres tú

sino a tres golpeando los cubiertos

en una gruesa música de hierro.

A ustedes, tres personas, les sirvo esta iniquidad:

vuestras bocas son un negro bosque

para perderse

una espesura de árboles decapitados.

En la luna de estaño

La perra trajo a los cachorros al rincón más hondo de la cocina y dejó que se acercaran a su vientre. Tú revolvías la olla con el cucharón y pensabas que de ser necesario precipita¬rías en el líquido espeso al más ciego y débil.

La sopa es la única leche que puedes ofrecerme. La preparas con lo que tienes a tu alcance que casi siempre es lo que sobra o nadie quiere. La hierves durante horas y sabes que en su centro bullente se concentran mis ansias. Es difícil saber si la necesito como una forma de sustento o está allí para probarme. La sopa es el primer misterio y debo recibirla como si fuera un secreto transmitido por genera-ciones, entregarle vida a cambio de vida.

Veo cómo la remueves y escucho que me llama desde el círcu¬lo de la olla que es el centro del mundo: cuántas veces he querido saltar y quedarme a vivir en ella con mi hambre.

Sudo en el calor de la cocina y me sirvo un plato con la sopa que acabas de preparar. No sabe bien ni mal como tu leche o como la inocencia de la perra. Un viejo gallo picotea en la mesa un grano de sal y sé que entiende mi aflicción aun-que no puede comunicármela. Crepitan los carbones y los conejos son esfinges que reparten sus chillidos en la luna de estaño del cucharón.

La perra se levanta y deja a los cachorros que se ovillan tem¬blando satisfechos: nuestras saciedades se parecen, pero durarán muy poco.

Me retiro a dormir. Corro el cerrojo para cuidar la sopa de mañana.

 

 

 

Magdalena Chocano (Lima, 1957) / Esta noche pertenece a la hueste

esta noche pertenece a la hueste

a las manos en guantes de encaje

altas sombras rodean las fogatas

el humo desdibuja las formas aderezadas en la flama

no hay huellas en el hielo de esta noche

aunque todos tienen un rostro que oculta al dios

que nutren con sabia antropofagia

 

 

 

Mario Montalbetti (Callao, 1953) / Para La Tempestad

A comienzos de año escribí un poema que comenzaba

el sol cae, las estaciones se suceden, las nubes flotan sin direc¬ción.

Luego de unos cuantos versos más empleando ese tono más bien oriental

quebré el progreso del poema y dije

cambio todo eso por una sopa dan dan mian

llena de vida mamífera flotando arruinada en su superficie.

El poema era sobre el chifa Hou Wha en Miraflores,

un restaurant elegante en Carlos Tenaud con Paseo de la Re¬pública.

La elección del local no es gratuita: es el chifa

predilecto del Presidente García. Ahí va con sus amigos,

ahí celebra, ahí se reúne, festivo, consigo mismo.

El proceso retórico que quería emplear era el de comparar

la descuartización de cangrejos, la ingesta de ostiones,

las manchas de sillau en los manteles blancos,

las fuentes de chancho asado devueltas a medio comer,

y las risas humanas que emergen de los apartados,

con ciertos excesos que ocurren en el país.

Entiendo que hablar de comida es feo

pero a veces la verdad se dice en listas:

nabos fríos, tamarindos, huesos de pato, té lapsang.

Es un poema largo en el que también hablo de un cuadro

que cuelga sobre una mesa laqueada

en el que con un mismo trazo el artista dibuja

los acantilados y la luna.

En un pasaje del poema, a través de una de las ventanas del chifa,

aparece un taxi transitando por Paseo de la República

con una calcomanía del Che en la luna posterior y escribo que eso

(una calcomanía del Che en la luna posterior de un taxi)

es lo más cercano que hemos llegado al socialismo en este país.

El poema acaba poco después con los versos

es inútil, la naturaleza ha muerto.

Lo titulé “El Chifa de García” y no está mal

pero no expresa verdaderamente lo que quiero decir.

Se parece demasiado a otros poemas que he escrito antes,

y habla justamente de comida que es uno de esos excesos

en contra de los cuales apuntan sus versos,

Luego de ese poema escribí otro que lleva por título “Dinastía Wong”.

“Dinastía Wong” habla sobre el monumento al Becerro de Oro

que se ha construido en San Isidro y que es un lugar de pere¬grinación

de agentes de bolsa, administradores, mbas, economistas, inversores,

expertos en liderazgo, cambistas de dólares y emprendedores.

El poema está situado en un futuro no muy distante.

Hay un par de versos en los que escribo

el emperador y los mineros tienen sus aposentos

en el valle de Pachacamac. La capital ya no existe.

El ambiente es más bien desagradable. Escribo

toda la comida es carne humana y rábanos

que han resultado ser singularmente resistentes.

El poema concluye poco después de esos versos

con la descripción de una camioneta 4x4 estacionada

en doble fila frente a una farmacia en Miguel Dasso.

El poema tampoco está mal pero otra vez se parece demasiado

a cosas que ya he escrito antes y por eso no me agrada del todo

Luego de ese par de poemas, dejé de escribir y pasó el invierno.

Fue entonces que Nicolás Cabral llamó a invitarme a escribir

en La Tempestad y no sabía bien qué decirle.

Por un lado quería aceptar pero por otro

no tenía nada nuevo que pudiera enviarle y repetir lo mismo

me parece auto-complaciente y finalmente, aburrido.

Los poemas no dicen gran cosa estos días.

Mis poemas no dicen gran cosas estos días.

Resolví entonces hacer lo siguiente: primero, explicar la razón

de mi silencio (que ahora ya la saben: todo lo que escribo ahora

se parece demasiado a lo que he escrito antes) y segundo, excusarme

o tal vez repetir los versos finales de “El Chifa de García”:

es inútil, la naturaleza ha muerto.

 

 

 

Raúl Mendizábal (Piura, 1956) / Melocotón

su carne es deliciosa llena de tensión transparente

la piel de melocotón

ofrece resistencia aún después de saber limpiar la opa¬cidad que le guarda del mordisco

si se le muerde con suavidad emana un olor dulcísimo

que persiste mucho después a través y desde lejos

y aún cuando mientras se le muerde observa aparte y detrás

y de cuanto observa se cree que habla inocente

él sigue prodigando olor

mayo 88

Róger Santiváñez (Piura, 1956) / Martín Adán / Oda

Por la Plaza de Armas y el Bar Cordano

algunos extranjeros caminaban sin zapatos

y el solo bocinazo, la paloma, el vino tinto

En la Plaza San Francisco los muchachos

conversaban y decían: abrirse las hebillas

mientras las luces de una ciudad

en ese instante desconocida y aborrecible

castigaban con soledad al campanario

Extranjeros, solitarios, ninguno que aguarde la luna

los bares son baratos les dijeron y el licor duerme

como un límite que ansiara el desnudo de los muertos

Centro de Lima. Sucio y maldito. Bello ritmo y pavimento

Jirones golpeados y escupidos

¿Hay algo más hermoso que la oscura fragancia del gentío?

¿Suda la multitud y va latiendo solitaria?

¿Qué miedo resbala en tu imberbe efervescencia?

Rabia y droga, rameras y asaltantes

Calles enormes en que deambulas ebrio de la soledad

Y he estado recordando la barba descuidada en tu retrato

viejo de mirada perspicaz, viejo Adán, Martín Adán

he pensado que podría encontrarte como

en mis sueños, la visión del artista adolescente

que recorre las calles buscando lo que nunca encontrará

Seguro me odiarías por nombrarte

pero tal vez iríamos bebiendo y riendo asqueados de amargura

He pensado pero sé que tú ya no andas por aquí

Yo soy de los que llegan tarde

No habrá forma de cansarte con mis pláticas ámbar de

cerveza y euforia, limpieza en destrucción y deseo

Yo podré hartarte con mi pánico y mi torpe inseguridad

y estaré nervioso emborrachado, sorbiendo

a cada instante un trago

mientras tú echarías un vistazo a la basura

que se ve por la ventana

Silencioso escucharás mi intensa violencia

y dirás muchacho; pronunciarás con fruición desmesurada

entre un espacio cruzado de botellas

Viejo sé que tú tiemblas y resistes

porque por los bares y neones convulsivos

derrumbados y furiosos por las avenidas y ventanas

entre hoteles y cuartos de pisco y música

y muchachas cansadas y vueltas de gritar y desprendidas

de su amplia soledad enfrascadas en ritos prohibidos

como rehenes de un amor que sabe a guinda o a macoña

muchachas desnutridas o bellísimas con algo de oratorio

entre las piernas, sagrado y espasmódico

con la soledad de los hombres que no hablan

sino con los edificios y los transeúntes más desprevenidos

en la bruta soledad de sus papeles y en los cantos

más audaces o en los cantos más absurdos o en los

frutos inventados entre tierras desconocidas y países

que a veces se parecen a la muerte o a la voz de las

ametralladoras apareciendo por los patios como espumas

diciendo a gritos tirándose de los cabellos sin asco

o sin dolor casi dormidos con la piel y el sueño

ellos los jóvenes, los poetas jóvenes te aguardaban

Pero no aparecerías porque ya han cansado tu sombra

y te persiguen, viejo increíble y sucio

sabes cómo huelen los sótanos o piensas en adorar

la carencia de dioses, tu infierno

y la fuerte visión de un animal sediento

entre las ventanas más grandes de la oscuridad

la que te desnuda libremente y corres

y no abres la boca para comer mientras

sensuales enfermeras te persiguen para darte una cucharada

de un extraño brebaje, viejo artífice

lúbrico e intranquilo como un adolescente

ya estarás aquí bebiendo y la utopía entre tus ojos

Lo que nadie ha creado o lo que nadie ha pensado

Yo soy un intruso que rasca esta máquina

arrancando fiesta frenética al aislamiento y la apatía

Ahora ellos se acercan y ansían caminar por las calles

durante unas cuatro noches y entonces la gasolina circula

y refresca con su olor a las muchachas y a los adoles¬centes

que corren a verlas mientras ellas se desnudan entre

algunos jardines y las veredas se llenan de flores

con sus faldas y sostenes hermosos y el sol que nunca

fue tan latigazo brilla en la punta de los pezones

Y un muchacho gritaba Decadencia Decadencia

Yo escuché decir El mundo qué es esto

y por la noche brotaron los disparos y las ratas

lamían los bellos cuerpos muertos

Completamente borracho recordé un amor que ahora

era un poema demasiado triste o una canción para

espantar la euforia o la amargura

sin entender quiénes eran los asesinos

o sabiendo que ocultos jamás serían juzgados

entonces comprendimos lo que significa la noche profunda

como la muerte profunda, viejo Adán escucha

con tu cuerpo tendido sobre una explanada de césped in¬conforme

la rabia y los temblores y ese viento

que es más que una ansiedad por construir una belleza

y el tiempo será como tu cabeza poblada de flores

y nosotros destruiremos las flores porque las amamos

y crearemos de otras: seremos.

Róger Santiváñez (Piura, 1956) / Estudio de poesía

Una muchacha entre la multitud

es la imagen que guardo de ti

Esta muchacha lanza una pedrada

y en la muñeca lleva una flor

Cae un cartel publicitario

cae la muchacha

y de la flor brota otra flor y otra

vuelve a crecer sobre el polvo

Una lluvia de granadas en el cielo de Lima

Oh dónde estabas tú

que sabías que para cada uno de ellos

había un caballo de la muerte,

una tragedia que mancharía de sangre tu poema

Ahora

aprendiste la dulce manera de morir de los muchachos

tu corazón intranquilamente descoyuntado

la piel que te obliga a espantar el dolor, a suprimirlo

Ah como si acaso tu visión no incendiara

tu estómago después del microbús

que aplasta la belleza y vuelve a recrearla

Porque digo esto ahora, en esta época

y me revuelvo en la cama sin hacer, agachado

para comer, los que sudan con pelo negro tomarán las armas

Yo soy el odio y soy tu odio

y soy tu viento más translúcido. Si tú amas

el asfalto en la podredumbre de sus perros

aviéntalos, limpios y apestando

con aroma que ha de arder entre la noche

y apéstame apéstame

/No habrá más belleza/

 

 

 

Dalmacia Ruiz-Rosas (Lima, 1957) / El más extraño amor

El más extraño amor es el que se siente con furia de dolor

y trapos viejos en un país vacío y repulsivo voraz de hablar

gritando y atropelladamente Caen bombas y tiros Alguien cor re con armas en las manos.

Así Sacándonos de los automóviles Golpeando nuestras ca¬bezas hasta sentir el ruido de los huesos bajo las cadenas

mientras engullimos sandwich mostros

para vomitar cada uno su espectro

y decimos. —Qué lugar tranquilo sin la violencia de la urbe

que se desliza por el sendero al campo santo— y siento frío y asco y una terrible soledad ante mi merienda que la torna hiel y pena

vete a la miseria concha de ti misma

hija de ti misma

no dan ganas de olvidarlo todo por un plato de comida

fachada lujosa de alegres tiroriros

PAISAJES DESCONOCIDOS

de sufrir y hacer llorar quedito mi corazón

como una bestia del Perú

y estallará todo y se pondrá al revés comenzando de nuevo

y nada ha de pasar Todo tranquilo

vagancia antropofágica

es que mi ciudad es sólo la soledad en los parques de los vagos y los adictos

preguntas para una flor en medio del

concreto. Para esta extraña flor con aroma de pez

días Explosión de los recuerdos

de cómo traté de conquistar la libertad

en la destrucción de mis mejores deseos

 

 

 

Eduardo Chirinos (Lima, 1960-Missoula, 2016) / Thanksgiving

Guanajo, guajolote o pavo

igual da.

El lago Cayuga está vacío.

En la superficie flotan témpanos de hielo,

árboles negros y profundos que enraízan en el agua,

en el amplio cielo que alimenta todas las raíces.

Las buenas familias han venido a visitar el lago.

Juntas rezan y bendicen los alimentos recibidos,

los ahorros consagrados por el sudor de sus frentes.

(Los vi llegar de lejos.

Son blancos como los zorros del norte

y calzan zapatos puntiagudos con la hebilla rota;

parecen inofensivos en verdad,

adoran dos leños amarrados y hablan una lengua extraña,

pero he visto en sus rostros el hambre de siglos, la codicia

de los que nada tuvieron y anhelan conquistarlo todo).

Guanajo, guajolote o pavo

Igual da.

A Dios gracias no hay canoas en el lago.

Las aguas del Cayuga se han teñido de sangre.

 

José Antonio Mazzotti (Lima, 1961) / Cuismancu

Cuismancu soy. Cacique del valle. Siembro y reparto la siembra,

atestiguo asesinatos, me distribuyo en fiestas, presido

funerales. Juego con los brujos la función de mis antepasados, y así

sucesivamente

mientras vago, pienso,

deliro, sueño, sacrifico

animales y los dioses me prefieren

a todos mis vecinos, soy el rey, el rey

ordenador, embajador del cielo, intérprete de Rimaq,

hijo de Pachakamaq, padre y finalmente sujeto

a una extraña certeza...

Vendrán otros hombres, gente de la montaña, y mis dioses no serán queridos

y mi pasto acabará quemado, todo se infectará

con aguas negras, no comeré más perro, me pondrán a deambular

con mis vestidos ahora

baratijas, piedras, grabadoras, ah presentimiento

de un paisaje en que las huacas aturdidas

no se levantarán

y sin embargo no será todavía

el tiempo sin tiempo sino el tiempo

de las zonas frías

los canales abrirán heridas

al desierto, y desde el Templo.

al norte los ríos reflejando Ia luz

se inclinarán al Sol

habrá pacto

lo Visible

y lo Invisible

rotarán como el día

y la noche, y la vida con su interminable

paso escuchará los oráculos, resolverá

consultas, en las colas

mis hermanos subiendo a los micros

peinarán la cabeza de sus hijos

con la verdad del único

pasado memorable de estas tierras

¿Quién vive? ¿Quién viene que huyó cuando el mundo se deshi¬zo, todo se corrompió

el universo entero

arrastró en su secreto la visión de este orden?

Soy yo. Cuismancu regresado

de arriba, del Norte, del Sur, de abajo y de adentro

del Infierno apestando

me corren de las calles, vivo en los cerros

mirando el exceso estadístico

de construcciones deformes que hablan

de un dios que no se parece

en nada a sus palabras, de un valle pisado

por cuero y metal, caballos motorizados que son hijos

del Error, su espada al cinto, la fusta

como un ángel que dicen con su dedo de fuego

señalando la esquina, la mixtura

de una rutina encarcelada entre el parque y su feria

y el polvo alucinado regresando a los suburbios.

Mis sitios arriba confiando en la fuerza de las piedras

dispersos por espacios infinitos miran hacia acá,

Qawillaqa esculpida en el mar, valle del Templo,

arenal donde las rubias asolean

sus enormes caderas brillantes

Oh, y su Poder

será el Poder

que hasta hoy nos lastima.

Esas piedras

caerán por su peso

y un huayco

fundará con sus venas

chorreando un cuadro del crepúsculo

tamaño natural, cactus y jora,

al tiempo que probamos sus cerebros

y el Orden se construye

como el viento que dibuja en las arenas el sonido del mar

su canto arrecho

la venganza

de todo lo que significa

la pérdida del Reino...

 

 

 

Diuturnum Illud / Sueño profético de Wanka Willka

Por mí mandan los reyes, por mí mandan los príncipes, y por mí los jueces administran justicia.

Eclesiastés, XVII, 14.

1.

Un cerro erecto sobre las chozas de barro, una luna

montada en sus hombros, paredes, ladridos, y el frío

conversando en el círculo.

—“Nuestro Padre el Sol, viendo a los hombres

tales como te he dicho, se apiadó y hubo lástima de ellos, y envió

del cielo a la tierra un hijo y una hija de los suyos

para que los adoctrinasen en el conocimiento

de Nuestro Padre el Sol, para que lo adorasen

y tuviesen por su Dios, y para que les diesen preceptos

y leyes en que viviesen como hombres en razón

y urbanidad”. Pero hoy

ya nadie cree en esto. ¿No sientes acaso la helada? ¿No tenemos

que juntar leña y bosta para las hogueras, y ahumar

las chacras, las laderas, nuestros corazones? ¿No tenemos

que ir tejiendo eucaliptos en las piedras?

Esperaste un mundo mejor, una aventura de magia.

Sólo esto podemos ofrecerte.

 

El adobe de al lado temblaba

con el baile del fuego. Juan trató de calentarse las manos; hizo un gesto,

continuó: Para que todo cambie

no sueñes milagros, no confíes en tu juego ingenuo.

Si ni siquiera nos conoces,

¿de qué sirve tu buena voluntad?

Justo Chocne veía. Padre como los cerros.

“Quinientas flores de papas distintas crecen en los balcones de los abismos que tus ojos no alcanzan, sobre la tierra en que la noche y el oro, la plata y el día se mezclan. Esas quinientas flores son mis sesos, mi carne”, recordé.

—Cuando vengan a buscarnos

no sabrán dónde seguirnos. No conocen

los laberintos, podremos emboscarlos.

Veremos en el musgo resbalando sus botas.

Rodarán.

Sacsamarca se nublaba.

La punta de la roca, sin cabeza; los niños que reían to¬davía regresaban.

(¿Juan, Justo, dónde están?)

Entramos en la sola habitación. Frazadas de cordero, la cocina a un lado. Felicita encerrando a los cuyes hervía la hierbita

y un paquete fue sacado de la oscuridad: Problemas estratégicos de la guerra revolucionaria de China.

—”¡Mierda los haremos!”, musitaron.

“Pon en marcha tu helicóptero y sube aquí, si puedes. Las plumas de los cóndores, de los pequeños pájaros se han convertido en arco iris y alumbran”, resonaba.

Nos envolvimos con dobles pantalones. Los gorros de lana

ya empezaban a plancharnos los cabellos.

“Oráculo del hielo“, presentí.

Y entonces intentamos olvidar.

 

2.

Pero el pasto brilló la mañana siguiente

y otra y otra más. El riachuelo que bajaba por las escaleras

hasta Huancavelica nos miraba trepar, urdir las piedras, alterando

la parca claridad de esos parajes.

—Todo lo que aquí hubo

fue circulando con las aguas. Quizá porque el Río de Leche

quiso cambiar su camino, y nos quedamos

sin memoria siquiera.

¡Rocas, declive, lluvia,

piedras negras y barro, laberintos, rocas,

declive, lluvia, y ningún pájaro!

—Tenemos que subir un poco más, quizá haya truchas

y puedas mirar los límites

de la Comunidad.

Y así ascendimos, pero en esa punta

sólo otras puntas había y otros vientos y otros precipicios.

A lo lejos

ardía un punto azul escarbando una falda.

—Tendré que bajar a la ciudad a ver qué compro. Tú sigue cra¬neando tu informe, gringuito... y rió.

Me quedé contemplándolo un rato. Luego

fue sólo un silbido en el viento.

Pensé entonces qué país

tan raro, qué países los que habrían circulado

por estas dormidas paredes, besadas por un pobre riachuelo

que nunca supo nada, o que lo calla y sigue.

Y me sentí más solo

que un pobre riachuelo de la puna, rasca y rasca, hasta encontrar

un hueco entre las piedras: la sangre lavada grabaría

una arruga en el cielo.

Al bajar me fui perdiendo en un silbido, y las burbujas

del estómago cantaban.

“Sopa de papa otra vez”, adiviné.

Y rocas, declive, lluvia,

piedras negras y barro, laberintos, rocas,

declive, lluvia, y ningún pájaro.

Pero el pasto brilló esa mañana

y acaso alguna más.

 

3.

Tiempos en que todo se revuelve

al caer la piedra en la corriente.

En la noche de San Juan

el humo discurría en las laderas calentando

los cultivos; ese humo de pronto se ha esparcido

más allá de los linderos.

(¿Juan, Justo, dónde están?)

Supimos con el tiempo que las rocas

se habían convertido en llamas vivas. Los últimos restos del poblado

como un cuerpo anestesiado quejumbraban

la muerte de Felícita y los hijos, el exilio

a las pampas amarillas de la costa.

—¿Ves en qué quedó? ¿Ves en qué queda?

¿Podrás alguna vez atravesar ese camino y no decir

que era esto inevitable?

(Ah, pero la noche se cierra

como un odre con dagas y agujas, y el espacio

que envuelve nuestras pieles es propicio para ver

los rostros exactos y las manos quietas, la verdad

sin cáscara y creciendo).

—Vea usted, joven amigo. Se pueden

aceptar los puntos de partida, los principios y hasta el ciclo

de la historia en este asunto / pero hay algo

que impide su total realización: serían demasiados los cadáveres

y pocos los frutos inmediatos. En resumen:

una pésima inversión. ¿Me entiende ahora?

(Y un pozo se expande y va tragando

amigos y parientes, nombres raros, y fantasmas

que cuelgan de un rayo de luz y cobran vida).

“Por mí mandan los príncipes”, se oye.

Pero también la elección de los culpables: todos ellos

roídos por el miedo que invade las noches heladas, convertidos

en bustos salinos por mirar bolas de fuego cayendo del cielo.

Y arriba no hubo nadie que calmara los rayos:

lluvia ardiente que calcina

los cuerpos marrones y los valles.

(¿Juan, Justo, dónde están?)

Crepitan rescoldos y un gemido subterráneo.

Una inmensa pradera de cenizas se confunde con el mar.

María Emilia Cornejo (Lima, 1949-1972) / Soy la muchacha mala de la historia

soy

la muchacha mala de la historia,

la que fornicó con tres hombres

y le sacó cuernos a su marido.

soy la mujer

que lo engañó cotidianamente

por un miserable plato de lentejas,

la que le quitó lentamente su ropaje de bondad

hasta convertirlo en una piedra

negra y estéril,

soy la mujer que lo castró

con infinitos gestos de ternura

y gemidos falsos en la cama.

soy

la muchacha mala de la historia.

 

 

 

Domingo de Ramos (Ica, 1960) / El perro hambriento solo tiene fe en la carne

No fue hoy Lo vi ayer Vacas caminando entre lágrimas

De hambrientos Yo mismo en esa procesión

Que me agobiaba la espalda con un sol rígido abriéndose des¬de lo alto

Que me hacía pensar en esos campos de arroz que eran

Las grandes avenidas de esta ciudad que desconozco

Llenos de metales vidrios placas conmemorativas de gordos y vistosos guerreros

Erigido allí para sombrear a este cuerpo que descuelga sus harapos silenciosos

polvorientos detrás de los parques como un trompetista negro cantando OnlyYou

o cuando silbo las canciones de Horacio embaucado de nuevos paisajes

ungido de sabores necios balbuceando trojes de hórreos panes sobre el polvoroso estío

En tierras ingratas este mal de las tripas esta escasez esta hartura inculta

De paneles que recuecen los sentidos el hambre con que rie¬gan y se pegotean

En los carteles con las aguas del Leteo

Este dulce olor contra la peste contra el hambre de verte o no verte

De verter estas miasmas con imágenes de fastuosos elefantes

caparazonados como en un circo inundado de fieras hambrientas

que como yo salen ¿por un pedazo de ilusión? Oh fao tú no existes

Tuve que irme de estas aglomeradas vianderas de los aullidos de los perros de piedra

No he vuelto más a esa avenida gris que se encorva ante mi

Y claro Los mensajes al celular que no tengo y me dicen “Irás sin mí a la ciudad

Donde a mí aunque humano soy No soy dado a entrar Ve pero sin ornamentos

Como conviene al libro de un exiliado Infeliz viste el traje que exige estos grandes cambios climáticos No te cuides de las manchas de los ácidos de las malteadas Constelaciones pues quien las viere si las ven no serán más que mensajes De un futuro próximo que a mí no me toca”

y se apagó toda señal

Retratos de Bengala de Londres o Irlanda Oh Peste ratona La trinidad bíblica

Oh forma etíope Actitud magra Naomi me busca en el país de los Moabitas

Para un recital sagrado Holocausto de bueyes y becerros pero

Recibí tan solo raciones de aire Palabras orquestadas

Rapsodias pulcras de este violinista desquiciado

Que infla la tarde con sus acordes crispados

Que me arrancan y arañan las paredes del estómago

Cuando miro las bellas luces del McDonald’s que me

marean como una mala caligrafía elevando la fiebre negra

En el herboso amanecer donde nadie ha desayunado

Salvo unos tigres que huyeron del vergel llenos de tomates rojos

Pero tú que estás al oeste de mi nariz

Distraes tus manos sobre una lonja con salsa

Y con un cuchillo enorme tajas rebanadas de hiel

El almuerzo desnudo junto a mi escritorio desierto

Frente a una tienda de comida rápida Delgadas y tibias

La luz cae entera como un ataúd ¿Duermo en verdad duermo

El sueño del pongo o El sueño de mujeres somalíes o las flacas rumanas

Que vagan y exhalan tibios vapores adorada por mi rústica y salvaje imaginación

¿Atenaceada por invisible mano?

Humo de hambre de sexo de putas piedras en el intestino Sed de mí

¿En qué dirección habré de volar esta cólera infinita y deses¬peración interminable?

Tengo el hambre del otro Yo mismo soy el hambre Oh Gula Gulita love of my Loves

Dadme de beber y de comer… Decían los libros que alguna vez intenté leer

Utópica petición del hígado Pantagruélica obsesión bulimia y asco

Estamos aquí sitiados y varados en estas ínsulas sin huelgas ni shock una balacera como oración Penitencia Marchas y contramarchas la marea ralea el pavimento Se oyen los cascos de caballos a lo lejos No es el hambre que rebuzna que relincha que zapatea ni se encabri¬ta Es el hambre que vuelve una y otra vez que se va empequeñeciendo por las callejuelas templando los tenedores los manteles y las sales volátiles Es el hambre como una hoz en movimiento que ate-rran a los pescadores que se hielan en las paredes y éste saco mío y esta lengua mía vívida con que te nombro glándula herbívora buscona bocona deja ya de tragar mis paisajes Esto que se ensancha y se contrae como el vientre de una ballena Deja mi orgullo mi hambre mis rigores subterráneos

Los perros saltan como este corazón intonso que persiguen y no encuentran los enterrados huesos con que se hicieron estas bicicletas que han remontado el cielo azul

La estación umbría o la hambruna o la peste No hay más pá¬ginas ni costillas

El libro del Génesis siete años de vacas flacas Wikileaks dixit

Solo les entrego estos ojos para sus ojos porque mi crimen fue el de tener ojos

Que solo ven tráiler de películas pasadas candentes comilonas ágapes de Pringles doradas

Oh amo tu patata verde con pelusillas moradas los catéteres con ayahuasca

La coca con cal el berro oxidado del plato el tocino crudo y otras exquisiteces

Que ya no trato de comprender puesto que ya no tengo nada ni nada hay a mi paso

Oh como me dextrosa el corazón verte así tan leal como un legionario entre tanta gente dura y miserable ¿La muerte tiene la forma de un hombre como un asesino de Estado?

Abandono mi fatiga Las pompas las volutas socavando mi si¬lueta en deshabitado sueño

Mi aclamación violenta muda los grandes caminos No hay be¬lleza en lo que se busca Dímelo tú

Tú que escuchas la extraña historia que te conté aleja a ese vulgo siniestro y descontrolado que todo lo acapara mi nueva verdad mi creciente belleza el cielo del infierno el infierno del cielo

Esta sarta de puñaladas que doy mediópata moribundo ancla¬do como un pasado

Campesino neolítico errabundo y místico Hoy cazando animales extintos hombres de letras de gordas billeteras en invierno o verano indistintamente nunca se llena de nada

No tengo armas para animales fabulosos ni apellidos rimbom¬bantes cuando digo

El perro hambriento solo tiene fe en la carne Solo ve cavidad en mis palabras

Y en mi entrega a la vida reiteradamente franciscana ñato co¬rajudo y de paso

Nadie sobrevive dos veces en el mismo carril a la misma hora y en el mismo lugar

Ni la cabra doncella ni el venado enjuto ni mis poemas mal cocidos

El perro hambriento solo tiene fe en la carne en su cama y en su pezuña

¿Vuelan los chanchos? Oh mi Señor guarde las tentaciones Dimita Estáis Obeso Hay un monstruo de hermosos ojos verdes que se burla de la carne con que te alimentas ¿Los chanchos vuelan?

Obesus Obesus Infernum del Mercado Oh el obeso es un mon¬je estremeciéndose frente a un Cristo obeso la ciudad los puentes la luna obesa lenta nublando las esquinas En¬tonces sé mi obesidad chaplinesca comiendo suelas en La quimera del oro La rueda del hambriento que asoló París en 1930 ¿Otra vez los chanchos vuelan? los Ovnis obesos Un Boeing 730 obeso pasa rasante por entre las púas Los culos obesos de Rubens el mismo Orson Welles o el pícni¬co Alfred dirigiendo La soga obesamente sentado como un marrano Un niño obeso rueda amablemente sobre el río flota entre la floresta de coles y verduras amarillas Eructa familiarmente mi nombre Lo imprime sobre la mesa des¬nuda Se aplasta en la banca y vuelan los clavos Y yo allí es¬toy mirando todos los tintes de los banquetes EL RUIDOSO CENTRO DE UNA CIUDAD AJENA Hambre y sed virtudes de las pobres mentes que se pierden en edificios de vaporosas telas bajo una rubia lluvia que cae al atardecer cuando al atardecer salen los policías como de una profunda sel¬va salen monstruosos tripulantes que se expanden como ratas se escabullen bajo las mesas trotan golpeando ollas y sartenes vacías donde saltan organilleros harapientos y violentos que azuzan a comensales oscuros y pesumbro¬sos Hambre y sed vociferan Los de afuera los sin techo los pasteleros más duros que un pollo congelado invaden las veredas las cocinas los restaurantes y los cinemas Época de Roma y centuriones voraces de codicia y deseo Épo¬cas de revoluciones y revueltas de incendios y langostas plagas sin harina y sin carne cuando solo era espada e inanición Canibalismo puro canibalismo Sitio de Samaria siglo IX Ben Hadad Rey de Siria Yo te condeno a la cólera así como a tus profetas Los cánticos estomacales El buda flaco y atribulado por la cosecha de arroz por el licor de arroz por el papel de arroz lustros atrás dijo “El que obtie¬ne bienes tiene poco. El que disemina tiene mucho” Oh y aquella vez caminando a tu lado estabas fibrosa inflamada neonata creciendo como un Alíen en mi cabeza devorando mis mórulas parvas y cochambrosas Estabas absurdamen¬te bella como esta noche reptante y afilada y te grité y al voltear Olías a pan a yerbas saturadas y confitada Maná de Dios dije El costado de Dios respondieron Cannabis canna¬bis en La noche de los muertos vivientes Salimos del cine aturdidos de todo aquello que me masturbaba que me quemaba esa imagen lapidada que se hiende en mi pecho iluminado Oh el sol cintilante breve como una brizna de arroz Aquello era un melón apenas mordido por la niebla o era la sopa lenta entrando en la garganta o eran tus carnes la salutación y la enorme y pensativa gula que me guiaba o eran tus cerezos tus aderezos tu cuerpo gratamente ani¬dante junto a mí o era yo muerto devotamente floreciente y exquisito para peatones obtusos e idiotizados o era yo san¬tamente soporizado ardiendo ardiendo rubicundo de peso y de desconsuelo bramante de soledad y de hambre Oh harapienta virgen guárdeme de las enfermedades virales de los dolores lumbares de las palabras gruesas como pu¬ños en estas horas en que soy un pobre diablo transeúnte de los días rojos como tu ausencia Recoge mi destierro pronto pronto que ya caigo que ya caigo despacio por el tedio

Oh ya descansa cuerpo mío descansa pasajera bestia descansa que el cuerpo es triste

Consumatum est

Rossella Di Paolo (Lima, 1960) / Preparación del día (Ab ovo)

Un fresco sol como un huevo fresco

en mi plato

así la yema de buen ver

dorada y la clara limpia

y batir hasta tarde y engullir

sin prisa, quedamente,

que en acabarse el huevo

sanseacaba el juego

y no es el día más

sino su falta.

 

 

 

Jaculatoria

Oh acércate, mi cabeza es de hierba

olíscame

suave es tu hocico y mis jugos son suaves

muérdeme

arranca despacio mi cabeza

mastícame

quiero no

quiero no pensar, ser una bola verde

en tu lengua, en el cielo de tu paladar

oh entre tus dientes

trágarne

vuelta en tus limpios ácidos

nada nada nada

oh amor en tu panza de toro ahora

y siempre en tu ardentísima santa bosta,

amén.

 

 

 

Alejandro Susti (Lima, 1959) / Dientes

El vientre del vecino pace dócilmente

y el futuro es una boca disecada:

del afrecho a la vaca

de la vaca al matadero

hay un camino de mordeduras

de carnes que derivan por un filo de cuchillos

silenciosamente:

pasto los lobos

carne las cenizas

el hambre arrastra pieles en cada boca:

en el diente no en la lengua

está contada nuestra historia

 

 

XXX-Large

Mediodía. Niños negros limpian parabrisas por las esquinas del Downtown. Un adicto pasa empujando una carretilla y, sobre ella, un televisor agujereado. Un par de zapa¬tos cuelga de los cables que atraviesan la calzada: A man was shot last night— repite el noticiario en la radio. Treinta grados. Por la rejilla del tablero un torrente de aire caliente se desliza por los asientos del Chevy. A la salida del Centro, llegando a los suburbios, el tedio se dibuja en los rostros de los jubilados: vestidos como para cazar mariposas, ha¬cen cola en las cajas de los supermercados y discu¬ten siempre sobre el clima —lluvia, sol, borrascas o chubascos— y se enteran de la vida por un pronóstico del tiempo.

Por los anaqueles rebosa el sinsentido de las leches sin grasa, las orgánicas lechugas y los helados dietéticos. Templos del control de peso en donde habitan los dioses del low fat el no cholesterol, mientras en los restaurantes de comida rápida, hambrientas colas se entusiasman por unas lonjas de grasa o el lomo de una vaca sobrealimentada. Satura¬ción gozosa del aceite y la sal, tosco corazón de la abun¬dancia. Y por la tarde en los almacenes, camisas, medias y pantalones talla XXX-Large, donde podrían caber dos o tres peruanos mal alimentados o un par de niños negros.

 

 

 

Jorge Frisancho (Barcelona, 1967) / Plato vacío (algo está obligándonos a recomenzar)

Para Rodrigo Quijano

para que suceda, exactamente, un atardecer frente a mis ojos

y éste sea el legítimo crepúsculo, entre afranelados ocres y amarillos,

que se desenrolla sobre un mito personal, como su relativo apocalipsis?

No, nadie dijo que el poema sería la respuesta, pero no me importa.

Nada cambia si me quedo a mirar el horizonte, la sombra del pelícano en la arena,

las desfallecientes oleadas de un Pacífico sur —pero no tanto— y luego escribo, parado en el mismísimo ecuador de toda una experiencia

cuidadosas elegías, ordenados cuartetos sin fustán, desnudos versos ferozmente sonoros y expresivos.

Y sin embargo miro el horizonte como quien mira un espejo

y hago de las olas elevándose una simbólica ecuación, un estallido

y del pelícano una imagen en el lugar exacto, y éste es un poema

mas no un atardecer de dudosa geometría o un crepúsculo co¬loreado

como una hoguera de delgadísimas flamas arañando mi corazón.

No, nada ha sucedido excepto las palabras, pero no me importa.

Contemplo otra vez aquel plato vacío, fracasando,

y bailo sobre un pie, clavándome en un suelo sin virtudes, mientras a mis espaldas

cuarenta catedráticos se ríen sin emoción:

elaborados ayes, castísimos lamentos salen de mi laringe sin convencer a nadie

y permanezco en vilo sobre mi propia sombra puntual, cubier¬to de tensiones y ternuras

tratando de caer sin conseguirlo.

De alguna forma oscuro, herido por la miopía, aún estoy mi¬rando el horizonte

como un molusco rudamente separado de las rocas.

Suma de minerales y líquidos amnióticos, bajo una piel que se calcina pero insiste,

esto soy, y un pedazo de sombra me define ante tus ojos,

mientras algo está obligándome a recomenzar.

Porque algo está obligándome a recomenzar:

bailo sobre un pie

como sobre los arcos de un sentido preciso pero incomunicable,

incomunicado yo mismo entre paredes de palabras, y el poe¬ma es lo que he venido a recitar en un punto cualquiera del ajeno litoral que se despuebla.

de todos sus animalillos murmurantes, como tú, que ahora caen graciosamente hacia el falsete.

A mis espaldas cuarenta catedráticos susurran, pero no los oigo. Sus voces aflautadas pueden ser, ahora, un melodra¬mático bolero tropical.

mientras de mí se desbanda un tropel de pasitos, y jergas, y compases

melancólicamente disueltos en el absurdo de su perfección.

Guardo, como una paradoja, emotivos silencios mientras la música vuelve,

pero la música no vuelve, y tú me estás mirando detenerme

en el instante previo a la caída que es, fingidamente, mi destino.

No, éste no es un atardecer, pero tampoco un mediodía,

y sigo contemplando aquel plato vacío como quien espera, mientras un lapso de tiempo indefinible hace con delica¬deza un delta para rodearme, y no me toca.

Es el permanente lapsus del poema lo que oigo, aunque me can¬tes, y una hoguera de flamas delgadísimas nos una:

aún estoy mirando el horizonte, y el horizonte se mueve y re¬verbera como un verso

sin retóricos meandros, acerado, o más bien acelerado

que se encamina sin lástima a su consumación.

Y nada cambia, incluso si me desapruebas

pues yo sigo bailando mi bolero y tú sigues allí, sutil como un hermano de otros padres

entre gritos inaudibles y concéntricos que se piensan a sí mismos como una razón, y son un hueco en el paradisíaco paisaje inexistente que contemplas, como yo mismo contemplo todavía

la sombra del pelicano flotar sobre mi propia sombra: el poema se parece demasiado a esta equivocación

que dejo deslizar sobre las removidas aguas de mi me¬moria, con la estructura de un trino

y la fugacidad del sol opaco que nos hace, tercamente, un hermoso eclipse frente al mar.

A mis espaldas, cuarenta catedráticos se marchan sonriendo

y este es el momento de saber que el crepúsculo no llega aun¬que la música vuelva

y yo siga bailando mi bolero mientras tú me cantas,

bajo los afranelados ocres y amarillos de una historia personal

tendida ciegamente en esta playa sin apocalipsis.

Y yo sigo bailando con los ojos puestos en el horizonte,

aunque un helado viento me cale el metatarso, y el poema

no tenga más respuesta, ni más intensidad, que ese plato va¬cío que nos diferencia:

no, nada ha sucedido excepto las palabras

como una hoguera de flamas delgadísimas arañando mi corazón

y también tu corazón, en el mismísimo ecuador de este poema

mientras algo, eternamente, está obligándonos a recomenzar.

Reynaldo Jiménez (Lima, 1959) / Llevé la oblicua del hambre con humo

Llevé la oblicua del hambre con humo

a una bocanada sin cara y ya innacida

manada desde la jaula del costillar,

los labios pegados como párpados, sabor a sangre,

parto del aparecer. Para cuando nos conseguimos,

ese paradero de temporal entrópico calcinaba. Tiré

al precipicio del pasado a Soror Cronos: juro

que sus bofes comí, su linfa la bebíntegra, su

leche tragué, llagué sus pensamientos, su hez.

Hablo mezclando las instancias porque las voces

no portan condición. Hablo desde el borde al que

asomo, a pesar del alto vértigo de lo feliz que fui,

el porvenir con su arrastre desclavo,

su cola de caballo al polvillo prometida.

Y, golondrina en el pórtico, la condición.

Escudriñé, escuché la risa de las hélices:

con el hocico en el charco, evohé, tal como ahora

le revuelvo el caldo a la hechicera

que nació conmigo. Y su colgante de cuentas

de azogar, hilo de agua sobre una laja recién

rajada. Tragaluz hubo nacido.

 

 

 

Carlos Oliva (Lima, 1960-1994) / Sobre la muerte

Solo el que está muriendo puede vivir,

convertir la noche en perenne concierto,

recordando el recuerdo por el recuerdo,

sobre las hirsutas calles abrumadas de sombra,

con lento transitar que sugiera paciencia,

limpiando los olvidos del afecto, respirando

el tiempo que pasa, destruyendo la realidad

que a veces se disuelve o se rompe

como un jarrón de porcelana.

Y la realidad es una piedra en el desierto

con un hambre no saciado de tentación,

como un viento que desciende en la memoria,

bajo nube de magnolias o lienzos;

sobre un bosque de melancolía,

entre flores silvestres que embellecen la hierba

y las rocas donde brilla una hoguera cristalina;

o sobre una playa sin nombre,

donde el laúd extiende sus cuerdas,

pentagrama de arena o de agua,

orilla dorada hasta la espuma de plata

que refresca los ojos enturbiándolos hasta el fondo.

Voy sobre un navío de recuerdos volcado por una ola

grave, colosal, inmensa.

Voy a morir, ríanse:

La muerte es, y trato de alcanzarla.

 

 

 

Montserrat Álvarez (Zaragoza, 1969) / Poema

Tenía tanto hambre como tres campesinos

en la víspera de

la fiesta de la papa

Y comí con una velocidad malsana, sintiéndome los ojos enor¬mes como platos

y retrocediendo de pronto a un miedo arcaico, a un pasado salvaje

en el que era preciso devorar en secreto la presa, antes de que

otros depredadores olfatearan su sangre

Con el corazón todavía acelerado, bebí tres largos tragos

de pisco, en busca de paz

Y enseguida, con la ayuda de otros tantos cigarrillos,

pude recuperar

un cierto nivel de civilización

Entonces comprendí que el calor del cuerpo es el calor del alma

que el hambre del cuerpo es el hambre del alma

y que cuando a un hombre se le priva del pan, no se le priva solamente del pan

 

 

 

 

De nosotros decid

Vosotros que vendréis más tarde que nosotros

para sabernos bárbaros y antiguos,

historiadores del futuro,

de nosotros decid que fuimos habitantes

de un mundo prehumano, semidivino, semibestial, precario

fértil en aciertos, fértil en errores

Que habitamos un país en el que las hogueras dibujaban

en los cerros nocturnos el rojo resplandor de hoces y martillos

Que venimos de un tiempo de tabernas y de airadas consignas

vociferados bajo los rochabuses

Decid que nuestros perros eran largos y tristes y canibales

Que en la medianoche de Ia Plaza de Armas el Hambre con¬versaba con Pizarro

Que la Peste nos recibió en su lecho y que nos

brindó asilo y fuimos como hermanos

Que bebíamos con la Muerte y con la Guerra en una misma mesa y reíamos juntos

Que hacíamos poemas y escupíamos de lado que estábamos tuberculosos y que nos odiábamos los unos a los otros

Que traicionamos y que nos traicionaron que nos señalamos con el dedo y que el cielo en octubre era morado y rojo

Que alzábamos lo voz para increparnos que nos asesinamos y nos reprodujimos y que muchos murieron y no se dieron cuenta

 

 

 

Xavier Echarri (Lima, 1966) / La esfinge

La esfinge se arrastraba sigilosamente sobre la arena,

se raspaba las costras con la pata.

Dormía de humo en los azules,

Desnúdate,

El segundo corazón me salió deforme.

¿Puedo alzar la vista a las nubes

y contemplarlas realmente?

¿Dibujar el vacío?

Un dromedario extravió las orejas

—“Abu Hasim, Abu Hasim, ¿por qué llora el camello?”

Extraño el modo en que la gente se une,

Extrañas nuestras entrañas.

“Mas, nos, preferimos la paz de las clavículas”,

Pero quien menos sabe de una mujer es su marido.

Nadie cegó al cíclope.

Soy el mar y la tierra no soy tampoco

Todos los litros del océano, las masas

de agua

verde y transparente con todos los seres

desnudos que se comen.

 

 

 

Martín Rodríguez-Gaona (Lima, 1969) / Arte culinario

¿Por qué uno ama las palabras

y escribe acerca de ellas

aunque sólo sea para indicar

que no hay nada que decir?

Algo extensa la pregunta

y quizá así pueda hacer tiempo

para que Éricka termine de preparar

el almuerzo.

(Se podría redactar una lista

de los privilegios que esta actividad implica,

pero de seguro ustedes ya saben.

Y si lo saben

no harán nada al recordarlo)

Si publico este poema

¿saldrá en una antología?

¿Alguna mujer especial

deseará que la inmortalice?

Espero que esta vez guisen bien

el pollo.

El otro día estuvo un poco crudo.

 

 

 

Miguel Ildefonso (Lima, 1970) / El editor

La poesía se regala

como el corazón de Jack Kerouac en el camino

como dios en las iglesias más pobres

la poesía se regala como el olor de una rosa

en la vereda de un mendigo

como el olor del hambre o de la vanidad

se regala al diablo y él lo vende

 

 

 

“Como mi habitación”

Como mi habitación como el papel como el mundo

el invierno como dios mi cuerpo tiene los mismos límites

de la polilla que revolotea en el foco de luz

también tiene los mismos límites del foco

la palabra no es exacta por eso hay guerras

y por eso mueren de hambre millones en el mundo por eso

 

 

 

Victoria Guerrero (Lima, 1971) / Otra carta (al amable carnicero)

El olor de la carne descompuesta me atrajo hacia el mercado. Caminé bajo el condenado sol que no desaparece nunca. El amable carnicero permanecía al fondo. Su habitación que¬maba como una antorcha iluminando un cuerpo. Yo lo vi venir desde lo hondo. En la esquina filosa brillaba el puñal en lo oscuro. El puñal era guía entre sus manos sudorosas y ensangrentadas. Cogió un cuerpo y lo horadó hasta el fondo. Yo permanecí sentada bajo el fuego del sol. Afuera todos cuidaban las jugosas frutas de las manos extrañas. De su boca salía un lenguaje que no podía comprender exactamente. Hasta que una mañana pude entender lo que decían: no comas ni bebas de nuestra mercancía.

Entonces añoré la casa del carnicero por su alma sangrante y me dirigí a ella como se dirige un niño hacia un río de agua pura. Tomé en mis manos extrañas aquel cuerpo desollado y lo metí en una bolsa transparente para que todos vieran la presa que iba dentro. Y la mostré como una prueba de amor.

 

 

 

Roxana Crisólogo (Lima, 1966) / “Me separo de mi hija sin mala conciencia”

me separo de mi hija sin mala conciencia

la oscuridad no se detiene

hace lo que una bola de grasa

en un paisaje empantanado de ojos

yo terminaría esta novela

con una frase de bolaño

pero no es chile se trata del perú

y eso puede tomar tiempo

y el desierto no termina

y mi hija sabe que su madre

anda extraviada

en alguna carretera

de innavegados cactus

y me perdona

y levanta sus alas

las palomas arañan los edificios más altos

una antena con dedos de mujer

sostiene un monumento arcano a la sed

todos van colgados a una sed que no termina

como a un prójimo

el anuncio comercial

que me acuesta desnuda

sobre un botellar de cervezas

y me expulsa del paraíso

nadie sabe que desde ahí domino el mundo

del agua

desde mi triste traje de baño cantonés

siento frío y hambre

las jarcias son fronteras que difícilmente

me separarán del muelle

un lenguaje una obsesión que no termina

 

 

 

Willy Gómez Migliaro (Lima, 1968) / El devoramiento interior

Amó el fuego de una palabra hermosa

El Perú en sus manos manantiales

Después

Le dolieron los senos de tanta pateadura

Ardió el agua yodada en su piel

Sonó en sus oídos la excitación de hombres que tenían miedo como ella

Era inocente según los partes que llegaron a Lima

Todo se paga en este mundo —le dijeron

Y vio arder su pueblo miserable

Su cuerpo fue el mapa de los asesinos

La envolvieron en bolsas negras

Pudo ver a través de ellas la entrada a un frigorífico

Pensó en la niña que iba a la escuela por las mañanas

Y en los huaynos que cantó

Recordó la cabeza de Pedro

Los brazos de Juan

Las piernas de Alberto

Los testículos de Mamani

Todos rotos en una fosa

Antes hubiera querido el fuego de esa palabra hermosa

Para caer sobre cielos de felicidad

Y el alférez no la violente

Por su capitán que agonizó

Y que lo atendieron en la comisaría de San Juan

Sola con la seguridad nacional

Todos volvieron a meter mano contra ella

Y supo que bailar con ellos era la opción

Amó la justicia y la ignorancia de sus propios restos

Mientras en la radio escuchó el nombre del Perú

Estaba viva

Hasta que los procesos de paz desenredaron horrores

Luego se juntó a un hombre oscuro e insensato

Lo amó

Pero él no pudo acariciar ansiedades de una mujer enferma

Limpió las márgenes de su cuerpo

Pero no pudo alcanzarla

Ella llamaba montaña todos los derrumbamientos

Y un día

Sin vergüenza que otro gran camino pobre

Cambió su nombre

Y sin hogar volteó páginas de amor y odio

Amó un disparo de encierros verdaderos

Que le permitieron ver la creación

Volvió a nacer en una peluquería de su barrió día y noche

De unos huesos instantáneos

Hizo de su vida un comportamiento histérico

Una relación más dolorosa con la muerte

Fundó oscuros campos

Mientras esperaba la noche de un verdugo

Se volvió cobarde

No pudo con esas heridas espirituales

De otro cuerpo golpeado tantas veces

Organizó su última cena

Y el picaporte detrás de la puerta

Sonó despacito

 

 

 

Willy Gómez Migliaro (Lima, 1968) / Haber amado la vida gastronómica

Haber amado la vida gastronómica

al desgranar choclos cortar papas buscar azafrán

un país desaparece

de qué se habla sin andes ya hilarantes ya sensación de agua

detrás del restaurante

palitos chinos cubiertos con aceite cubiertos con fideos

cubiertos con carne de cerdo

cuando la escena tenía un diálogo pulcro

teatral de Bondy en el Perú &

esperanza del lenguaje

después del ensayo de doble máscara

con el paso de los andes con Hamlet herido

que deja su oda o una esperanza del lenguaje

 

 

 

Rafael Espinosa (Lima, 1962) / Ladies night

El sufrimiento no es cuestión de las paredes pero a ellas se ad¬hiere cuando revuelan en los ojos cuarzos de playas. Dunas por las que no se resbaló, cuando el fruncido del entrecejo toca en un mismo punto la amargura y la esperanza, en-tonces uno se pregunta si pudo ser distinto. Sólo la orina

se escucha, con pacífica continuidad: y hace un mate burilado donde todos estamos juntos como antílopes en el pantano. Soy un león, le dije al que meaba a borbotones, soy el que siempre tiene hambre. Una mente en la pupila. Pero la dispersión ostenta muchas más variedades que la pureza, no importa cuánto se aprieten los párpados para retener el aroma de trenzas en la noche.

La música que no nos ha sido regalada. El tesón de una mira¬da que nos asedia por sobre plantas de trópico, su deriva hasta el borde mismo del espacio: donde el recuerdo fabri¬ca el hielo, y ya sólo resta dormir. El barman existe en los picos, en su matorral de cristales, apartado de un bullicio de agua que nos asorda (como el tubo de Mavericks) hasta que todo se ve negro. El oscuro deseo solloza en el arrastre de la orina. La ventura, la fiebre de los caminos

interconectados, de un alborozo en que pareció que la tarde se sostendría en el arduo equilibrio de reproducir una roton¬da sobre la que aceptación y briznas ingresan, y los cuer¬pos no ofrecidos, siéndonos el más vertiginoso capullo, las fantasías de esos cuerpos vagando recluidas en los islotes de sus palabras. El gran fracaso narcotiza las cabezas. Oigo todos los despojos del meado.

Paul Forsyth Tessey (Lima, 1979) / Constelación que ha nacido

Y también la muerte están presentes

las incólumes ninfas, ahí donde se acaba el mundo

y el reflujo de los abismos

se acumula en torno a los huesos como carnes silenciosas,

ahí donde las cosas del cuerpo ceden, finalmente,

abandonadas de infinito,

y el ser se encuentra consigo mismo de regreso a tierra,

trayendo para sí su culmen revelado,

soplado por las Musas, que también sorbían

las aguas de la muerte.

Cuando se precipitaron con sus dientes

sobre el triste Orfeo, antaño el viajero del Hades,

y parecían juntas una ráfaga de criaturas desbocadas,

un desastre de abejas, una masa monstruosa,

un cataclismo de dientes y hambres viscerales.

Las Ménades despedazaron sus pulposos miembros,

despojándolo de su piel,

y le sacaron los ojos y la lengua y los dedos de las manos,

le sustrajeron las entrañas y las uñas, y las devoraron

mientras deglutían sus tripas y sus heces

y peleaban por sus negros genitales, extáticas como estaban,

en estado salvaje.

Aún latía su corazón cuando lo tiraron al Estrimón,

que bajaba henchido de piedras y huesos y juncos rotos,

y cantaban sus labios todavía

y en su lira vibraban las cuerdas de su estruendo.

Terpsícore llegó presurosa a Libetros,

seguida por sus hermanas, y juntas se acomodaron

en las orillas del río sobre las rocas de la vertiente,

pero solo encontraron desperdigados algunos dientes,

el chamusco de sus miembros repartidos

y los tejidos viscosos que antes recubrieran órganos y ganglios.

La enardecida por tormentas

se acercó a los pies del Estrimón y habló con los ojos al río,

susurrándole mieles y dulces palabras de pupilas,

como aves recordando al aire el favor de la muerte,

y luego preguntó por la cabeza del cantor y su lira.

Y en ese momento, en ese preciso instante,

el río se arremolinó sobre sí mismo, revelándolos por un segundo,

y luego ella, clamando, se sumergió en sus aguas

y extrajo sesos y cuerdas, no sin perderse en la revuelta corriente

que corría cristalina.

Aún lloraba Calíope a su hijito

y lo invocaba y pedía compasión para su vástago,

cuando Terpsícore tomó la legendaria lira de Orfeo

y la llevó al cielo renegrido de estrellas,

las que ordenó según los timbres

y las consistencias sucesivas que relumbran

cuando, de noche, se precipitan las aves al sueño.

y el viento las lleva como secretos que la bruma oculta:

una constelación ha nacido, y con ella el mundo,

enriquecido por la muerte.

 

 

 

 

Puntos de venta