La voz del hambre/o del silencio ético en José Watanabe

Tania Favela Bustillo

Al inicio de su poema “Marta y María”, de su libro Habitó entre nosotros, José Watanabe escribe: 

Querida Marta: 
Debo decirte que 
la palabra miente una fijeza, una suspensión y 
que no la cruza el miedo del acabarse luego. 
Deja en esa felicidad a tu hermana, acurrucada 
en Él y sus palabras. 
Por lo demás, 
todos esperamos tus vituallas de fogón, aun Él, 
porque incluso La Palabra hace silencio 
y el estómago suena. 

El poema hace referencia a la conocida escena de la visita de Jesús a Marta y a María, del Evangelio de San Lucas. En el relato evangélico María escucha La Palabra de Jesús mientras Marta se afana en sus quehaceres que, ante La Palabra, salen sobrando. Watanabe le da la vuelta a la escena y pone a Marta y la comida que ella prepara en el centro. En esta nueva escena que el poema propone, La Palabra calla ante el sonido del estómago. Ese sonido no es otra cosa que la voz del hambre, el estómago suena, cruje, y ante ese sonido, La Palabra hace silencio. Si como lo dice Mario Montalbetti en su ensayo “Un no, voz, res…, probando”, antes del logos está la voz, podría sugerirse que incluso antes de esa voz pre-logos (Montalbetti señala al hipo, la tos, el eructo, el estornudo y las onomatopeyas como ejemplos de voz pre-logos), están los ruidos del cuerpo que no pasan por la boca, ruidos que, aunque no articulan un lenguaje, al igual que esas voces pre-logos, expresan sin significar. El sonido del estómago señala al hambre. El estómago cruje al contraerse los músculos. Cuando el intestino y el estómago están vacíos la contracción muscular es mayor y por lo mismo el sonido de esos borborigmos es aún más fuerte, no hay forma de ignorarlos, se hacen presentes y hacen presente al cuerpo que los suscita, hacen presente las penurias del cuerpo. El poema de Watanabe nombra al cuerpo, el dictado biológico de éste se superpone a la trascendencia y divinidad de La Palabra. La Palabra, sugiere el poema, puede esperar en esa fijeza que miente: primero el cuerpo y después el alma, parecieran también proponer estos versos. Es interesante además el juego que se genera en el verso entre mentar y mentir: la palabra nombra esa fijeza, la evoca, la trae a cuenta, o bien la palabra miente esa fijeza, nos engaña con la apariencia de permanencia. Sea como sea, a diferencia de las palabras, el cuerpo no miente: si el estómago suena es porque está vacío. 
La carencia, la falta, la precariedad, la enfermedad y la muerte son motivos que en más de una ocasión apare-cen en la obra poética de José Watanabe. En el poema “El Pan” de su libro La piedra alada, Watanabe se detiene en la pobreza y la dignidad, y lo hace retomando nuevamente un texto bíblico, esta vez del Antiguo Testamento: “Elías y la viuda de Sarepta”: 

Perdonen que lo diga sin pudor, 
pero mi madre y yo vivíamos en un pueblo 
de hambrunas. 
Las carencias 
nos llevaban a todos a una especie de inocencia, 
a un vivir 
en el centro puro de nosotros mismos. 
Así es cuando ya no queda nada, salvo 
la postura orgullosa de mi madre 
que dormía como saciada. 
Cada cierto tiempo pasaban profetas 
que repetían monsergas en nombre de un dios 
prometedor, pero cruel. 
Ninguno trajo lluvia sobre los campos yermos 
ni hizo el milagro de una simple lechuga. 
Una tarde se asomó a nuestra puerta 
un extranjero de mirada llameante, otro agorero, 
pero no supimos quién ardía en él, si su dios 
o su demonio. 
Dijo llamarse Elías y tenía gran hambre como nosotros. 
Se quedó mirando a mi madre
que en la artesa mezclaba un puñado de harina Santa Rosa 
con una cucharada de manteca sin nombre. 
Estoy haciendo un pan para mi hijo y yo. Lo comeremos 
y después, con la dignidad de los pobres satisfechos, 
nos moriremos de hambre, dijo mi madre 
en Reyes 17:12


El poema hace probablemente alusión a Laredo, lugar de nacimiento del poeta, pero podría ser cualquier otro pueblo de hambrunas (en otro espacio u otro tiempo), ya que los estragos del hambre son similares dondequiera. Watanabe elige para su poema sólo una parte de la historia de Elías y la viuda de Sarepta; en el texto bíblico leemos: “Solamente un puñado de harina tengo en la tinaja, y un poco de aceite en una vasija; y ahora recogía dos leños, para entrar y prepararlo para mí y para mi hijo, para que lo comamos y nos dejemos morir”; pero el texto bíblico continúa y con él los diversos milagros de Elías: “Y la harina de la tinaja no escaseó, ni el aceite de la vasija menguó, conforme a la palabra que Jehová había dicho por Elías”. Si en el poema “Marta y María” La Palabra hace silencio ante el sonido del estómago, en “El Pan” los milagros son desplazados y sólo queda el hambre y el orgullo de la madre. Al parecer, el poeta peruano apuesta en estos poemas por el cuerpo (estómago) y por la aridez de la realidad (muerte); ambos elementos permean su lenguaje a lo largo de toda su obra poética: “La vida es física”, escribió Watanabe en “La Cura”, otro de sus poemas. 
El hambre da cuenta del paso del hombre por la Tierra, da cuenta de las carencias del cuerpo, de la necesidad del mismo. El escritor cubano, Manuel Pereira, en su ensayo “La metafísica del hambre”, reflexiona sobre ésta: “El hambre está en la raíz de todo acontecimiento cultural.
Las pinturas rupestres reflejan un hambre paleolítica, pues se trata casi siempre de escenas de caza” (p. 68). Pero no sólo el hambre está en la raíz de la cultura, aclara Pereira, la comida también es cultura, y al escribir sobre este tema nos recuerda dos nombres muy distintos y distantes: el de Brillat-Savarin y el de Feuerbach: “El padre de la gastronomía como ciencia del paladar, Brillat-Savarin, decía: ‘Dime lo que comes y te diré quién eres’. Poco después, vino a darle la razón el materialista Feuerbach con su célebre adagio: ‘el hombre es lo que come’” (p. 77). En “Restaurante vegetariano”, José Watanabe se detiene en los alimentos, en los vegetales y en las carnes, y hacia el final del poema escribe: 

El alimento en la boca te relaciona 
con el mundo. Hay días de felino 
y días de paquidermo. Hoy sean bienvenidas 
las benéficas ensaladas, la suave soya y las frutas 
aunque tarde: 
ya cincuenta años que comes carne 
y estás eructando miedo. 
Pero hay días que no tienes carne ni vegetales 
sino arena en la lengua. Te explicas: tal vez has comido 
una sequedad inicial, insidiosa, de pecho, y nunca 
se acaba, el desierto 
nunca se acaba. 

Aquí es importante la relación entre el alimento y el mundo, pero sobre todo la relación entre la madre, la aridez del desierto y la lengua. En una entrevista Watanabe habla al respecto: “Hay que tener un conocimiento real de la realidad, un conocimiento físico, yo cuando digo arena, pues he estado en un vendaval de arena, y he mamado arena de mi madre, tengo sequedad en la boca”.1 La correspondencia entre el poema y la entrevista es evidente, pero lo que me interesa destacar es cómo este enlace lengua-alimento-paisaje desértico, incide en sus poemas. En la entrevista anterior Watanabe, además de reafirmar esa sequedad inicial en la boca, que no está lejos de la aridez del desierto y de lo pernicioso del hambre, vuelve a la importancia del conocimiento físico, de lo real de la realidad. Ese real al que Watanabe se refiere está en relación directa con la experiencia, con la vivencia física que el poeta experimenta y registra, después, en el lenguaje. En otra de sus entrevistas comenta: 

No me gusta la poesía literaria, tampoco me gustan los poetas que ven su experiencia como literaria de antemano. Voy a citar un ejemplo. Alguna vez vino a mi casa un muchacho con su poemario; quería saber mi opinión sobre su trabajo. A los pocos días regresó y le pregunté: ¿conoces el centeno? Él me miró contrariado, luego respondió que no. Entonces le leí un verso suyo donde decía “Y yo vi a través de la puerta el paso de tus cabellos de centeno”. Pienso que las palabras hay que experimentarlas, hay que vivirlas. El poeta debe tener la experiencia real de la palabra. […] Para ejemplificar esto se podría citar ese verso de Vallejo: “papales, alfalfares, cebadales, cosa buena”. Vallejo experimentó esas cosas y su nombre. Creo que si él no hubiese vivido en Santiago de Chuco, jamás habría tenido el atrevimiento, en una época modernista, de poner esas palabras aparentemente toscas, rústicas”. 

Experimentar cosas y nombres. ¿Cómo entra la vivencia de esa sequedad inicial del desierto, de esa arena en la lengua, en los poemas de Watanabe? Antes de intentar una respuesta, quisiera plantear otra pregunta: ¿cómo es que el hambre, la falta y la carencia entran al lenguaje? José Antonio Ponte, otro escritor cubano, en su ensayo “Las comidas profundas”, establece un vínculo entre la escasez y el nominalismo:

La escasez no hace otra cosa que convertir alimentos en nombres y potenciar esos nombres […]. El 8 de marzo de 1941, Virginia Woolf escribe en su diario: “Tengo que preparar la cena. Bacalao ahumado y salchichas. Creo que uno consigue cierto dominio sobre las salchichas y el bacalao si los escribe”. En medio de la guerra, para el novelista no se trata de conseguir alimentos, cocinarlos, comerlos. No deja de padecer un apetito común, pero lo que quizás más le preocupa es asistir al aflojamiento de su escritura. Le interesa mantener un dominio sobre las palabras que dicen las comidas, que dicen la vida antes de la guerra (p. 91). 

La escena que describe Ponte es interesante: ante el aflojamiento de la vida, el aflojamiento de la escritura; para contrarrestar esa situación, Virginia Woolf asume el control de las palabras que señalan la vida como una forma de atrapar aquello que se disipa. El control de las palabras, atenúa, hasta cierto punto, la falta: Virginia Woolf se apropia dos veces de los alimentos que cocina: poseer las palabras, le permite, tal vez, imaginar que posee y poseerá en el futuro los ali-mentos que éstas señalan. Si pensamos en la primera pregunta: ¿cómo entra la vivencia de esa sequedad inicial del desierto, de esa arena en la lengua, en los poemas de Watanabe?, lo primero que advertimos es que el desierto y Laredo entran como fondo constante en la mayor parte de su obra: el poeta peruano construye en sus poemas ese espacio amplio, silencioso, vacío, más propicio para la muerte que para la vida. La austeridad del paisaje penetra en el poema, el desierto se introduce en sus palabras, no sólo como paisaje, sino como tono y como fraseo. La lengua que utiliza el poeta es sobria, austera, sus poemas tienden en general al silencio. La falta y la carencia se vinculan al desierto por su aridez y dureza, y el lenguaje de Watanabe, mimetizándose con estos atributos, se construye desde la mesura, la parsimonia y el refrenamiento. El laconismo del poeta toma sentido y profundidad gracias a la sobriedad que in-troduce en su lenguaje, virtud que el poeta relaciona siempre con su padre y con su madre, como se vio en el ya citado poema “El Pan”, en el cual Watanabe acude a la voz de la madre, que en medio de la hambruna y la miseria dice: “Estoy haciendo un pan para mi hijo y yo. Lo comeremos / y después, con la dignidad de los pobres satisfechos, nos moriremos de hambre”. En otra entrevista Watanabe recuerda: “Mi madre nos aleccionaba para que no contáramos las penurias de la casa. Después de la lotería,3 cuando estábamos mejor, solía decir: ‘No hay que tener miedo a ser pobres otra vez. Más pobre ya no he podido ser.’ Se refería a su infancia, que fue muy dura para ella”.4 La experiencia de la madre atraviesa la vivencia del poeta, y en este sentido es siempre la madre, en los poemas de Watanabe, la que le muestra al niño, a un mismo tiempo, el amor y el dolor, la carencia y la dignidad; es ella la que lo enfrenta a la muerte, a la separación y a la aspereza de lo real; de ahí esa sequedad inicial: sustrato de la dureza que asoma en sus poemas. 

En el ensayo antes citado, “Las comidas profundas”, José Antonio Ponte plantea otra idea sugerente en relación al hambre y la escritura: “La desesperación [dice] hace que se multipliquen las metáforas” (pág. 89). La falta, con el deseo inserto en ella, puede llegar incluso a engendrar a sus contrarios: la acumulación y la proliferación: de ahí a una poética neobarroca habría muy pocos pasos. El hambre, sigue diciendo Ponte; “suele ser sinuosa, no rotunda, suele hablar en volutas, no de forma recta, es barroca, no parca”.5 Sin embargo, en los poemas de Watanabe sucede lo contrario, lo que nos lleva a pensar que cada escritor entabla una relación distinta con la necesidad. Watanabe no acude a las metáforas y a la proliferación de las palabras para contrarrestar la desesperación y la carencia que el hambre y la pobreza implican, más bien asume esa falta y propone, como él mismo la llama, una poética del refrenamiento: no decir de más, practicar la mesura, apuntar al silencio. La poética de Watanabe apuesta por la precisión y la exactitud, quizás porque Watanabe considera que ante la devastación que el hambre supone, toda palabrería sale sobrando. El hambre no genera un discurso, no es simbolizable, su ruido no articula ningún significado, pero se introduce en el oído de cada uno de nosotros, se hace presente y no deja de resonar entre las palabras: “Yo escribo y mi estilo es mi represión. En el horror sólo me permito este poema silencioso”, escribe Watanabe al final de su poema: “El grito (Edvard Munch)”, y con estos versos parecería proponer la necesidad de un silencio ético. Teorizar sobre el sufrimiento, sobre el hambre, sobre los horrores del mundo es puro escapismo, lo único que puede hacerse ante ellos es reconocer que existen.6 Como lo afirma Denise Levertov, e imagino que Watanabe hubiera estado de acuerdo con ella: “En tanto la poesía tenga una función social, ésta será despertar a los que duermen utilizando otros medios que la conmoción” (p. 14). Darle voz al sufrimiento, desde la apuesta ética del silencio fue, quizás, para Watanabe, una manera contundente de responder desde el poema.

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