El hambre en los tres tristes tigres: Raúl Mendizábal, Eduardo Chirinos y José Antonio Mazzotti

Giancarla Di Laura

Uno de los temas que poco se piensa en la literatura es la proyección del motivo del hambre o la mención de alguna comida. A veces es difícil encontrarlos como tales, pero ya sea a través de la mención de alguna fruta, o de algún tipo de comida, el motivo del hambre puede desplegarse como una relación seductora, afín o mo-nótona. Si pensamos en lo que este término encierra, es decir lo que significa literalmente “el hambre”, la falta de comida para subsistir en la vida, vemos que esa necesidad hoy en día se sufre en nuestro continente por mucha gente. 

El hambre ha sido representada en la poesía peruana por varias generaciones literarias. A fin de estudiar un periodo particular, el texto en curso trata la presencia del hambre, de la comida o la falta de ella en tres poetas de la generación del 80. El grupo se configura con la presencia de Raúl Mendizábal (Piura, 1956), Eduardo Chirinos (Lima, 1960-2016) y José Antonio Mazzotti (Lima, 1961). Los tres compartieron una gran amistad, fueron estudiosos e ingeniosos candidatos de la carrera de literatura, y caminaron juntos por un mismo idioma, el de la poesía. 
 

Los tres tristes tigres 
Durante los ochenta, la poesía peruana se renueva tanto a nivel de contenido como de forma. En esa época surgen distintos grupos que buscan expresar la sensación de la época. Muchos de ellos se comprometen con una literatura que denuncia y otros encuentran diferentes temas, como la violencia que se vive arduamente en esa década o la fusión de diversos motivos: 

Raúl Mendizábal 

Melocotón 
su carne es deliciosa llena de tensión transparente 
la piel de melocotón
ofrece resistencia aún después de saber limpiar la opacidad que le 
guarda del mordisco 
si se le muerde con suavidad emana un olor dulcísimo 
que permite mucho después a través y desde lejos 
y aún cuando mientras se le muerde observa aparte y detrás 
él sigue prodigando olor 
[mayo 88]. 

En este poema notamos que el fruto del melocotón es visto de una manera seductora. La voz poética irrumpe el poema con el verso: “Su carne es deliciosa”, con una textura singular que facilita la mordedura e invita a la seducción. Sin embargo, no es una seducción tradicional a la de una amada sino a una identidad donde la voz lírica busca la familiarización con el sujeto. El yo lírico afirma: “Si se le muerde con suavidad emana un olor dulcísimo / que permite mucho después a través y desde lejos / y aún cuando mientras se le muerde observa aparte y detrás / él sigue prodigando el olor”. El reconocimiento de tal entidad o sujeto se ofrece a través de la acción de probar y manducar (saborear) su carne y su olor. El crecimiento y madurez se deja ver a través de la relación que existe entre el melocotón y el sujeto que se comparan. El hambre es visto a través de un hablante poético satisfecho para así po-der reconocer y entablar una percepción más íntima con el sujeto anhelado. 

En esta ocasión el hambre es visto como aperitivo y de esa manera, el hambre se satisface. Es decir, el hambre permite el reconocimiento del sujeto a medida que se sacia el apetito de la seducción. Asimismo, la imagen de la comida en sí, se reconoce a través del olor y se familiariza con el sujeto analizado. Lo curioso de este poema es que funciona como una alegoría del amor del poeta hacia su primer hijo (comunicación personal), a las pocas semanas de haber nacido. La imagen del meolocotón sirve para satisfacer la necesidad de expresar ternura sin romper las convenciones de la poética imaginista, en la que buena parte de la poesía conversacional latinoamericana se desarrolla hasta fines del siglo xx.

Eduardo Chirinos 
Un poeta culto y estudioso que fusiona registros étnicos y culturales. En el siguiente poema, titulado “Thanksgiving” (Día de acción de gracias), Chirinos recurre a un día feriado de Estados Unidos donde se celebra la hermandad de los campesinos —indios americanos— con los amos colonizadores. Allí se unen las culturas mediante el alimento, el cual bendicen, así comparten un sentimiento afín, de unión: 

Thanksgiving 
Guanajo, guajalote o pavo 
Igual da. 
El lago Cayuga está vacío. 
En la superficie flotan témpanos de hielo, 
Árboles negros y profundos que enraízan en el agua, 
En el amplio cielo que alimenta todas las raíces. 
Las buenas familias han venido a visitar el lago. 
Juntas rezan y bendicen los alimentos recibidos, 
los ahorros consagrados por el sudor de sus frentes. 
(Los vi llegar de lejos. 
Son blancos como los zorros del norte 
Y calzan zapatos puntiagudos con la hebilla rota, 
Parecen inofensivos en verdad, 
Adoran dos leños amarrados y hablan una lengua extraña, 
Pero he visto en sus rostros el hambre de siglos, la codicia 
De los que nada tuvieron y anhelan conquistarlo todo). 

Guanajo, guajalote o pavo 
Igual da. 
A Dios gracias no hay canoas en el lago. 
Las aguas del Cayuga se han teñido de sangre. 

Optimistamente, en el inicio, el sujeto hablante afirma: “Las buenas familias han venido a visitar el lago. / Juntas rezan y bendicen los alimentos recibidos”, de esta manera se proyecta un compartir entre las culturas y las etnias. Sin embargo, luego se da una confrontación y se describe la actitud del hombre blanco, del sujeto colonial: 

(Los vi llegar de lejos. 
Son blancos como los zorros del norte 
Y calzan zapatos puntiagudos con la hebilla rota, 
Parecen inofensivos en verdad, 
Adoran dos leños amarrados y hablan una lengua extraña, 
Pero he visto en sus rostros el hambre de siglos, la codicia 
De los que nada tuvieron y anhelan conquistarlo todo). 

De esta manera se identifica como un observador social: ha visto y presenciado a los emigrantes, “blancos como los zorros del norte”, que “hablan una lengua extraña”. Estos hombres “parecen inofensivos en verdad”, pero llevan una actitud muy distinta. El hablante dice: “Pero he visto en sus rostros el hambre de siglos, la codicia / de los que nada tuvieron y anhelan conquistarlo todo”, esa hambre se relaciona con la codicia y el egoísmo existente. Des-de sus orígenes, la migración ha sido un choque de culturas en donde se han dado distintas experiencias, algunas menos violentas que otras, pero siempre se ha percibido la superioridad de una de ellas. Si bien en esta fecha especial de acción de gracias se agradece el poder compartir las comidas entre diversas etnias, siempre predominará el agrupamiento humano que quiere aventajarse para mostrar una superioridad. La voz hablante finaliza el poema denunciando y criticando: “Pero he visto en sus rostros el hambre de siglos, la codicia / de los que nada tuvieron y anhelan conquistarlo todo”. El hambre que se proyecta tiene que ver con la codicia del poder y de un sitio aventajado para destacar o distinguirse. 

José Antonio Mazzotti 

Cuismancu 
Cuismancu soy. Cacique del valle. iembro y reparto 
la siembra, 
atestiguo asesinatos, me distribuyo en fiestas, presido 
funerales. Juego con los brujos la función de mis antepasados, y así 
sucesivamente 
mientras vago, pienso,
deliro, sueño, sacrifico 
animales y los dioses me prefieren 
a todos mis vecinos, soy el rey, el rey 
ordenador, embajador del cielo, intérprete de Rimaq, 
hijo de Pachakamaq, padre y finalmente sujeto 
a una extraña certeza... 

Vendrán otros hombres, gente de la montaña, y mis dioses 
no serán queridos 
y mi pasto acabará quemado, todo se infectará 
con aguas negras, no comeré más perro, me pondrán 
a deambular 
con mis vestidos ahora 
baratijas, piedras, grabadoras, ah presentimiento 
de un paisaje en que las huacas aturdidas 
no se levantarán 
y sin embargo no será todavía 
el tiempo sin tiempo sino el tiempo 
de las zonas frías 
los canales abrirán heridas 
al desierto, y desde el Templo 
al norte los ríos reflejando la luz 
se inclinarán al Sol 
habrá pacto 
lo Visible 
y lo Invisible 
rotarán como el día 
y la noche, y la vida con su interminable 
paso escuchará los oráculos, resolverá 
consultas, en las colas 
mis hermanos subiendo a los micros 
peinarán la cabeza de sus hijos 
con la verdad del único 
pasado memorable de estas tierras 
¿Quién vive? ¿Quién viene que huyó cuando el mundo 
se deshizo, todo se corrompió 
el universo entero 
arrastró en su secreto la visión de este orden? 

Soy yo. Cuismancu regresado 
de arriba, del Norte, del Sur, de abajo y de adentro 
del Infierno apestando 
me corren de las calles, vivo en los cerros 
mirando el exceso estadístico 
de construcciones deformes que hablan 
de un dios que no se parece 
en nada a sus palabras, de un valle pisado 
por cuero y metal, caballos motorizados que son hijos 
del Error, su espada al cinto, la fusta 
como un ángel que dicen con su dedo de fuego 
señalando la esquina, la mixtura 
de una rutina encarcelada entre el parque y su feria 
y el polvo alucinado regresando a los suburbios. 

Mis sitios arriba confiando en la fuerza de las piedras 
dispersos por espacios infinitos miran hacia acá, 
Qawillaqa esculpida en el mar, valle del Templo, 
arenal donde las rubias asolean 
sus enormes caderas brillantes 
Oh, y su Poder 
será el Poder 
que hasta hoy nos lastima. 
Esas piedras 
caerán por su peso 
y un huayco 
fundará con sus venas 
chorreando un cuadro del crepúsculo 
tamaño natural, cactus y jora, 
al tiempo que probamos sus cerebros 
y el Orden se construye 
como el viento que dibuja en las arenas el sonido del mar 
su canto arrecho 
la venganza 
de todo lo que significa 
la pérdida del Reino... 

Diuturnum Illud / Sueño profético de Wanka Willka 
Por mí mandan los reyes, por mí mandan los príncipes, 
y por mí los jueces administran justicia. 
Eclesiastés: xvii, 14. 

1. 
Un cerro erecto sobre las chozas de barro, una luna 
montada en sus hombros, paredes, ladridos, y el frío 
conversando en el círculo. 

—“Nuestro Padre el Sol, viendo a los hombres 
tales como te he dicho, se apiadó y hubo lástima de ellos, y envió 
del cielo a la tierra un hijo y una hija de los suyos 
para que los adoctrinasen en el conocimiento 
de Nuestro Padre el Sol, para que lo adorasen 
y tuviesen por su Dios, y para que les diesen preceptos 
y leyes en que viviesen como hombres en razón 
y urbanidad”. Pero hoy 
ya nadie cree en esto. ¿No sientes acaso la helada? ¿No tenemos 
que juntar leña y bosta para las hogueras, y ahumar 
las chacras, las laderas, nuestros corazones? ¿No tenemos 
que ir tejiendo eucaliptos en las piedras? 
Esperaste un mundo mejor, una aventura de magia. 
Sólo esto podemos ofrecerte. 

El adobe de al lado temblaba 
con el baile del fuego. Juan trató de calentarse las manos; hizo un gesto, 
continuó: Para que todo cambie 
no sueñes milagros, no confíes en tu juego ingenuo. 
Si ni siquiera nos conoces, 
¿de qué sirve tu buena voluntad? 

Justo Chocne veía. Padre como los cerros. 

“Quinientas flores de papas distintas crecen en los balcones de los abismos que tus ojos no alcanzan, sobre la tierra en que la noche y el oro, la plata y el día se mezclan. Esas quinientas flores son mis sesos, mi carne”, recordé. 

—Cuando vengan a buscarnos 
no sabrán dónde seguirnos. No conocen 
los laberintos, podremos emboscarlos. 
Veremos en el musgo resbalando sus botas. 
Rodarán. 

Sacsamarca se nublaba. 
La punta de la roca, sin cabeza; los niños que reían todavía 
regresaban. 


(¿Juan, Justo, dónde están?) 

Entramos en la sola habitación. Frazadas de cordero, la cocina a un lado. Felícita encerrando a los cuyes hervía la hierbita 
y un paquete fue sacado de la oscuridad: Problemas estratégicos de la guerra revolucionaria de China. 
—“¡Mierda los haremos!”, musitaron. 
“Pon en marcha tu helicóptero y sube aquí, si puedes. Las plumas de los cóndores, de los pequeños pájaros se han convertido en arco iris y alumbran”, resonaba. 
Nos envolvimos con dobles pantalones. Los gorros de lana 
ya empezaban a plancharnos los cabellos. 
“Oráculo del hielo”, presentí. 
Y entonces intentamos olvidar. 

2. 
Pero el pasto brilló la mañana siguiente 
y otra y otra más. El riachuelo que bajaba por las escaleras 
hasta Huancavelica nos miraba trepar, urdir las piedras, alterando 
la parca claridad de esos parajes. 

—Todo lo que aquí hubo 
fue circulando con las aguas. Quizá porque el Río de Leche 
quiso cambiar su camino, y nos quedamos 
sin memoria siquiera. 

¡Rocas, declive, lluvia, 
piedras negras y barro, laberintos, rocas, 
declive, lluvia, y ningún pájaro! 

—Tenemos que subir un poco más, quizá haya truchas 
y puedas mirar los límites 
de la Comunidad. 

Y así ascendimos, pero en esa punta 
sólo otras puntas había y otros vientos y otros precipicios. 
A lo lejos 
ardía un punto azul escarbando una falda. 

—Tendré que bajar a la ciudad a ver qué compro. Tú sigue craneando tu informe, gringuito... y rió. 

Me quedé contemplándolo un rato. Luego 
fue sólo un silbido en el viento. 
Pensé entonces qué país 
tan raro, qué países los que habrían circulado 
por estas dormidas paredes, besadas por un pobre riachuelo 
que nunca supo nada, o que lo calla y sigue. 
Y me sentí más solo 
que un pobre riachuelo de la puna, rasca y rasca, hasta encontrar 
un hueco entre las piedras: la sangre lavada grabaría 
una arruga en el cielo. 

Al bajar me fui perdiendo en un silbido, y las burbujas 
del estómago cantaban. 
“Sopa de papa otra vez”, adiviné. 

Y rocas, declive, lluvia, 
piedras negras y barro, laberintos, rocas, 
declive, lluvia, y ningún pájaro. 

Pero el pasto brilló esa mañana 
y acaso alguna más. 

3
Tiempos en que todo se revuelve 
al caer la piedra en la corriente. 
En la noche de San Juan 
el humo discurría en las laderas calentando 
los cultivos; ese humo de pronto se ha esparcido 
más allá de los linderos. 
(¿Juan, Justo, dónde están?) 

Supimos con el tiempo que las rocas 
se habían convertido en llamas vivas. Los últimos restos del poblado 
como un cuerpo anestesiado quejumbraban 
la muerte de Felícita y los hijos, el exilio 
a las pampas amarillas de la costa. 

—¿Ves en qué quedó? ¿Ves en qué queda? 
¿Podrás alguna vez atravesar ese camino y no decir 
que era esto inevitable? 

(Ah, pero la noche se cierra 
como un odre con sogas y agujas, y el espacio 
que envuelve nuestras pieles es propicio para ver 
los rostros exactos y las manos quietas, la verdad 
sin cáscara y creciendo). 

- Vea usted, joven amigo. Se pueden 
aceptar los puntos de partida, los principios y hasta el ciclo 
de la historia en este asunto / pero hay algo 
que impide su total realización: serían demasiados los cadáveres 
y pocos los frutos inmediatos. En resumen: 
una pésima inversión. ¿Me entiende ahora? 

(Y un pozo se expande y va tragando
amigos y parientes, nombres raros, y fantasmas 
que cuelgan de un rayo de luz y cobran vida). 
“Por mí mandan los príncipes”, se oye. 
Pero también la elección de los culpables: todos ellos 
roídos por el miedo que invade las noches heladas, convertidos 
en bustos salinos por mirar bolas de fuego cayendo del cielo. 
Y arriba no hubo nadie que calmara los rayos: 
lluvia ardiente que calcina 
los cuerpos marrones y los valles. 

(¿Juan, Justo, dónde están?) 

Crepitan rescoldos y un gemido subterráneo. 
Una inmensa pradera de cenizas se confunde con el mar. 

En el primer poema, la voz lírica afirma que nueva gente llegará, que no reconocerán a sus dioses como importantes. 

Vendrán otros hombres, gente de la montaña, y mis dioses no serán queridos 
y mi pasto acabará quemado, todo se infectará 
con aguas negras, no comeré más perro, me pondrán a deambular 

Todo esto tendrá un final siniestro ya que se proyecta una imagen crítica de la época: “Mi pasto acabará quemado”, es decir en un momento de compartir la voz hablante se refiere al hambre como si fuera algo detestable. La voz hablante afirma: “No comeré más perro”, no se puede entender literalmente sino metafóricamente ya que el perro también puede ser información y no necesariamente la verdad, si bien los huancas, por ejemplo, en la época prehispánica sí comían estos animales. 

En el segundo poema la voz lírica describe: “Al bajar me fui perdiendo en un silbido, y las burbujas / del estómago cantaban. / ‘Sopa de papa otra vez’, adiviné.” Ese verso sugiere que el hambre es saciado por una comida familiar y tradicional. Sin embargo, la inserción de “otra vez” representa una imagen ya vista, ya mencionada al carecer de alguna proteína puesto que esa comunidad lo único que se servía era el caldo de sopa con carbohidratos. Esta hambre saciada era simulada como parte de sus propias raíces en El Ande, donde la cantidad de papas asciende a más de tres mil tipos distintos. 

Se han visto a lo largo del texto diversos mecanismos del hambre: como método para generar familiaridad y seducción en un ámbito específico, el hambre para compartir y a la misma vez para marcar diferencias, y finalmente la monotonía del hambre. Cada uno se aproxima al hambre desde distintos ángulos, a fin de proyectar imágenes siempre distintas a las esperadas.

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