César Vallejo: dos poemas sobre tener hambre

Víctor Vich

César Vallejo es uno de los fundadores de la poesía contemporánea en América Latina y una figura decisiva en la literatura del siglo xx. Sus versos construyeron un lenguaje nuevo, una forma literaria distinta, pero además propusieron una representación muy potente de la historia humana. Impactado por el mensaje cristiano, por la revolución rusa y por el compromiso universalista que desató la defensa de la República española, la obra de Vallejo da testimonio del contacto con la verdad de la solidaridad humana. Su obra afirma una idea y propone un nuevo proyecto de sociedad. 

Siempre se ha afirmado que Vallejo es un poeta del dolor y del sufrimiento humano. Sin embargo, Vallejo no es un poeta triste ni depresivo. Es un poeta que acepta la fractura de la condición humana pero, al mismo tiempo, sabe hacer algo con ella para terminar produciendo un discurso afirmativo. La suya es una poesía que fue escrita para remover al hombre, para sacarlo de su inercia cotidiana, para humanizarlo más allá de su humanidad habitual. En Vallejo, la poesía es un lugar para nombrar y convocar al “acontecimiento” como un momento de verdad, como un hecho que cambia la lógica de una situación presente. Un acontecimiento, al decir de Alain Badiou, es algo nuevo que emerge desde aquello que no estaba contabilizado por la hegemonía imperante; es algo que surge desde los agujeros de lo social para romper la inercia de la realidad (2013, 9). 

La poesía de Vallejo trae consigo un fuerte componente ético. ¿En qué consiste su ética? En los primeros poemas, se trata de la puesta en práctica del mensaje cristiano de servicio a los demás. Esta es una poesía que siente responsabilidad hacia lo comunitario. Es el caso, por ejemplo, del famoso poema “La cena miserable”, cuya primera versión data de 1917. Se trata de un texto que fue escrito al menos doce o trece años antes de que Vallejo asumiera una visión marxista de la historia: 

Hasta cuándo estaremos esperando lo que 
no se nos debe… Y en qué recodo estiraremos 
nuestra pobre rodilla para siempre! Hasta cuándo 
la cruz que nos alienta no detendrá sus remos. 
Hasta cuándo la Duda nos brindará blasones 
por haber padecido… 
Ya nos hemos sentado 
mucho a la mesa, con la amargura de un niño 
que a media noche, llora de hambre, desvelado… 
Y cuándo nos veremos con los demás, al borde 
De una mañana eterna, desayunados todos. 
Hasta cuándo en este valle de lágrimas, a donde 
yo nunca dije que me trajeran. 
De codos, 
todo bañado en llanto, repito cabizbajo 
y vencido: hasta cuándo la cena durará… 
Hay alguien que ha bebido mucho, y se burla, 
y acerca y aleja de nosotros, como negra cuchara 
de amarga esencia humana, la tumba… 
Y menos sabe 
ese oscuro hasta cuándo la cena durará! 

Ricardo González Vigil (1988: 193) ha rastreado las influencias que podría contener este poema (un conjunto de alusiones bíblicas, un intersecto con “Los miserables” de Víctor Hugo, una resonancia ciceroniana que vendría de las “Catilinarias”) y ha notado cómo todo ello repercute en la solidez de su estructura y en la fuerza de un mensaje político, pero también epistémico:

Hasta cuándo esperaremos de un modo absurdo que la cena deje de ser miserable. Hasta cuándo demorará la muerte en llegar para acabar la pesadumbre de la vida. Hasta cuándo la duda (la cual viene a funcionar de raíz de la ironía blasfema del poema) nos brindará un escudo de armas que proteja nuestro desamparo, al no confiar ya en Dios (ni en la filosofía de Platón y Aristóteles) (González Vigil, 1988: 194).

El punto es que Vallejo se pregunta por las causas de la injusticia social y su objetivo consiste en politizar ese sufrimiento más allá de una reflexión propiamente íntima. Este poema propone que el dolor humano sirve para repensar la sociedad y para observar su falla estructural. Los versos son muy claros al respecto: si hay dolor, es porque alguien ha hecho doler; si algunos no tienen nada, es porque otros se han apropiado de todo. A diferencia del famoso poema “Ágape”, donde la deuda era un acto gratuito, aquí el sufrimiento aparece como una forma de protesta social.

Si con “Ágape” se hacía referencia a la cena de los primeros cristianos, aquí se intenta nombrar la desigualdad social como despojo. El poema nos sitúa ante una cena en la que ya no hay nada que comer. 

El poema constata un absurdo, hay que precisar que se trata de un absurdo político: una situación socialmente injusta. Por eso, la representación más importante se concentra en aquellos que no descansan de remar y en esos niños que van acumulando rencor por el hambre que tienen. Este es un poema que trae consigo mucha rabia y aquí la rabia parece ser un agente de la justicia y hasta del amor cristiano. En este poema, el amor consiste en identificarse con aquel grupo que está buscando justicia. 

Notemos la radicalidad del siguiente verso: “esperando lo que no se nos debe”. Notemos que la presencia del negativo es sustancial porque no se trata de esperar “lo justo”, sino de esperar algo más, un exceso, algo que debería ser capaz de fundar un orden nuevo. Me explico mejor: al enfatizar: “lo que no se nos debe”, Vallejo está apuntando al “acontecimiento” como lugar que excede todas las reglas de lo simbólico, como acto que transforma el marco desde donde se define lo social, como aquello que se desborda en lo que está establecido y que, por lo mismo, siempre termina por salirse del orden social existente. Hemos dicho que el “acontecimiento” debe ser entendido como la emergencia de nuevas reglas en busca de una transformación radical (Žižek, 2014). Así, para este poema, la verdadera justicia tiene que ser una “justicia-otra”, una justicia radical que todavía no conocemos. Con coraje, el poema siempre apunta hacia algo excesivamente mayor: 

Y cuándo nos veremos con los demás, al borde 
de una mañana eterna, desayunados todos. 

En suma, el Vallejo de este poema observa que la sociedad es profundamente injusta porque está mal organizada y, por eso, se enfoca en quienes se han quedado fuera del sistema. La imagen del desayuno nombra una tarea urgente. Es cierto que se trata de una imagen utópica, pero habría que decir que la utopía aquí es una tarea que no es enunciada desde el poder ni desde la comodidad, sino desde la perspectiva de quienes han sido despojados de la cena, vale decir, de quienes sufren, día a día, las consecuencias de la dominación social. Se trata entonces de una posición que entiende la política como la asignación que tiene el presente hacia el futuro. Por eso, el poema concluye: 

Hay alguien que ha bebido mucho, y se burla, 
y acerca y aleja de nosotros, como negra cuchara 
de amarga esencia humana, la tumba… 
Y menos sabe 
ese oscuro hasta cuándo la cena durará! 

Notemos cómo se constata la presencia de la muerte de una manera particular. No se trata, exactamente, de ebriedad y exceso. Nuevamente, se trata de la apropiación de lo que es colectivo. El poema vuelve a subrayar la causa de un mal. El movimiento de este personaje último es similar al movimiento de acercamiento y alejamiento de la cuchara en el acto de comer, pero aquí adquiere connotaciones malignas y hasta truculentas. Los versos resaltan, sin embargo, que a pesar de su poder, este personaje no tiene completo control sobre la vida: “Y menos sabe ese oscuro hasta cuándo la cena durará”. 

Digamos entonces que Vallejo entendió su poesía como un dispositivo que podría servir para transformar los sentidos comunes existentes. Desde ahí, la representación de lo marginal se fue volviendo más protagónica, se dio cuenta de que su incorporación generaba la posibilidad de observar la crisis de la comunidad tal como se encontraba configurada. Vallejo se propuso escribir una poesía capaz de activar nuevas subjetivaciones políticas. Si sus poemas optaron por representar a las identidades excluidas, lo hicieron con el objetivo de promover distintas desiden-tificaciones con el orden social existente. Comentemos ahora el poema titulado “La rueda del hambriento”:

Por entre mis propios dientes salgo humeando, 
dando voces, pujando, 
bajándome los pantalones... 
Vaca mi estómago, vaca mi yeyuno, 
la miseria me saca por entre mis propios dientes, 
cogido con un palito por el puño de la camisa. 
Una piedra en que sentarme 
¿no habrá ahora para mí? 
Aun aquella piedra en que tropieza la mujer que ha dado a luz, 
la madre del cordero, la causa, la raíz, 
¿ésa no habrá ahora para mí? 
¡Siquiera aquella otra, 
que ha pasado agachándose por mi alma! 
Siquiera 
la calcárida o la mala (humilde océano) 
o la que ya no sirve ni para ser tirada contra el hombre 
¡ésa dádmela ahora para mí! 
Siquiera la que hallaren atravesada y sola en un insulto, 
¡ésa dádmela ahora para mí! 
Siquiera la torcida y coronada, en que resuena 
solamente una vez el andar de las rectas conciencias, 
o, al menos, esa otra, que arrojada en digna curva, 
va a caer por sí misma, 
en profesión de entraña verdadera, 
¡ésa dádmela ahora para mí! 
Un pedazo de pan, ¿tampoco habrá para mí? 
Ya no más he de ser lo que siempre he de ser, 
pero dadme 
una piedra en que sentarme, 
pero dadme, 
por favor, un pedazo de pan en que sentarme, 
pero dadme 
en español 
algo, en fin, de beber, de comer, de vivir, de reposarse 
y después me iré... 
Halló una extraña forma, está muy rota 
y sucia mi camisa 
y ya no tengo nada, esto es horrendo. 

Decíamos que Vallejo consideró que la poesía podría ser un espacio para representar lo que todavía no había sido representado, para mostrar, en su condición abyecta, a sujetos que eran víctimas de la injusticia social. En este caso, Vallejo no le huye a una poesía didáctica y, sin miedo, enfrenta a sus lectores ante una cruda realidad. 

El poema se construye desde el monólogo de un personaje cuya desesperación va aumentando y cuya necesidad de contar lo que le sucede va haciéndose cada vez más explícita. El poema lo representa como alguien que ha quedado completamente “fuera” del sistema, como aquel que ya no tiene lugar pues se encuentra en el último escalón social. En términos simbólicos, se trata de un sujeto que ha quedado reducido a tan poca cosa que puede salir por sus propios dientes; es un personaje situado en una condición de extrema indigencia y de debilidad. En el poema, lo vemos gimiendo, intentado mostrar su condición dramática y desa-gradable. Su estómago está vacío como también lo está todo su ser. 

Desde un punto de vista formal, hay una construcción que es muy impactante “Váca mi estómago / váca mi yeyuno”, dicen los versos. Para Higgins, este “váca” es una palabra extremadamente polivalente, que viene del verbo “vacar”, pero también de la idea de “vaciedad” porque ya no hay nada en el estómago y porque tampoco hay ningún trabajo “vacante” (1989, 123-24). De hecho, el uso inédito de esta palabra sorprende y contribuye a configurar la condición vacía, vaciada y vacante del personaje en cuestión. En el poema, también lo vemos pujando, pero no para expulsar algo, sino solo para dar cuenta de su condición siempre vacía y abyecta. Este personaje está tan flaco que parece cogido por un palito por el puño de la camisa y ya casi nada puede sostenerlo. 

Su mendicidad es de tal magnitud que ni siquiera tiene una piedra donde sentarse. Es decir, se trata de alguien que no es propietario de nada porque ha sido despojado de todo. El poema ahonda en dicha condición como una estrategia simbólica y ciertamente política. De hecho, su objetivo consiste en interpelar políticamente al lector y enfrentarlo a la crudeza de la desigualdad social. Las imágenes son siempre extremas. La debilidad del personaje es tal que le resulta urgente encontrar un lugar de reposo, un lugar propio. No importa cuál sea, porque las fuerzas se le agotan y tiene mucha hambre. En realidad, está a punto de morir. Ha perdido toda esperanza y solo puede producir una sentencia sobre sí mismo aunque continúa suplicando que le den algo: una piedra, un pan, algo que alivie mínimamente su muerte. 

Digamos que si este personaje aparece como un “resto” del sistema, al mismo tiempo, se encuentra pidiendo un “resto” de lo social como garantía última de su existencia. Notemos además que no pide una piedra cualquiera: pide la que ya nadie desea, las que son inútiles, las que están malditas. Pide aquellas que ni siquiera sirven para ser “tiradas contra el hombre”. Al preguntar “¿esa no habrá ahora para mí?”, sabemos bien que, en realidad, no hay nada para este personaje, que en la sociedad actual, toda privatizada, nadie está dispuesto a darle absolu-tamente nada. 

Lo interesante es que el poema se esfuerza por representar a un sujeto que insiste y que no se calla: insiste en pedir un pedazo de pan y tal demanda comienza a cerrar un discurso que se va acelerando en su intensidad poética y en su condición existencial. Sin embargo, volvamos a insistir en que, aunque se le figura como situado en un grado de “externalidad” frente al sistema, lo cierto es que ha sido “producido” por el sistema mismo. No se trata entonces de un sujeto “caído del cielo”, sino de un producto de la desigualdad y de la exclusión social. Este es un sujeto producido por la irracionalidad del mundo moderno. 

En realidad, este sujeto se ha quedado solo, completamente solo, y podríamos decir que lo que está solicitando es un vínculo social, vale decir, la necesidad de comprobar que el otro existe, que la sociedad existe y que él no se ha vuelto loco. Este personaje no tiene nada, pero parecería que en el acto de hablar constituye toda su agencia política. En los versos finales, la necesidad de aludir a un idioma en particular —al español— resulta el último intento por producir un punto de unión entre él y la sociedad. El idioma aparece como el último lazo que lo une con los demás. ¿Hay alguien que me escuche? ¿Hay sociedad todavía?, pareciera decir. Retomemos sus últimas palabras: 

Halló una extraña forma, está muy rota 
y sucia mi camisa 
y ya no tengo nada, esto es horrendo. 

¿Qué es aquí lo “horrendo”? ¿Cuál es el objetivo de cerrar el poema con esa palabra? Podemos sostener que lo “horrendo”refiere no solo a la situación en la que este personaje se encuentra, a su extrema exclusión social, sino también —o sobre todo— al carácter de una sociedad que permite que eso ocurra, vale decir, a un tipo de sociedad capaz de generar desigualdades tan extremas. La expresión: “Esto es horrendo” emerge, ciertamente, como un grito de impotencia, y también como una especie de sentencia y de censura al mundo moderno. Por lo demás, este es un verso que ha optado por liberarse de cualquier tipo de artificio literario y que se ha propuesto afirmar algo claramente. Se trata de un verso que emite un testimonio y que toma una posición. 

El poema alude a la constatación —horrenda— de la injusticia social, entendida no solo en términos puramente económicos sino también como la pérdida, cada vez mayor, de un sentido de comunidad. Este personaje constata que no va a recibir nada, porque en realidad ya no hay nadie dispuesto a dar. Es la carencia de piedra y de pan lo que el personaje ratifica, más la ausencia de personas con quienes podría construir algún tipo de relación social. De hecho, el sujeto no solo busca algo material, sino que busca algo que debería venir del otro, un reconocimiento. Por eso, es capaz de pedir hasta aquella piedra destinada a agredir al hombre; paradójicamente, ese acto de agresión implicaría, una forma mínima de vínculo social. 

En suma, este es un personaje que se desespera porque constata que se encuentra invisibilizado. Sin embargo, en la medida que se ha hecho consciente de su propia invisibilidad, emite una complicada oración para que los demás también constaten lo que le sucede: “Ya no más he de ser lo que siempre he de ser”. Notemos el juego verbal: la voz poética no señala: “Ya no seré lo que siempre he sido” pues lo que aquí interesa es marcar una diferencia entre he de ser con ser. Mientras que el segundo caso alude a una cierta condición estática del individuo, el primero re-fiere, más bien, a una especie de deber o mandato de fijación. He de ser implica, en efecto, algo que es impuesto por alguien. Para el poema la marginalidad es producida políticamente, y parecería constituirse como el rol que algunos deben cumplir en la lógica de la organización social.

En ese verso hay una constatación de que se es marginal porque “se ha de serlo”, vale decir, porque el capitalismo, para constituirse, necesita siempre de un “ejército industrial de reserva” o de un “exterior constitutivo” (Marx, 1988 [1876], Mouffe: 1999). No obstante, el sujeto cuestiona ese rol desde afuera y afirma su decisión de querer dejar de serlo. Notemos, otra vez, la sutileza verbal: “Ya no más he de ser”. Este personaje no puede producir una oración del tipo “ya no lo seré” porque en la medida en que el capitalismo se ha desbocado interna y externamente, es decir, en que se ha vuelto una rueda difícil de detener, la pasividad le ha sido impuesta. Bajo esas condiciones, parecería no haber un cambio posible para él. De hecho, el propio título del poema: “La rueda del hambriento”, ha sido explicado de la siguiente manera: 
Sugiere que el desocupado va rodando por el mundo, viviendo a la deriva, sin lugar en la sociedad que lo ha rechazado. Luego, el poema insinúa que el mendigo va dando vueltas, cautivo de un círculo vicioso sin salida. Finalmente, evoca la imagen de la rueda de la fortuna y, por extensión, los vaivenes de la economía capitalista, dando a entender que el hambriento es la víctima inocente de fuerzas impersonales e inhumanas (Higgins: 1989, 123). 

Subrayemos la estrategia sinecdóquica del poema: la sociedad está en la parte y esa parte expresa la crisis de lo social. De hecho, Rancière (2009) entiende que la política consiste en reconfigurar las identificaciones existentes a partir de la crisis de una de sus partes. ¿Desde cuál parte podría reconfigurarse el todo? La respuesta es muy clara: desde la parte excluida. El cristianismo como el marxismo habían afirmado algo parecido: el nuevo mundo debe emerger desde una posición localizada fuera del poder. Marx sostuvo que el proletariado es una clase universal porque, al no tener nada, justamente, no tiene ningún interés particular que defender. Si sabemos que la formación de comunidades implica siempre la conformación de un “exterior constitutivo” y ese exterior podría ser el encargado de generar la posibilidad de su cambio y transformación. 

Concluyamos recordando que suele decirse que el arte político es “malo” porque es coyuntural y porque tiene corta vida. A lo largo del tiempo, muchos críticos han repetido —hasta el cansancio— que el arte que depende de un conjunto de ideas termina empobreciéndose tanto en su forma como en su contenido. Sin embargo, podemos notar que la poesía de Vallejo contradice todas estas afirmaciones y que, más bien, nos reta a producir argumentos más complejos en la definición del objeto artístico. Vallejo escribió una poesía radicalmente políti-ca que hoy es reconocida como uno de los testimonios más contundentes sobre la experiencia del hombre moderno; vale decir: sobre su desorientación constitutiva, también sobre aquella voluntad que opta, tercamente, por producir un verdadero cambio social. 
La poesía de Vallejo es didáctica porque se pregunta cómo transmitir, con efectividad retórica, una verdad que se ha descubierto. Vallejo supo que el arte tenía como función mostrar los límites de nuestra inserción en la cultura y, sobre todo, la constitución histórica de la misma. Por eso, su poesía se esforzó en mostrar los antagonismos constitutivos —del sujeto y de la sociedad— y reconoció cómo ellos, lejos de ser una limitación, podían volverse una condición positiva para una nueva acción política (Žižek, 2006: 128). Sus versos dieron cuenta de que el sentido de la vida estaba en crisis y, por eso, afirmaron que el arte no podía renunciar a producir una respuesta. La poesía de Vallejo intentó ser esa respuesta, el producto de una expresión personal, pero tambien la constatación de una idea poderosa que recorría toda la historia humana: la “idea comunista” (Badiou, 2010).
 

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