Presentación

Miguel Maldonado

Como un unicornio sin cuerno que vive entre caballos ignorante de que es unicornio.

Ignacio Padilla

 

UNI XXX

Donde se descubre que formamos parte de un cuento de Nacho y la supuesta resolución

 

Nacho, escribimos sobre lo que escribiste. Y en ésas, ya con la matrioshka dentro de la matrioshka —escribir acerca del escribir—, nos damos cuenta que caímos en tu trampa: nos hemos trocado en los personajes espejeantes de tus cuentos, como el de aquella arácnida especular cuya ponzoña inocula recordar que recuerdas tus recuerdos. No bien descubrimos que estamos a merced de tus espejos, sospechamos que ha sido tu plan maestro. Reluctante como eras a las coincidencias, esto no podría ser un casual juego de reflejos como que es tu premeditado y abracadabrante gran finale: vernos escribir sobre lo que escribiste, y reservar así para cada uno de los suscritos un postrero nicho en el Gabinete del Doctor Padilla; muy probablemente nos colocarás en la vitrina para “Siameses y otras imbricaciones”; sección que ocupa una gran cantidad de anaqueles en directa proporción con esa pasión tuya por el mise en abîme.

Quién diría que todo este tiempo anduviste anónimo entre nosotros, sin siquiera sospechar tu fabuloso linaje y menos el fantástico plan que urdías a fin de que pasásemos a una doble vida, o triple o cuádruple; te hiciste pasar por pedestre como aquel mimético unicornio en tu gabinete, el cual en el mundo de los equinos se las daba de caballo al ocultar su cuerno.

¿Cómo escribir sobre tu escritura sin sentirse una más de las cajas chinas, a semejanza de tu autómata el Turco que parecía guardar en vientre a otro autómata a la potestad de uno mayor? Podríamos los encajonados, en pos de recuperar la soberanía, atrevernos a publicar un deslinde pero no somos ingenuos, Nacho, a tu “gran finale” no lo arruinaría una idea peregrina, la cual seguramente tenías prevista, pues deslindarse nos hunde aún más: escribir que se niega lo escrito acerca de un escritor. Triple salto mortal Miguelón, dirías socarronamente y pelando los ojos.

Para salvarse de estar dentro de adentro, lo recomendable es, a buen seguro, quemar los manuscritos. Que no quede huella de este tramposo encajonamiento chino. A todas claras, la destrucción de los originales nos hará libres. Pero haciendo de abogado del diablo —que no siempre duerme, Sancho— a nuestra incendiaria audacia otra estirpe de audaces, una menos noble y cuya casta maledicente de plano nunca ha dormido, también incendiariamente arremeterá que destruimos lo que destruía nuestra libertad. Condenándonos, de nuevo, al juego doble, como la señorita Sobhoan, Nacho, que adonde fuera llevaba consigo su dobledad.

Si todo ha sido causa de un juego verbal, quizás por medio de otro juego de palabras podamos ganar nuestra libertad, y entonces no escribir sobre lo que escribiste sino más bien escribirte, inventarte, sin juego de espejos. Escribiremos la historia de un cuentista, sobre todo cuentista, que solía sonreír porque sí, porque así es la naturaleza de los hombres nacidos del lado del calor, y que estaba dispuesto a compartir una tarde por el gusto de compartir; inventaremos a esa persona que podía solidarizarse con los problemas de la diaria vida y que gustaba pregonar los asombros que le agitaban la mente. Te escribiremos, Nacho, con la sospecha siempre de que más bien tú nos inventas, que por mucho malabar verbal somos una parte de las mil quinientas en tu gabinete, ocupando los entrepaños de los reincidentes que sin saberlo cayeron en la trampa: escribir un escritor.

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