Microensayos

Karen Villeda

Micro

Micro es un diminutivo de algo muy pequeño

o

un

pref. Derivado del griego μικρό (mikró) que significa ‘pequeño’:

como en microelectrónica, microscopio,

microcast,

micrococo, microscopio,

‘millonésima parte’ de una unidad,

microsegundo,

la abreviatura informática de microprocesador y, si hablamos de un sonido concentrado, el micrófono.

Micro es un elemento compositivo que se emplea para nombrar unidades de medida que designan el correspondiente submúltiplo. Su símbolo es μ. También existen más múltiplos y submúltiplos que no trataremos en este libro.

Micro es,

además,

una forma de referirse al autobús en algunos países latinoamericanos como Argentina (así le llaman al autocar en algunas zonas) y México.

Ensayo

m. Véase ensayar (verbo).

m. Acción y resultado de ensayar (véase nuevamente el verbo).

Obra en prosa, de extensión variable, en la que un autor reflexiona sobre determinado tema.

Representación completa de un espectáculo que se hace antes de presentarlo al público (el verbo no desiste).

Lo que distingue un diccionario usual es lo siguiente:

Del lat. tardío exagium ‘acto de pesar’.

1. m. Acción y efecto de ensayar.

2. m. Escrito en prosa en el cual un autor desarrolla sus ideas sobre un tema determinado con carácter y estilo personales.

3. m. Género literario al que pertenece el ensayo.

 

Y, entonces:

Microensayo

Def. Conjunto de las palabras micro y ensayo que generan un neologismo para designar a los ensayos mínimos.

 

1: Disneylandia del Este

Praga tiene una belleza de aparador, que atrae al turismo de masas como miel a las abejas. Cada objeto que vi tiene una etiqueta para advertir un trueque: “Valor o dinero”. Aquí, el individualismo resalta como una consigna peligrosa.

Las miradas curiosas se satisfacían con cantidades industriales de souvenirs: camisetas tan coloridas como la Sinagoga del Jubileo en la calle Jeruzalémská que tienen impresa la palabra “Praha” arriba de un espumeante tarro de cerveza, gorros tipo cosaco de piel sintética y marionetas del Barça, del ManU y ¡de Harry Potter, “Chicharito” y Leo Messi! por doquier.

Praga se erige sobre los desperdicios de la más poderosa remembranza (cierta o inventada) de los babeantes turistas: el insuperable primer amor. Fue la ciudad perfecta para el nacimiento de Rainer Maria Rilke:

“Piense, muy estimado señor, en el mundo que lleva en sí mismo, y dé a este pensar el nombre que guste. Así sea recuerdo de la propia infancia, o anhelo del propio porvenir. Sobre todo, permanezca siempre atento a cuanto se alce en su alma, y póngalo por encima de todo lo que perciba en torno suyo. Siempre ha de merecer todo su amor cuanto acontezca en lo más íntimo de su ser. En ello debe usted laborar de algún modo, y no perder demasiado tiempo ni demasiado ánimo en esclarecer su posición frente a sus semejantes” (Rainer Maria Rilke, Cartas a un joven poeta).

Ese es el mecanismo principal que impulsa sus mentes hollywoodescas que, con la confianza característica de los advenedizos, están al acecho de un cuentacuentos callejero que los deleite en pésimo inglés con la leyenda de Cenicienta elevada por un remolino de polvo que se perdió en las alturas praguenses.

Me pregunto si los advenedizos estarían enterados de que Praga fue una Viena de bajo costo durante la monarquía de los Habsburgo y una ciudad de provincia alemana durante la Segunda Guerra Mundial.

¿Sabrían que, en realidad, las mujeres checas más hermosas e inteligentes viven en Silesia?

¿Sabrían que la diplomacia restaurantera ha determinado que los ingleses universitarios son personas nones gratas por sus stagparties, en las que manan hectolitros de cerveza?

¿Sabrían que hace no mucho tiempo hubo toque de queda a las ocho de la noche y que los agentes de seguridad se reunían bajo la Torre de la Pólvora cuando terminaban las redadas?

Praga comprueba que la bohemia se ha convertido en una paralizante pose: 90% de los turistas que visitan Chequia solamente se dirigen a esta ciudad. Todos llegan a ella con un mapa de curiosidades turísticas como si fuera la Disneylandia del Este.

Praga “imita lo ya imitado” en un círculo vicioso y se divierte como un maniquí déspota digno de aparecer en los créditos de “El club de los caídos”, un inquietante cortometraje animado de Jiří Barta.

Alguna vez, Praga fue una sencilla chica con un solo vestido en su baúl pero era despreciada en los bailes. Sus orígenes son humildes, práh significa “umbral” y un vetusto raigón eslavo define la palabra praga como vado.

Para mí, Praga era demasiado perfecta y yo era demasiado demente. Las hordas de turistas peregrinan a Praga sin cuestionar el ciego amor que le profesan. Si se aventuraran a aprender checo, es casi seguro que no memorizarían la cortesía de rigor como prosím (“por favor”) o děkuji (“gracias”). Mucho menos el grandilocuente Rukulíbám, milostpane (“Beso su mano señor”), que era el saludo cotidiano en el país que instituyó el oficio de organillero para soldados lisiados.

Sin duda alguna, turistas corearían un par de únicas palabras con pésima pronunciación:

—Nejhezčíholčička.

Sí, Praga, la niñita preciosa. No la Praga de la comunal poliklinika  perfumada con cloro o la de los baratos comedores populares que han sido remplazados por pretenciosos restaurantes étnicos, como uno de comida afgana se llama “Kabul Karolina”, una combinación de una ciudad de Afganistán que tiene abundancia de minas antipersonales en su subsuelo con un típico nombre eslavo.

Sí, todos quieren a Praga, nejhezčíholčička, la más bella de todas las princesas. No la Praga del antiguo asilo en la Klemensgasse, actualmente calle Klimentská, donde vivieron miles de judíos que fueron deportados al campo de extermino de Majdanek, al gueto de Łódź o al gueto de Baranovichi para morir.

Es común que los primerizos sientan ese amor ilimitado por Praga antes de toparse con el primer habitante y ser arrastrados por la chabacanería.

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