El Gabinete Del Doctor Padilla

Ignacio Padilla

“Esa tarde, por primera vez, su hermano le pareció otro, como si también eso hubiera cambiado sin aviso. Lo vio distinto y le enervó no poder culparlo por haber heredado de su padre la indómita belleza que ni a ella ni a su madre había tocado en justicia compartir.”

 

“Así había ocurrido al principio, aun antes de que el viejo pescador les anunciase que en ese mar no encontrarían peces con los colores de la sangre y el cielo.”

 

“Prendida sobre el anzuelo, alzada un metro sobre el agua, una serpiente enorme sangraba por la boca. Su dermis oleaginosa rebotaba en desorden los destellos de la Luna. El asco y la sorpresa hicieron que él se limitase a contemplar cómo la serpiente se retorcía en el cordel hasta asfixiarse. Ella lloraba.”

 

“Un verdugo, hijo mío, debe recordar primero que el reo de muerte no es un cerdo sino un hombre culpable.”

 

“Poco se decía en los maternos discursos sobre las pesadillas de esos y otros trágicos mellizos, menos aún sobre su intimidad, sobre su modo singular y necesariamente complicado de desahogar sus apetitos y satisfacer sus necesidades.”

 

“La doble incubadora que, según decía su madre, habían improvisado los doctores al anunciarse el singular parto de mellizos unidos por el costado.”

 

“Lo único cierto fue el silencio, el pesaroso silencio que esta tarde terminó por instalarse entre nosotros cuando un altavoz casi marcial anunció de pronto la llegada del tren de las mil quinientas.”

 

“Más de una vez le había ocurrido hallarse preso en ese umbral tintineante porque la tarde previa había olvidado desmagnetizar un libro que llevaba a la casa [...]. De pronto una de las secretarias se ofrecía a desactivar el volumen y él se lo entregaba con la sensación de estar poniendo un niño en las manos de un hipogrifo: manos de uñas largas, olorosas a manicura y tinte para el cabello, manos distintas de las de él que sus compinches vieron, desearon y estrecharon tantas veces desde sus escondrijos de juventud, en sus sótanos preñados de explosivos y en sus esquinas vigilantes,  manos que olían a sexo y pólvora, aun cuando estuvieran a doscientos pasos del automóvil oculto o al lado de un cuartel a punto de estallar. Manos de hembra y camarada”.

 

“No por nada en vida de Mike hubo en Colorado una auténtica epidemia de decapitaciones de aves. Claro que esto, por sí mismo, no es novedad: siempre, en alguna parte del planeta, se está decapitando a un pollo.”

 

“Aquí uno de ellos había acariciado una cabina telefónica para que mañana nadie pudiese utilizarla; acá uno más habría arrastrado la punta del dedo índice sobre el cofre de un automóvil cuyo dueño, día siguiente, se quedaría varado en mitad de la avenida, esperando en vano que alguien se detuviese a ayudarlo; y acullá el mayor, el más triste, palparía las columnas de un edificio que en el próximo terremoto sepultaría a sus habitantes.”

 

"Uno piensa, vacila, se refleja cualquier noche en la Luna de su camerino o en la vidriería de un bar, y acaba por reconocer que las certezas que lo sustentaban se han desmoronado. Uno baja ya la guardia ante aquello que hasta hace nada creía sólo un discreto malestar de la edad, un mero presagio, y asume que su existencia no le pertenece más, o peor, que nunca le perteneció del todo."

 

“El problema con las bendiciones del destino es que rara vez las juzga limitadas. No entendemos que nadie merece para siempre su buena estrella, y que la providencia es aliada del demonio que sólo consiente nuestra gloria por un rato y siempre a cambio de algo. Casi nunca estamos preparados para pagar  el precio que se nos pedirá por la gracia sólo aparente de haber sido elegidos por los hados.”

 

“Nadie en el teatro lo mira ya porque están todos pendientes de la obra, cautivados por la figura de un joven envejecido que en el escenario invoca la tragedia del ya no ser, que replica a un viejo reviejo en el público que apenas aplaude porque sabe que ni siquiera su silencio llamaría la atención, un ectoplasma que se irá quedando solo entre el relente de las flores arrojadas y el eco cada vez más lánguido de los bravo y los encores. El hombre, en fin, que se quedará ahí hasta las tantas, sin llamar la atención de los afanadores que entrarán luego para rebuscar entre las butacas un paraguas, con buena suerte una cartera que les alegre la noche.”

 

“Se equivocaba: no habían terminado de gemir los gatos cuando Maida sintió los dientes de Roberta clavársele en el antebrazo. Su grito sacudió el eco del agua, los mayidos, el bombeo de la lámpara. Puta, clamó Roberta con los dientes todavía ensangrentados, muérete. Sin alzar los ojos de la lámpara, Íñigo llamó a la calma. Aquí nadie va a morirse, dijo.”

 

“El primer cargamento se perdió en el Atlántico a mediados de octubre. Seiscientas niñas de cerámica se ahogaron a escasas millas de Rotterdam sin que hubiera dios ni ayuda para impedir esa zozobra de encajes, piernas, brazos y ojos de vidrio que miraron sin mirar a los peces que no podrían devorarlas. Ahí seguirán ahora: sonrientes, mudas, hacinadas.”

 

“Los gatos siguieron multiplicándose. De repente fue preciso reforzar la barricada con lo que hubiera a mano: muebles que habían llegado ahí acarreados por los otros fugitivos, vidrios y plástico arrancados de las antiguas oficinas de la estación. Hasta la vestimenta y los recuerdos más privados de quienes ya no estaban en este mundo alimentaron la muralla contra aquella legión felina que no parecía dispuesta a mermar ni en hambre ni en número.”

 

“Esta mañana el presidente de un círculo local de ajedrez me propuso rescatar los despojos del Turco con el propósito de darles un entierro digno. La idea me pareció correcta, pero el custodio del Museo Bernum ha hecho lo suyo para disuadirnos: el incendio, asegura, fue tan intenso y prolongado que destruyó inclusive las vísceras metálicas del muñeco, por no hablar de su atuendo, sus extremidades y el hueco templete de madera desde el que tantos grandes maestros dirigieron sus partidas más célebres.”

 

“En cualquier caso Cumbert dibujó entonces un hombre minúsculo instalado en el interior de la base de madera, casi un duende que analizaba en un tablero igualmente reducido los movimientos que su contrincante efectuaba en el exterior. La proporcionada pequeñez del jugador dibujado por Cumbert siempre me ha hecho pensar en una marioneta. Es como si el autómata dirigiese al hombre y no a la inversa.”

 

“Pero ante todo era esencial amar a la piedra, cargar con ella en el mercado, en los corrillos y hasta en la alcoba, donde las más devotas de la Señora levantaron a sus piedras altares como el guerrero que veía la espada con la cual defenderá su honor y el de los suyos.”

 

“Usted es demasiado joven para saberlo, oficial, mas créame que hasta en el más obvio truco de naipes florece un germen maligno. En la magia se consagra una transgresión que no por vislumbrada ha de quedar impune. Ya ve usted dijo el mago, el precio que yo mismo he querido pagar por invertir de una jodida vez los signos de lo que comúnmente consideramos inmutable.”

 

“Esa mirada y este acto fueron gestándose entre nosotros como un niño desde hace años, casi desde el momento en que la saqué de aquel muladar donde la tenía encerrada el miserable de su padre, un traficante de Mongolia que no tenía idea de lo que son la vida o el amor. Tenía a la pobre niña en condiciones deplorables, y lo peor es que no se tentó el corazón para cambiarla por un caballo y una mula de alquiler. Desde ese momento, oficial, comenzábamos a ensayar esa mirada, este acto y esta muerte en lo más profundo de nuestros cuerpos y de nuestros corazones.”

 

“Acto seguido me explicó que casi desde el principio él y su mujer habían tenido problemas en la intimidad, pues si bien había deseo entre ellos, a cada intento de tocarla el cuerpo de su mujer respondía con un insufrible cosquilleo y una risa que se trocaba en carcajada según las manos de él descendían rumbo al vientre.”

 

“Me resigné a quedarme ahí escudado en el mito de que las penurias padecidas en suelo europeo eran directamente proporcionales al futuro éxito de todo artista de renombre. Quiere esa misma tradición que me detenga ahora en el sórdido anecdotario de mi vida en aquel cuarto de la calle Jean Baptiste Pigalle. Mas no pienso hacerlo. Creo que mi temprana renuncia a los espejismos de la vida artística me exenta de alimentar su aberrante mitología.”

 

“Los horrores más trepidantes nacen de ligerísimas transmutaciones de lo cotidiano. La realidad, añadió, es en sí misma perturbadora, aunque esto sólo podemos descubrirlo merced a ciertos cambios de perspectiva. La mente nos protege de la realidad, pero el ángulo del horror se encuentra siempre a escasos grados de nuestra rutina.”

 

“No es entonces improbable que el fantasma de la suicida Sibhoan estuviese cerca de pasar al olvido cuando mi padre descubrió a la joven que, para su mal, llevaba sin saberlo ese mismo nombre. Culpar de esto solo a la casualidad me parece hoy tan absurdo como creer a ojos cerrados que la primera Siobhan lo dispuso todo para que así ocurriera desde el fondo mismo del infierno.”

 

“La representación del monstruo que, como podéis ver, es semejante a una tortuga: sobre la caparazón dos líneas trazan la cruz de San Marcos, y en cada extremo de éstas hay un ojo, de modo que se da a entender que el animal ve por cuatro rumbos, aunque no tiene sino una sola boca y un solo vientre.”

 

“En la Pinacoteca de Múnich, según se entra por el ala de los Maestros de Paleta Oscura, hay un cuadro muy famoso de Cornelius Ritter von Max. Se llama El anatomista. En él, un médico contempla el cadáver de una muchacha y le alza a furto el sudario como si buscara despedirse de sus pechos, que todavía parecen palpitar con el eco de la vida que hasta hace nada los animaba. Sobre el hombro del médico, tan sombría que apenas se le puede distinguir, se asoma una mesilla de noche en la cual reposan dos cráneos: uno antropoide y otro claramente humano.”

 

“Me apena que un filósofo como el señor Villiers, que se las dade saberlo todo sobre las bestias del orbe, enumerando sus dientes y midiendo hasta lalongitud de sus colas,se muestre por otro lado ignorante delos animales más comunes del Nuevo Mundo. ¿Qué bestia hay más reconocida en América que la medusa del Potosí?”

 

“En efecto, dijo, buena parte de las cosas relatadas en el Mundus Aliorum eran evidentes leyendas de montañeses viejos, y como tales las acreditaba su autor; pero otras cosas, las màs osadas, las contaba el reverendo como si él mismo las hubiera visto, ya no con los ojos de este mundo sino con aquello que él llamaba, en jactancia de credulidad Visión Segunda o Vista Otra. Esa visión, aclaró el anciano, era la mayor zarandaja de cuantas podían entresacarse de la obra del reverendo Meikle, quien depositaba la fiabilidad de sus ostentos en una rara facultad de ciertas gentes para reparar en lo invisible. Aquel asunto de la Vista Otra, terminó el académico, obraba por sí solo para que ahí mismo se desacreditase todo cuanto fuese expuesto en el Mundus Aliorum, hasta lo más creíble.”

 

“Cornelius Max pensaba asimismo que Edward Burnett iba descaminado al afirmar que el lenguaje ponía al hombre en ventaja sobre las bestias. El habla, escribió el pintor, no era más que una tara contraída en las fraguas repelentes del progreso. Que la naturaleza propenda a lo complejo, añadió, no significa que lo complejo sea lo mejor; prueba de ello es que el lenguaje articulado, con su endiablada magia para dar consistencia a nuestros escrúpulos, ambiciones y horrores, no ha hecho más que promover la decadencia de la especie humana. ”

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