Memoria de Dickens en San Pedro de Atacama

Javier Vargas de Luna

También están las bibliotecas de la memoria. Conviene no dejarlas escapar, reconstruirlas en la inmediatez del recuerdo porque durante mis últimas horas en San Pedro de Atacama he perdido mi cuaderno de notas. Acaso entre los millones de años de historia del Museo del Meteorito (una de mis últimas actividades el día de mi partida), y entonces regresaré al hostal del otro lado del cementerio, pensaré otra vez que la muerte en el altiplano tiene muros de barro y entramados de adobe, caminaré quince minutos a toda prisa desde la placita central, a un costado del puesto de carabineros sobre la Gustavo Le Paige y luego doblar en la Tocopilla. Calles mínimas que pronto se hacen familiares en la largueza de los minutos, porque la vida del vecino más alejado exige tan sólo una buena caminata; es cotidiano el uso de las bicicletas en el pueblo, los autos todo terreno y muchas, muchísimas busetas, agencias de viajes, compañías nacionales e internacionales, colores y logotipos que abusan de la paz de los moradores locales.

Éste es un pueblo de casas bajas y de techos prudentes. En ocasiones uno concluye que sólo puede ser así, no vaya a ser que los Andes frunzan el ceño desde una puna que quiere llegar a todos lados, a todos y cada una de sus perspectivas posibles, y que nada interrumpa el espectáculo de las cordilleras. Aún no ha sonado la hora del tercer turno de turistas: primero son las tandas del amanecer rumbo al géiser del Tatio, luego las ordenadas carreras del mediodía en busca de los colores del Valle del Arcoíris, y más tarde, ya casi de noche, aparecerán las apresuradas muchedumbres camino a los atardeceres históricos y a las constelaciones con guías a precio fijo y telescopio incluido. Una vez cumplido el ritual de cada partida, las calles de ahora mismo volverán a sentirse tranquilas, gracias a Dios, y entonces podré apresurar el paso con mi mochila de andar ligero. De seguro perderé el boleto rumbo a Arica, dieciocho luquitas, es decir, dieciocho mil pesos chilenos tirados a la basura, o más o menos, y no importa —me digo varias veces en el silencio de la frustración—, de verdad, nada importa sino localizar las páginas de mis anotaciones. A nadie pueden interesar las entrevistas, las descripciones de un estante, las apostillas sobre la vida de un lector histórico en el desierto de Atacama o la obsesión (aquí le dicen volón) de mis garabatos entre los nombres más conocidos de los autores locales: varias veces escribí a medias el apellido de Gabriela Mistral, y Neruda se redujo siempre a sus dos iniciales mientras Huidoboro era un juego de vocales escritas con torpeza para economizar esfuerzos.

Lo he buscado mucho bajo un viento arcilloso que irrita la mirada. Mejor distraer el frenesí, discurrir un poco, cavilar que la soledad en este pueblo-oasis se hace más extraordinaria ante la certeza de los lectores que la derrotan con recetas de buena ficción y remedios de fantasía. Por lo demás, la vida posee su propia épica en la región más árida de América del Sur, aunque la realidad del turismo haga creer que basta un grifo en el baño, los restaurantes a la carta, esas antenas parabólicas, los bares de música en vivo, para vencer el agostamiento y el estiaje. El sol poniente vaticina ya las horas lentas de un cielo despejado, pronto aparecerán las estrellas más limpias que he visto en mi vida, tan cercanas, contiguas, casi tangibles en las noches del invierno austral. Como si el enemigo más temible fuera siempre el más deseado —vuelvo a abstraerme para no pensar en el cuadernillo—, al triunfar sobre un cautiverio de excepción, en un desierto a miles de metros de altitud, la lectura cobra una fuerza mucho más liberadora. Algunos de sus habitantes me han hecho intuir que leer es poblarse de ausencias para servir de ejemplo, ¿cómo decirlo?, es desollarse sin aspavientos, sanar de otro modo la sequía y el párpado, reinventar a Dios con arcillas de altiplano, completar el día de cada día con viajes que van de lo literal a lo simbólico, del desierto a cualquier pico nevado, antes de convertirse en altura y hondonada en un solo golpe de voz. Sí, servir de ejemplo, siempre servir de ejemplo, aunque apenas pude conocer a dos almas así, gente que aprendió a perfeccionar su ciudadanía de volcanes en los perímetros de un librero cuando me lanzo a la nemotecnia de aquellas cumbres: el Licancabur y el Sairecabur rimaban con la palabra albur, el Lascar tenía nombre infinitivo y pico del Putana era de raíces impronunciables —también perderé la conexión entre Arica y Tacna, ni modo—.

Era necesario levantar el ánimo en las callejuelas, frente a la cordillera de los Andes. Sin detenerme, recorrí un pedazo de la Carrera Pinto y pasé por un mercado de artesanos que desemboca en aquel taller de bicicletas donde días atrás descubrí una pequeña biblioteca comunitaria cuya fachada exhibía el apellido de un prócer olvidadizo —Paniri o algo del género, vaya uno a saber—. Recuerdo con claridad, eso sí, los sobresaltos lingüísticos que me produjo aquel batiburrillo editorial: había libros a la vista de todos, idiomas sin orden ni concierto en un cajón enorme, Alice Munro y José Saramago en francés, Drumond de Andrade en versos ingleses, Beckett traído al castellano, y, sorpresa de sorpresas, un Don Quijote ruso, caracteres cirílicos, elocuencia de dibujos, portada con molinos de viento y cabalgadura en una edición leída quizás hace mucho tiempo por algún hijo de aquella lengua que, muy a su manera, decidió nunca más salir del desierto de Atacama. De algún modo (así es como creo haberlo sentido en aquel momento), tan elaborado crucero de traducciones sólo podía suceder en un lugar como San Pedro; en efecto, mientras sus pobladores saben ser universales a la menor provocación de una novela, el viajero lo ha transformado en el vértice y el meollo de cualquier literatura. Sí, aquí comienza y aquí termina el infinito a cada rato…; simple y complicado de ilustrar, mejor será seguir adelante.

Debo haber caminado a toda prisa por la sonoridad del agua sucia en las canaletas a cielo abierto. No hay muchas calles pavimentadas, sólo breves remansos de adoquín, y a menudo se presiente el sabor a pueblo colonial, en especial en las fachadas de algunos muros encalados, herencia de aquella España que inventaba ciudades en esta parte del mundo. Conviene no idealizar la escasez del alumbrado público, los solares baldíos, el desamparo de la noche, las aceras de tierra dura y los pedregales, las cicatrices y las huellas de autos y de tractores al alcance de los tropiezos, la epidemia de los agentes de viajes, las veredas olvidadas de otro siglo y muchos, muchísimos perros callejeros a cada paso, de razas que fueron finas, melancólicos de frío, acaso vestigios de una edad de pastoreo que ya no es más.

He vuelto a la tienda de mis empanadas diarias, queso y champiñones, y algo he preguntado a los dueños del lugar —perdí mi cuadernillo, señor…, y no, ellos tampoco vieron nada entre sus cosas—. Al salir, y casi como de reojo, miré la escuela de instrucción básica donde asistí a un festival infantil en homenaje a los pueblos autóctonos; se habló de los mapuches, los aymaras, los collas y atacameños y rapanuis y otras naciones de pronunciación imposible y de difícil memoria. Hubo bailables llenos de significado, comidas tradicionales, un sol picando en la piel de todo el mundo, niños metafóricos vestidos de colores representativos y al final palabras en lengua cunza y breves explicaciones sobre la cultura Likan Antay (a veces sonó a vocablo total, “likanantai”, y otras era una sucesión de términos). Por cierto, en la Biblioteca Municipal de San Pedro, a un costado de la escuela, trabaja un hombre ciego, amable historiador de la Pachamama, capaz de mucha cortesía al evocar las operaciones de cataratas en una infancia que lo dejó sin luz; casi a diario acudí al internet de sus pantallas públicas en la media hora repetida, de cada mañana, de cada tarde, para leer mis correos electrónicos, y fue allí donde levanté el primer inventario de autores en un Chile transhistórico, canónico, preceptivo y casi obligatorio: Parra y Donoso y Bombal y Neruda y Skármeta y Mistral, varios tomos repetidos de La Araucana de Alonso de Ercilla, El largo adiós a Pinochet de Ariel Dorfman, mucho de lo mucho que no he leído de Bolaño, nada de Jodorowsky ni de Huidoboro, qué raro, y un poco más allá reconocí la edición Cátedra del Martín Rivas, de Alberto Blest Gana.

Después regresé a los sillones difíciles del Café Dulce-Salado. Frente a las bancas de cemento de una plaza central con simetría de arriates, muy cerca de la vieja iglesia de San Pedro, conversé largo y tendido con Joyce, nutrióloga de profesión y oriunda de Santiago. Bien pertrechada en unas gafas descomunales para prevenir resolanas, la mitad de su cara liberada se distraía en el constante saludar de vecinos y de viandantes. Junto a ella construí las preguntas de mis primeras sorpresas: ¿cómo se lee en el desierto chileno?, ¿cómo es el alma de los libros que se agitan en esta región hispánica?, ¿quién se acompaña de quién en un canon literario a miles de metros de altura?, ¿quién abandona qué en la consagración de una página hecha de macizos montañosos, saturada de arcillas, desbordada de galaxias lo mismo que de minas salitreras? Además, allí fue donde Joyce me presentó a la maestra Ema, muy amable, hija radical de una de las familias más eternas del pueblo, o casi; mujer ya mayor aunque no tanto, militante de sabidurías espontáneas lo mismo que de bondades genuinas, y en la parquedad del intercambio fue posible advertir la tierna severidad de una voz agradable y cansada, reservada y fehaciente. Al día siguiente me invitó un té en su casa sin exigir puntualidades, al caer la tarde —sólo eso dijo—, porque acá las horas viven en la conciencia de cada uno y San Pedro sabe mejor que nadie lo que significa llegar a tiempo a su tiempo más franco. Son los valores entendidos de la prudencia en una vida donde todos se conocen, porque la gente de Atacama nace y muere al alcance de los otros.

En la esquina de la Tocopilla hay que doblar en Le Paige y subir por Calama. Las casas exhiben los mismos muros de adobe, puertas idénticas de madera rústica y de aldabones pesados, limpias y con goznes de hierro antiguo. Tantos rasgos de lo rural sobreviven aún entre cantinas políglotas, itinerarios al observatorio de Alma, precios imbatibles de la cocina internacional, casas de cambio y la bohemia eterna en la calle de los Caracoles donde deambulan veganos new age, amantes del yoga, estudiantes sin pasado comprobable y artesanos sobrellevando la vida con tejidos y cerámicas y alpacas y manteles y pirograbados y pinturas y tantas, tantísimas cosas asociadas al folclor de artificio con que suele materializarse la memoria de cualquier viaje (llaveros, postales, sacacorchos, imanes, ajedreces, delantales, y etcétera). Mientras evoco la cita con la maestra Ema, sé que la pérdida de mis notas significó algo más en aquellas horas, acaso que San Pedro no me dejaría salir ileso de sus geografías al haberlo sospechado tan vacío de literaturas. A mi llegada, es cierto, creí poco menos que imposible penetrar los entrepaños locales, si acaso los había; la gente ni siquiera poseía una conciencia clara de su propia demografía y con algo de cinismo señalaba la confusión de sus cuatro mil, tal vez seis, siete, quizás fueran un poco más de ocho mil los habitantes del pueblo. El lugar me pareció un mundo sin coterráneos, un anti-paraíso de pobladores flotantes cuyas trashumancias habían desplazado a los hijos de la lectura más nativa porque hace más de un cuarto de siglo que aquí se vive un trasiego de alemanes, franceses, americanos, japoneses, argentinos llegados para soñar montañas y bolivianos en busca de otro destino, y, sobremanera, chilenos venidos de todos los rumbos, de Antofagasta, de Concepción, de Valparaíso, de Santiago, de Iquique, de Copiapó, de La Serena, para concentrar en San Pedro su idea de país universal o de nación cósmica. Dicho en otras palabras, era como si el municipio más célebre del desierto cobrara cumplida venganza de mis prejuicios al arrebatarme las notas de lo que nunca supe sospechar: a saber, que entre los muchos peregrinajes que lo han manchado, hay alguien como la maestra Ema que pronuncia sus libros de otro modo, alguien que los hace totales y avasalladores e irrepetibles con la luminosa nacionalidad de sus costumbres. Y antes de entrar a esa casa —es menester señalarlo—, todo lo que pueda decir hoy de aquellos libreros representa algo a medio camino entre los ecos de una lecturas y la evidencia de que los títulos cotejados aquí no serán nunca los más importantes, sino tan sólo los más evocables.

Su domicilio era una casa de adobes altos, barda de dos cuerpos sobre el nivel del suelo, y en un pedazo de madera estaba pintado el número y el nombre del predio. Al abrir la puerta, los ojos recorrían un jardín de verdores impensables, frescura de lo semiárido, orden y contraste de matorrales, y ante la posibilidad de los perros domésticos mejor gritar mi llegada con amabilidad, y luego avanzar con precaución. El sendero interior, de barro y piedra incrustada, desembocaba en unos muebles de mimbre cuyos cojines gastados de sol daban al porche el encanto de lo añejo. Me habló enseguida de la casa de muñecas instalada a la mitad del jardín, construida sobre palafitos, ideal para las tardes de nietos y de niños vecinos; después describió la flora local, los arbustos, el pingo pingo, el carbonillo, ¿los algarrobos?, el membrillo, los higos, las flores de invierno, a veces se da el durazno, todo señalado con amabilidad y paciencia ante los ojos de mi curiosidad. Nació aquí mismo, aunque la familia se mudó pronto a Calama donde inició su instrucción básica y entonces San Pedro se convirtió en el refugio de sus vacaciones anuales; era otra vida, el turismo no provocaba fastidio y había rebaños y gente a caballo y camionetas de trabajo en los terraplenes y el excremento animal se recogía de todas las calles para beneficiarse con el abono.

Vida campestre, claro, y ella continuó sus estudios superiores en Antofagasta y más tarde en la Escuela Normal, allá en Santiago. Por fin llegamos a la memoria del golpe, Pinochet, La Moneda, los milicos, las primeras desapariciones cuando cursaba el último semestre de la carrera y luego se suspendieron las clases durante algún tiempo. Hay un detalle que le regresa a la mente, pues ya es la tercera vez que lo repite: cuando ella entró a la facultad al día siguiente, los soldados habían invadido los patios del 12 de septiembre y se oía un mar de gritos en todas las puertas, cascos y uniformes en el interior de las oficinas, daba un miedo así de duro en 1973... Se había girado la orden del regreso a sus casas y así fue como viajó horas de horas en la incomodidad de un tren de carga, hasta que amaneció en Calama. Saltamos por su historia, los vaivenes de una vida de activismos y de militancias y ahora mismo la maestra forma parte de un comité que demanda la reapertura del Museo Le Paige porque las autoridades regionales lo cerraron hace un par de años, y con urgencia explica la necesidad de recuperarlo como espacio de conocimiento. Por cierto, ella sí que conoció al jesuita aquel —el padre Gustavo Le Paige—, en los años setenta, quizás un poco después, llegado de Bélgica, y no sólo asistió a sus misas sino que ha leído muchas de sus investigaciones sobre las culturas locales. Era tan joven en la edad de otra época, la maestra Ema, cuando de repente abordamos su experiencia docente, las primeras letras de un niño del desierto, los silabarios, la intimidad de sus enseñanzas y la maravilla de asistir a un espíritu que se prepara para florecer en la curiosidad de cualquier página.

Pasó cerca de cuatro décadas enseñando en la Escuela de Instrucción Básica, la número siete o la número cinco —también eso lo tenía escrito en el cuadernillo—. Las vueltas que le dio el corazón cuando los militares cambiaron el sistema educativo y la idea de Chile comenzó a construirse desde batallas y hechos gloriosos, aun la época colonial se volvió explicación castrense hasta llegar a O’Higgins, figura que parece disgustarle por razones que no le diría jamás a un extranjero. Después habló de las infancias nativas, de niños capaces de vivir constelaciones arriba de un árbol o de viajar al centro del mundo a la menor provocación del aburrimiento, y entramos en la sala, el comedor, esa cocina, un tejido de vicuña o de alpaca con figuras rupestres colgaba de una pared en el corredor y todo estaba amueblado con sencillez sobre pisos de mosaico marrón y techos de vigas barnizadas. No era la escasez de los enseres sino algo mucho más esencial, algo que con dificultad llega a las palabras, como si los espacios abiertos vivieran expectantes de la vida que los transita: en esa casona de una sola planta parecía como si sus habitantes reinventaran las recámaras a toda hora, también los pasillos, un antecomedor, esas sillas y todos los demás recovecos. Quizás ese afán desmedido por los espacios vacantes también fuera inspiración del desierto, y llegamos a una salita interior, libreros al muro, sillón extenso, un gato regalón de pelaje gris monótono y ese muro reticulado de cristal, como en un solario. Más allá de la vista, los surcos de un huerto mínimo, el gallinero, una mesa de carpintería, utensilios, cuñetes, rastrillos, la carcaza de una camionetita de hace muchos años, quizás aún funcione, y al fondo, a unos cincuenta metros, un muro de vegetación señala el hito de la propiedad (otra vez, ¿eran algarrobos?).

Al final, la pérdida del cuadernillo me ha instalado en el azar de las cosas fundamentales. De regreso a la terminal de autobuses pregunté por un boleto hacia la ciudad de Arica, o rumbo a Iquique, salir a medianoche, quizás por la madrugada, y hubo que recomponer el rostro, cambiar el color del cansancio, hacer el cálculo de los días vividos en San Pedro de Atacama y elegir una hoja limpia en la agenda, la que fuera, para construir la lista de mis títulos recobrados. Para eso sirven los autores canónicos —ahora creo entenderlo mejor—, para evocar sin ayuda de ningún apunte los lugares comunes de lo descubierto en la casa de la maestra Ema, sobre la calle Calama, con el sol de la tarde paseando por sus estantes. Primero, claro, lo indispensable: algo de Gabriela Mistral, Magisterio y niño así como Elogio de las cosas de la tierra, y Los versos del capitán, de Neruda; recuerdo, además, Cinco pepitas de naranja de Conan Doyle, La edad del pavo y Memorias de pantalón corto de Carlos Ruiz-Tagle y el Diario de Ana Frank. Nadie hubiera podido pasar de largo, claro que no, frente al Manual de urbanidad y buenas maneras de Carreño en una edición deshilachada en la que ni siquiera he cotejado el pie de imprenta. Por su parte, en lo que toca al pensamiento nacional, creo haber recorrido El evangelio americano de Francisco Bilbao en un tomo suelto de la Biblioteca Ayacucho; después, un ejemplar más o menos reciente de las Pinturas de Gustavo Le Paige, o algo así. Rescaté, además, Los caballos de Salta —autor y título por verificar— y La vorágine de J.E. Rivera, y aunque a menudo la retórica de sus entrepaños tomaba respiros de gente adulta (Madame Bovary de Flaubert no desentonaba mucho, como tampoco La engañada de Thomas Mann), aquellas repisas regresaban pronto a su provechosa obsesión por la infancia. Recuerdo haber cotejado títulos de la niñez más canónica en nuestro universo cultural, y resultó conmovedor y un tanto paradójico imaginarla espoleando a los hijos de San Pedro con Un mundo para Julius de Bryce Echenique, con Los ríos profundos de Arguedas, o con La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, del Gabo. No creo haber descubierto ningún Rudyard Kipling, tampoco a Michel Ende, Gunter Grass, William Golding o Mark Twain, y, sin embargo, en las acrobacias que ordenan mi memoria, sé que aquellos libreros del desierto de Atacama eran el único lugar para encontrarlos, entre repisas que además comenzaban a exhibir espacios vacíos, porque la maestra poco a poco ha ido regalando sus libros —para qué sirve guardar una biblioteca después de la muerte, me decía—.

Aún sonrío, sentado junto al gato, en la polvosa tarde del solario, al descubrir un lomo de la Editorial Cumbre. Sumergido en la evocación de la casa de mis padres, en aquel golfo de México del otro lado del tiempo, he reconocido una encuadernación envejecida de pliegos en octavo, la pasta dura, su gastada viñeta, las hojas amarillentas, el olor rancio del papel con ilustraciones en tres tintas y esos grabados que no quisieron parecerse a Doré (nunca lo hubieran logrado). Cuando la maestra Ema regresó con la gentileza de la hora del té —tila sin azúcar—, fue como cerrar el circunstanciado círculo de Atacama: una escuela primaria en día de fiesta nacional, la infancia de un ciego, los oficios de la paciencia de una educadora local y el Oliver Twist como última coincidencia literaria de la niñez universal. En el reconocimiento del título y de las ediciones gemelas, fue como si aquel pueblo chileno me propusiera el desafío de un autor clásico para constatar que la literatura de otras épocas se hace canónica sólo si osamos enfrentarla más allá de la crítica heredada.

En esta historia de infancias agrietadas, acaso sea imposible acercarse con premeditada ingenuidad al nombre de Charles Dickens. Sin embargo, hay que intentarlo, apresurar la tarea, recorrer cada capítulo y decir pronto que la novela trasciende, antes que nada, como un singular escaparate textual. Aquí todo es narración de una narración, lenguaje que vuelve al lenguaje, voz que se preludia mientras cede a la tentación de identificar su forma de hacerse literatura o renglón que se reafirma en la experiencia de su propia enunciación. El libro habita la letra que lo escribe mientras el narrador expone y discute y repite y declara y se arrepiente y alumbra con lucidez todos y cada uno de los puntos cardinales de su geografía verbal; los párrafos se anuncian como la huella de sí mismos, los diálogos poseen la magia del doble fondo (hablan mientras argumentan su manera de hacerlo) y las descripciones se arraigan en la profunda conciencia de su giro dialectal. Entre tantas cosas que pudieran decirse al respecto, nada mejor que iniciar la jornada por los infortunios del Oliver Twist dese la certeza de un libro siempre a punto de sumar algo más a su heteróclita vitrina escritural.

A casi dos siglos de su primera publicación (entre 1837 y 1839), Dickens ha decidido mostrarnos la fuerza que aún poseen sus instintos sintácticos. Si se toma en cuenta que sus libros circularon bajo formatos de folletín, en anejos o encartes de periódicos, se puede ilustrar mejor este constante rizar el rizo de un relato que abrevia lo ya dicho antes de retomar el porvenir de una nueva entrega. Ante tal contingencia —recuperar y resumir los antecedentes de cualquier capítulo—, la lectura más actual, lineal y por ende sin interrupciones, le otorga al texto una estética inusitada que se nos revela casi por accidente. Aquí los contenidos del verbo “narrar” han deslizado sus significados hacia el acto de recapitular, y los valores de tan singular ecuación se conducen hacia un infinito de viceversas mientras se lanzan a un juego interminable de reemplazos semánticos: relatar también es transcribir y además es traducir; aludir es informarse de algo que está por ser recordado; suponer es historiar una nueva forma de representar la vida; evocar es sobrentender la vida novelesca, y describir un instante, cualquier instante, es reseñar la posibilidad de nuevos caminos narrativos. Cada página se ha hecho portadora de una imaginación totalizante donde, en un elaboradísimo espejo de palabras, son revividas las conjeturas del porvenir mientras se nos anuncian esperanzas conocidas de antemano.

En este orden de ideas, el libro irá siempre un poco más lejos. Al imponer a Oliver la promesa de nunca convertirse en autor de novelas, y sin acudir al despliegue ni de metáforas ni de rebuscadas filosofías, en el relato será establecida la diferencia entre leer y escribir. De tales alternativas, la mejor es y será siempre la más cotidiana, la del lector que permanece abierto a la letra que se le propone para triunfar sobre las rigideces de su propio destino. Dígase lo que se quiera sobre Dickens y su posicionamiento frente a la realidad de la época, lo cierto es que en los ámbitos de la ficción el autor se ha solidarizado con nuestra lectura, estará todo el tiempo a nuestro lado, será la sombra y asimismo la raíz que protege lo dicho, el juez y el jurado de lo narrado, la voz y la resonancia que todo lo perpetúa en el marco de un relato que trasciende como un muy singular acto de contrición respecto a cualquier forma de abandono social. Dicho en otras palabras, el autor británico entra y sale de su propia creación, se arraiga mientras se deslinda de la gran realidad del mundo para que nadie acuda a los sosiegos de la fantasía: este libro es la culpa que acudió a las amenidades de la literatura para devolverle al lector una posibilidad real y fehaciente de resolver los equívocos de su tiempo.

Es mucha y muy sincera la extrañeza que se desprende de una novela capaz de anunciar, incluso, otras fórmulas para ser contada. De hecho, en el colmo de un arrojo textual más allá de cualquier expectativa, el relato nos compartirá sus lamentos al concluir que se ha quedado sin tiempo y sin energía (y también sin espacio) para construir la felicidad en estreno de sus personajes. Por añadidura, al revelar que la vida de un niño expósito posee un sinfín de posibilidades narrativas, Dickens discutirá también un género para su historia: sí, esto bien puede ser un melodrama porque la vida en sí misma, dentro y fuera de cualquier fabulación, es un conjunto de efectos dispares donde la sencillez de una rutina sirve de tribuna para magnificar las desgracias. Bien es cierto que hay frases de culebrón que desesperan, burdos parlamentos de folletín y expresiones que confiesan su gusto por la rapidez del suspenso y las acrobacias del desasosiego; sin embargo, es en dicho aspecto donde se genera la ironía necesaria para existir en el universo de Dickens. Para decirlo de una buena vez, en Oliver Twist la idea de género se ha transformado en realización estética no sólo por la gran capacidad que la novela posee para teorizarla en el interior de sus intrigas, sino porque la claridad de sus ironías nos arrima a la certeza de que los desamparos del personaje se han ganado el derecho al folclor sentimental, es decir, al melodrama mismo. Desde tal óptica quizás se comprenda mejor la historia de un huérfano de nombres inventados y de destinos inciertos donde la amistad se estrellará con el odio, la maternidad con el abandono, la justicia con la ignorancia, la educación con el atropello, la ternura con la iniquidad, y, por si fuera poco, aquí la maldad y el crimen emergen como premisas irrefutables en el ejercicio de la conmiseración o el altruismo. Además, es mediante tales estrategias que la novela nos suministra figuras que imitan nuestra manía de resolver la vida mediante dictámenes de lo yuxtapuesto y con juicios de lo claroscuro. Diríase, por lo tanto, que nuestra lectura le es urgente a este libro, ella es su lugar central, la línea intermedia que le ofrecerá equilibrio a lo que sucede, la inesperado tregua que atrae hacia su interior las dinámicas de un mundo antitético que sólo entonces (y gracias a nuestra condición de mediadores) se humaniza, hace sentir tanto como hace pensar, mueve a reflexión mientras provoca misericordias.

Y cuando creímos que esta forma de discutir la literatura dentro de la literatura ya no daba para más, aparecerá el libro en tanto que palabra, es decir, en su condición de objeto nombrado que se transforma también en la fuerza motriz de lo narrado. En efecto, el libro es un eje vertebrador de muchas acciones y la literalidad de su mención confirma la capacidad de Dickens para organizar un sistema hecho de infinitos. Vale la pena recordar aquí al librero de viejo en el relato, su negocio de volúmenes en arriendo, la compraventa de títulos o el ir y venir de las portadas; cada uno de dichos episodios es una coyuntura que apunta hacia la singularidad del arquetipo narrativo que la novela defiende: la experiencia de un libro —por enésima vez, dentro y fuera de la narración— debe significar siempre la posibilidad de todos los libros y de todas las aventuras; y si acaso se prefiere el otro extremo de la misma perspectiva, bastaría con argumentar desde San Pedro de Atacama que una biblioteca es la expectativa que resume la totalidad de sus títulos desde la especificidad de cualquiera de ellos. Al final, conviene no elaborar demasiado las intuiciones y decir que un “libro tan libresco”  como éste es el inesperado botón de muestra que argumenta las interminables vueltas de tuerca que la literatura es capaz de aplicarle a la representación del alma humana.

Por lo demás, Oliver Twist también es un recuento de justicias poéticas cuyos clímax se suceden en claves maniqueas. Construido mediante un lúcido régimen de coincidencias, aquí gana siempre el azar de la esperanza y aquí la deshonestidad es el accidente más inapelable de cualquier castigo. La razón que argumenta una escritura así, tan sólida y tan ambivalente en un solo golpe de voz —sin duda bastante peculiar para la época—, es más o menos fácil de inferir: Dickens conoce mejor que nadie la dualidad moral de nuestros reflejos, deduce el contraste de los exámenes que le aplicamos al mundo y toma nota de todas las dicotomías que nos habitan antes de aludirnos y de nombrarnos y aun antes de representarnos. Somos su variable oculta y su modelo fehaciente, su soterrada inspiración y su objeto de crítica en una sociedad que se discute entre mecánicas binarias que poco o nada se ajustan al destino de nadie. Aceptémoslo, así sea sólo durante las horas gastadas en la lectura, que si la condición humana se parece hoy en día a Charles Dickens es porque la novela en cuestión nos ha enseñado a renegar de la pequeñez de nuestras sombras y de la frivolidad de nuestros afanes. Y, aunque con distintos grados de claridad, lo mismo podría decirse de otros libros suyos, como Grandes esperanzas, Historia de dos ciudades, El almacén de antigüedades, y, por supuesto, del decembrino y comentadísimo “Scrooge”.

Porque todo debe ser dicho, los textos de Dickens también nos exigen desmontar los prejuicios de su secular grandeza. Para resolver el dilema, en la página tanto como fuera de ella se impone un remedio hecho de transparencias: por el lado del relato, debemos estar en condiciones de cuestionar su capacidad para proponer un viaje al destino de alguien, para diseñar laberintos, hablar y callar y construir búsquedas, para decir y ocultar y potenciar la curiosidad de los desenlaces; y, por el lado de nuestra respiración, es conveniente avivar el recelo hacia la noción de los libros obligatorios. En resumidas cuentas, los muchos años de vigencia de un texto canónico representan un desafío tanto como una denuncia en nuestra contra, son queja y también provocación ante la posibilidad de habernos convertido en lectores por encargo, tímidos a la hora de confesar los exabruptos que (des)nutren nuestra franqueza y mojigatos para señalar que aun Dickens merece un fruncimiento de ceño que lo ponga en entredicho.

Así de contradictorio y así de fundamental puede ser este libro cuyas páginas propagan las virtudes más conocidas de lo pequeño-burgués (el perdón, la honra, la modestia) mientras exhiben el contrapeso de muchos prejuicios, sobremanera los que la sangre vehicula en su camino hacia los amores inexactos. En este sentido, los códigos postales de Dickens se nos parecen todo el tiempo —¡y tantas veces al mismo tiempo!—, su ciudad es nuestro crimen posible, y, por qué no, también es el triunfo de suspicacias que nos apaciguan desde la hipocresía. El cielo urbano de Oliver Twist contiene la doble filiación del refugio y la amenaza, de la fuga y el retorno, de la liberación y la persecución, del anonimato y el asesinato, de la ventura tanto como del infortunio. Al final, todos estos vaivenes han de certificar que la novela busca producir una extrañeza mucho más eficaz, ésa que nos permita reconocer los determinismos que manipulan nuestro estar en el mundo. No es por ello coincidencia que muchos episodios se alejen de calles y de avenidas mientras privilegian imágenes de la exclusión: la cárcel, el hospicio, las recámaras olvidadas, los zulos, las guaridas, los escondrijos, la soledad de una casa de campo, el yermo camino de terracería; todas ellas son metáforas que simbolizan un afán de rompimiento con las inercias del devenir histórico. En sentido estricto, Dickens ha imaginado la novedad del destino de Oliver a través de una escritura que nos exige la noticia de nuestra comprensión, con todo lo que tal vocablo puede y debe contener en términos de asombro. Al hacerlo, busca iniciar la reforma del tiempo heredado, cambiar los diálogos con el pasado e insuflar en lo leído una esperanza por fin de veras nuestra.

Por último, Oliver Twist no ha querido ocultar influencias ni engañar a nadie. De hecho, en todo momento la casa de la novela nos dejará entrar a todas sus recámaras, incluso a las más recónditas, para vivirlas y organizarlas y entenderlas en tanto que ámbitos de lo ya conocido. De hecho, su página inaugural estimula una dinámica de reverberaciones literarias en ese tan evocador párrafo inicial —en el íncipit, según dicen los que saben—: en un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme… Además, toda la picaresca de todos los siglos y de todas las lenguas se concita en Dickens; aquí viven Las aventuras de Roderick Random (1748) de Tobias Smollett lo mismo que nuestro Lazarillo de Tormes (1554), La historia de Tom Jones (1749) de Henry Fielding, el Cándido (1759) de Voltaire tanto como la academia de ladrones imaginada por el propio Cervantes en “Rinconete y Cortadillo” (1613). Acaso Dickens entendía que un libro también es un espacio de homenajes, un recinto privilegiado donde nuestros autores más socorridos pueden comenzar a suceder de otra manera, donde se renuevan y cambian de piel y se actualizan en las bancas de una sala de espera, entre asientos desvencijados, muros de adobe, láminas oxidadas y anuncios de bebidas refrescantes en la medianoche de la terminal de San Pedro.

Hay un partido de fútbol en un televisor que se quedó sin voz en los ángulos del cielo raso y hace frío y una perra en celo desata las fiebres de los machos que la rodean, ladran, enseñan los dientes y gruñen y se olisquean y los otros pasajeros tampoco saben reaccionar mientras todos miramos al unísono lo que nos trae la última hora de la pequeña estación. No, no todo está perdido, aún puedo recuperar algo más con sólo la memoria, aún soy capaz de recorrer en sentido inverso los lugares visitados durante el único día en que hice vida de paseante y compré una entrada al Valle de la Luna. El ocaso fue medido en horas y minutos, charlé con una italiana desembarcada de universidades rimbombantes, miré los parajes de un desierto mayor con voces en otro idioma, conocí los senderos de sal a la espera de más explicaciones, las formaciones rocosas, la reserva nacional, el santuario de las sorpresas y ahora estoy aquí, ya estoy aquí, en mi agenda, para que nada de San Pedro resulte inverosímil al recordar las cordilleras de una maestra hecha de Dickens y de tantas otras cosas.

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