Disparos de la imaginación vs cañonazos de la realidad

Ramón Alvarado

¡Todo un mundo encerrado ahí, un mundo maravilloso

y lleno de aventuras que nos aguardaban!

Ignacio Padilla.

 

Ha pasado ya un año y me resisto aún a su ausencia. Vuelvo la mirada de manera constante a los lomos de sus libros cada vez que su recuerdo vuelve. La bonhomía de Ignacio Padilla campea y aleja los fantasmas de la memoria, ausencia sí, pero no olvido. Dos textos llegaron de manera reciente a mis manos: La catedral de los ahogados y Las tormentas del mar embotellado. Dos libros en los que se cimenta una escritura que iba alcanzando altos vuelos cuando el aciago destino desembotelló sus tormentas y nos dejó sin la magia del capitán Añil.

Los textos iniciales de ciertos autores suelen trazar la ruta que sigue la escritura y en el caso de Ignacio Padilla no es la excepción. Es un cuenta cuentos nato —físico cuéntico se declaraba— que, si bien se fue arropando con escritura de largo aliento, nunca abandonó ese deseo de poblar el continente narrativo con historias que nos devolvieran la esperanza. Pienso en nuestro presente tan lleno de zozobra y por eso mi punto de partida es un libro pensado para un público infantil que además le valió el premio Juan de la Cabada 1994: Las tormentas del mar embotellado. En ese libro el abuelo Enrique cuenta episodios de su niñez y cómo fue que conoció el mar gracias al capitán Añil. Para ello, junto a sus amigos de infancia debe abandonarse a la imaginación y adentrarse en una botella para sortear sus diferentes tormentas con el objetivo de encontrar la isla de Cerca. El ejército de Lejos debe vencer a los Piratas de la Realidad para volver a casa y ayudar a la gente del pueblo a recuperar el sentido del vivir cotidiano. Pero la realidad no es fácil de vencer, a sus estruendosos cañones los niños hacen frente con disparos de imaginación materializados en bolitas de migajón.

Así es la escritura de Ignacio Padilla, disparos de la imaginación que en vida le ayudaron a sortear las diferentes tormentas embotelladas. Su obra, cerrada ya, es un trazado imaginario que se inscribe en lo mejor de la tradición literaria del siglo xx, que hereda la escritura de sus predecesores, que homenajea tanto a Borges como a Manganelli y que ha terminado por edificar su propia escritura microcuéntica maravillosa en un mundo de miedos e incertidumbres.

 

Disparos de la imaginación

Ignacio Padilla se vio sorprendido al recibir la noticia de que su novela Amphitryon había sido galardonada con el IV Premio Primavera Breve. Más sorprendido el jurado por la trama de la novela cuyo telón de fondo distaba del cuadro que hasta ese momento escenificaba a la literatura mexicana. Una novela que, en una primera mirada, encajaba con lo pedido años atrás en el texto del Manifiesto (1996): “[Novelas que] comparten esencialmente el riesgo, la exigencia, la rigurosidad y esa voluntad totalizadora”. Recurre al mito griego, donde Zeus suplanta la identidad de Anfitrión para poseer a Alcmena, para construir una historia de identidades intercambiadas. Un texto ambicioso que capitalizaba años de escritura y galardones ya obtenidos como el Nacional para primera novela Juan Rulfo o el de Cuento infantil Juan de la Cabada. Desde ya, como hemos mencionado, era manifiesto su interés por contar historias, por ejercitarse en el lenguaje y con él construir nuevas formas narrativas. La catedral de los ahogados debe su nombre, tanto a la estructura con la que edifica la novela —los nombres de los capítulos corresponden a las partes principales de una catedral comenzando en el atrio y finalizando en el ábside—, como al contenido de la historia: una isla en la que encuentra refugio Orlando y quien “empezó a escribir en la arena las historias de su insomnio”.

Es un libro mítico, que si bien se hizo acreedor a un reconocimiento, no ha sido leído; muestra dos ejes de su literatura: el manejo y la soltura del lenguaje así como la capacidad de crear historias: la del Comendador encontrado muerto, decapitado, en una isla que gobierna desde el miedo y a su capricho; la de Elías, el inventor del pueblo, quien “seguía soñándose en un viaje exitoso”; la de Orlando que en realidad es un poeta del que no hay registro de su origen pero se sabe un episodio de su vida donde regresó del infierno. Sólo alguien como Padilla sería capaz de hilvanar tan disimiles historias en un creíble relato que da cuenta de la naturaleza humana y sus más recónditos temores.

Sumado al anterior y compartiendo los rasgos mencionados, Si volviesen sus majestades, apuntala lo dicho. La obra que acompañó al Manifiesto sentaba a cabalidad la exigencia de su escritura. Una obra cuyo espacio del castillo fortifica el lenguaje y crea un universo literario del que no puede escapar el escribano. Es la historia de un señorío, mismo que fue dejado a merced del mayordomo, quien fiel a sus señores guarda con celo el buen estado del castillo. Pero, tan pronto se han ido aquellos, afronta una revuelta estudiantil y una sublevación popular: la turba enardecida arremete contra la nobleza para liberar a su poeta encarcelado y una vez cumplida su venganza dejan arrasado el reino. El autor manifiesta de manera lúdica el uso del manejo del lenguaje ya que, del mismo modo como hace con los nombres propios, juega con una serie de intertextos sobre películas, canciones, situaciones de la vida cotidiana elevadas a lo fantástico por el manejo de las palabras. Guarda con ello la novela una frescura y humor que en no más de una ocasión nos moverá a risa y donde destaca ese calco del español medieval sujeto a sus propias reglas.

Si bien son dos libros que presentan complejidad en su escritura y estructura, Padilla da muestras de llevar las historias al nivel simple de la primera escucha con Los papeles del dragón típico (1993) y la ya mencionada Las tormentas del mar embotellado. Literatura infantil es la primera categoría, pero no por ello deja de lado el lenguaje lúdico que mueve a reflexión. ¿Quién habría podido imaginar que a un dragón le sea vedado transitar por los cuentos clásicos dado que perdió su pasaporte? Inusual, ahí en la República Imaginada donde todo puede suceder pero no romper ciertas reglas que permitan la feliz convivencia de los personajes a los  que estamos acostumbrados. Y esa habilidad de contar la fortalece en el libro que guía este ensayo, cuyo personaje además es alguien que sabe mantener la atención con sus historias. Una anécdota tan sencilla la vuelve un magnifico relato, en un momento donde la gravedad de la situación social obligaba a tomar las cosas con seriedad.  Así, el abuelo remontándose a su infancia, narra la aventura que él y sus amigos de correrías emprenden con el titiritero capitán Añil para devolver la risa a la gente de su pueblo. La aventura implicaba adentrarse en el mar embotellado y sortear sus peligros para encontrar la isla de Cerca.

A Ignacio Padilla lo convertimos en adulto por sus letras y quedó con ello fuera de los márgenes de la literatura fantástica, con todo y que es un sello distintivo de su obra. Razón por la cual, consideramos, él mismo erigió su república imaginaria  y la pobló con su Micropedia: Las antípodas y el siglo (2001), El androide y las quimeras (2008) y Los reflejos y la escarcha (2012). La primera colección de cuentos fue publicada por Espasa Calpe, las otras dos por la editorial Páginas de Espuma; no es un dato menor, dado que el primer libro poco ha circulado y, como se puede apreciar, hay más distancia temporal de por medio. El término lo acuña en el segundo libro: es ahí donde habla de la Micropedia cuando al final de los cuentos externa sus deudas y pone en entredicho el término de ficción dado que argumenta que pudieron ser acontecimientos históricos. Este neologismo parece devenir de una analogía con la palabra enciclopedia que la entendemos más de manera llana como ese conjunto de libros que compendian el saber necesario en la educación. Micropedia invita a pensar que se trata de un conjunto mínimo de cuentos que encierran un saber, ¿sobre lo ficticio?

Si algo guardan en común los tres libros es que precisamente reúnen doce cuentos breves bajo ejes temáticos señalados desde el título mismo. En Las antípodas y el siglo los cuentos no presentan división alguna; El androide y las quimeras está seccionado en dos partes, El androide en nueve tiempos y Quimeras de tres orillas; Los reflejos y la escarcha  guarda una simetría en su estructura, seis cuentos bajo el tema “Reflejos solos” y seis titulados “Sólo escarcha”. Hay una intención cuidada en la estructura que denota, pensando en los tres como un conjunto, un pensamiento cíclico, redondo en la manera de presentar las historias y que, sugerentemente, guarda ese saber cuentístico que nos lega.

No pretendemos detenernos en toda su obra sino resaltar esos disparos de la imaginación con los que fue edificando su narrativa. Padilla, en palabras de Huyssen: “Libera el arte y la literatura de esa sobrecarga de responsabilidades” al adentrarnos en un entorno donde se difuminan las fronteras de la realidad. Es una primera mirada, una invitación a dejarse subyugar por las historias contadas donde adquiere consistencia el lenguaje, donde “podemos resistirnos a creerles, defender por un momento lo que pensamos haber hecho o vivido, pero al final es siempre la versión de los otros, convincente y enfática, lo que acaba por seducirnos, lo que termina por hacernos lo que somos” (Espiral de artillería).

               

Cañonazos de la realidad

Dicho lo anterior Padilla no rehúye de su realidad, cabe preguntarse: “¿Pero qué cosa ve quien ve su tiempo, la sonrisa demente de su siglo?” (Agamben). Comprende que es un hombre a dos tiempos, que asumió con sus compañeros de manifiesto —con quienes nunca dejó de ser cómplices— que la escritura de ficción no agotaba el disertar sobre los problemas inherentes al cambio de época. Es en El peso de las cosas donde expone la necesidad de plasmar la intimidad de su pensamiento: “Con los novelistas, en cambio, sucede a veces que la brillantez de sus obras de ficción y la popularidad del género narrativo consiguen silenciar buena parte de sus más destacadas obras en el dominio del puro pensamiento”. Se trata de la efusión del yo, como lo denomina, donde consideramos se muestra una faceta del escritor quien desde sus preocupaciones personales expone las preocupaciones sociales

¿Qué hay en ese puro pensamiento? Para Weinberg en el ensayo: “Hay una organización de sentido y una configuración articulada y articuladora de mundos”. ¿Cuál es el mundo por el que transita y que además articula Ignacio Padilla? ¿Cuáles son sus miedos y pesadillas, sus preocupaciones y esperanzas? Su obra ensayística muestra la composición de mundo que el autor nos lega y donde, además, “traduce y reactualiza las tensiones […] entre [los campos] el literario y el intelectual”. Creemos, por tanto, que no hay una dicotomía de pensamiento entre ensayo y narrativa, sino más bien una continuidad de esas preocupaciones íntimas que de manera lúcida ensaya y a su vez refracta en su prosa.

Podemos poner como espejo, siendo de naturaleza distinta, El legado de los monstruos (2013) y Las fauces del abismo (2014): “No pretendo nada más que proponer la lectura de un ciudadano de a pie que tiene miedo”, sentencia. Ese miedo catalizador de las más opuestas emociones, “una energía capaz lo mismo de destruirnos que de salvarnos” (El legado de los monstruos). Y ¿cómo no tener miedo cuando se transitó en un espacio-tiempo lleno de incertidumbres, “de colapsos financieros que van desde el 74 hasta el 94”? De ahí parten sus cavilaciones, de ahí sus alianzas escriturales para enfrentar tiempos de tormentas en botellas y cañonazos de realidad: “los autores nacidos en los sesenta nos refugiamos en la literatura cuando, invitados al escepticismo, descubrimos que nadie puede subsistir en el desencanto absoluto” (Si hace crack es boom). En sus ensayos están sus monstruos, sus miedos, sus peguntas más que respuestas. Mismas que cataliza en la ficción.

Las fauces del abismo cierra su obra cuentística en vida. Una animalia de espejos nos espera en esos cuentos que patentan los miedos que se generan ante lo desconocido. Un muestrario de los más diversos caprichos de la imaginación en distintas latitudes y que ponen de manifiesto la universalidad del miedo. La realidad no dista de la ficción en ese punto, y Padilla lo sabe. Tal vez de ahí el por qué recurre a documentar los cuentos, a jugar con las fronteras entre lo creíble y lo inverosímil. Otra vez los dobles, los bordes pantanosos de lo que está documentado y pudo suceder. La imbricación de ambos géneros manejados de manera magistral nos muestra no un pensamiento dividido, sino un pensamiento expandido que requiere ambos cauces para dar soltura a las ideas que bullen al ser testigo de su tiempo.

Padilla teme a un mundo que nos avasalla y donde hemos concretado en monstruos, fantasmas y androides nuestros miedos y ansiedades. No es difícil entender una literatura del caos, del juego del lenguaje que construye espacios y situaciones, donde los personajes inclusive tienen que desdoblarse o acudir a ignotos lugares en busca de un sentido. La mirada a la obra ensayística de Ignacio Padilla nos permitirá comprender su obra narrativa, ese caos articulado de la ficción está ahí condensado en el ensayo, es su Legado de los monstruos, y entiéndase también el género humano, donde: “A fin de cuentas seguimos picando piedra en la cantera de la angustia: estamos destinados a objetivar nuestros miedos universales en monstruos y estrategias políticas, en profecías bíblicas y armas de defensa o ataque, en obras de arte y productos de entretenimiento, en fin, en una limitada caterva de ficciones necesarias y anheladas” (El legado de los monstruos).

 

 

Ignacio Padilla ha sido un escritor contemporáneo: “El contemporáneo es aquel que percibe la oscuridad de su tiempo como algo que le concierne y no deja de interpelarlo, algo que, más que toda luz, se dirige directamente a él” (Agamben). Contemporáneo porque a la oscuridad de la realidad, sin negarla y a la que cuestiona desde sus ensayos, respondió con disparos de la imaginación. Es la herencia del constructor de historias que desde una nueva arquitectura del lenguaje abre espacios inusitados, mismos que, más que un refugio, son la  proyección para enfrentar nuestra realidad. Disparos de la imaginación contra cañonazos de la realidad, si nos parece imposible, baste leer sus obras para entender que su propuesta quijotesca toma consistencia, donde, además, Nacho como buen Capitán Añil, nos seguirá guiando en este presente de tormentas embotelladas.

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