Apuntes para una teoría de la física cuéntica de Ignacio Padilla

Jorge Fernández Granados

Una de las fuerzas primordiales y recónditas en la vida de las personas es la vocación, aquella empatía innata que trama los hilos de las afinidades y las elecciones vitales. La vocación, como las líneas del rostro o de la mano, es una identidad definitiva que, aunque evoluciona o madura, es inseparable del ser mismo. Ella actúa a semejanza de un campo magnético que rodea desde el nacimiento hasta la muerte a cada uno de nosotros y a ella le debemos, con el correr de los años, tal vez la última llave de nuestro destino. Creo que la vocación literaria ha sido en la vida y la obra de Ignacio Padilla un centro irradiante que ha dado coherencia y esplendor a una trayectoria que hoy, sin duda, atraviesa su plena madurez.

Dicha vocación se manifestó pronto en él. No fue el caso, sin embargo, de la precocidad apremiante sino el de la temprana destreza. Por una pluma se reconoce al águila, dijo alguna vez Julio Cortázar, y ello es particularmente cierto en este caso, pues desde su primer libro la pluma segura del escritor ya estaba en la mano de Ignacio Padilla.

Al respecto, quiero referir una pequeña anécdota, o mejor dicho, un modesto episodio que perfila bastante bien, según creo, la personalidad observadora y esencialmente literaria que lo anima. Dos casualidades cimentaron nuestros primeros encuentros. Dos convergencias, ahora que lo recapitulo, muy al estilo de sus tramas cuentísticas y que bien podrían hacernos pasar por personajes envueltos en laberínticos itinerarios que se entrecruzan dentro de una narrativa fantástica.

Parte de esta historia comenzó, por lo menos para mí, en 1989. El Tecnológico de Monterrey y la editorial Castillo lanzaron una convocatoria, abierta a nivel nacional, para premiar a escritores jóvenes, de menos de veinticinco años, en los géneros de cuento, ensayo y poesía. La primera casualidad no fue solamente que Ignacio Padilla y quien esto escribe resultáramos distinguidos, en cuento y poesía respectivamente, con el Premio Alfonso Reyes de las Juventudes —que así se llamaba aquel certamen—, sino que pocas semanas después, en la atareada mañana de una sala de espera del aeropuerto, en medio de los numerosos pasajeros que nos preparábamos para abordar el primer vuelo del día a Monterrey, un joven se acercó a mí y me dijo: “Hola, tú eres uno de los ganadores del premio de Monterrey.” Lo curioso es que era más una certeza que una pregunta lo que noté en el tono de su saludo. De inmediato se presentó, sonriendo con la inteligente cordialidad y el espíritu observador que siempre lo han acompañado. Era Ignacio Padilla. Por entonces, el autor de Amphitryon contaba apenas veinte años de edad y había sido precisamente por el que sería su primer libro de cuentos, Subterráneos, por el que le habían dado la citada distinción. Fue aquel un viaje corto, de ida y regreso el mismo día, para la entrega del premio en la capital regiomontana. Pese a lo breve del encuentro y del viaje hubo de inmediato la empatía intuitiva, que después se volvería también literaria, de quienes la vocación ha hecho coincidir en el camino. Nunca entendí, sin embargo, cómo Ignacio había hecho para reconocer, entre los no pocos pasajeros que aguardábamos en el aeropuerto, quién era otro de los convocados aquel día para el premio “de las juventudes”. Tiempo después, le pregunté directamente sobre ello y su respuesta fue muy elocuente: “Eras el único en aquella sala de espera que llevaba un libro de poesía.”

Una segunda casualidad ocurrió en 1994. Aquel año marcado en México por la violencia política y el levantamiento zapatista, en el cual parecía que los cimientos del añejo sistema se tambaleaban, un grupo de nuevos autores trabajaba sin descanso, con la idea de devolver a la literatura su más alta y exigente tradición. Sus relatos, novelas y ensayos, por entonces en ciernes y en apariencia ajenos o distantes a la inmediata realidad, interpretaban y transcribían de otro modo el devenir de su tiempo. Las historias que contaban tenían lugar en la Europa de la Primera y la Segunda Guerras Mundiales, en el medievo celta o en islas de los Mares del Sur; y daban cuenta de comendadores y senescales, de espías y conspiradores, de náufragos y prodigios y, en fin, toda clase de seres poseídos por avatares y destinos irrevocables. Aquel grupo de autores, amigos desde la escuela preparatoria, eran Jorge Volpi, Eloy Urroz e Ignacio Padilla. Ellos serían quienes, poco después, junto con Pedro Ángel Palou y Ricardo Chávez Castañeda, lanzarían el Manifiesto del Crack y constituirían el epicentro del quizá más animado, polémico y mal entendido capítulo de los últimos años en la literatura mexicana. Pero sobre ello se ha hablado mucho ya y no me detendré más por el momento en el tema. En aquel 1994, como dije, decisiones en absoluto ajenas a mí me llevaron a leer una novela, una extraordinaria novela bajo el seudónimo de Nicodemo. Cuando los otros dos jurados y yo nos reunimos para dictaminar el Premio Juan Rulfo para Primera Novela el consenso era inmediato: el libro ganador era La catedral de los ahogados, participante bajo el seudónimo de Nicodemo. No es, claro, ninguna noticia a estas alturas que les informe quién era Nicodemo. Otra vez la casualidad, que a estas alturas me atrevo a llamar el destino, había reunido a las personas y los hechos —o, debería escribir: a los personajes y las historias— en aquel laberíntico itinerario que se entrecruza.

¿De qué habla La catedral de los ahogados? Me permito esbozar esta primera novela de Ignacio Padilla, pues varios de los componentes característicos de su narrativa están ya presentes ahí.

A grandes rasgos habla de una isla que envejece en algún confín del mundo, cuya historia comienza el día en el que el único barco que llegaba a ella naufraga; y deja el último cargamento sobre sus playas, en el que arriba, entre otras cosas, un cofre donde se ha escondido el Diablo. A partir de entonces, la isla queda a expensas de sí misma, o lo que es peor, sus habitantes tienen que inventar su propio devenir para no morir de tedio. Este breve mundo está habitado por un Comendador y su mujer, por un pueblo ignorante, devoto y sin querer a veces justo, alguien que inventa cosas, alguien que las destruye, muchos que tienen miedo, otros envidia, otros que sueñan y blasfeman. Y en un rincón de ese pequeño pero completo ecosistema, Orlando, el poeta, y Patricio, el idiota, esperan en el casco de un barco encallado al Ángel prometido, el que bajará para nombrar todas las cosas nuevamente, Orlando y Patricio viven en una extraña convivencia mitad desamparo y mitad desdén del mundo monótono del resto de los isleños. Ebrios los dos la mayor parte del tiempo, uno de luz y el otro de tinieblas, ambos terminan de formar ese imaginario fresco que propone el autor como una gran metáfora de la irremediable soledad humana.

Cabe notar que en esta novela están ya presentes algunos ejes de su fabulación, como podrían ser los escenarios exóticos —o más bien los escenarios atópicos, es decir, lugares no precisados en el tiempo y el espacio históricos—, lo real y lo fantástico entretejidos en un mismo discurso que se retroalimenta como un juego de espejos, la dualidad (materia-espíritu, orden-caos, luz-tinieblas, vigilia-sueño, etc.), la cual plantea un permanente campo de batalla entre fuerzas antagónicas, el lenguaje rigurosa y hasta obsesivamente vigilado, y, en el centro de todas estas constantes, la imaginación.

La imaginación es el primer motor —en el sentido aristotélico del término— de esta narrativa. No la imaginación que pretende sustituir la realidad del mundo sino la imaginación que pretende revelar precisamente el mecanismo inagotable del mundo. En las novelas, los ensayos y particularmente en los relatos de Padilla la imaginación no es un recurso al servicio de la trama sino la trama misma del discurso literario. En su obra las dimensiones imaginarias irrumpen y trastocan constantemente la convención de lo real para adentrarse con perspicacia en las posibilidades paradójicas de lo real.

Asimismo, ésta como todas sus historias se desarrolla en un escenario no precisado en el tiempo y el espacio históricos. La isla de La catedral de los ahogados, si bien está verosímil y minuciosamente descrita, es en realidad un pretexto geográfico, un limbo imaginario meramente funcional para el desarrollo de la trama, como el reino vacante de Si volviesen sus majestades o la Europa del Este donde se dan cita los personajes de Amphitryon o de Espiral de artillería. He aquí, por cierto, una de las más distintivas marcas de casa en la narrativa de Ignacio Padilla. El lugar y el tiempo de sus relatos es, con toda premeditación, atópico. A diferencia de la utopía, que sueña un mundo perfecto, o de la distopía, que plantea un devenir apocalíptico, la atopía es más bien una dimensión paralela, aunque perpetuamente presente, a través de la cual la alteridad del tiempo y del espacio cumplen narrativamente el objetivo de no distraer al lector de la ficción con el peso de coordenadas demasiado específicas acerca de un país o de cualquier época concretos. Podría decirse que la intención narrativa de este recurso es una variante actualizada del: “Había una vez...”.

Otro elemento que ya aparece desde entonces en La catedral de los ahogados es el Diablo. Entidad innumerable que disloca los trabajos y los días al frente de una tarea tan detallada y necesaria como la de la creación: la destrucción. Para el narrador, no obstante, el Diablo más que el Mal es el saboteador, el doble, el íntimo revés de la voluntad que actúa en las omisiones y tiene con frecuencia de su lado al olvido. Tal entidad innumerable también sería, años después, el tema de la tesis con la cual Ignacio Padilla obtendría el doctorado en Literatura Española e Hispanoamericana en la Universidad de Salamanca. En efecto, El diablo y Cervantes fue el título del objeto de estudio dentro de la obra cervantina que él decidió investigar a fondo. Y, como sabía Stéphane Mallarmé, que todo tarde o temprano termina en un libro, en este caso el libro, con el mismo título, fue publicado en 2005 por el Fondo de Cultura Económica.

Muchas, muchas cosas más podrían comentarse sobre la obra literaria de Ignacio Padilla. Las habilidades centrales, decisivas, en un escritor son quizá la imaginación y el lenguaje. Así como no hay un verdadero narrador sin los dones de la imaginación, no hay un poeta sin la expresión precisa y elocuente del idioma. Ambas destrezas están presentes en cada uno de sus textos.

Hablar de dicha obra el día de hoy exige por lo menos un deslinde bibliográfico. Se trata de un corpus que suma casi treinta libros publicados y son por lo menos tres los géneros en los que esta obra se ha desplegado, con igual solvencia y maestría: la narrativa, el ensayo y la literatura infantil. Cualquiera de ellos, por sí solo, ameritaría un coloquio para analizarse y discutirse. Pero, como el propio autor ha declarado en diversas oportunidades, él mismo se considera, ante todo, un cuentista, un fabulador o –como también se autodefine en un hallazgo de humor– un físico cuéntico:

Soy un cuentista, un corredor de cien metros, a quien de vez en cuando le crece un cuento para convertirse en una novela, o un cuento le pide escribirse en forma de ensayo. Pero llevo trabajando toda la vida en esa propuesta de un volumen de cuentos que no será otra propuesta que la de mi vida. Y que, naturalmente, quedará inconclusa, porque no me durará la vida para contar todo lo que quiero contar.

La vocación primordial, como se desprende de estas sinceras palabras, es la de inventar y comunicar historias. La vocación del fabulador es la raíz que nutre al árbol de esta obra literaria. Con modestia se refiere a sus novelas como cuentos que crecen de más y a sus ensayos como cuentos que piden escribirse de otro modo. Y en sentido estricto esto tal vez es verdad. Sugiere la idea de un primigenio género universal, de una sola matriz de toda la literatura, de la cual provendrían, a manera de adaptaciones o especializaciones evolutivas, los que hoy consideramos distintos géneros literarios. Pero dichos géneros no serían más que expectativas estabilizadas de la lectura, convenciones de nuestras costumbres mentales al enfrentar determinado texto. La literatura, parece insinuarnos, bien podría ser una misma y proteica materia imaginaria que no cesa de crearse, destruirse y transfigurarse. Tal propuesta, como la de ser el autor de un único libro que quedará, como la vida misma, inconcluso, remiten a tangentes intuiciones borgeanas.

                Acaso desde la literatura es posible, por otro lado, reelaborar la realidad y dar una medida humana al mar de la Historia y las historias. Acaso la literatura existe como una herramienta ancestral para poder mirar, a través de la ficción de sus espejos, lo que de otro modo no reconoceríamos nunca; o sencillamente existe para recordarnos que la novela, el relato, el poema, el ensayo, la fábula, el mito y aún el cuento infantil sólo pretenden —como también Padilla propone en otra parte— dar un orden al caos de la imaginación. A este respecto, me viene a la mente un aforismo árabe, o una de aquellas citas que, por certeras e intemporales, atribuimos a los pueblos más antiguos; en él se afirma que Dios inventó a los hombres porque ama escuchar historias.

                Así, la vocación del narrador, del inventor y contador de historias, ha sido, como dije al principio, el centro irradiante que ha dado coherencia y esplendor a esta obra no menos sutil que poderosa. Me arriesgo, y lo sé, a una afirmación desde la subjetiva cercanía de la amistad, pero estoy seguro que la obra de Ignacio Padilla está ya en el reino riguroso de la más genuina literatura. Sus personajes habitan ahora mismo su propio mundo paralelo, fuera de las coordenadas confinadas por el tiempo y el espacio conocidos, en ese lugar que imaginó la teología bizantina, y perfeccionó descriptivamente Dante, donde las almas todavía son libres y salvajes o inocentes, a la espera de un Juicio que no ha de llegar mientras todavía alguien, en algún lugar del mundo, sostenga el tejido del tiempo contando una historia.

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