La cara oculta de la luna de Robert Lepage: un observatorio poético para Quebec

Gabriel Laverdière

Actor, dramaturgo, escenógrafo y director, Robert Lepage es un artista multifacético reconocido por los puentes que establece entre las artes escénicas y la pantalla; ubicado en la ciudad de Quebec, su laboratorio creativo le sirve a un tiempo como un lugar de diseño, como espacio de experimentación y aun como geografía de sus rodajes. Su contribución a la renovación de las prácticas teatrales es ampliamente reconocida y su “teatro de la imagen” —como a veces se le describe— es ya un referente en muchos idiomas. Lepage despliega siempre múltiples referencias históricas, culturales y geográficas en piezas teatrales que, aunque poseedoras de un alto grado de complejidad, no dejan de ser accesibles para el gran público. En su quehacer teatral tanto como en sus películas se señala la contribución de los sistemas simbólicos de culturas extranjeras al imaginario local de Quebec. En general, su obra se caracteriza por la mezcla de prácticas artísticas mediante una exploración metafórica de la identidad, la memoria y la búsqueda de sus misteriosas correspondencias entre acontecimiento e intimidad. Su trabajo ha llegado al cine con éxito y sus películas le han permitido extender sus exploraciones estéticas y sus preocupaciones temáticas; estas últimas abordan tanto cuestiones personales (las relaciones familiares) como cuestiones de carácter mucho más amplio (la historia, la transmisión de valores o el sentido de la cultura).

La película La cara oculta de la luna, aparecida en el año de 2003, corresponde a la adaptación fílmica de un espectáculo teatral. En dicha cinta Robert Lepage trabajó no sólo como director, sino que fue responsable del guión y se integró el reparto como actor. De hecho, el propio Lepage habría de encarnar al personaje principal de la historia así como a su hermano gemelo. El matiz humorístico que recubre al conflicto envuelve también el verdadero carácter dramático de la película, mismo que tiene como centro al personaje de Philippe, un estudiante de doctorado llegado a los cuarenta y que, sin dinero, ni novia ni amigos, realiza una investigación sobre el papel que habría jugado el narcisismo en la conquista del espacio. Residente aún en el antiguo domicilio familiar, donde vive solo desde la muerte de su madre, Philippe fracasa en todo, incluso su tesis será rechazada. Por su parte, su hermano gemelo, Andrés, parece no ver el drama de la existencia, enviando así a Philippe la imagen de lo que éste más envidia: el éxito, y también de lo que tanto detesta: la frivolidad. Al entrar en crisis, la vida de Philippe sienta las bases de un drama existencial salpicado de un singular sentido del humor.

Igual que otros personajes del cine de Quebec, Philippe se identifica con los “perdedores” de la historia. Frente a la victoria estadounidense en la carrera espacial, desarrolla un afecto casi romántico por Rusia. En los inicios de la cinta citará incluso los discursos más soñadores del genial sabio de la astronáutica, Konstantín Tsiolkovski: “Sin duda la mayor predicción de Tsiolkovski fue que un día sería posible para el hombre caminar sobre la luna y vivir en ella en un estado de ingravidez. El refugio ideal, dijo, de aquellos para los que la existencia es pesada”. De hecho, Philippe sufre en su propia historia el peso de toda su existencia. A los dramas más íntimos de su vida —la sensación de inutilidad, el cáncer al que sobrevivió en la infancia o la muerte de su madre—, se suman las injusticias de la gran realidad. Por ello, ¿cómo conciliar lo enorme y lo pequeño, “lo infinitamente grande” y “lo infinitamente banal”, el destino más universal del individuo con los pequeños relatos de todas aquellas personas que luchan contra la dificultad más particular de sus destinos? Un poco borracho y molesto, Philippe cuestiona a un camarero en una escena hilarante, y es allí donde quedarán establecidas las búsquedas de la película. En efecto, la pregunta antes señalada sirve de aliento a la cinta, pues sus evidentes contenidos filosóficos son utilizados para apoyar un filme donde el drama psicológico y la comedia doméstica trasminan con sus valores toda la estructura de la obra.

Al tejer vínculos entre Quebec y Rusia, Robert Lepage nos anuncia —por cierto con gran inteligencia— el objetivo subyacente de su obra: construir un observatorio donde Quebec pueda examinarse más allá de sus fronteras. En general, podría decirse que el enfoque es poco común en el cine de Quebec, pues las cuestiones de fondo que proponen las películas locales a menudo se mantienen en los límites geográficos y simbólicos de la provincia y, por añadidura, casi siempre se limitan a su metrópoli, es decir, la ciudad de Montreal. Al mirar hacia el exterior, el personaje de Philippe potencia imaginariamente el deseo de un Quebec moderno, compartido por todos aquellos que, como Lepage, auguran un futuro mucho más luminoso si la provincia sabe abrirse al mundo. Más que el aislamiento parroquial sobre ellos mismos, Philippe y Lepage anhelan la conjunción de las almas y el intercambio de subjetividades. Sin embargo, el enfoque del personaje será de nueva cuenta puesto en entredicho por el pesimismo social de Quebec: si acaso el personaje lucha para entender la belleza del espíritu humano, también es cierto que sus búsquedas están impregnadas de un sentimiento de culpa —o de fracaso anticipado—. Así, la visión del Lepage cineasta se manifiesta con toda su fuerza mediante una tensión poética sin resolver, y dicho elemento pertenece, sin duda alguna, a la sensibilidad de los grandes esfuerzos artísticos.

Esta conceptualización temática de la relación y contacto entre dos culturas (Quebec y Rusia), entre dos personas (los hermanos gemelos) o entre diferentes sistemas de percepción del mundo (ciencia y poesía), se realiza mediante un trabajo de gran envergadura. En este sentido, los efectos digitales y numéricos, la edición de juiciosos montajes y los movimientos de cámara muestran el vínculo entre el presente y el pasado. Todas estas transiciones temporales indican visualmente tanto la vigencia de lo pretérito como la resistencia a los recuerdos dolorosos en el caso del personaje. Como puede colegirse, el presente del relato y la actualidad misma del personaje siempre serán susceptibles de verse invadidos por la memoria. Bien puede decirse que la película oscila entre un pasado que se mueve y un futuro que, aunque incierto, es posible imaginar gracias a la representación del espacio en la cinta.

El tema anunciado por el título de la película es el descubrimiento de la cara menos conocida de la Luna. Su hemisferio oculto, invisible para nosotros, está marcado con cráteres producidos por objetos celestes que la han chocado a lo largo del tiempo. A simple vista, dicha realidad se nos escapa, pues el rostro que vemos es bastante suave, uniforme y diríase que casi exquisito. Preocupados por nuestros destinos y enfrascados en las querellas de lo privado tanto como de lo social, no percibimos la amenaza que corre la especie humana ante el extraño medio ambiente que nos entrega el espectáculo del espacio exterior, pues las marcas más antiguas en la Luna son también el signo de nuestra inminente destrucción.

Así, en la película de Robert Lepage, Philippe avanza hacia una revelación dolorosa y esencial: la inmensidad del amor que alguna vez prometió a su madre y la esperanza de un futuro a la altura de sus ambiciones, todo ello se acabará. Al igual que la Luna, alguna vez ya vista por el hombre desde todos sus ángulos posibles, el lado oscuro de Philippe le es revelado. Y aunque nada podría detenerlo ahora para resolver sus obsesiones, sus frustraciones o los sueños narcisistas que la realidad le inspira, el personaje se da por vencido, tal vez en favor de un renacimiento, de una nueva forma de explicar el mundo y de argumentar la vida. Si la desesperación era un refugio para él, el final de la película –que no ofrece una solución al conflicto– libera el carácter de esta trampa nostálgica. Al dolor del duelo que Philippe manifiesta ante las certezas adquiridas, se añadirá el que causa su renuncia; sin embargo, sólo a través de ella se abrirán nuevos mundos posibles. Lepage deja al espectador el trabajo de aprehender el significado de esta ambigüedad; y este último gesto del cineasta es el que confirma su afán de presentar una visión compleja de los sentimientos humanos mientras nos ofrece una prueba más de que La cara oculta de la luna es una obra maestra del cine contemporáneo de Quebec.

 

Traducción del francés: Javier Vargas de Luna

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